El diario de Megan Baker
El diario de
Megan Baker
By
Abigail
Jacqueline Weston
23 de agosto
de 1940
No sé ni
siquiera qué decir, porque nunca antes había hecho cosa semejante. Hace unos
días fui a la fiesta de Fanny Anderson, y al ver que le regalaban un diario,
sentí curiosidad por primera vez en cuanto a los diarios. Finalmente me decidí
a desbaratar un viajo cuaderno de la escuela que apenas tenía tres rayones y
volver a forrarlo, pero con un papel más bonito. Ahora aquí me tienes,
escribiendo por primera vez en mi vida un diario personal. No sé cómo irá a ir
esto, pero teniendo en cuenta que ha estallado la guerra, no me vendría mal
llevar escrito todos los acontecimientos como recuerdo para el futuro. Y como
creo que ya he presentado mis intenciones, me presentaré a mí.
Yo soy Megan
Janet Baker, pero todos me dicen Megan, excepto William, que a veces me dice
Meg. Tengo quince años, los cuales he cumplido el treinta de julio. Mis flores
favoritas son las petunias, soy buena en literatura y ortografía, pésima en
álgebra y música. Voy muy retrasada en matemáticas, pero siempre me he
entendido muy bien con ellas. Estoy escribiendo en la boardilla, lugar que
considero mío porque nadie más sube aquí, excepto cuando mamá debe sacar los
frascos del envasado cada primavera, lo que sucede una vez al año. Vivo a las
afueras de un pueblito de Vermont, al sureste del estado. Monttebaten está a
trecientas millas de la frontera con New Hampshire, y es en realidad un bello
pueblo. Tenemos una granja, así que ya podrás esperar que tengamos mucha tierra
a nuestra disposición. Mi padre es mecánico y tiene su taller, que heredó de su
padre. Nos va bien en el negocio, aunque siempre tenemos subidas y bajadas.
Mamá es florista, y tiene su florería en el pueblo. A mí me gusta ayudarle
cuando hay que sembrar las pequeñas plantitas, ponerlas en cajones de madera y
cuidarlas como si fuesen bebés. William es el mayor de todos, aunque solo
seamos cuatro, a diferencia de los Mcphee. Él tiene 21 años, y Hans, el segundo
varón, es dos años mayor que yo. William se ha marchado a la guerra, y como
Hans aún no tiene edad para enlistarse, se ha quedado para ayudar a papá en el
taller. Pero él casi nunca está, el trabajo es mucho, y las tardes, las mañanas
y en fin, todo el día, suele ser muy aburrido sin él. Alaythia es mi hermana,
la segunda de los cuatro. Ella es toda una señorita a sus 19 años, es muy bella
y ya varios han pedido su mano. Gracias al buen sentido común que nuestros
padres han inculcado en ella, Alaythia ha podido darles una negativo sin tener
que recurrir a ningún consejo. Eran de los peores pretendientes que jamás haya
visto yo, aunque eran bastante guapos. Solo algunos ejemplares guapos suelen saber
en dónde tienen la cabeza y en dónde poner sus manos y sentimientos, el resto,
es pura basura. Me alegra tener una hermana tan sabia, así puedo pedirle
consejo cuando me llegue el turno. Ilse es mi mejor amiga, y paso con ella de
los ratos más deliciosos y placenteros de mi vida. Cuando Hans no está para
hacerme reír y yo me encuentro de lo más aburrida sin nada que hacer, voy en su
busca y juntas nos vamos al bosque a jugar. Sé que tengo quince años, pero los
placeres de la vida nunca acaban y yo no encuentro nada de malo en los juegos
infantiles. Los padres de papá murieron mucho antes de que yo naciera, así que
solo los conozco por fotografías. En cambio, los padres de mamás siguen
viviendo en New Hampshire, donde mamá ha pasado toda su infancia. Solemos ir a
visitarlos en las navidades, pero con esto nuevo de la guerra, dudo que vayamos
a algún sitio. Si esto no acaba pronto, temo que Hans llegue a cumplir la edad
requerida y se marche lo mismo que William. Sin William todo se ha puesto
incómodo y penetrante, pero si Hans se marcha, habremos de vivir en tristeza y
sombras. William es muy atento y amable, y cuando quiere, es muy dulce. Pero
Hans es el que nos hace reír a todos, nos saca la alegría en el día más gris,
nos dibuja una sonrisa sincera cuando todo es melancolía, y nos hace sentir
satisfechos, sea lo que sea que tengamos. De modo que ya te podrás figurar la
desdicha que viviríamos si se hace ausente. Sé que soy la más chica de todos,
pero no por eso te figures que soy una consentida. Aquí el concepto es muy
diferente, pues el que no trabaja no come, el que se queja tiene su reprimenda,
el que da recibe y el contento alegra a los demás. Trabajo tanto como cualquier
otro en la casa, con trabajos adecuados a mi fuerza y edad, capacidad y juicio.
No por ser la menor soy menos que William, y no por ser el mayor William tiene
que sufrir por el resto. Aquí todos somos iguales, nos guiamos en justicia y
rectitud, nos perdonamos y seguimos adelante a pesar de las malas
circunstancias. Buscamos el bien del prójimo y pedimos perdón siempre que
herimos sin necesidad o justicia.… Me temo que no puedo decir más.
Me debo
marchar, porque mamá ha pedido que baje a dar de comer a los cerdos.
Tuya
siempre, Megan
31 de agosto
de 1940
Hace tres
días fui a venderle mantequilla al señor Carson, dueño de la carnicería más
vendida en Monttebaten. Me atendió tan amable como siempre, y al salir de la
tienda con una pierna de cerdo como paga, una avalancha de bicicletas casi me
arranca la nariz. Era Owen y sus amigos, con tres o cuatro muchachas (entre
ellas Fanny Andersen). Al advertir mi presencia, Owen se detuvo y los demás
siguieron sus órdenes de parar.
--¡Eh,
Megan! Ven con nosotros al río, vamos a pasar un buen rato—me gritó desde su
sitio.
--No,
gracias. No puedo—le respondí, reanudando la marcha, lo que no pude hacer,
porque enseguida Owen me volvió a hablar:
--Si es
porque no tienes bicicleta despreocúpate. Aquí hay mucho espacio para ti—dijo,
tocando el haciendo adherido en la parte trasera de su bicicleta.
--Gracias,
pero hay mucho trabajo en la granja. Debo irme—
--¿Pero sí
quiere ir no es cierto?—
--Pues sí,
me gustaría mucho ir. Pero prefiero guardar mi dignidad e integridad. Tengo
trabajo que hacer y no pienso malgastar mi tiempo en cosas que no me convienen—
Todos se
rieron de mí y a la orden de Owen, movieron pedales y se fueron. El único que
no se rió y se dignó a saludarme con la gorra, fue Ben, hijo del señor Carson.
Owen es el chico modelo del pueblo, pero ahora me doy cuenta de que su compañía
solo sirve para descomponerte el cerebro. Él es de la edad de Hans, pero Hans
tiene mucho más carisma y sensatez que ese chico. Ben es solo un año mayor que
yo, pero es muy tímido y casi nunca le he dirigido la palabra, ni él a mí. Es
prácticamente un desconocido, aunque le vea todos los días en la escuela y a
veces los viernes por el medio día, cuando le llevo mantequilla al señor
Carson, su padre. Regresé a casa enfadada de esos chicos y chicas. Fanny me
había parecido buena, su comportamiento era agradable, pero ahora me doy cuenta
de que solo era mi imaginación. El hecho de que tenga bonita cara no significa
que tenga buen corazón. Owen solía agradarme, pero ahora me fastidia y es
repugnante. En cuando al resto de los chicos, son iguales a Owen, así que les hago
el menor caso. Solo, como te digo, Ben parece no estar completamente de acuerdo
con ellos. Pero como es tímido, no se atreve a decir que no, lo que me enoja en
serio. ¿De qué sirve tener principios y convicciones si no vamos a ser fieles a
ellos y defenderlo a toda costa? Mejor me quito de molestias y vivo sin ley ni
razón… me tengo que ir. Mamá acaba de llamarme desde el pie de la escalera
diciendo:
--¡Megan!
¡Baja en seguida que tienes visitas!—
Debe ser
Ilse, porque acordamos hacer juntas la tarea de matemáticas. Ella sí es buena
en todo y me ayuda cuando no entiendo nada.
Con un adiós
apresurado, tuya, Megan
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