Betty, la cantante cenicera
Betty, la cantante cenicera
Había una vez una niñita pobre y andrajosa que vivía en un cerezo que estaba situado en medio de dos casas de tres plantas. En el cerezo había colocado cinco tablas que consiguió de un edificio quemado, las tablas estaban algo tiznadas pero en excelente estado. Como pertenecías tenia, una caja de madera que contenía: un hilo y una aguja que una vez le regaló una niña, una navajita de cinco centímetros, que un caballero le dio, miles de retazos, y un broche de oro puro. No lo vendía ni por la más grande cantidad de dinero, puesto que era de su difunta madre. Que había muerto en el edificio de donde Betty había cogido las tablas. Aquel edificio, fue una vez, el hogar de Betty.
Ella
vivía felizmente, y además había conseguido ganarse la vida sabia y
correctamente. Cerca de donde vivía, estaba la Gran Plaza. Allí, cuando era
invierno, otoño o hacía frío, se encendían fogatas en pequeños barriles de
metal. Así, la gente que pasaba por allí se calentaba, o se calentaban los que
no podían comprar leña para su chimenea, o los que ni siquiera tenían un techo.
Cuando se acababa la llama de estos barriles, muy temprano cada mañana, Betty
sacaba los grandes carbones. Dejando siempre los suficientes para que el
oficial de la plaza pudiera volver a prender el fuego con facilidad.
Ya
con los carbones en sus bolcillos, corría a su casita mágica y ponía manos a la
obra. Primero partía los carbones con su navajita, obteniendo unas anchas y
largas tiras de carbón. Luego las frotaba unas con otras hasta que tenía unos
perfectos cilindros. Seguidamente los colocaba en una caja de cartón con sumo
cuidado, entonces, estaban listos. Cogía la caja, se iba a la plaza, se sentaba
en una banca de las que allí había y esperaba. ¿Qué esperaba? Pues esperaba a
que los niños ricos vinieran a jugar, al cuidado de sus exigentes niñeras, y
les vendía luego las tiras de carbón.
Con
estas tizas (que es exactamente lo que eran, solo que a diferencia de las de
fábrica, estas eran negras), los niños hacían dibujos en el pavimento de la
plaza. Cuando ellos se marchaban, muy apenados, Betty concluía entonces su
trabajo, trayendo en una cubeta agua del pozo de la plaza y limpiando los
dibujos. Así, los niños tenían de nuevo un piso donde dibujar, y los adultos no
se quejarían de que estaba sucio. Luego Betty iba a comprar pan, leche, carne
seca y queso, lo suficiente de cada cosa para un día. Y en ocasiones, cuando
las ganancias eran más, compraba unas manzanas o nueces.
Detrás
de la cerca de su casita en el árbol, había un pequeñísimo arroyuelo. Allí,
Betty tenía una cubeta de metal, hundida en el agua solamente a que casi
llegara al borde a la cubeta. En ella metía el queso, las manzanas y la botella
de leche, así estaban frescas y durarían bien conservadas hasta que llegara la
hora de comerlas. Aunque el menú de Betty no era muy variado, estaba siempre
contenta con que comiera. Y además, esos pequeños lujos que se podía dar, le
contentaban y a la vez le hacían apreciar lo que no se tiene todos los días.
Algunos días, cuando los niños ricos no conseguían que sus padres es dieran
centavos para comprar tizas de carbón, le pagaban a Betty con caramelos,
manzanas, carne seca, bollos, bocadillos y toda clase de cosas comestibles que
ellos siempre llevaban en los bolcillos. En ocasiones le pagaban con algo más
nutritivo y llenadero, como huevos cocidos, pepinos, pequeñísimas barritas de
mantequilla (que Betty untaba con deleite en el pan), papas cocidas y cosas por
el estilo.
Además
de vender esas tizas, en el tiempo que Betty estaba aburrida, buscaba un
trabajo sencillo para distraerse. Un día, se le ocurrió preguntar en la casa
que estaba justo frente a su casita en el árbol. Tocó, y casi al instante,
abrió una sirvienta de vestido negro, con cuello blanco, una blanquísima cofia
y un delantal.
--¿Cree
que podría darme un trabajo, señorita? Sé hacer muchas cosas—preguntó Betty,
con las manos en la espalda y bien parada.
La
sirvienta, que se llamaba Barbara, observó de pies a cabeza a la niña. Debía
tener unos ocho o nueve años, de cabello castaño con una extraña mezcla de
rojo, y ojos grises. Aunque a Barbara le parecía que era una mendiga, no estaba
del todo convencida. Pues Betty siempre estaba limpia de manos y cara, su ropa
y zapatos estaban igual de limpios, se paraba con educación y en su mirada se
veía que sabía comportase como una señorita de la alta clase. Pero si fuese de
alta clase, no le estaría pidiendo trabajo a Barbara, y su vestido no estaría
para nada remendado. Finalmente, la sirvienta dijo:
--Bien,
entra y ya veremos qué se puede hacer—
Betty
entró. El interior de la casa era mucho más lujoso que su exterior. Había
alfombra en la entrada, grandes candelabros de vidrio, espejos, jarrones con
abundantes flores, muebles blancos, tapices caros, marcos de madera de roble, y
cosas por montón. Betty quedó embelesada con todo esto, y sin darse cuenta, fue
llevada a un callejoncito al lado derecho de la casa y donde había (según le
pareció) un montón de filas de cuerdas para tender ropa.
--Bien,
aquí está esta canasta de ropa. Me parece que ya eres lo bastante alta para
alcanzar las cuerdas y colgar estas sábanas y fundas de almohadas—dijo la
sirvienta, mientras que le entregaba a Betty una bolsa de tela blanca. La cual
estaba llena de pinzas para ropa.
Inmediatamente,
Betty puso manos a la obra. Ni cinco minutos llevaba haciendo aquello, cuando
comenzó a entonar una canción de cuna francesa. Esta canción se la había
enseñado su madre, hacia tantos años. Pero para Betty era tan especial la
canción, que ni aún en su vejez la olvidó. En cuanto a Barbara la sirvienta,
ella se había metido a sacudir la biblioteca. La cual daba sus ventanas al
callejoncito donde Betty tendía ropa de camas. De modo que ya podréis imaginar
que Barbara escuchaba perfectamente la canción de la niña, y no solo ella, sino
que también otros sirvientes de la casa. Y tan bonita era la canción tanto como
la voz que la cantaba, que todos se olvidaron de lo que tenían que hacer.
Inclusive los niños y su profesor salieron de la habitación contigua (que les
servía de salón de clases) y fueron a la biblioteca para escuchar mejor. Lo
mejor del caso, es que como todos estaban tras las cortinas de la biblioteca,
Betty no se daba cuenta de nada (porque de lo contrario preguntaría si era
molestia que cantara).
Pero
entonces llegó el señor de la casa. El Sr. Adams colgaba su chaqueta, su
sombrero y luego siempre iba a la biblioteca. Donde acostumbradamente estaba
Barbara, pronta a cumplir lo que pudiera desear su amo. Pero ahora el Sr. Adams
había entrado precipitado y casi corriendo, haciendo todo de manera atrabancada
y sentándose en su sillón mientras exclamaba, como para sí y como para Barbara:
--¡No
encontré nada, Barbara! ¡Nada! Busqué en los barrios ricos, en los pobres, en
las grandes calles, en los callejones, en las mansiones, en las casuchas, ¡en
todas partes! ¡Y no hallé nada digno del teatro! ¡Nada que… ¿Quién canta,
Barbara?—
--¡Ven
a ver, papá! ¿No es extraordinario?—dijo la mayor de las hijas del Sr. Adams.
Quién se llamaba Clara y era idéntica figura de su madre.
El
Sr. Adams se acercó a la ventana donde estaban todos (no se había percatado de
que así era hasta que su hija lo llamó) y vio algo realmente extraordinario. Lo
que vio fue una niña, cantando como los ángeles, trabajando alegre, pasándola
bien. Allí tenía su cantante digna del teatro.
--¿Verdad
que es lo que buscaba, señor?—preguntó Barbara.
--Sí,
papá. Es ella, y solo ella. ¿No ves que canta como los ángeles?—corroboró
Clara.
--Pero
no sabemos cómo cantan los ángeles, ¿cómo vamos a saber que canta “como los ángeles”?—preguntó Jack, un
niño que siempre buscaba lo malo de las cosas y era extremadamente practico.
Era también el hermano menor de Clara.
--No
arruines las cosas, Jack. Tú siempre buscas hacer feo lo que por naturaleza es
bonito. Si no vas a decir algo de provecho hacia la señorita que está allá
afuera, que en mi opinión ha de ser mejor que tú, mejor cállate y no digas
nada—lo regañó luego Clara.
--¿Señorita?
¡Si ni ha de tener más de ocho años! Es incuso menor que yo—protestó Jack,
poniéndose de mal humor. Y de no ser que el Sr. Adams habló antes de que Clara
pudiera decir algo en su defensa, se habría armado una catastrófica pelea en la
biblioteca.
--Clara
tiene razón: canta como los ángeles. Y no se hubiera encontrado mejor cantante
de teatro en todo el país. ¡Ajá! ¿Quién hubiera imaginado que un día tan mal
desperdiciado terminaría así de rico? ¡Vamos, Barbara! Tráeme esa niña aquí
inmediatamente. Ella será nuestra cantante. ¡Sí, señor! El día no hubiera
podido acabar mejor—
--En
seguida, señor—dijo Barbara, y se fue a traer a Betty. Mientras que el Sr. Adams sacaba a todos de
la biblioteca y cerraba las puertas. Aunque eso no impidió que, ciertas
personas, escucharan por las puertas del otro lado de la biblioteca.
--Aquí
está la niña, señor—dijo Barbara, con Betty delante suyo y acercándola.
--Bien,
bien. Puede marcharse usted, Barbara—ordenó el Sr. Adams.
Al
momento, Barbara hizo una reverencia y se fue. En cuanto a Betty, ella no se
imaginaba que su vida iba a dar un vuelco total, y qué era lo que estaba por
pasar.
--Siéntate,
pequeña. Y quiero que sin falta me cuentes todo acerca de ti—
--Bueno…
yo vivo aquí en frente, en el árbol de cerezo que está entre dos casas altas.
Pero no me molesta, así me gusta vivir. Mis padres murieron cuando yo tenía
ocho años, hace casi un año—
--¿Dónde
murieron?—
--En
el edificio de la calle River. Era un gran edificio, pintado de rojo, grandes
salones y una cocina grande. Está a casi dos cuadras de aquí—
--¿No
es el edificio que se incendió?—
--Sí,
señor—
--Bueno,
bueno. Prosigue, no te detengas—
Betty
contó toda su historia. Y el Sr. Adams escuchaba atentamente, sin perderse una
palabra y haciendo una pregunta de vez en cuando. Así se pasó el resto de la tarde,
pero el reloj de la biblioteca nunca faltaba a su deber de tocar la hora,
entonces dio las siete de la noche. En ese momento, Barbara anunció que la cena
estaba lista.
--Perfecto,
Barbara. Lleva a Betty para que se lave las manos junto con los niños y luego
vamos a cenar—ordenó como siempre el Sr. Adams.
--Pero,
señor, yo ya me tengo que ir—replicó Betty.
--¿Tienes
algún compromiso? ¿Debes ir a algún lugar?—
--No,
señor. Pero mi madre siempre me enseñó que nunca se debe regresar tarde a casa,
aunque tu casa esté enfrente—
--Bueno,
en ese caso, tu madre era una excelente maestra. Pero ahora eres nuestra
invitada, y no veo mal en que te quedes a cenar con nosotros—
--Sí, señor. ¿Pero cómo sabe que mi madre era
maestra?—
--Llegué
a conocerla y platicar con ella. Aunque realmente no nos creíamos amigos—
--No
lo sabía—
--Bueno,
pero vete ya que nos estarán esperando—
Betty
siguió a Barbara, creyendo que iba a ser una noche inolvidable. Y fue verdad,
porque allí mismo, en la mesa y en frente de todos sus hijos y su esposa, el
Sr. Adams propuso a Betty la idea de ser cantante de teatro. Pero eso no fue
todo, también le propuso que ahora fuese parte de la familia Adams y que tomara
por su puesto, el apellido de la familia. ¿Era aquello verdad? ¿Sería cierto que
aquellas personas prácticamente desconocidas la quisieran hacer su hermana e
hija? ¿Sería cierto? Luego de quedarse perpleja, Betty vio a todos (quienes la
veían a ella). Y vio entonces en los rostros de sus anfitriones, que ninguno de
ellos había tenido un sentimiento más sincero. Sí, ellos la querían sin saber
quién era, de dónde venía, de su pasado. Y por alguna razón, Betty los quería
también.
Sin
rodeos ni contratiempos (como le gustaba al Sr. Adams), Betty aceptó. Rompieron
entonces todos en alegres exclamaciones, contentos y felices. Aún Barbara y los
demás sirvientes se alegraron con sus amos. Pues ahora Betty era parte de una
familia, que la querría hasta el fin.
*****
Los
años habían pasado. Pero Betty había sido feliz, cantando tanto en el teatro
como en casa para alegrar a sus amigos y familiares. Tenía ahora diecisiete
años. Y ya que tengo tiempo de contaros cómo eran sus hermanos y padres, les
contaré con gusto.
El
Sr. Adams era un hombre al que le gustaba llegar al grano sin rodeos, comenzando
por los negocios. Era el dueño de un gran teatro en la acaudalada cuidad New
York, en donde se llevaban a cabo las más prestigiosas obras y presentaciones.
Pero cuando estaba fuera de esas inmensas cuatro paredes, era un hombre
honrado, cariñoso padre y esposo, excelente amo, buen y considerado vecino,
trabajador, y aunque en ninguno de los dos lados dejó de ser práctico, era lo
que pocos hombres eran: un buen hombre. Digno de sentarse a la mesa del rey de
Inglaterra. Como podréis imaginar, él estaba casi siempre ocupado, pero cuando
lograba hacer un espacio para su familia, no había ser capaz de alejarlo de
aquellos por los que luchaba cada día, en una odiosa oficina.
La
Sra. Adams era simplemente tanto el encanto de la sociedad, como de la familia.
Su risilla pícara e infantil, alegraba siempre el corazón del más mísero ser,
brindándole a éste una gran alegría. Siempre estaba dispuesta a afrontar
cualquier adversidad, con una sonrisa, pocas quejas, pero por sobre todo, con
un gran respeto a su esposo y a las decisiones que él tomaba. Podría decirse,
que era una mujer valiente y honradamente capaz de robarse el corazón de
alguien.
Caleb
era el mayor. Era un chico de veinticinco años, que trabajaba para su padre,
tenía su casa a unas tres cuadras de la de sus padres, por lo que visitaba
bastante seguido a sus padres y hermanos, y aunque era un hombre, sabía hacer
bastante bien las faenas de una casa. Y como no necesitaba una dama que cuidara
de su casa y no sentía necesidad de una esposa, no estaba casado ni pretendía
estarlo pronto. Su hermano Jack vivía con él, pero éste era otro caso.
Clara
secundaba a Caleb, era sencillamente la segunda. Contaba con veintidós años,
(tampoco estaba casada ni pretendía estarlo pronto) era de una carisma
peculiar, simpatizaba con pocas chicas de su edad (porque no tenía las ideas y
costumbres que tenía la mayoría), no andaba al asecho de ningún baile, se
mofaba del romanticismo, y, en pocas palabras, era todo lo contrario a lo que
eran las demás chicas. Era una belleza, según se decía por toda la parte sur de
la ciudad, pero ya que todos tenemos diferentes expectativas de lo que es la
belleza, os lo dejaré para que la imaginen a su gusto.
Jack
trabajaba, sí. Pero no con la misma disposición, entrega y dedicación con que
lo hacía Caleb. Tenía diecinueve años, era alto, fornido, de buen apetito, de
cabellos y ojos cafés, de una tez bastante blanca, aunque ésta estaba
enriquecida con abundante salud y fortaleza. Detrás de todo aquello, había un
chico perezoso, glotón, aprovechado, completamente práctico y sin gusto hacia
las chicas. Decía que ellas eran solo un adorno en el mundo (a lo que Caleb
contestaba que dado el caso de que así fuera, había que tratarlas con honores y
delicadeza) y que solo se la pasaban haciéndole la vida difícil a los hombres.
Por lo que se prometía a sí mismo, jamás nunca jamás casarse (aunque solo
tuviera diecinueve años y toda una vida por delante). Probablemente cambie de
opinión cuando la muchacha indicada pase por la vista de sus ojos. Pero con los
malos hábitos, también vienen las buenas virtudes. Sacaba provecho de todo,
nunca desperdiciaba nada, ayudaba al que lo necesitaba, daba buenos consejos,
reprendía al malvado con rectitud y era conocido por su buen juicio y
comprensión. Este era, al fin, Jack Adams de la calle Hunting.
Quien
le seguía a Jack en edad, no era otra que nuestra querida Betty. Tenía, como ya
dijimos, diecisiete años. Gozaba de buena y excelente salud, era alegre,
compasiva, considerada, seguía siempre las instrucciones de su madre, pero ante
todo, buscaba siempre ayudar y complacer a los demás. Era conocida por toda la
ciudad, no solo porque fuese la cantante más famosa de su época, sino que había
habido ciertos acontecimientos que la hacían resaltar de las demás. Era querida
prácticamente por todos cuantos la conocían, pues había ciertas personas que la
envidiaban y ello los llevaba a despreciarla. Aunque tarde que temprano
llegaban a quererla del mismo modo que todos los demás.
Jeffrey,
el quinto, contaba con quince años. Aun a aquella edad, seguía siendo un pícaro
niño que gustaba de hacer travesuras. A la pobre Barbara la tenía tan acosada,
que la anciana vivía de nervios y se la pasaba cuidando sus cuatro lados, con
tal de evitar “a ese mocosuelo”. Y solo tenía paz cuando el muchacho se
marchaba a dar largas caminatas con sus hermanas menores, y, en ocasiones,
Betty. Era lo que todos en casa llamaban, una jirafa zancuda. Sus extremidades
eran tan largas, que el pobre no hallaba donde ponerlas, ni donde esconderlas.
En ocasiones gozaba haciendo el payaso y haciendo reír a sus hermanas, pero
siempre acababa por disgustarse consigo mismo. Aun así se contentaba, porque
aquello simplemente no tenía remedio.
A
pesar de sus constantes travesuras, era también todo un caballero. Cuando iban
a bailes o fiestas a las que eran invitados, siempre invitaba a bailar por lo
menos una vez a cada una de sus hermanas. Si estas no aceptaban, ese ya no
sería su problema y podía vivir con la consciencia tranquila. Cuando en sus
caminatas se encontraba con alguien que necesitaba ayuda, no hacía falta ni
pedírselo pera que fuera corriendo en socorro de aquella persona. Cuando
encontraba un animalito a medio morir, le hacía “un favor” acabando con su
sufrimiento. Y aunque esto era en cierta manera más una diversión que un favor
al mundo, no cabe duda de que en verdad sentía lástima por aquellos animales. Y
cuando acababa con el sufrimiento de dicho animal, le daba “santa sepultura” en
el patio de la casa, según decía Barbara. Quien no acababa de comprender en qué
mundo se hallaría la cabeza de aquel “muchacho perdido en la atmosfera”.
Sandy,
no era otra, sino la perfecta cómplice de Jeffrey. Sí, señor, una muchachita de
catorce años que seguía a su hermano al pie de la letra y sin perderle de
vista. Y si le perdía de vista, sabía exactamente dónde se hallaba y qué estaba
haciendo. Andaba siempre canturreando y dando y haciendo cuanto veía que hacía
Jeffrey. Esto era en parte un alivio, porque Sandy hacía incluso todo lo bueno
que hacía Jeffrey. Por otro lado, era toda una calamidad. Porque con los bueno
viene lo malo, y no siendo este mundo algo perfecto, se ha de esperar que
aunque uno trate de ser mejor, siempre habrá algo que le lo haga más difícil de
conseguir. Aun así, con todo y defectos, Sandy era una muchacha buenísima como
la que más.
Montaba,
Dios bendito, como una reina. Ninguna chica en la cuidad era capaz de sobre
pasarla en astucia, agilidad, sutileza de movimiento, y mucho menos en las
carreras ecuestres. Pronto fue llamada La Reina Ecuestre, por todo aquel que no
la envidiara. Y de haber tenido al alcance un Mustang salvaje, habría sido
feliz domándolo con perseverancia hasta conseguirlo. Pero esas no eran todas
las virtudes de Sandy. Estaba dotada de una paciencia y una astucia inexplicable.
Nadie era capaz de hacerla enojar. Si alguien intentaba lograrlo, acababa, por
consiguiente, enojadísimo y se marchaba resuelto a no perdonar a Sandy por
haberle hecho el ridículo. Sin embargo, nadie era capaz de guardar rencor por
tanto tiempo hacia la muchacha. Por lo que a los tres días, quien fuera el
ofendido, regresaba para pedir perdón por su descabellado comportamiento.
Sandy, por su parte, le concedía perdón y le daba una buena bienvenida
invitándole a caminar o a algo semejante. Y, como al principio, acababan siendo
tan buenos amigos. Además de todo esto, Sandy era la mejor costurera de la
casa, según afirmaban todos los seres vivientes que la conocían.
Era
alta, tan alta que algunos le agregaban dos años a los que en realidad tenía.
Era más bonita que todas sus hermanas, su cabello dorado y castaño le llegaba
(según habían descubierto algunos) hasta las rodillas. Pero siempre lo llevaba
recogido en finas y apretadas trenzas alrededor de su cabeza. Brindándole esto
tanta comodidad al montar y hacer cualquier trabajo, que de haberle preguntado
qué tal le funcionaba, te habría respondido que mejor lo descubrieras por ti
mismo.
Sandy
tenía además la virtud de consolar. Cuando su hermanita Pouline se sentía
afligida, primero lloraba con ella y luego le hacía reír con historias de o más
cómicas, con lo que las penas se iban volando así como llegaron. Y cuando su
mejor amigo de juegos (su hermano Jeffrey) se hallaba cansado y hastiado de
estudiar latín o lo que fuese, iba corriendo a su encuentro y le despejaba la
mente con chistes y chismes. Tal era la muchachita que ponía tanto la casa
patas arriba, como que les alegraba la vida a los demás.
Pouline
era una chiquilla de doce años, a la que nadie podía negar algo. Y no es que
fuese malcriada y berrinchuda, sino que era tan buena moza, que nadie podía
negarse a los deseos del “encanto de ángel”. Barbara la mimaba demasiado (o así
decía el Sr. Adams) con dulces y chucherías. Pero Pouline sabía bien cuando
parar. Caleb era ya un hombre independiente, Clara se la pasaba encerrada en
uno u otro cuarto, Jack andaba por donde le diera la gana, Betty iba siempre en
pos de Barbara para ver qué nuevo hacían, y Jeffrey y Sandy eran el par de
mocosuelos más traviesos y malvados del mundo, ya que hacían cuanto podían al
primero que se encontraban. Así, Pouline quedaba en cierta manera, en una
completa libertad. La cosa es que como su padre y su madre se preocuparon en
educarla bien y cultivar en ella las buenas virtudes (como con todos lo demás),
cabía de esperar que eligiera hacer cuanto bien pudiera al mundo, en vez de
perjudicarlo más.
Todos
estos personajes, con sus virtudes y defectos, se hallaban en la biblioteca una
tarde, en que acababa de llover. Sandy leía el gran y voluminoso libro de
Robinson Crusoe (ella prefería las novelas de aventura a las de amor), Betty
veía por la ventana hacia la calle, Clara caminaba de un lado a otro tratando
de encontrar el final para su libro, Pouline trataba de comprender cuál era la
diferencia de un Do Mayor y un Do Menor, sentada frente al piano. Jeffrey leía
sentado en una silla, con el libro a un metro de distancia (más o menos lo que
media su brazo extendido sobre la mesa), cosa que Barbara no entendía. Ya que
ella estaba falta de vista y el chico leía a “una milla de distancia”. Los
señores estaban ausentes, en asuntos del teatro, y Caleb y Jack no habían ido a
visitarlos ese día.
--Creo
que voy a dar un paseo. ¿Viene alguien?—anunció Betty, con un suspiro y
levantándose.
--No,
gracias. Pero has el favor de pasar a la tienda de las telas y comprar un metro
de la tela de seda del otro día. Ayer me encontré con una niña pobre y hoy se
me ha ocurrido confeccionarle una muñeca. Ya que no tiene nada a modo de una,
más que un palito y un pedazo de tela sucia—pidió Sandy, sacando de su monedero
unos centavos y entregándolos a Betty.
--¿Algún
encargo más?—preguntó Betty.
--Sí,
el chico que me trae la carne está enfermo (pobrecito) de fiebre escarlatina.
Has el maravilloso favor de comprar la carne para la cena—Barbara dio a Betty
el dinero, y a continuación le dio las instrucciones de cómo debía ser la
carne.
--¿Algo
más?—preguntó de nuevo Betty.
--No,
nada—contestó Jeffrey, sin quitar la vista de su libro de aritmética.
--No,
nada, Betty querida… ¡Ya lo tengo! Catrina se cae desde la torre de Lord
Misteruis y muere de tragedia—gritó Clara, corriendo esta vez al escritorio y
metiéndose de lleno en su final.
--Bueno, entonces me voy—
Betty
salió un poco malhumorara. Pero en cuando cruzó la esquina, se río por las
reacciones extrañas de su hermana Clara. Ya que se está tan callada y seria,
que uno pensaría que no piensa en nada. Pero de repente, salta de la silla,
gritando cosas como las que acabáis de escuchar y se va corriendo a su
escritorio. Nada la entretenía más y la fascinaba como adentrarse en historias
creadas por ella misma. En varias ocasiones se había desilusionado leyendo
historias de alguien más, y por ello había comenzado a escribir sus propias
versiones, con sus propios nombres, lugares y tramas.
Con
estos pensamientos, Betty se fue alegrando durante el camino. Y para cuando
llegara de regreso a casa, sería una muchacha llena de alegría y no la muchacha
malhumorad que había salido de casa.
La
tienda de las telas estaba en contra esquina de la carnicería, por lo que a
Betty le quedaba realmente cerca. Entró a la tienda de telas, que daba su
frente a la plaza en la que tantas veces había vendido tizas de carbón, y
compró el encargo de Sandy. En la tienda se encontró con una de las niñas que
le llegó a comprar carbón, y en resumidas cuentas, Betty le contó (a petición
de la muchacha) su historia. Cuando por fin se pudo despedir de la muchacha,
Betty ya llevaba casi prisa, porque no tardaría en obscurecer.
Al
salir de la tienda de telas, Betty vio a un niño de unos doce años que pedía
trabajo al carnicero, quienes estaban en la parte trasera de la carnicería.
--Por
favor, señor. Un solo trabajo, simple y sencillo, no importa que sea muy duro,
haré lo que a usted no le gusta hacer. No pido paga más que lo que desee darme
usted. Se lo pido: un trabajo—imploraba el muchacho.
--No
te conozco, no necesito ayuda y no te quiero ver aquí. ¡Largo!—replicaba el
carnicero de muy mal humor, según se podía ver. Probablemente le hubiera dado
un trabajo noble al chico, si no fuera que estaba de mal humor aquella tarde, a
causa de que su abastecedor no cumplió con su palabra.
--Señor,
solo un trabajo. Aunque sea solo barrer la terraza, solo por hoy. Tengo dos
hermanas a la cuales alimentar y ninguna es capaz aún de valerse por sí misma,
no tengo padre ni madre, ni pariente vivo sobre la tierra. Concédame un
trabajo—
--¡Toma!
Si lo que quieres es alimentar tus hermanas llévate esto y dales de comer—
--No,
señor. No quiero dinero, lo quiero y lo necesito, pero no lo aceptaré si no he
trabajado antes—seguía replicando el niño.
--¡Largo!
No quiero verte—
Y
el carnicero le cerró la puerta en las narices. El chico, angustiado, pensaba
cómo daría de comer a sus hermanas, que eran lo único que le quedaba en el
mundo: un verdadero tesoro. Betty, que no se había perdido nada de la escena,
estaba comprando automáticamente carne y la atendía la señora del carnicero,
cuando un pequeño niño llamó a su madre (la esposa del carnicero) y fue
entonces el carnicero y terminó de atender a Betty.
--Aquí
tiene, señorita—dijo el carnicero en tono amable.
--¿Sabe
qué? Quédese con su carne. No compraré carne a un carnicero que le niega un
trabajo a un pobre niño, que humildemente, implora por el único tesoro que le
queda en el mundo, para poder conservarlo aún consigo. Le pide un trabajo, el
que usted no desea hacer, no le pide una paga fija, sino lo que usted desee
darle. Todo esto, y además, con un corazón dispuesto y feliz al trabajar. Eso
lo veo yo, y es una lástima que usted no. ¡Quédese con su carne! ¡Y que le
quede bien en claro que ha perdido un cliente!—dijo Betty indignada. Y se
retiró, dejando al carnicero perplejo y meditando en sus acciones, después de
lo cual se dio cuenta de que se había portado como un perfecto villano de
cuento de hadas.
Mientras
tanto, Betty se acercó al niño que se había sentado desolado y desesperado en
los escalones de donde le habían cerrado la puerta en las narices. Se sentó
junto a él, y pareció que él no se dio cuenta, o no quiso dar cuenta de ello,
porque se sobre saltó cuando Betty le dijo cariñosamente:
--¿Cómo
te llamas, noble jovencito?—
--James,
señorita… ¿Se ha perdido usted? ¿Qué hace aquí en este callejón tan obscuro?
¿No quiere que la ayude?—preguntó el niño, y en su tono de voz parecía que se
había olvidado al momento de todo su pesar y se disponía a ayudar a Betty.
--No,
James. He venido a ayudarte yo a ti, pero antes que nada, vamos por tus
hermanas—
--Disculpe
la pregunta, pero, ¿quién es usted? Me parece haberla visto antes—
--Soy
Elizabeth Adams—
--¡Claro!
La cantante de los carteles del Gran Teatro de New York—
--Sí,
esa misma—
--Dicen
que canta usted como los ángeles, ¿No le es molestia hacerme creer eso?—
--En
absoluto—
Entonces
Betty cantó una canción de cuna que le llegó a enseñar Caleb, cuando apenas
eran unos niños. Debió cantar bellamente, porque James se quedó embelesado y
dijo luego que Betty terminó:
--Todo
es cierto: canta usted como los ángeles—
--Dime
Betty, es así como me llaman mis hermanos y mis amigos—
--¿Está
segura usted? Si le digo Betty, seré entonces su amigo. ¿Está segura de que
quiere ser amiga de un niño de la calle?—
--¡Cómo
que no quiero! Ya eres mi amigo. Además, yo estuve una vez en tu lugar—
--¡No!
¿Cómo?—
--Vamos
por tus hermanas y te lo cuento en el camino—
Así,
pues, se levantaron y fueron a la panadería que estaba en la plaza. En los
escalones, había dos niñitas. La más pequeña, de unos dos años, y la otra de
unos ocho años. Las dos rubias, con sonrisas perfectas y unos ojos cafés que
brillaron a ver a James que se acercaba a ellas. Luego corrieron a él, lo
abrazaron como que si no lo hubieran visto en años, y gritó la más grande:
--¡Gabriel!
¡Has vuelto! ¡Pensamos que no ibas a volver y ya se estaba haciendo obscuro!—
--¿Cómo
dejarlas, Carrie?—preguntó James, o Gabriel, reprochándolas cariñosamente.
--Creí
que te llamabas James—dijo Betty, quién había preferido callar hasta entonces y
ver solo los saludos del trio que tenía frente a sí.
--Y
así me llamo: Gabriel James Brooks. Solo que mis hermanas prefieren decirme
Gabriel y hemos decidido no dar a conocer los nombre por los que nos llamamos—
--Bien,
pero ahora debemos ir a mi casa porque me estarán esperando y mandaran a buscar
hasta China por mí, si es necesario—
--¿Ha
ido a China alguna vez, señorita?—preguntó Carrie.
--Sí,
Carrie—
--¡Qué
maravilla! Cuénteme todo, si no es molestia—
Betty
estaba encantada con lo que llevaba a casa. Había salido de casa pensando que
iba a pasar una linda caminata comprando unas cosas que le habían encargado, y
regresaba ahora con el tesoro más valioso. Incluso que el oro o la perla más
fina del mundo.
En
casa los recibieron con agrado, amabilidad, gritos de contento, exclamaciones
de aprobación y por encima de todo, abrazos de amor fraternal. Aunque nadie
conocía a los niños, los amaban ya al solo verlos entrar con Betty. Les
alimentaron, los bañaron, les dieron ciertas medicinas para que no enfermaran,
algunas dulces y placenteras otras no del todo, les contaron cuentos y les
hicieron pasar la mejor tarde que hubieran tenido en mucho tiempo. Por fin los
acostaron todos juntos en el mismo cuarto y se deleitaron en hablar de ellos
hasta que llegó para ellos la hora de irse a dormir. Se habían dedicado con
alma y corazón a aquellos niños el resto la tarde.
Pero
Betty no podía conciliar el sueño. Y no pudo hacerlo hasta casi dadas las doce
y media. Estaba pensando y pensando, y podía responder a su pregunta: ¿Qué
podía hacer ella para ayudar a Gabriel y sus hermanitas? No podía adoptarlos,
porque no estaba casada y se vería algo raro y sería malo para su familia. El
Sr. Adams no los iba adoptar tampoco, porque ya tenía bastantes años y tenía ya
bastantes hijos de los cuales hacerse cargo.
No
fue sino hasta la mañana siguiente, al despertar en la ventana de la biblioteca
donde se había quedado por fin dormida, que encontró la respuesta. Un orfanato.
Sí, eso sería. Tenía bastante dinero para fundar uno, hacerse cargo ella misma
de él, podía mantenerlo perfectamente ella sola y no se vería mal. Estaba decidido,
y nada podría hacerla cambiar de idea.
Se
levantó y salió a caminar sin siquiera desayunar. Apenas había consentido en
tomarse una taza de té y un pan tostado, a las suplicas de Barbara. Tomó su chal y salió sin que nadie se
levantara aún. Caminó por la plaza, recordando los días en que vendía las
cenizas a los niños ricos. Luego fue por las calles, las nuevas, las viejas,
los callejones, las amplias calles del barrio rico y por donde le llevaron sus
piernas.
Regresaba
ya a casa por el medio día, cuando en vez de tomar la calle acostumbrada, fue
por otra que la llevó a callejones mucho más angostos que otros que vio, luego
por fin salió a una calle más o menos grande. Y distinguió la casa donde había
pasado sus primeros ocho años, y donde aún seguían los maderos quemados, en
cenizas, pero bastante sólidos. Lo reconoció al instante y casi sin saberlo,
entró a él.
Era
uno de los edificios más grandes que había visto. Aún se podía distinguir que
antes del incendio, había sido de color rojo, magnificente y codiciado por
muchos. Consistía de amplios salones, cinco pisos, una gran cocina, una sala
enorme con dos chimeneas, una frente a la otra, y grandes ventanales por donde
entraba la luz cálida del medio día.
Sin
reparar en más detalles, salió Betty de allí y se dirigió a casa. La cual
quedaba a solo una cuadra de distancia. Corrió rápidamente, sin haber necesidad
de ello, y se tropezó con Caleb en la puerta. Pues veía el piso para no caer de
tropiezo con alguna piedra de los escalones. Caleb la sostuvo justo a tiempo
antes de que Betty callera de espaldas y le dijo reprochándola:
--¿Dónde
habías estado? Iba ya a buscarte por medio mundo. Barbara dice que apenas te
levantaste y te fuiste sin haber comido más que una taza de té y un pan
tostado. No está bien que te desaparezcas así—
--Perdona,
Caleb. Pero no pude dormir hasta las doce de la noche y la idea que no me
dejaba dormir me ha atormentado hasta la mañana. No me reproches, porque te
aseguro que cuando te cuente mi plan, no podrás evitar felicitarme como loco—
--Entonces
dime tu plan—
--¡Voy
a hacer un hogar para todo niño sin uno! No, un orfanato no. Es muy diferente
de lo que yo tengo pensado. ¡Pero no habrá niño que yo vea en la calle que pase
un minuto fuera de mi casa en cuanto lo vea!—
*****
Habían
pasado diez años desde que Betty tomara la decisión más valiosa de su vida. Y
no se había equivocado. Vivía como una reina celestial. Y no es que tuviera
ahora más riquezas terrenales, sino que había conseguido las riquezas más
valiosas en el mundo: un hogar y el amor que le dedicaban, tanto como el que
ella dedicaba a otros.
Se
había casado y tenía sus propios hijos, tres adorables niños. Peter, Ann y
Percie. Estaba rodeada de niños, alegría y actividad, nunca se estaba quieta, y
siempre iba seguida por Percie. Un niñito de tres años, que jamás paraba de
hacer preguntas, y que se escondía detrás de las faldas de su madre cuando un
extraño llamaba a la puerta.
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