Betty, la cantante cenicera

 Betty, la cantante cenicera 

 Había una vez una niñita pobre y andrajosa que vivía en un cerezo que estaba situado en medio de dos casas de tres plantas. En el cerezo había colocado cinco tablas que consiguió de un edificio quemado, las tablas estaban algo tiznadas pero en excelente estado.  Como pertenecías tenia, una caja de madera que contenía: un hilo y una aguja que una vez le regaló una niña, una navajita de cinco centímetros, que un caballero le dio, miles de retazos, y un broche de oro puro. No lo vendía ni por la más grande cantidad de dinero, puesto que era de su difunta madre. Que había muerto en el edificio de donde Betty había cogido las tablas. Aquel edificio, fue una vez, el hogar de Betty.   

Ella vivía felizmente, y además había conseguido ganarse la vida sabia y correctamente. Cerca de donde vivía, estaba la Gran Plaza. Allí, cuando era invierno, otoño o hacía frío, se encendían fogatas en pequeños barriles de metal. Así, la gente que pasaba por allí se calentaba, o se calentaban los que no podían comprar leña para su chimenea, o los que ni siquiera tenían un techo. Cuando se acababa la llama de estos barriles, muy temprano cada mañana, Betty sacaba los grandes carbones. Dejando siempre los suficientes para que el oficial de la plaza pudiera volver a prender el fuego con facilidad.

Ya con los carbones en sus bolcillos, corría a su casita mágica y ponía manos a la obra. Primero partía los carbones con su navajita, obteniendo unas anchas y largas tiras de carbón. Luego las frotaba unas con otras hasta que tenía unos perfectos cilindros. Seguidamente los colocaba en una caja de cartón con sumo cuidado, entonces, estaban listos. Cogía la caja, se iba a la plaza, se sentaba en una banca de las que allí había y esperaba. ¿Qué esperaba? Pues esperaba a que los niños ricos vinieran a jugar, al cuidado de sus exigentes niñeras, y les vendía luego las tiras de carbón.

Con estas tizas (que es exactamente lo que eran, solo que a diferencia de las de fábrica, estas eran negras), los niños hacían dibujos en el pavimento de la plaza. Cuando ellos se marchaban, muy apenados, Betty concluía entonces su trabajo, trayendo en una cubeta agua del pozo de la plaza y limpiando los dibujos. Así, los niños tenían de nuevo un piso donde dibujar, y los adultos no se quejarían de que estaba sucio. Luego Betty iba a comprar pan, leche, carne seca y queso, lo suficiente de cada cosa para un día. Y en ocasiones, cuando las ganancias eran más, compraba unas manzanas o nueces.

Detrás de la cerca de su casita en el árbol, había un pequeñísimo arroyuelo. Allí, Betty tenía una cubeta de metal, hundida en el agua solamente a que casi llegara al borde a la cubeta. En ella metía el queso, las manzanas y la botella de leche, así estaban frescas y durarían bien conservadas hasta que llegara la hora de comerlas. Aunque el menú de Betty no era muy variado, estaba siempre contenta con que comiera. Y además, esos pequeños lujos que se podía dar, le contentaban y a la vez le hacían apreciar lo que no se tiene todos los días. Algunos días, cuando los niños ricos no conseguían que sus padres es dieran centavos para comprar tizas de carbón, le pagaban a Betty con caramelos, manzanas, carne seca, bollos, bocadillos y toda clase de cosas comestibles que ellos siempre llevaban en los bolcillos. En ocasiones le pagaban con algo más nutritivo y llenadero, como huevos cocidos, pepinos, pequeñísimas barritas de mantequilla (que Betty untaba con deleite en el pan), papas cocidas y cosas por el estilo.

Además de vender esas tizas, en el tiempo que Betty estaba aburrida, buscaba un trabajo sencillo para distraerse. Un día, se le ocurrió preguntar en la casa que estaba justo frente a su casita en el árbol. Tocó, y casi al instante, abrió una sirvienta de vestido negro, con cuello blanco, una blanquísima cofia y un delantal. 

--¿Cree que podría darme un trabajo, señorita? Sé hacer muchas cosas—preguntó Betty, con las manos en la espalda y bien parada.

La sirvienta, que se llamaba Barbara, observó de pies a cabeza a la niña. Debía tener unos ocho o nueve años, de cabello castaño con una extraña mezcla de rojo, y ojos grises. Aunque a Barbara le parecía que era una mendiga, no estaba del todo convencida. Pues Betty siempre estaba limpia de manos y cara, su ropa y zapatos estaban igual de limpios, se paraba con educación y en su mirada se veía que sabía comportase como una señorita de la alta clase. Pero si fuese de alta clase, no le estaría pidiendo trabajo a Barbara, y su vestido no estaría para nada remendado. Finalmente, la sirvienta dijo:

--Bien, entra y ya veremos qué se puede hacer—

Betty entró. El interior de la casa era mucho más lujoso que su exterior. Había alfombra en la entrada, grandes candelabros de vidrio, espejos, jarrones con abundantes flores, muebles blancos, tapices caros, marcos de madera de roble, y cosas por montón. Betty quedó embelesada con todo esto, y sin darse cuenta, fue llevada a un callejoncito al lado derecho de la casa y donde había (según le pareció) un montón de filas de cuerdas para tender ropa.

--Bien, aquí está esta canasta de ropa. Me parece que ya eres lo bastante alta para alcanzar las cuerdas y colgar estas sábanas y fundas de almohadas—dijo la sirvienta, mientras que le entregaba a Betty una bolsa de tela blanca. La cual estaba llena de pinzas para ropa.

Inmediatamente, Betty puso manos a la obra. Ni cinco minutos llevaba haciendo aquello, cuando comenzó a entonar una canción de cuna francesa. Esta canción se la había enseñado su madre, hacia tantos años. Pero para Betty era tan especial la canción, que ni aún en su vejez la olvidó. En cuanto a Barbara la sirvienta, ella se había metido a sacudir la biblioteca. La cual daba sus ventanas al callejoncito donde Betty tendía ropa de camas. De modo que ya podréis imaginar que Barbara escuchaba perfectamente la canción de la niña, y no solo ella, sino que también otros sirvientes de la casa. Y tan bonita era la canción tanto como la voz que la cantaba, que todos se olvidaron de lo que tenían que hacer. Inclusive los niños y su profesor salieron de la habitación contigua (que les servía de salón de clases) y fueron a la biblioteca para escuchar mejor. Lo mejor del caso, es que como todos estaban tras las cortinas de la biblioteca, Betty no se daba cuenta de nada (porque de lo contrario preguntaría si era molestia que cantara).

Pero entonces llegó el señor de la casa. El Sr. Adams colgaba su chaqueta, su sombrero y luego siempre iba a la biblioteca. Donde acostumbradamente estaba Barbara, pronta a cumplir lo que pudiera desear su amo. Pero ahora el Sr. Adams había entrado precipitado y casi corriendo, haciendo todo de manera atrabancada y sentándose en su sillón mientras exclamaba, como para sí y como para Barbara:

--¡No encontré nada, Barbara! ¡Nada! Busqué en los barrios ricos, en los pobres, en las grandes calles, en los callejones, en las mansiones, en las casuchas, ¡en todas partes! ¡Y no hallé nada digno del teatro! ¡Nada que… ¿Quién canta, Barbara?—

--¡Ven a ver, papá! ¿No es extraordinario?—dijo la mayor de las hijas del Sr. Adams. Quién se llamaba Clara y era idéntica figura de su madre.

El Sr. Adams se acercó a la ventana donde estaban todos (no se había percatado de que así era hasta que su hija lo llamó) y vio algo realmente extraordinario. Lo que vio fue una niña, cantando como los ángeles, trabajando alegre, pasándola bien. Allí tenía su cantante digna del teatro.

--¿Verdad que es lo que buscaba, señor?—preguntó Barbara.

--Sí, papá. Es ella, y solo ella. ¿No ves que canta como los ángeles?—corroboró Clara.

--Pero no sabemos cómo cantan los ángeles, ¿cómo vamos a saber que canta “como los ángeles”?—preguntó Jack, un niño que siempre buscaba lo malo de las cosas y era extremadamente practico. Era también el hermano menor de Clara.

--No arruines las cosas, Jack. Tú siempre buscas hacer feo lo que por naturaleza es bonito. Si no vas a decir algo de provecho hacia la señorita que está allá afuera, que en mi opinión ha de ser mejor que tú, mejor cállate y no digas nada—lo regañó luego Clara.

--¿Señorita? ¡Si ni ha de tener más de ocho años! Es incuso menor que yo—protestó Jack, poniéndose de mal humor. Y de no ser que el Sr. Adams habló antes de que Clara pudiera decir algo en su defensa, se habría armado una catastrófica pelea en la biblioteca.     

--Clara tiene razón: canta como los ángeles. Y no se hubiera encontrado mejor cantante de teatro en todo el país. ¡Ajá! ¿Quién hubiera imaginado que un día tan mal desperdiciado terminaría así de rico? ¡Vamos, Barbara! Tráeme esa niña aquí inmediatamente. Ella será nuestra cantante. ¡Sí, señor! El día no hubiera podido acabar mejor—

--En seguida, señor—dijo Barbara, y se fue a traer a Betty.  Mientras que el Sr. Adams sacaba a todos de la biblioteca y cerraba las puertas. Aunque eso no impidió que, ciertas personas, escucharan por las puertas del otro lado de la biblioteca.

--Aquí está la niña, señor—dijo Barbara, con Betty delante suyo y acercándola.

--Bien, bien. Puede marcharse usted, Barbara—ordenó el Sr. Adams.

Al momento, Barbara hizo una reverencia y se fue. En cuanto a Betty, ella no se imaginaba que su vida iba a dar un vuelco total, y qué era lo que estaba por pasar.

--Siéntate, pequeña. Y quiero que sin falta me cuentes todo acerca de ti—

--Bueno… yo vivo aquí en frente, en el árbol de cerezo que está entre dos casas altas. Pero no me molesta, así me gusta vivir. Mis padres murieron cuando yo tenía ocho años, hace casi un año—

--¿Dónde murieron?—

--En el edificio de la calle River. Era un gran edificio, pintado de rojo, grandes salones y una cocina grande. Está a casi dos cuadras de aquí—

--¿No es el edificio que se incendió?—

--Sí, señor—

--Bueno, bueno. Prosigue, no te detengas—

Betty contó toda su historia. Y el Sr. Adams escuchaba atentamente, sin perderse una palabra y haciendo una pregunta de vez en cuando. Así se pasó el resto de la tarde, pero el reloj de la biblioteca nunca faltaba a su deber de tocar la hora, entonces dio las siete de la noche. En ese momento, Barbara anunció que la cena estaba lista.

--Perfecto, Barbara. Lleva a Betty para que se lave las manos junto con los niños y luego vamos a cenar—ordenó como siempre el Sr. Adams.

--Pero, señor, yo ya me tengo que ir—replicó Betty.

--¿Tienes algún compromiso? ¿Debes ir a algún lugar?—

--No, señor. Pero mi madre siempre me enseñó que nunca se debe regresar tarde a casa, aunque tu casa esté enfrente—

--Bueno, en ese caso, tu madre era una excelente maestra. Pero ahora eres nuestra invitada, y no veo mal en que te quedes a cenar con nosotros—

 --Sí, señor. ¿Pero cómo sabe que mi madre era maestra?—

--Llegué a conocerla y platicar con ella. Aunque realmente no nos creíamos amigos—

--No lo sabía—

--Bueno, pero vete ya que nos estarán esperando—

Betty siguió a Barbara, creyendo que iba a ser una noche inolvidable. Y fue verdad, porque allí mismo, en la mesa y en frente de todos sus hijos y su esposa, el Sr. Adams propuso a Betty la idea de ser cantante de teatro. Pero eso no fue todo, también le propuso que ahora fuese parte de la familia Adams y que tomara por su puesto, el apellido de la familia. ¿Era aquello verdad? ¿Sería cierto que aquellas personas prácticamente desconocidas la quisieran hacer su hermana e hija? ¿Sería cierto? Luego de quedarse perpleja, Betty vio a todos (quienes la veían a ella). Y vio entonces en los rostros de sus anfitriones, que ninguno de ellos había tenido un sentimiento más sincero. Sí, ellos la querían sin saber quién era, de dónde venía, de su pasado. Y por alguna razón, Betty los quería también.

Sin rodeos ni contratiempos (como le gustaba al Sr. Adams), Betty aceptó. Rompieron entonces todos en alegres exclamaciones, contentos y felices. Aún Barbara y los demás sirvientes se alegraron con sus amos. Pues ahora Betty era parte de una familia, que la querría hasta el fin.

*****

Los años habían pasado. Pero Betty había sido feliz, cantando tanto en el teatro como en casa para alegrar a sus amigos y familiares. Tenía ahora diecisiete años. Y ya que tengo tiempo de contaros cómo eran sus hermanos y padres, les contaré con gusto.

El Sr. Adams era un hombre al que le gustaba llegar al grano sin rodeos, comenzando por los negocios. Era el dueño de un gran teatro en la acaudalada cuidad New York, en donde se llevaban a cabo las más prestigiosas obras y presentaciones. Pero cuando estaba fuera de esas inmensas cuatro paredes, era un hombre honrado, cariñoso padre y esposo, excelente amo, buen y considerado vecino, trabajador, y aunque en ninguno de los dos lados dejó de ser práctico, era lo que pocos hombres eran: un buen hombre. Digno de sentarse a la mesa del rey de Inglaterra. Como podréis imaginar, él estaba casi siempre ocupado, pero cuando lograba hacer un espacio para su familia, no había ser capaz de alejarlo de aquellos por los que luchaba cada día, en una odiosa oficina.

La Sra. Adams era simplemente tanto el encanto de la sociedad, como de la familia. Su risilla pícara e infantil, alegraba siempre el corazón del más mísero ser, brindándole a éste una gran alegría. Siempre estaba dispuesta a afrontar cualquier adversidad, con una sonrisa, pocas quejas, pero por sobre todo, con un gran respeto a su esposo y a las decisiones que él tomaba. Podría decirse, que era una mujer valiente y honradamente capaz de robarse el corazón de alguien.

Caleb era el mayor. Era un chico de veinticinco años, que trabajaba para su padre, tenía su casa a unas tres cuadras de la de sus padres, por lo que visitaba bastante seguido a sus padres y hermanos, y aunque era un hombre, sabía hacer bastante bien las faenas de una casa. Y como no necesitaba una dama que cuidara de su casa y no sentía necesidad de una esposa, no estaba casado ni pretendía estarlo pronto. Su hermano Jack vivía con él, pero éste era otro caso.

Clara secundaba a Caleb, era sencillamente la segunda. Contaba con veintidós años, (tampoco estaba casada ni pretendía estarlo pronto) era de una carisma peculiar, simpatizaba con pocas chicas de su edad (porque no tenía las ideas y costumbres que tenía la mayoría), no andaba al asecho de ningún baile, se mofaba del romanticismo, y, en pocas palabras, era todo lo contrario a lo que eran las demás chicas. Era una belleza, según se decía por toda la parte sur de la ciudad, pero ya que todos tenemos diferentes expectativas de lo que es la belleza, os lo dejaré para que la imaginen a su gusto.

Jack trabajaba, sí. Pero no con la misma disposición, entrega y dedicación con que lo hacía Caleb. Tenía diecinueve años, era alto, fornido, de buen apetito, de cabellos y ojos cafés, de una tez bastante blanca, aunque ésta estaba enriquecida con abundante salud y fortaleza. Detrás de todo aquello, había un chico perezoso, glotón, aprovechado, completamente práctico y sin gusto hacia las chicas. Decía que ellas eran solo un adorno en el mundo (a lo que Caleb contestaba que dado el caso de que así fuera, había que tratarlas con honores y delicadeza) y que solo se la pasaban haciéndole la vida difícil a los hombres. Por lo que se prometía a sí mismo, jamás nunca jamás casarse (aunque solo tuviera diecinueve años y toda una vida por delante). Probablemente cambie de opinión cuando la muchacha indicada pase por la vista de sus ojos. Pero con los malos hábitos, también vienen las buenas virtudes. Sacaba provecho de todo, nunca desperdiciaba nada, ayudaba al que lo necesitaba, daba buenos consejos, reprendía al malvado con rectitud y era conocido por su buen juicio y comprensión. Este era, al fin, Jack Adams de la calle Hunting.

Quien le seguía a Jack en edad, no era otra que nuestra querida Betty. Tenía, como ya dijimos, diecisiete años. Gozaba de buena y excelente salud, era alegre, compasiva, considerada, seguía siempre las instrucciones de su madre, pero ante todo, buscaba siempre ayudar y complacer a los demás. Era conocida por toda la ciudad, no solo porque fuese la cantante más famosa de su época, sino que había habido ciertos acontecimientos que la hacían resaltar de las demás. Era querida prácticamente por todos cuantos la conocían, pues había ciertas personas que la envidiaban y ello los llevaba a despreciarla. Aunque tarde que temprano llegaban a quererla del mismo modo que todos los demás.

Jeffrey, el quinto, contaba con quince años. Aun a aquella edad, seguía siendo un pícaro niño que gustaba de hacer travesuras. A la pobre Barbara la tenía tan acosada, que la anciana vivía de nervios y se la pasaba cuidando sus cuatro lados, con tal de evitar “a ese mocosuelo”. Y solo tenía paz cuando el muchacho se marchaba a dar largas caminatas con sus hermanas menores, y, en ocasiones, Betty. Era lo que todos en casa llamaban, una jirafa zancuda. Sus extremidades eran tan largas, que el pobre no hallaba donde ponerlas, ni donde esconderlas. En ocasiones gozaba haciendo el payaso y haciendo reír a sus hermanas, pero siempre acababa por disgustarse consigo mismo. Aun así se contentaba, porque aquello simplemente no tenía remedio.

A pesar de sus constantes travesuras, era también todo un caballero. Cuando iban a bailes o fiestas a las que eran invitados, siempre invitaba a bailar por lo menos una vez a cada una de sus hermanas. Si estas no aceptaban, ese ya no sería su problema y podía vivir con la consciencia tranquila. Cuando en sus caminatas se encontraba con alguien que necesitaba ayuda, no hacía falta ni pedírselo pera que fuera corriendo en socorro de aquella persona. Cuando encontraba un animalito a medio morir, le hacía “un favor” acabando con su sufrimiento. Y aunque esto era en cierta manera más una diversión que un favor al mundo, no cabe duda de que en verdad sentía lástima por aquellos animales. Y cuando acababa con el sufrimiento de dicho animal, le daba “santa sepultura” en el patio de la casa, según decía Barbara. Quien no acababa de comprender en qué mundo se hallaría la cabeza de aquel “muchacho perdido en la atmosfera”.

Sandy, no era otra, sino la perfecta cómplice de Jeffrey. Sí, señor, una muchachita de catorce años que seguía a su hermano al pie de la letra y sin perderle de vista. Y si le perdía de vista, sabía exactamente dónde se hallaba y qué estaba haciendo. Andaba siempre canturreando y dando y haciendo cuanto veía que hacía Jeffrey. Esto era en parte un alivio, porque Sandy hacía incluso todo lo bueno que hacía Jeffrey. Por otro lado, era toda una calamidad. Porque con los bueno viene lo malo, y no siendo este mundo algo perfecto, se ha de esperar que aunque uno trate de ser mejor, siempre habrá algo que le lo haga más difícil de conseguir. Aun así, con todo y defectos, Sandy era una muchacha buenísima como la que más.

Montaba, Dios bendito, como una reina. Ninguna chica en la cuidad era capaz de sobre pasarla en astucia, agilidad, sutileza de movimiento, y mucho menos en las carreras ecuestres. Pronto fue llamada La Reina Ecuestre, por todo aquel que no la envidiara. Y de haber tenido al alcance un Mustang salvaje, habría sido feliz domándolo con perseverancia hasta conseguirlo. Pero esas no eran todas las virtudes de Sandy. Estaba dotada de una paciencia y una astucia inexplicable. Nadie era capaz de hacerla enojar. Si alguien intentaba lograrlo, acababa, por consiguiente, enojadísimo y se marchaba resuelto a no perdonar a Sandy por haberle hecho el ridículo. Sin embargo, nadie era capaz de guardar rencor por tanto tiempo hacia la muchacha. Por lo que a los tres días, quien fuera el ofendido, regresaba para pedir perdón por su descabellado comportamiento. Sandy, por su parte, le concedía perdón y le daba una buena bienvenida invitándole a caminar o a algo semejante. Y, como al principio, acababan siendo tan buenos amigos. Además de todo esto, Sandy era la mejor costurera de la casa, según afirmaban todos los seres vivientes que la conocían.

Era alta, tan alta que algunos le agregaban dos años a los que en realidad tenía. Era más bonita que todas sus hermanas, su cabello dorado y castaño le llegaba (según habían descubierto algunos) hasta las rodillas. Pero siempre lo llevaba recogido en finas y apretadas trenzas alrededor de su cabeza. Brindándole esto tanta comodidad al montar y hacer cualquier trabajo, que de haberle preguntado qué tal le funcionaba, te habría respondido que mejor lo descubrieras por ti mismo.

Sandy tenía además la virtud de consolar. Cuando su hermanita Pouline se sentía afligida, primero lloraba con ella y luego le hacía reír con historias de o más cómicas, con lo que las penas se iban volando así como llegaron. Y cuando su mejor amigo de juegos (su hermano Jeffrey) se hallaba cansado y hastiado de estudiar latín o lo que fuese, iba corriendo a su encuentro y le despejaba la mente con chistes y chismes. Tal era la muchachita que ponía tanto la casa patas arriba, como que les alegraba la vida a los demás.

Pouline era una chiquilla de doce años, a la que nadie podía negar algo. Y no es que fuese malcriada y berrinchuda, sino que era tan buena moza, que nadie podía negarse a los deseos del “encanto de ángel”. Barbara la mimaba demasiado (o así decía el Sr. Adams) con dulces y chucherías. Pero Pouline sabía bien cuando parar. Caleb era ya un hombre independiente, Clara se la pasaba encerrada en uno u otro cuarto, Jack andaba por donde le diera la gana, Betty iba siempre en pos de Barbara para ver qué nuevo hacían, y Jeffrey y Sandy eran el par de mocosuelos más traviesos y malvados del mundo, ya que hacían cuanto podían al primero que se encontraban. Así, Pouline quedaba en cierta manera, en una completa libertad. La cosa es que como su padre y su madre se preocuparon en educarla bien y cultivar en ella las buenas virtudes (como con todos lo demás), cabía de esperar que eligiera hacer cuanto bien pudiera al mundo, en vez de perjudicarlo más.

Todos estos personajes, con sus virtudes y defectos, se hallaban en la biblioteca una tarde, en que acababa de llover. Sandy leía el gran y voluminoso libro de Robinson Crusoe (ella prefería las novelas de aventura a las de amor), Betty veía por la ventana hacia la calle, Clara caminaba de un lado a otro tratando de encontrar el final para su libro, Pouline trataba de comprender cuál era la diferencia de un Do Mayor y un Do Menor, sentada frente al piano. Jeffrey leía sentado en una silla, con el libro a un metro de distancia (más o menos lo que media su brazo extendido sobre la mesa), cosa que Barbara no entendía. Ya que ella estaba falta de vista y el chico leía a “una milla de distancia”. Los señores estaban ausentes, en asuntos del teatro, y Caleb y Jack no habían ido a visitarlos ese día.

--Creo que voy a dar un paseo. ¿Viene alguien?—anunció Betty, con un suspiro y levantándose.

--No, gracias. Pero has el favor de pasar a la tienda de las telas y comprar un metro de la tela de seda del otro día. Ayer me encontré con una niña pobre y hoy se me ha ocurrido confeccionarle una muñeca. Ya que no tiene nada a modo de una, más que un palito y un pedazo de tela sucia—pidió Sandy, sacando de su monedero unos centavos y entregándolos a Betty.

--¿Algún encargo más?—preguntó Betty.

--Sí, el chico que me trae la carne está enfermo (pobrecito) de fiebre escarlatina. Has el maravilloso favor de comprar la carne para la cena—Barbara dio a Betty el dinero, y a continuación le dio las instrucciones de cómo debía ser la carne.

--¿Algo más?—preguntó de nuevo Betty.

--No, nada—contestó Jeffrey, sin quitar la vista de su libro de aritmética.

--No, nada, Betty querida… ¡Ya lo tengo! Catrina se cae desde la torre de Lord Misteruis y muere de tragedia—gritó Clara, corriendo esta vez al escritorio y metiéndose de lleno en su final.

 --Bueno, entonces me voy—

Betty salió un poco malhumorara. Pero en cuando cruzó la esquina, se río por las reacciones extrañas de su hermana Clara. Ya que se está tan callada y seria, que uno pensaría que no piensa en nada. Pero de repente, salta de la silla, gritando cosas como las que acabáis de escuchar y se va corriendo a su escritorio. Nada la entretenía más y la fascinaba como adentrarse en historias creadas por ella misma. En varias ocasiones se había desilusionado leyendo historias de alguien más, y por ello había comenzado a escribir sus propias versiones, con sus propios nombres, lugares y tramas. 

Con estos pensamientos, Betty se fue alegrando durante el camino. Y para cuando llegara de regreso a casa, sería una muchacha llena de alegría y no la muchacha malhumorad que había salido de casa.

La tienda de las telas estaba en contra esquina de la carnicería, por lo que a Betty le quedaba realmente cerca. Entró a la tienda de telas, que daba su frente a la plaza en la que tantas veces había vendido tizas de carbón, y compró el encargo de Sandy. En la tienda se encontró con una de las niñas que le llegó a comprar carbón, y en resumidas cuentas, Betty le contó (a petición de la muchacha) su historia. Cuando por fin se pudo despedir de la muchacha, Betty ya llevaba casi prisa, porque no tardaría en obscurecer.

Al salir de la tienda de telas, Betty vio a un niño de unos doce años que pedía trabajo al carnicero, quienes estaban en la parte trasera de la carnicería.

--Por favor, señor. Un solo trabajo, simple y sencillo, no importa que sea muy duro, haré lo que a usted no le gusta hacer. No pido paga más que lo que desee darme usted. Se lo pido: un trabajo—imploraba el muchacho.

--No te conozco, no necesito ayuda y no te quiero ver aquí. ¡Largo!—replicaba el carnicero de muy mal humor, según se podía ver. Probablemente le hubiera dado un trabajo noble al chico, si no fuera que estaba de mal humor aquella tarde, a causa de que su abastecedor no cumplió con su palabra.

--Señor, solo un trabajo. Aunque sea solo barrer la terraza, solo por hoy. Tengo dos hermanas a la cuales alimentar y ninguna es capaz aún de valerse por sí misma, no tengo padre ni madre, ni pariente vivo sobre la tierra. Concédame un trabajo—

--¡Toma! Si lo que quieres es alimentar tus hermanas llévate esto y dales de comer—

--No, señor. No quiero dinero, lo quiero y lo necesito, pero no lo aceptaré si no he trabajado antes—seguía replicando el niño.

--¡Largo! No quiero verte—

Y el carnicero le cerró la puerta en las narices. El chico, angustiado, pensaba cómo daría de comer a sus hermanas, que eran lo único que le quedaba en el mundo: un verdadero tesoro. Betty, que no se había perdido nada de la escena, estaba comprando automáticamente carne y la atendía la señora del carnicero, cuando un pequeño niño llamó a su madre (la esposa del carnicero) y fue entonces el carnicero y terminó de atender a Betty.

--Aquí tiene, señorita—dijo el carnicero en tono amable.

--¿Sabe qué? Quédese con su carne. No compraré carne a un carnicero que le niega un trabajo a un pobre niño, que humildemente, implora por el único tesoro que le queda en el mundo, para poder conservarlo aún consigo. Le pide un trabajo, el que usted no desea hacer, no le pide una paga fija, sino lo que usted desee darle. Todo esto, y además, con un corazón dispuesto y feliz al trabajar. Eso lo veo yo, y es una lástima que usted no. ¡Quédese con su carne! ¡Y que le quede bien en claro que ha perdido un cliente!—dijo Betty indignada. Y se retiró, dejando al carnicero perplejo y meditando en sus acciones, después de lo cual se dio cuenta de que se había portado como un perfecto villano de cuento de hadas.

Mientras tanto, Betty se acercó al niño que se había sentado desolado y desesperado en los escalones de donde le habían cerrado la puerta en las narices. Se sentó junto a él, y pareció que él no se dio cuenta, o no quiso dar cuenta de ello, porque se sobre saltó cuando Betty le dijo cariñosamente:

--¿Cómo te llamas, noble jovencito?—

--James, señorita… ¿Se ha perdido usted? ¿Qué hace aquí en este callejón tan obscuro? ¿No quiere que la ayude?—preguntó el niño, y en su tono de voz parecía que se había olvidado al momento de todo su pesar y se disponía a ayudar a Betty.

--No, James. He venido a ayudarte yo a ti, pero antes que nada, vamos por tus hermanas—

--Disculpe la pregunta, pero, ¿quién es usted? Me parece haberla visto antes—

--Soy Elizabeth Adams—

--¡Claro! La cantante de los carteles del Gran Teatro de New York—

--Sí, esa misma—

--Dicen que canta usted como los ángeles, ¿No le es molestia hacerme creer eso?—

--En absoluto—

Entonces Betty cantó una canción de cuna que le llegó a enseñar Caleb, cuando apenas eran unos niños. Debió cantar bellamente, porque James se quedó embelesado y dijo luego que Betty terminó:

--Todo es cierto: canta usted como los ángeles—

--Dime Betty, es así como me llaman mis hermanos y mis amigos—

--¿Está segura usted? Si le digo Betty, seré entonces su amigo. ¿Está segura de que quiere ser amiga de un niño de la calle?—

--¡Cómo que no quiero! Ya eres mi amigo. Además, yo estuve una vez en tu lugar—

--¡No! ¿Cómo?—

--Vamos por tus hermanas y te lo cuento en el camino—

Así, pues, se levantaron y fueron a la panadería que estaba en la plaza. En los escalones, había dos niñitas. La más pequeña, de unos dos años, y la otra de unos ocho años. Las dos rubias, con sonrisas perfectas y unos ojos cafés que brillaron a ver a James que se acercaba a ellas. Luego corrieron a él, lo abrazaron como que si no lo hubieran visto en años, y gritó la más grande:

--¡Gabriel! ¡Has vuelto! ¡Pensamos que no ibas a volver y ya se estaba haciendo obscuro!—

--¿Cómo dejarlas, Carrie?—preguntó James, o Gabriel, reprochándolas cariñosamente.

--Creí que te llamabas James—dijo Betty, quién había preferido callar hasta entonces y ver solo los saludos del trio que tenía frente a sí.

--Y así me llamo: Gabriel James Brooks. Solo que mis hermanas prefieren decirme Gabriel y hemos decidido no dar a conocer los nombre por los que nos llamamos—

--Bien, pero ahora debemos ir a mi casa porque me estarán esperando y mandaran a buscar hasta China por mí, si es necesario—

--¿Ha ido a China alguna vez, señorita?—preguntó Carrie.

--Sí, Carrie—

--¡Qué maravilla! Cuénteme todo, si no es molestia—

Betty estaba encantada con lo que llevaba a casa. Había salido de casa pensando que iba a pasar una linda caminata comprando unas cosas que le habían encargado, y regresaba ahora con el tesoro más valioso. Incluso que el oro o la perla más fina del mundo.

En casa los recibieron con agrado, amabilidad, gritos de contento, exclamaciones de aprobación y por encima de todo, abrazos de amor fraternal. Aunque nadie conocía a los niños, los amaban ya al solo verlos entrar con Betty. Les alimentaron, los bañaron, les dieron ciertas medicinas para que no enfermaran, algunas dulces y placenteras otras no del todo, les contaron cuentos y les hicieron pasar la mejor tarde que hubieran tenido en mucho tiempo. Por fin los acostaron todos juntos en el mismo cuarto y se deleitaron en hablar de ellos hasta que llegó para ellos la hora de irse a dormir. Se habían dedicado con alma y corazón a aquellos niños el resto la tarde.

Pero Betty no podía conciliar el sueño. Y no pudo hacerlo hasta casi dadas las doce y media. Estaba pensando y pensando, y podía responder a su pregunta: ¿Qué podía hacer ella para ayudar a Gabriel y sus hermanitas? No podía adoptarlos, porque no estaba casada y se vería algo raro y sería malo para su familia. El Sr. Adams no los iba adoptar tampoco, porque ya tenía bastantes años y tenía ya bastantes hijos de los cuales hacerse cargo.

No fue sino hasta la mañana siguiente, al despertar en la ventana de la biblioteca donde se había quedado por fin dormida, que encontró la respuesta. Un orfanato. Sí, eso sería. Tenía bastante dinero para fundar uno, hacerse cargo ella misma de él, podía mantenerlo perfectamente ella sola y no se vería mal. Estaba decidido, y nada podría hacerla cambiar de idea.

Se levantó y salió a caminar sin siquiera desayunar. Apenas había consentido en tomarse una taza de té y un pan tostado, a las suplicas de Barbara.  Tomó su chal y salió sin que nadie se levantara aún. Caminó por la plaza, recordando los días en que vendía las cenizas a los niños ricos. Luego fue por las calles, las nuevas, las viejas, los callejones, las amplias calles del barrio rico y por donde le llevaron sus piernas.

Regresaba ya a casa por el medio día, cuando en vez de tomar la calle acostumbrada, fue por otra que la llevó a callejones mucho más angostos que otros que vio, luego por fin salió a una calle más o menos grande. Y distinguió la casa donde había pasado sus primeros ocho años, y donde aún seguían los maderos quemados, en cenizas, pero bastante sólidos. Lo reconoció al instante y casi sin saberlo, entró a él.

Era uno de los edificios más grandes que había visto. Aún se podía distinguir que antes del incendio, había sido de color rojo, magnificente y codiciado por muchos. Consistía de amplios salones, cinco pisos, una gran cocina, una sala enorme con dos chimeneas, una frente a la otra, y grandes ventanales por donde entraba la luz cálida del medio día.

Sin reparar en más detalles, salió Betty de allí y se dirigió a casa. La cual quedaba a solo una cuadra de distancia. Corrió rápidamente, sin haber necesidad de ello, y se tropezó con Caleb en la puerta. Pues veía el piso para no caer de tropiezo con alguna piedra de los escalones. Caleb la sostuvo justo a tiempo antes de que Betty callera de espaldas y le dijo reprochándola:

--¿Dónde habías estado? Iba ya a buscarte por medio mundo. Barbara dice que apenas te levantaste y te fuiste sin haber comido más que una taza de té y un pan tostado. No está bien que te desaparezcas así—

--Perdona, Caleb. Pero no pude dormir hasta las doce de la noche y la idea que no me dejaba dormir me ha atormentado hasta la mañana. No me reproches, porque te aseguro que cuando te cuente mi plan, no podrás evitar felicitarme como loco—

--Entonces dime tu plan—

--¡Voy a hacer un hogar para todo niño sin uno! No, un orfanato no. Es muy diferente de lo que yo tengo pensado. ¡Pero no habrá niño que yo vea en la calle que pase un minuto fuera de mi casa en cuanto lo vea!—

*****

Habían pasado diez años desde que Betty tomara la decisión más valiosa de su vida. Y no se había equivocado. Vivía como una reina celestial. Y no es que tuviera ahora más riquezas terrenales, sino que había conseguido las riquezas más valiosas en el mundo: un hogar y el amor que le dedicaban, tanto como el que ella dedicaba a otros.

Se había casado y tenía sus propios hijos, tres adorables niños. Peter, Ann y Percie. Estaba rodeada de niños, alegría y actividad, nunca se estaba quieta, y siempre iba seguida por Percie. Un niñito de tres años, que jamás paraba de hacer preguntas, y que se escondía detrás de las faldas de su madre cuando un extraño llamaba a la puerta.

Peter tenía casi diez años, y comandaba un armamento en la casa, que constituía de diez niños dispuestos a ayudar cuando sonara la campana. Ann era una niña de ocho años, dispuesta siempre a aprender algo nuevo, y conocedora de grandes cosas, mientras que crecía a la par de sus hermanos y aprendía lo que mejor podría aprender: que no hay nada en este mundo, que se compare al hogar y a la infancia que lo adorna.

EL FIN 

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