Margaret May MacArthur



Margaret May MacArthur   


Por  

D.A. Núñez   

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Índice
1.  El domingo del colapso
  2.   El amor de dos padres
  3.   El cumpleaños de Maggie
  4.   Se declara la guerra
  5.       25 muchachos de Macville
  6.        Mis razones para la dama 
  7.        La carta
  8.        Mamá y papá
  9.        La nueva maestra
 10.                   Maggie, la nueva Sócrates
 11.                   Una planeación: un dolor de cabeza
 12.                   Solo malas noticias
 13.                   El empleo de Ben
 14.                   Una escena melodramática
 15.                   La visita de los Cloow
 16.                   Un menester con Macville
 17.                   ¡Viva Inglaterra!
 18.                   Un zoológico
 19.                   Juntos para siempre
 20.                   ¡Vaya sorpresa!

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Capítulo I
El domingo del colapso
El abuelo Matt, la abuela Ginger, Ben, Maggie y Abraham, se dirigían a la iglesia el 12 de julio de 1914. 
Era un domingo helado, ninguno de los cinco caminantes iba sin un abrigo grueso. 
Maggie, quien debe hacer su presentación primero, ya que es la heroína de esta historia, ella, llevaba su vestido dominical, amarillo opaco y además bastante sencillo, sus altas botas cafés, guantes gruesos y de lana, su abrigo de lino café le llegaba hasta las rodillas, sus largas trenzas color castaño rubio caían por su espalda, una pañoleta con encajes cubría su cabeza, y por último, una cadenita delgada colgaba de su cuello, la cual tenía una hermosa flor clavel de plata.
Abraham era un bebé de dos años. Vestía una camisa blanca bajo un overol de pana café, gorra inglesa de mezclilla y zapatitos de cuero. Y aunque apenas hablaba unas palabras, comprendía más de lo se pudiera imaginar.
Ben llevaba su traje dominical que consistía de camisa blanca, chaqueta café, pantalón café de pana, zapatos de agujeta negros, y… una gorra inglesa… sí, café.
Pero dejemos de vestimentas y vayamos a la descripción de los caracteres de los personajes (en tanto que ellos llegan a la iglesia).
El abuelo Matt tenía 50 años, su nombre completo era Matthew Albert MacArthur, era risueño, bromista, decidido, de modales elegantes, aunque en ocasiones “se le zafaban las tuercas” (según decía la abuela Ginger). Era un anciano encantador, como se decía en el pueblo-ciudad de Macville, y este último también era fácil de querer.
La abuela Ginger era de la misma edad que el abuelo…bueno, seis meses menor. Era una mujer culta, sencilla, educada, seria, de buen vocabulario, integra y consagrada a su marido. En Macville solo era querida por sus buenos y excelentes consejos y por las maravillas que podía hacer con “el famoso mango.”
Ben tenía 16 años, se llamaba Ebenezer Tom MacArthur. Era el mayor de los tres nietos, bromista en exceso, insociable, muy malo para el aprendizaje, indómito y exasperado. Pero, también era, defensor de la justicia, amate del trabajo y muy culto en cuanto al saber dirigir una granja.
Margaret May MacArthur, (que era Maggie) tenía 12 años, era atrevida hasta la medula, intrépida, atrabancada, alocada y completamente salvaje. Sus modales, no eran de alabar, se sentía orgullosa de ser aventada (cosa que a su abuela escandalizaba), era “culta en casi todo”, se decía que era “la nueva Sócrates”, y para colmo de males, prefería estar en el campo haciendo sudar la gota de sudor, que sentarse en el fresco porche y bordar por una hora. El único consuelo de su abuela, era, que Maggie sabía todo lo que un ama de casa debe saber en cuanto al cuidado de la misma, y que por lo menos era completamente femenina en el vestir y en el arreglo.
“Pareciera que lo que  le falta de femenino en los demás aspectos, lo tiene acumulado en el gusto del vestir y el arreglo de una casa. Bueno, ese es un consuelo” solía decirse a sí misma la abuela Ginger. 
Abraham MacArthur, tenía (como ya dijimos) dos años, y  era un ángel diminuto, por lo menor lo sería por un tiempo. No se puede decir mucho de su carácter pero lo que sí se puede decir, es que a la palabra de Maggie o Ben, hacía caso inmediato.
Bien, los MacArthur ya han llegado a la iglesia, que aunque era sencilla, era bastante grande. “Se podría albergar allí a todo Londres” solía decir Maggie en broma.
El edificio de la iglesia, no era más que un rectángulo de madera, con tejas espantosamente pintadas de un rojo chillante, más chillante que el sol, tres ventanas de cada lado, este y oeste, una cruz en lo más alto del techo, y por último, un segundo piso, donde el ministro vivía solo, ya que él era soltero. Pero hay que poner en cuenta que tenía 40 años.
Entró la familia MacArthur, y se sentaron en su respectiva banca, ya que la costumbre era que cada familia tenía su banca  y nadie, más que los MacArthur, podía sentarse allí.
--Me toca sentarme en la orilla—le dijo Maggie a Ben.
--No es cierto, tú te sentaste allí el último domingo—replicó Ben.
--Niños, independientemente de quien se sentó allí el último domingo, yo soy a que se va a sentar allí, ya que ustedes no arreglaron el problema, sino que se pusieron a discutir—dijo la abuela, y se sentó en la orilla. El lugar más discutido del mundo.
--Pero yo pienso que en ocasiones, abuela, los problemas se arreglan discutiendo—argumentó Maggie, sentándose al lado de Ben, quien a su vez se sentó junto a la abuela.
--¡Maggie!—la regañó la abuela.
--Yo solo decía—
Ben sonrío y se río entre dientes, pero luego Maggie se dio cuenta, le dio un codazo y Ben terminó por dejar de reír.
Como era natural, o por lo menos entre ellos dos, se pusieron a discutir sobre la discusión y el arreglo de un problema. La abuela ni siquiera trató de separar a aquellos dos hermanos, pues sabía que una vez que los chicos trababan discusión, no había ser en este mundo que los pudiera separar. Excepto quizá, el mismo enfado, pero ese no es un ser vivo. Sin embargo,  también era sabido que ningún par de hermanos se quería más, aunque ninguno de los dos podía expresarlo ni bien, ni libremente.
Poco a poco, las demás familias integrantes de la iglesia fueron llegando,  una de ellas eran los Bliss. Familia asociada con los MacArthur, ya que juntas fundaron una prospera granja.
James Bliss (o Jimmy), único hijo de los señores Bliss, no era otro que el mejor amigo y camarada de Ben. Este simpático muchacho, de cabellos negros, algo moreno por el sol, alto y carismático, era también de la misma edad que Ben. También debo agregar, que, al igual que Ben, Jimmy era bromista, pero él sabía cuándo y cómo parar. 
Jimmy, al entrar en la iglesia, divisó a sus amigos y sin dudarlo, se acercó a ellos para saludar con un:
--¡Buenos días! Sra. MacArthur—pronunciando el nombre de la abuela, Jimmy se dirigió a ella e hizo una reverencia en son de respeto.
—Buenos días, Jimmy. Se ve que hoy estáis de buen humor—dijo Maggie a Jimmy, con una sonrisa que no era otra cosa que la viva imagen de la malicia. Pues el día anterior, el sábado, Jimmy había hecho pasar a Maggie un mal rato. Lo cual aún no era olvidado.
—Parece que ella todavía no olvida lo de ayer—le susurro Jimmy a Ben, quien con vanos esfuerzos no evitó que Maggie escuchase.
Maggie, quien había abierto el himnario en son de indignación, cerró el himnario, puso cara de enfadada hasta la crin y dio un librazo a Jimmy en la cabeza con “el santo libro de la alabanza al Señor”.
La abuela había ido a ver qué podía hacer para ayudar al Sr. Sanford (que así se llama el ministro) y el abuelo, por lo tanto no hubo quien regañara a Maggie, pero sí hubo quien riera. Ese que rio, fue Ben.
--Mil disculpas Madmuaselle, pero era sumamente divertido veros a vos envuelta en mango exfoliante—dijo Jimmy en una disculpa “mentida.”
--¡Ya basta de tonterías! ¡Fugaos de aquí, señor de palabras incoherentes!—protestó Maggie con energía y mandando a su atormentador a su respectiva silla, con librazos.
Ahora, Jimmy era el indignado. Y queriendo parecer el ser más indignado del mundo, se alejó a su banca con la nariz en alto y paso lento, sin más resultado que ofrecer una cómica escena.
Aún faltaba gente, por lo cual, no más de dos minutos de haberse retirado, Jimmy regreso con sus amigos y dijo por lo bajo:
--¡Eh, chicos! Guardad silencio que os voy a contar una cosa—
Maggie se puso una mano en la cara y se dijo a sí misma: “Este chico ha perdido la cordura. Estamos más callados que la muerte y viene y nos dice que guardemos silencio. ¿A dónde llegaremos cuando éste muera?”
--Bueno, ¿y qué es lo que con tanta urgencia nos tenías que contar?—preguntó Ben picado de curiosidad.
--El jueves por la tarde—comenzó Jimmy—llegó a Macville una nueva familia. Los Kingman. Ellos solo son tres, el Sr. y Sra. Kingman y su hija Anabel—
--¿Qué edad tiene Anabel?—interrumpió Maggie.
--Tu misma edad, 12 años. Ellos son los seres más sencillos de la existencia, es cierto, visten a la moda, pero a la moda de 1800. Su casa es tan antigua que parece no más que un viejo tronco, Anabel usa palabras tan antiguas que a veces no se le entiende, ella es absolutamente sencilla, y por si no fuera poca la sencillez de ellos, no usa escopetas sino espadas—finalizó Jimmy, quien cada vez que pronunciaba una palabra derivada de “sencillo,” dejaba escapar un pequeño atisbo de sarcasmo. 
--¿Y cómo sabes que son tan sencillos?—preguntó Maggie, que no se había creído palabra alguna.
--El viernes, fui a casa del Sr. Tambourine por unas legumbres que mi madre encargara, y allí me encontré con el Sr. Kingman, quien andaba buscando un muchacho que le ayudara a hacer unas repisas. Yo fui al primero que se encontró, esa es la forma por la que sé su sencillez—el sarcasmo de Jimmy, no se iba.
--Y ¿Cuándo se harán presentes?—
--Hoy mismo, el sr. Sanford los va a presentar antes del servicio—
--¿Cómo lo sabes?—Maggie seguía dudando de Jimmy. No se fiaba.
--El mismo Sr. Sanford  me lo dijo. Ayer que regresaba de tu casa—
--Parece que ya no falta nadie. Los Farmer están enfermos de resfriado y fiebre, así que no vendrán—se escuchó decir al Sr. Sanford, que estaba ya en su lugar acostumbrado.
--Bueno, me voy. Nos vemos después del servicio—susurro Jimmy y se fue como un antílope ágil. El abuelo y la abuela llegaron y se sentaron, el abuelo al final y la abuela en la orilla.
El Sr. Sanford comenzó:
--Como ya sabemos, estamos a un paso para que se desate la guerra, y por esa ha venido a vivir aquí una familia nueva… los Kingman, y espero que les den una cálida bienvenida. Pueden sentarse—
Los Kingman, quienes se habían parado junto al púlpito, se volvieron a sentar. Maggie se había fijado en la niña que se había pardo junto al pulpito, quien debía ser Anabel.
La niña que Maggie vio, no era en absoluto sencilla. Vestía a la moda, era cierto, pero a la moda de 1914, su vestido color coral tenía encajes y dobleces de a montones, que ni se sabía cuál era la niña y cual el vestido, sus zapatos se veían lustrosamente nuevos, llevaba guantes gruesos pero muy blancos, su peinado era bastante ostentoso para la edad que ella tenía, y por si no fuera mucho, un broche de oro, plata y bronce, adornaba su cuello. Este último adorno era sostenido con una cinta negra de satén. Aunque Anabel no hubiera dicho palabra alguna, se veía en su sonrisa impertinente, en su rostro y en sus ojos, que no era más que una niña desvergonzada y presumida. Al menos, así parecía a los ojos de Maggie.
Cuando Maggie acabó su juicio hecho sin compasión,  Ben le susurró al oído por detrás de la Biblia:
--Qué sencilla ¿eh?—
Maggie no pudo evitar reír, por lo cual tuvo que fingir que tocía detrás el himnario. El abuelo, que estaba a su lado, le dio un pequeño codazo, en son de regaño, pero, él mismo, a duras penas contenía la riza, ya que había escuchado ciertas partes del dialogo sarcástico que Jimmy dio a Maggie y Ben. 
El discurso del Sr. Sanford fue “eternamente eterno” como Maggie aseguró al finalizar (el discurso no duró más  de una hora). Pero como todas las cosas terrenales, tenía que acabar. Mientras el discurso transcurría, a Maggie le empezó a dar mucho calor, así que se quitó el abrigo moviéndose demasiado, cosa que comenzaba a fastidiar a Ben.
--Quédate quieta, Maggie—le decía Ben quejumbroso.
--No puedo, tengo calor, y aunque haga supremos esfuerzos no logro salirme de este calentón—le susurro Maggie a Ben.
Ben, cansado de tener a una criatura moviéndose a su lado, ayudó a Maggie a deshacerse de aquel detestable abrigo. Al verse libre de aquel abrigo, Maggie, ya no tuvo más calor y dirigiéndose a Ben, susurro con dulzura:
--Gracias—
Aunque Ben no fuera en absoluto sentimental, le agradaba hacer el bien y ayudar a los demás, y esto le producía un gozo inexplicable. Así pues, contento al ver que Maggie le agradecía, él le sonrió con la misma dulzura con la que Maggie le agradeció. Pero como a todo hombre, a Ben no le sentaban bien los sentimientos, así que la sonrisa que a Maggie tanto le gustó, desapareció así como llegó.
 Maggie dio un ligero y apenas perceptible suspiro, y se volvió a hundir en la banca con gran resignación, ya que creía, el discurso jamás terminaría. ¡Vaya Maggie la que tenemos! 
Por fin el discurso se acabó. Maggie se estiro con pereza, estaba entumida después de estar sentada durante una hora, tomó su abrigo, se apretó la pañoleta, hecho sus trenzas a la espalda y salió tras de Ben.
Enseguida, como Maggie imaginó, la abuela se acercó a la nueva familia a saludar, el abuelo también, y Ben y Maggie llevados por sus abuelos, también fueron a ver a los recién llegados.
--Me alegra que hayan escogido este pueblo para vivir, Sra. Kingman—decía la abuela.
--Lo mismo digo yo. No me arrepiento de haber dicho que sí. Este es un lugar hermoso, nos ha encantado la casa y creo que aquí no sufriremos mucho, si es que se desata una guerra—respondió la Sra. Kingman.
--Hoy hice un pavo muy grande para nosotros, y aunque hace bastante frío para que no se eche a perder, no quisiera desperdiciar. Vengan pues a comer con nosotros, nos sería un honor, si es que ustedes no tienen ya un compromiso—dijo la abuela, con decepción de Maggie. Maggie esperaba que ya tuvieran un compromiso. No quería verse con la “niña  Anabel.”
--Por su puesto, me estado quebrando la cabeza tratando de descifrar qué comeríamos, no veo inconveniente en que vayamos a comer con ustedes. Además, a nosotros nos encanta el pavo asado, era lo que comíamos constantemente en Inglaterra, claro que antes de que empezara la pobreza—contestó la Sra. Kingman.
Maggie se sentía perdida. Si no fuera porque la abuela no la dejaría, ella se subiría su cuarto, se encerraría en él y no saldría hasta saber que los Kingman ya se fueron. Pero no era así.
--Allí viene Anabel. Compórtate y no le des una bofetada como lo hiciste con Nelly—le susurró Ben a Maggie.
--¡Vaya, el cielo nos ampare!...pero parece que no viene para acá. No, sí viene—dijo Maggie como para sí, pero en voz baja. Ben se colocó detrás de Maggie, como si quisiera esconderse tras sus espaldas, pero resulta que le era imposible, ya que él era casi una cabeza más alto que Maggie. De cualquier manera, lo hizo, pues temía a las chicas que estaban más que bien vestidas. ¡Pobre de Ben!
--Buenos días—dijo una voz que sonaba a indiferencia.
--Buenas tardes, querrás decir, pues ya es la una—le corrigió Maggie a Anabel, ya que no le simpatizaba en nada.
--Esperamos te haya gustado el pueblo Macville ¿Verdad Maggie?—dijo Ben, pues ya veía una amenazadora batalla.
--Claro, Ben. ¿No es hermosísimo nuestro pueblo?—
--No está mal, pero he visto y visitado lugares más hermosos. De cualquier manera, que mejor que Inglaterra, que pronto será bombardeada—
--¿Cómo sabes que la van a bombardear?—preguntó Maggie con impaciencia, pues sabía que sus padres se encontraban allí.
--¿Qué no sabes que está a punto de desatarse una guerra?... ¿No? pues ahora ya lo sabes. Poco me importan las personas que estén allá, familiares solo tengo dos abuelas, y ellas ya se han ido a Canadá—
--Mis padres están en Inglaterra, jovencita. Deberías tener más consideración—dijo Maggie casi al colmo de la furia.
--Y ¿Cómo querías que fuera a saber? Si apenas te he visto hoy—
--No te culpo por ello, pero deberías ser más precavida en lo que dices, bien podrías haber guardado esas palabras para ti sola, y así evitar herir a otras personas—a esta contestación, Ben toco el brazo de Maggie, en son de que se calmase. Pero ésta no lo hizo.
Maggie quería salir de allí, pues sabía que si no lo hacía, acabaría por abofetear a Anabel, y  esto no le convenía. En ese momento, se escuchó unos pasos, que en realidad eran pasos que corrían. Era Jimmy.
--¡Eh! Ben. Te he estado buscando, los chicos y yo hemos encontrado un dingo en el patío de la iglesia, queremos que vengas…Oh, señoritas no me había percatado que estuviesen aquí. Espero que las repisas te hayan servido, Anabel—dijo Jimmy cada vez sin más aliento.
--Gracias Jimmy. Me han servido mucho—contestó Anabel.
--Bueno, ¿vienes o no?—Jimmy se dirigía a Ben.
--Claro, no creas que le tengo miedo a un asqueroso dingo—contestó Ben, y estaba por irse, cuando Maggie le detuvo por el brazo y le dijo al oído:
--Salvado por la campana ¿eh? Ya verás cómo llega la campana para mí—Ben se vio libre y sin tomarse la molestia de contestar, se alejó con Jimmy, así como éste llegó.
Pero la campana no sonó para Maggie, al menos aquel día.   
Sí bien este capítulo se llama “el domingo del colapso” entonces algo se tiene que colapsar, sino sería una incoherencia que se llamara así. En fin, estaba un grupo de niñas sentadas en una banca, entre ellas estaba la mejor amiga de Maggie, Katherine Cloow. Maggie, al divisarla le dijo a Anabel:
--Vamos con ellas, te las presentaré, o sí ya conoces a algunas te presento a otras—
--No me llaman la atención esas chiquillas, pero no tengo nada más qué hacer. Solo estoy esperando a mamá para que vayamos a casa por mi crema humectante—
Así, Maggie y Anabel fueron con “esas chiquillas.”
--Ella es Kate, mi mejor amiga. Así que si no quieres recibir un buen bofetón, no la trates como a una basura—le dijo Maggie a Anabel presentando a una niña poco más bajita que Maggie, de cabellos castaños, ojos grises y de tez más blanca que la niebla que se encontraba en el exterior.
Anabel estrecho la pálida mano de Kate, quien le sonrió dulcemente.
--Me alegra que hayas venido a vivir aquí, nosotras no hemos salido de esta inmensa isla desde que nacimos—saludó Kate mientras estrechaba la mano de Anabel.
--Te advierto una cosa, si has sido amenazada por Maggie, será mejor que te cuides bien. Ella cumple lo que promete y más aún si se trata de darte un buen merecido—dijo Nelly, quien ya había tenido experiencia en cuanto a esos asuntos, a pesar de ser dos años mayor que Maggie.    
--Gracias, pero no creo se atreva a hacerlo—le contestó Anabel, con una voz tan alta que parecía que quería que todo mundo la oyera.
--Yo no dirá lo mismo si fuera tú. Eso mismo dije yo cuando la conocí, y ¿Qué recibí? Un buen bofetón que me dejo la nariz roja por tres días—aunque Nelly no fuese admiradora de Maggie,  le simpatizaba menos Anabel, por lo cual defendía a la “atrevida Maggie”. Como le decían en el pueblo de Macville.
--Bueno, me da igual. Ya me he roto un brazo y no he llorado una lagrima, ¿qué me podría ocasionar un bofetón en la nariz?—Anabel estaba mintiendo.
--Bueno, te presento a las demás. Con la que has estado hablando es Nelly Barton, estas dos son sus hermanas, Sara y Clara…Geraldine Hougan, Diana Pearl, Kiera Everson  y Adelaida Carrison. Ellas son. Si quieres saber sus edades pregúntales a ellas, me sé sus cumpleaños y edades de memoria, pero no me apetece decir tantos—dijo Maggie.
--No creas que voy a creer esa tontita mentira—le contestó Anabel.
--¿Mentira? ¿Qué mentira?—
--La de que te sabes todos los cumpleaños y edades de ellas—
--Sí me los sé, solo que no me apetece decirlos—
--Que no los sabes—
--Vamos Maggie, ¿te da miedo demostrar que te los sabes todos de memoria?—le animó Sara, quien se empezaba a fastidiar con Anabel.
--Bien, sí así lo queréis. Nelly catorce, Sara doce, Clara once, Geraldine once, Diana once, Kiera catorce y Adelaida diez. Ahora sus cumpleaños, Nelly 12 de enero, Sara 4 de julio, Geraldine 18 de mayo, Diana 4 de agosto, Kiera el 30 de enero y yo soy Margaret May MacArthur, de doce años que nació el 14 de julio de 1902 ¿Satisfecha?—Maggie lo había dicho con tanta rapidez, que Anabel se apresuró a decir, no sin cierta decepción:
--Sí, estoy satisfecha, y debo agregar que estoy impresionada de que te lo sepas tan de memoria—
--Gracias—dijo Maggie, con cierto asomo de amistad. Pero eso solo fue un sueño, pues Maggie y Anabel jamás dejaron de discutir.
--Por cierto, yo soy Anabel Kingman, tengo once años y nací en el 17 de diciembre de 1901. Pero pueden decirme Ana—dijo Anabel con la misma amistad “soñada.” Nunca nadie la llamó Ana. Ya que esto le quitaba todo lo mala que era Anabel, pues “Ana” era un nombre más amistoso que “Anabel”.
Creo que ya nos hemos alejado mucho del colapso, pero creo también que era conveniente presentar a “esas chiquillas.” Bueno, ahora sí, vayamos al colapso, tratare de que sea chistoso.
Alegando así, las niñas se olvidaron del mundo que las rodeaba. Pero, afuera, se encontraban los chicos, quienes también se habían olvidado de todo, pero, en esta ocasión, por la cacería de un dingo.
--¡Vamos, Ben! ¡Toma esa vara!—grataban unos, y otros:
--¡Jimmy, no, así no! ¡Se te escapa! ¡No!... ¡ah, casi se te escapa!—
--¡Cuidado, Jimmy!—gritó Harry Tambourine.  
Jimmy, al parecer, no se había percatado que se estaba enredando en una cuerda que estaba colgando de un madero de la ventana del segundo piso. Jimmy se iba a caer. Tropezó, cayo, estaba de espaldas y una pierna le era colgada en el aire por la cuerda que lo había tumbado. Era un espectáculo magnificó, del cual el dingo se ayudó para escapar de sus atormentadores.
Las niñas, al escuchar exclamaciones de afuera, rizas y quejidos, salieron a investigar y para ser llamadas (más tarde) “Las gallinas metiches.” Éstas, encontraron a Jimmy de la manera más incómoda que se podría haber estado, pero no tuvieron compasión del “invalido plumero que estaba tirado,” sino que, al contrario, se rieron del pobre y aturrullado Jimmy.
--¡Pero! ¿Qué te has hecho,  Jimmy? Tu madre te va a colgar del cogote. Y es más, con esa misma cuerda—decía Maggie tratando de contener la risa, no para no ser descortés, no, para poder hablar.
--Maggie tiene razón, y si no te levantas ya y con cuidado, se os van a caer esas macetas y ese techo podrido en la cabeza—dijo Kate. Igualmente, riendo.
--Eso no es cierto…
Y dicho, y hecho. Las macetas habían caído. Y el techo podrido. Y ahora todos (menos Jimmy) estaban riendo casi hasta salírseles los ojos. En fin, era un espectáculo digno de verse, y digno también, según los chicos, de presentarse en el circo. Cosa que a Jimmy no simpatizó.
--Ya basta, dejad de reír. Ojala tuviera una hermana a quién someter a que me ayudase. ¿Sabéis chicas? Sois unas inútiles así como estáis, ¡qué desperdicio de brazos!—Protestaba Jimmy, aun tirado, pues así como estaba, le era imposible levantarse.
--Está bien, Jimmy. Nos gusta reír, pero no somos aprovechadas. Vamos Maggie, ayúdame—dijo Kate por fin.
Maggie, de mala gana, (pues hay que recordar lo del día anterior) ayudo a Kate a levantar las tablas para que Jimmy pudiera salir. Fuera ya de su esclavitud, Jimmy se paró y se sacudió la tierra que tenía en todo su traje dominical.
--Ojalá me callera una gorra limpia, mi madre me va a colgar si ve el mío así de sucio y destrozado—dijo Jimmy, contemplando la desdichada gorra.
En ese momento, una gorra cayó en la cabeza de Jimmy, idéntica a la que él tenía. La gorra había caído de los tendederos del segundo piso de la iglesia.
Nuevamente una explosión de rizas se hizo, y no fue la última, pues en ese momento, llegó la Sra. Bliss, la madre de Jimmy. Y al ver así a su hijo, la Sra. Bliss exclamó:
--¡Cielo santo! ¡James Bliss! ¡Estas hecho un estropajo!-
La Sra. Bliss se llevó a su hijo de las orejas, dejando tras de sí, una carcajada general y algo por lo cual discutir en la semana que venía.
*****
A la hora de la comida, llegaron los Kingman a la casa de los MacArthur, donde los esperaba un gran y delicioso pavo asado, seguido de grandes banquetes. También les fueron presentados el Sr. David y la Sra. Hatty.
El Sr. David era el ayudante del abuelo. Era el tercero al mando de “La granja MacArthur.” Ya que el Sr. Bliss era el segundo al mando, y el Sr. MacArthur el primero.
La Sra. Hatty era la ayudante personal de la abuela. Hatty lo había sido desde que los abuelos de casaron y lo seguiría siendo “por el resto de su vida”, decía la mismísima Hatty. 
Maggie creyó que esa noche fue la peor de su vida. No quiero abrumarlos con explicaciones aburridas, por lo tanto solo digamos que Ben fue salvado por la campana  (otra vez), y que Maggie tuvo que pasar un mal rato en su cuarto en compañía de “la Srta. Anabel Kingman.”
--¡Jamás! ¡Jamás podre tolerar a esa chiquilla de segunda! Y estoy segura de que terminaré por darle un buen y merecido bofetón—dijo Maggie a Ben, después que los Kingman se fueron y mientras recogían la cocina.
Estaba decidido. Anabel Kingman era la mayor enemiga de Maggie. 


Capítulo II
El amor de dos padres
A los personajes principales ya los he presentado por su carácter, (Ben, Maggie y Abraham) pero me parece, que físicamente aún no. Por lo tanto os diré como es su porte y por qué sus padres no están con ellos.
Ben era un chico alto, fuerte, tostado, rubio castaño, de ojos azules casi transparentes, y, a consideración de muchas chicas del pueblo, el más guapo de todos los chicos de Macville. Ese era Ben, un muchacho que a la vista es encantador, atrayente y alegre, pero como todo ser humano tiene sus defectos, y éste en especial tenía bastantes. Pero era solo un muchacho de dieciséis años como cualquier otro a su edad (y con eso no quiero decir que este bien lo que hace). 
Maggie era casi una señorita, (lo único que lo impedían eran sus modales y su comportamiento) a los doce años llegaba a la nariz de su abuela, media uno sesenta, el cabello sedoso y rizado castaño rubio le llegaba hasta la cintura, siempre estaba peinada con trenzas, su tez era cremosa a pesar del sol, ojos de un color azul grisáceo, manos largas y delgadas, fuerte, lista, inteligente y sobre todo, una gran belleza. Ella también era considerada la más bonita de Macville, pero tanto por chicos como por chicas. La diferencia era, no como muchas otras, que ella no presumía ni decía nada, al contrario, se olvidaba completamente de su belleza y se concentraba en otra belleza. No de las personas, sino de la creación.
Por la simple razón de no presumir en absoluto, era una gran diferencia. Las chicas no le tenían envidia, al contrario, reconocían con admiración la belleza de Maggie, y los chicos a su vez, no le hacían tanto caso, pues si algo les gusta a los hombres, es que las chicas alardeen y presuman su belleza. Maggie había encontrado el efecto de esta acción, por lo tanto, la practicaba todo el tiempo, ya que así se escapaba de más enemigas y se veía libre de un enjambre de muchachos molestos. Eso era y eso será el efecto de no presumir la belleza.
Abraham era… no se puede decir mucho de su porte, pero diré lo que sé. Él era como cualquier otro bebé ingles de dos años, rubio, aunque con apenas un mechón, ojos claros y azules, manos y pies regordetes, mejillas grandes y rosadas, nariz chiquita y una sonrisa encantadora. Ese era el bebé de los MacArthur, un pollito humano.
Ahora bien, hemos de hablar de los padres de estos tres niños, pues, en mi opinión, es muy importante. Ya que si no lo digo, no entenderían bien la historia y la misma historia no estaría completa.
George Banks era el padre de los niños. Un gran hombre, de buenos modales, culto, sencillo, elegante, de buen vocabulario, íntegro y un muy buen esposo.  Estaba físicamente muy desgastado, pues en su juventud había trabajado sin descanso en el campo, tratando de mantener a sus tres hermanas menores y a su madre. Ahora sus hermanas estaban casadas y su madre era un ama de llaves de un buen Sir, con eso vivía muy bien.
Jane Banks MacArthur era la madre de los niños. Una mujer sabía, sencilla, educada, de buen vocabulario, integra, dócil, amable, generosa y consagrada a su marido. Jane era la única hija del abuelo Matt y la abuela Ginger, era muy apreciada por sus padres, tenía grandes amistades y se conocía por su gran afecto hacia los demás. Además de hermosa por dentro, lo era por fuera, y esto hizo que llegara a ser famosa casi mundialmente. 
Aunque a simple vista estos padres no parecen los más amorosos, ya que en cierta manera “abandonaron” a sus hijos en Australia para ir a Inglaterra a ser actores, pues sí, sí son los padres más amorosos y sacrificadores que pudieras conocer. ¿Por qué? Pues esperad y os lo voy a explicar.
George y Jane son actores, trabajan como un actor, y sí tú has sido actor sabrás lo atareada que es la vida de uno, y sí no lo fuiste, entonces trata, por lo menos trata, de comprender a aquellos que son esclavos del mundo, porque eso son los antores: esclavos del mundo. Aunque no lo creas.
George y Jane no querían que sus tres hijos vivieran la vida que se les avecinaba: malas relaciones, conflictos, problemas…y un motón de cosas más que son lo contrario a lo que debe ser un seno familiar. Sabían que sí se quedaban con ellos, llegarían a ser una familia disfuncional, y sabían también, que sí mandaban a sus hijos con los padres de Jane, a Australia, sus hijos tendrían una mejor vida, sin duda una mejor vida. Esto último implicaba no ver a sus hijos casi por el resto de sus vidas. Pero primero eran los hijos. Así pues George y Jane hicieron el gran sacrificio de mandar a sus hijos a un lugar donde gozarían de una gran vida. A cambio de no verlos casi nunca. 
Espero que entiendas este sacrificio que hicieron George y Jane, más no espero que entiendas su dolor, lo único que quiero es que entiendas es el significado de este sacrificio. Esto es lo que hizo el amor de dos padres.









Capítulo III
El cumpleaños de Maggie
El catorce de julio era cumpleaños de Maggie. Y sería toda una injusticia no mencionarlo en absoluto. Ya que fue dos días después del domingo del colapso.
Así que, el en la mañana del catorce de julio, cuando el sol brillaba intensamente por la ventana de su habitación, Maggie se levantó como cualquier otro día. Olvidando completamente, que, ese mismo día era su cumpleaños.  
Sé bien, y mejor que nadie, que en el primer capítulo dije que Maggie tenía doce años, pero realmente tenía doce años menos dos días. En fin, su cumpleaños estaba tan cerca, que se podía decir, casi, que tenía ya doce años.
--Buenos días, Maggie—dijo la abuela embozando una gran sonrisa.
Maggie estaba de pie en las escaleras. Con su vestido de algodón de cuadros rojos, su delantal blanco y almidonado y sus típicas y largas trenzas, atadas con listones rojos. 
Todos la miraban sonrientes. Sin embargo, no todos los sonrientes tenían el mismo sentimiento dentro de sí. Pues Ben lo hacía burlescamente, en tanto que los demás, lo hacían por lo orgullosos que estaban de Maggie.
--¿Por qué todos me veis así?—preguntó Maggie.
Era simplemente inevitable. Ben rompió a carcajadas. Estaba sucediendo justo lo que Ben sospechaba de Maggie cuando la vio bajar: Maggie había olvidado su propio cumpleaños.
--¿Es que no los sabéis?—preguntó Ben, cuando por fin pudo hablar.
--¿Qué? ¿Qué pasa?—
--Maggie querida, hoy es tu cumpleaños—dijo la abuela dulcemente, comprendiendo al instante la situación.
--¡Oh, sí! ¡Lo olvidé! Pero nada suceder si eso pasa, o ¿sí?—
--No, querida. No pasa nada. Al contrario hay que pensar algo para hacer hoy después de clases—dijo Hatty.
--Así es, Hatty. Pero por lo pronto, debes abrir esto—indicó la abuela.
En la mesa, había un paquete forrado con papel café. El paquete café fue cogido por las manos de Maggie y abierto con extremada ansiedad. Al abrirlo encontró un hermoso cuaderno color verde obscuro con decoraciones doradas en la pasta dura. Por dentro estaba completamente en blanco, y al ojearlo, Maggie descubrió que había una carta de su madre. La abrió y leyó:
Mi querida Maggie,
Cuando yo cumplí doce años, lo que tú ahora, me regalaron mi primer diario. Este libro que tienes en manos es un diario que yo te regalo a ti. El mío era igual, después me dieron un rojo, luego uno azul, y así hasta que compré yo mis propios diarios, o los fabricaba yo misma. Quizá a una chica como tú no le interese tener un diario, pero cuando tengas mi edad, no te arrepentirás de haberlo tenido. Espero que te sea de ayuda  con tus luchas, que sea un refugio y un consuelo. Pero ante todo, busca al Señor.
Tu madre que te quiere,          Jane Banks”   
Esta carta conmovió a Maggie, pero teniendo ella gran dominio sobre sí misma, no lloró.
--¿Cuándo lo trajeron de la estación de correos?—preguntó dejando el hermoso diario en la mesa.
--Ben fue a recogerlo esta mañana antes de que tú te levantaras. Tu madre me había advertido antes del paquete, diciendo que cuando mandara un paquete, lo dejáramos en la estación de correos para que cuando fuera tu cumpleaños fuéremos a recogerlo y te lo diésemos. Así, quedándose allá, no habrías sospechado nada, como creo yo ha sucedido. ¿O no?—explicó la abuela.
--Pues, la verdad es que ni me lo imaginaba—
--Bueno, es tarde y la escuela espera, jovencita. A desayunar y hacer vuestros trabajos matutinos. Después de la escuela haremos algo—dijo Hatty.  
Así como dijo Hatty, así se hizo. Ben y Maggie se fueron a la escuela aquella mañana, corriendo. Maggie no sentía que fuese su cumpleaños, pero al parecer los demás niños de la escuela sí, ya que aunque no todos le regalaron algo, todos y cada uno la felicitó por su cumpleaños. Como era de esperar, Kate fue la primera de todos. Ella se acercó a Maggie con un paquete parecido al de la mañana, y dijo:
--Feliz cumpleaños, Maggie. Espero que te guste—
Kate le entregó el paquete café y esperó. Maggie lo cogió y lo abrió. Encontró debajo del papel café un libro rojo, del mismo tipo que el de la mañana, pero éste ya estaba impreso. En la primera página decía: Ana de las Tejas Verdes. Y su autor era: Lucy Maud Montgomery.
Maggie estaba fascinada con esto nuevo. Le encantaba leer y aventurarse en épocas diferentes, imaginando que estaba en el Bosque de Sherewood, batallando en las cruzadas del rey Arturo o salvando la vida de su ama, La dama de la Torre Blanca. Tal era su fascinación por las novelas de heroísmo.
 --¡Kate! ¡Qué maravilla! ¡No podrá pasar esta semana sin que lo haya acabado!—exclamó por fin.
--Me alegra que te haya gustado. Temía que no fuera así. He estado ahorrando desde el año pasado para comprarte un libro, y resulta que casualmente éste llegó la misma mañana que fui a escoger el libro—contestó Kate.
En seguida llego la maestra, la Srta. Carrison. Con nuevas felicitaciones y un pequeño regalo.
--Mi querida Maggie, me alegra que cumplas doce años hoy. Espero que cumplas muchos más—dijo la maestra.
--Gracias maestra—dijo Maggie. Y cogió el paquetito café que le alargaba la maestra. Lo abrió y eran “unos hermosos encajes blancos de satén, y muestras nuevas de bordados magníficos”, según dijo la Srta. Carrison.
--Son muy hermosos. ¿No crees?—
--¡Ah, sí, maestra! Muy bonitos—Maggie fingió lo mejor que pudo para mostrar entusiasmo por su regalo, pues no le gustaba bordar.
La maestra se fue a detener una pelea que se escuchó a lo lejos y Maggie se volvió a Kate:
--Por todos los reinos de este mundo, promete que jamás me regalaras muestras de bordado y  encajes de satén blanco. No a menos que sepas que ya me gustan esos asuntos—
--Por su puesto que no, querida Maggie—prometió Kate. Entonces se echaron reír las dos.
Las clases transcurrieron rápidamente, para extrañeza de Maggie, a quien siempre se le hacían “eternamente eternas”. La Sra. Jo trajo galletas para celebración de Maggie, esta vez para extrañeza de todos, ya que la Sra. Jo no era muy amistosa, menos con los niños.
*****
 A las cinco de la tarde, la mayoría de los niños de la escuela, llegó a casa de Maggie. Habían acordado que harían un tipo de hora del té, pero más grande aún y con un propósito más grande. Así pues, a las cinco de la tarde todos los invitados estaban allí, con excepción de Adelaida Carrison, que estaba “enferma por casualidad”. Lo que en verdad había pasado, era, que el día anterior Maggie le había hecho una “ligera broma”, poniéndole sal en vez de azúcar a la limonada de Adelaida. Así que ésta última prefería pasar “un lindo día sin los tormentos de Maggie”. Era evidente que ellas dos no se llevaban bien, lo mismo que Maggie y Anabel Kingman. Por lo que Adelaida y Anabel se entendieron al momento.
Ese día, Anabel no tenía a Adelaida, pero se las arreglo bien hasta cierto punto. Porque era simplemente inevitable que le tocara una de las de Maggie. Mientras comían el pastel, (que era lo último) Maggie había encontrado una araña grande es su asiento, e inevitablemente se le vino algo maléfico a la cabeza. Se escabulló debajo de la mesa, sin que nadie lo notara, y con es tremulosa cautela, le puso a Anabel la araña en las faldas. En seguida Maggie se fue a su asiento, esperando solo oír los gritos de desesperación.
Anabel sintió unos movimientos en sus faldas, y se fijó a ver qué era lo que la molestaba. Al ver la gran araña, peluda, con patas enormes, cientos de ojos y sus dientes venenosos, gritó cuan fuerte podía. Al escuchar esos gritos gloriosos de la silla que tenía en frente, Maggie se echó a reír cuan capaz era.
Anabel trató de levantarse, pero en vez de ir para arriba, fue para atrás con todo y silla, de espaldas. Al instante se levantó y se sacudió el vestido, sin dejar de gritar. Pero como si no fuera ya bastante, para colmo de males,  Anabel cayó debajo de la mesa después de levantarse y tropezar con una roca, y al levantarse de nuevo, topó su cabeza con la mesa, y ésta al tambalearse dejó caer una gran limonada en la pobre y desdichada Anabel. Encolerizada hasta los cabellos, Anabel se levantó por tercera vez y quitándose el cabello empapado de limonada de los ojos, y dijo:
--¡Eres detestable! ¡Simplemente un ser detestable! ¡Yo no sé cómo es que alguien puede amar una niña como tú! ¡Monstruo!—
--Gracias—dijo Maggie haciendo una reverencia.
--Vaya, ¡Pero si esto es el colmo!—
--Parece que sí. O al menos por lo que ven mis ojos—
--¡Ya no vuelvo yo a pisar esta tierra nunca más! ¡Ojala no hubiera guerra y jamás hubiera tenido que venir a este horrible lugar! ¡Me voy!—
--Adiós entonces. Que te vaya peor en tu viaje a “casa antigua”—
Indispuesta a oír peores cosas de sí misma, Anabel se marchó empapada en limonada y a punto de llorar. Pero esto último no lo hizo hasta que llegó a casa y se tumbó en su cama, entonces derramó lágrimas ardientes de cólera contra Maggie MacArthur.
Mientras en casa MacArthur, había muchas risas sobre lo que acababa de suceder. Aunque Maggie fue un  poco regañada por Ben. Pero pronto se pasó lo sucedido y Kate sugirió jugar a las escondidas. Aburridos de estar sentados sin hacer casi nada, los demás accedieron y  empezaron a jugar. Kiera y Grace buscarían.
Kate, Maggie, Ben y Farmer (un muchachote de quince años que no se llevaba nada bien con Maggie) se fueron a esconder al ático. Hatty se encontraba fuera de casa, y los demás adultos restantes estaban en el huerto de tomate, por lo que nadie les impidió esconderse allí. Se sentaron en fila en la pared que daba al oeste, por que podían ver a la ventana, era Ben, luego Farmer, Maggie y Kate hasta el último, casi en la puerta del cuarto de Hatty.
--¡Qué excelente escondite!—comentó Farmer.
--Supongo que sí. Pero hay uno mejor—dijo Maggie.
--¿Y porque no nos llevaste allí?—
--Porque no estoy dispuesta a delatar el mejor escondite de Macville—
--¡Vaya! ¡Qué egoísta!—
--Sí, lo soy—
--Si te casaras conmigo ya no sería lo mismo—
--Pero resulta que no me voy a casar contigo, petimetre—
--¿Y porque no? No sabes lo que puede pasar, mi querida jovencita—
--¡Qué descarado! ¡Mi querida jovencita! ¡Te prometo que jamás en mi vida me casaré contigo! Eres un ser detestable, como dijo Anabel—Maggie ardía en cólera.
--Y yo te prometo que de alguna manera te conquistaré, algún día—
Aunque Maggie no demostró turbación exterior, al contrario, hizo su expresión más fría, pero por dentro su corazón latía con más fuerza cada vez. Pues sabía que Farmer, al igual que ella, cumplía sus promesas mientras las circunstancias se lo permitieran. Encolerizada y asustada, Maggie se apresuró a defenderse.
--Ya veremos. No me interesa casarme hasta los cincuenta años, y tú te cansaras tanto de esperar que te buscaras otra chica antes de que cumplas los veinte—
--Bueno, como dijiste tú: ya veremos. Porque también soy conocido por mi imperturbable paciencia—
Ben y Kate solo se veían atreves de los dos peleadores. La una pensaba que Farmer y Maggie jamás harían una buena pareja, ni siquiera una sustentable pareja, y también sabía que Maggie ciertamente no pensaría en casarse hasta lo cincuenta años. Y el otro pensaba que jamás en su vida dejaría que su hermana menor se casara con un holgazán como Farmer, porque eso era el descarado: un holgazán.
Maggie y Farmer solo se veían fríamente. La una odiando cada vez más a su Némesis, y el otro saboreando cada vez más el día en que conquistaría a la chica que siempre le había gustado, y que había admirado. Pero nosotros sabemos qué es lo que pasará, ¿o no?
   
     
         





Capítulo IV
Se declara la guerra
“¡Atención! ¡Se declara la guerra! Serbia le declara la guerra a Alemania. Causa: asesinato del archiduque Francisco Fernando de Habsburgo. Asesinato por Gavrilo Princip. Aunque se dice que esto terminará pronto, estén listos para lo peor, pues nunca se puede prevenir lo que sea. Estos son los países enlistados:
v Alemania
v Serbia
v Inglaterra y todo su imperio y ya veremos quien más, pues la oferta de entrar siempre estará vigente
Atentamente, Imprenta Newshire”     
Decía el primer párrafo del periódico que Ben tenía en las manos. Entonces llamó a todos diciendo:
--¡Eh! ¡Venid todos! ¡Tengo algo que decir!—“o más bien leer” se dijo luego a sí mismo.
Todos llegaron al instante y Ben leyó lo escrito.
--¿Pero qué hay de mamá y papá? Ellos están en Inglaterra--dijo Maggie cuando Ben hubo acabado de leer.
--Supongo que irán a otro lugar, dónde estén más seguros—opinó Ben.
--¡Oh, cielos! ¡¿Qué será del mundo?!---dijo la abuela, se sentó en la silla de la cocina, puso sus manos en el rostro arrugado y lloró.
El abuelo y David solo sabían verse el uno al otro, Ben fingía releer el dialogo escrito, cuando en realidad estaba tratando de enjugar sus lágrimas, Maggie se desplomo en una silla como si fuera a obrar igual que la abuela, pero solo se echó para atrás y se puso a jugar con el encaje de su delantal blanco. Hatty procuro consolar a la abuela, y Abe, demasiado pequeño aun para comprender la situación, solo jugaba sentado en el suelo con unos bloques que Ben le hizo un día. Sobre vino un silencio mortal y atormentador.
--Bueno, no ganaremos nada con estarnos aquí sentados. Hay trabajo que hacer allá afuera y también lo hay aquí adentro. Desayunemos y después veremos qué pasa—dijo por fin el abuelo, cosa que todos agradecieron, ya que el silencio se tornó incómodo.
La abuela enjugó sus lágrimas y preparo el desayuno con ayuda de Hatty y Maggie, Ben puso la mesa (con algo de ayuda vana de parte de Abe) y los señores se pusieron solemnemente a fumar la pipa en el porche.
El desayuno fue tranquilo. Ya que nadie habló más que para pedir aquello o esto otro.
*****
Maggie estaba fregando los trastes en una tinaja de pino, cuando la puerta se abrió a sus espaldas con gran estrépito. Era Kate. Quien tenía un pañuelo en las manos y sus ojos, estaban empañados en lágrimas.
Maggie se quedó inmóvil, estupefacta ante lo que se mostraba frente a  sus ojos. Luego, recobrándose del asombro, se secó las manos y corrió hacia Kate, quien se dejó caer en brazos de Maggie.  
--¡Oh, Maggie! ¿Has leído el periódico este día? ¡Es espantoso lo que dice!—explotó Kate a lágrima viva.   
--Bueno… realmente yo no lo leí, fue Ben quien lo leyó en voz alta para nosotros. Pero, sí, es algo espantoso. La misma abuela se sentó en esa silla, y se puso a llorar—contestó Maggie tratando de consolar a Kate. 
--¡Oh, Maggie! No sabes el miedo que tengo, el miedo que tengo de que Derick se vaya y, y… ¡Oh! Ni siquiera me atrevo a decirlo---
--Vamos, vamos, no es para tanto. Hay cosas que tiene que cumplir para ir, ¿Qué tal si no tiene una?---
--¿Pero qué tal si, sí la tiene?—
--¡Vamos, Kate! Trato de animarte y me reprimes cualquier intento, eso no se vale. Yo también tengo mis temores, y sin embargo no me he echado a llora, y no lo haré. ¿Sabes porque? porque sé que el Señor tiene cuidado de todo, ya sea malo o bueno a nuestros ojos. El Señor sabe qué es lo mejor para cada uno de nosotros, y si bombardean Inglaterra y papá y mamá mueren allá, pues que bien, y si no, que bien también. Yo no puedo decidir por ti, ni nadie más, pero yo he puesto mi confianza en Él, y sé que si algo sucede, no solo es para mi bien (quizá también para otra personas) sino que Él me consolará y dará alegría, tanto en la buenas y en las malas. Podré cantarle a Él con gozo y gratitud, haga viento y silencio, lluvia o sol… ¡Con guerra, o sin guerra!—fue lo que dijo Maggie en su pequeño sermón. Cosa que no era común en ella, ya que como sabemos, se le hacían eternamente eternos.
--Tienes razón, mucha razón. Tú siempre la tienes—
--¡No, no, no! No me vengas con halagos, porque de lo contrario, me soltaré con otro discurso de veinte horas y para hacer llorar hasta a Satanás—
Ahora Kate ya reía, y no solo eso, en su rostro rojo y húmedo, se veía la clara paz en el alma.
--Bueno, bueno. Te ayudaré a terminar de limpiar la cocina y después le pides permiso a la abuela para que me acompañes a casa y me ayudes a empacar—
--¡Empacar! ¡Kate! ¡Dime por todos los reinos de este mundo que no te vas a la China!—

--¡Qué! Por supuesto que no. Sólo voy de “vacaciones” a casa de la Tía Adeline, porque tiene fiebre y no tiene quien la cuide, así que a mamá se le ocurrió la brillante idea: que yo la cuidara por tres días, hasta que llegara la Sra. Jackson desde Sidney. Pero, ¿Qué te hace creer que me iba a la China?---
--Bueno… es que un día soñé que te ibas a la China---
--¡Pero, Maggie! Hoy en día el Señor ya no nos dice el futuro por sueños… Ni por nada, de hecho. Con excepción del Apocalipsis—
Kate río y Maggie se le unió, y esta última luego dijo, aun entre risas:
--Tienes razón, Kate. Pero es que lo sentí tan real que pensé que llegaría a suceder algún día—
--Vamos, hay que lavar los trastes—
Así que Maggie y Kate, juntas, lavaron los trastes. Al terminar, fueron a pedir permiso a la abuela para que Maggie fuera con Kate a empacar. La abuela y Hatty cosían en el porche. Maggie y Kate hicieron la pregunta y tras una comunicación automática por los ojos, la abuela concedió permiso. Esto era lo que sucedió: Maggie siendo como era, “una chica alocada y despreocupada” cansaba demasiado a las pobres ancianas en algunas veces, tanto, que cada oportunidad que tenían para descansar de “Maggie la alocada”, la aprovechaban sin dudar. Pues realmente preferían hacer todas las tareas ellas dos por un día, que tener que lidiar con Maggie. Esta, era una de esas oportunidades, y teniendo ese magnífico modo de comunicarse (con los ojos) estuvieron de acuerdo en dejar que Maggie se fuera. 
Con el permiso otorgado, Maggie y Kate salieron corriendo. Pero a medio camino, se cansaron y prefirieron caminar tranquila y pacíficamente.  Comenzaron a platicar, Kate la primera ofreciendo el tema de “la ociosa Tía Adeline y su casa fría y aburrida”.
Kate era una de esas personas que tienen una larga lista de preguntas para tal persona, pero la razón por la que era tan larga, es que cuando tenía la oportunidad de hacerlo, se le olvidaba por completo. Y al perder su oportunidad, cinco minutos después, se acordaba de lo que tenía que preguntar y se prometía hacerlo la próxima vez. Sin embargo en “la próxima vez” ocurría exactamente lo mismo, y así sucedía hasta que por fin se acordaba. Esta era una de esas veces en que por fin Kate se acordaba de lo que tenía que preguntar a Maggie. Por lo que cambio la conversación drásticamente diciendo:
--Maggie, ¿Cómo te dice tu abuela cuando te regaña o estás haciendo algo mal?—
--¡Oh! Eso es muy sencillo. Cuando hago algo que está mal, me dice “Maggie”. Cuando es algo muy mal, “Margaret”. Cuando muy, muy mal “Margaret May”. Y cuando está muy, muy, muy mal, “Margaret May MacArthur”. Solo va agregando más nombres conforme el problema es más grande—
--Tiene sentido. A mí solo me dicen “Kate”. Casi nunca hago enojar a mi mamá, pero cuando lo hago, es de temer. Es entonces cuando me dice “Katherine”. Pero eso sucede dos veces por año—
--Lo que pasa, mi querida Kate, es que tú no tienes dificultades para portarte bien. Eres lo que llamaría mi abuela “una santita”. En cambio, yo soy un “santo diablejo”, como dijo tu tía Adeline. Y tiene mucha razón, no sabes lo mucho que batallo para portarme bien, no encolerizarme, y no decir lo que sé que no es conveniente—
--Vamos, Maggie. No seas tan mala contigo misma, yo sé que batallas. Porque yo no soy lo que tu abuela llamaría “una santita”—
--Yo nunca veo que te enojes con algo como yo. ¡Tú perdonarías hasta al más descarado delincuente! ¡Mientras que yo lo colgaba vivo!—
--No, es cierto, tienes razón. Jamás me enojo como dices, y es cierto que podría perdonar al más descarado delincuente, pero tengo mis batallas—
--¿Cuáles? Si no te es molestia contestar—
--No me gusta hacer quehaceres, sin embargo sé que necesito hacerlo. Lavar trastes ¡Como odio lavar trastes!—
--No te creo. Si es así ¿Cómo es que te ofreciste a ayudarme hoy?—
--Porque mi estrategia es olvidar mi desprecio y pensar en lo que viene más allá: la recompensa—
--Y en esta caso, ¿cuál es?—
--El que vayas a mi casa por un rato y nos divirtamos—
--Buena estrategia… ¿Te molesta si la practico por un tiempo para ver qué pasa?—
--¡En absoluto! Todos me dicen que es una absurda estrategia, pero viendo que tú no piensas lo mismo, ¿Por qué habría de molestarme?—
--No lo sé… yo lo haría. Aunque no si fueras tú quien me lo pidiera—
--¿Sabes Maggie? Jamás creo llegar a tener una amiga tan buena como tú. Con todo y detalles. Porque a final de cuentas somos humanos, y como tales no somos perfectos. Sin embargo también podemos corregirnos, y eso es solo una prueba más de que el Señor en nada se equivoca—


                                                                 






Capítulo V
25 muchachos de Macville
Macville no era otra cosa que un gran ajetreo. Maggie se pudo dar cuenta aquel 2 de septiembre que había ido a la tienda del Sr. Tambourine. Iba por harina, pero al pasar por la calle Mayor, comprendió que todos habían leído el periódico y que todos estaban alarmados. 

--25 Maggie, mañana ya será un dólar—le dijo el tendero a Maggie.

--Aquí tiene, señor. Y gracias por el aviso—Maggie entregó la moneda de 25 centavos, tomo el medio kilo de harina y se fue a casa.
Sin embargo, al salir de la tienda, se topó cara a cara con Kate, quien se ofreció para acompañarla a casa diciendo:
--Vamos, yo te acompaño, no tengo nada que hacer---

--25 muchachos, sí señor, 25 muchachos deben salir de Macville. Este periódico dice que no pueden salir de Macville menos de 25 muchachos enlistados—dijo de pronto  en voz alta un señor que estaba en una mecedora en el porche de la tienda.
--¿Qué dice, señor?—preguntó Maggie acercándose al señor.
--¡Oh, nada, nada! Lo decía para mí mismo, pero si quieres saber, acércate y léelo tú misma—el señor ofreció a la vista de Maggie el periódico abierto. Ésta se claro la garganta y leyó en voz alta:

“El alcalde de Newshire declara que sí solo de Macville pueden salir 25 muchachos para enlistarse en la guerra, de toda Australia saldrán muchos más. Asegura pues, que él dará al ejército de Inglaterra, por lo menos de su parte, 26 muchachos voluntarios.
Estos son unos que ya se han enlistado (y la cuenta sigue):
v John Harrison
v Jack Dane
v Mac Gopher
v Frederick Cloow

Esperamos muchos esfuerzos de estos voluntarios, de estos chicos, y de todos los que participen en esta guerra. 
Atentamente,  la Imprenta Newshire”
--¡Frederick Cloow! ¡No! ¡No! ¡No! ¡No es posible!—Exclamó Kate, casi llorando.
--Pero ¿Qué pasa con ese Frederick Cloow?—pregunto el señor.
--Derick es el hermano de Kate—dijo Maggie, comprendiendo el dolor de su amiga.
--Oh, ya veo, ya veo. Bueno, pero ¿No lo sabía?—
--No, señor.  Yo no lo sabía, yo estaba en Newshire hasta hace un rato, no sé nada de lo que aquí pudo haber pasado durante mi ausencia de tres días—habló Kate.
--Lo lamento mucho pequeña, espero que no le pase nada en batalla—dijo el señor.
--Bueno, de todas maneras gracias por la información, mi abuela me estará esperando. Vamos Kate, la abuela se va a preocupar---dijo Maggie, y tomando a Kate de la mano, se fueron.
Pero apenas habían llegado a la esquina, cuando escucharon que la Sra. Tambourine llegaba corriendo a la tienda y decía:
--¡Charles! ¡Charles! ¡Dime que no estás leyendo lo mismo que yo!—
La Sra. Tambourine había terminado su frase casi en sollozos. El Sr. Tambourine leyó lo que su esposa le mostraba, y muy a su pesar, le dijo:
--Sí, querida. Estoy leyendo lo mismo que tú—
--¡No, no, no! ¡Mi Harry no!—
--Lo siento, querida. Pero no era nuestra decisión, era de él. Ya no podemos hacer nada, hay que aceptar las circunstancias y aguantar esta guerra—el Sr. Tambourine abrazó a su esposa, que estaba llorando, aun en el porche, donde todos la veían, pues no le importaba ya nada. Su único hijo se iba a la guerra.
Maggie se dirigió a Kate y le dijo casi por lo bajo  con voz que sonaba a tristeza:
--Creo que hay un nombre más que se agrega a la lista: Harry Tambourine—
--Ya no sé qué hacer, Maggie. Siento que mi mundo se cae en pedazos—dijo Kate, reanudando su marcha.
--No te preocupes, ya verás cómo todo se arregla—

Pero en casa las esperaban nuevas agitaciones.   
En casa encontraron con que Ben estaba siendo entrevistado, así que Maggie y Kate dejaron los encargos en la cocina y se fueron al columpio-sillón.  Allí hablaron de lo sucedido, de lo que estaba pasando y lo que podría pasar.
*****
Semanas después se enteraron que Jimmy también había sido entrevistado, pero uno de los requisitos para poderte enlistar, era ser blanco, y Jimmy tenía (aunque algo muy lejana) sangre indígena. Además, otro de los requisitos decía que ya tenías que haber estado enfermo de viruela y sarampión, de lo contrario, no te podías enlistar.
A Ben le sucedió lo mismo, bueno, casi. Él era completamente inglés, pero aún no padecía de las dos enfermedades. Pero, como ya hemos visto, Derick y Harry no se pudieron escapar.
Un mes después de haber recibido la terrible noticia, los Cloow junto con los MacArthur se dirigían a la estación de Newshire para despedir a Derick.
Aunque todos iban en tropel, había caras tristes en aquella caravana. Las señoras iban de los brazos de sus esposos, Abe caminaba y luego se subía a los hombros de Ben, Maggie caminaba con uno y después con otro, no se decidía, Derick dirigía la marcha, y por último, Kate la cerraba.
--No te vayas, Derick. Hay muchos otros que van por ti, yo te necesito más que el rey de Inglaterra—le dijo Kate a Derick, luego de correr hacia él.  
--No te preocupes, ya regresare. Veras como ganamos pronto y todo esto se acaba—la consolaba Derick.
--Pero eso no me importa. Yo preferiría que nunca te fueras a que te fueras por un instante—
--Bueno, de todas maneras yo nada puedo hacer. Dejemos que el Señor se haga cargo del asunto. Él te consolara—
Kata ya no dijo nada más, solo se aferraba al brazo de su hermano como sí así pudiera evitar cualquier catástrofe. Llegaron a la estación. Entraron por la doble puerta del porche, y pronto todos estuvieron en un pequeño cuarto: en una esquina estaba la recepción, al lado este estaba una puerta que tenía un letrero tallado en madera que decía: “oficina del alcalde,” al otro lado estaba lo mismo, solo que decía: “Bodega,” en el lado sur había una serie de sillas para esperar, pero ello no se sentaron, sino que siguieron derecho y cruzaron al otro porche por la puerta norte.
Allí estaban, en el lugar donde pararía el tren, y donde la cosa más  horrorosa había de suceder.  Al momento, y como por magia, llegaron los demás enlistados, entonces la parada de tren se llenó de gente. El tren se vio a lo lejos y cada vez se acercaba más. Kate tragó saliva, se secó las lágrimas.  
Aunque Derick se había contenido muy bien, ya no podía más. Abrazó a Kate y derramo lágrimas amargas, aquello era demasiado para él. Kate hizo lo mismo, pero luego se secó las lágrimas, sonrió, se quitó el collar de plata que tenía puesto y se lo puso en la mano, seguido de lo cual dijo:
--Toma…no lo pierdas. Ya dejemos de chiquilladas, nada de lo que hagamos lo va a impedir—
--Sí, tienes rezón—le contestó Derick.
Maggie tragó saliva, y se alegró de que Ben no se hubiera enfermado de sarampión, a pesar que en otra época lo deseó con toda el alma.  
El tren había llegado. Se había parado con su triunfante  silbido. Derick se despidió de sus padres, subió al tren, se sentó en la ventana y cuando el tren ya avanzaba, se asomó a la ventana y gritó:
--¡Kate!—
Kate corrió hacia él, a pesar que el tren ya estaba caminando, entonces Derick sacó su mano y aventó su pañuelo, Kate lo atrapó en el aire y despidió a Derick con él. Derick la despidió desde la ventana del tren con un movimiento de mano. El pañuelo lo había bordado ella misma para Derick.
*****
Un par de semanas después de que Derick partiera, Kate fue a la estación de correos y encontró con que había para ella una carta de Derick. Al llegar a casa, y había regresado corriendo, se sentó en la ventana francesa que estaba en la cocina y leyó:
“Querida Kate,
Primero que nada, diré que hasta el momento todo ha sido divertido. A mí y a Harry nos ha tocado en el mismo apartamento, incluso dormimos uno arriba del otro, es decir, que él duerme en la cama de arriba y yo en la de abajo. En la esquina suroeste, hay un gordinflón pelirrojo, pero no creo que sirva para nada, excepto quizá para estorbar, en batalla, dudo que algo pueda hacer.
Hay otro que se cree el más listo, otro que es come libros, otro que vive para comer y así en más… lo que comemos no es muy de mi gusto, pero, es nutritivo y llena muy bien el estómago: legumbres”
(Aquí, Kate se ríe, pues sabe que a Derick no le gustan mucho las legumbres)  
Viajamos en barco por una semana, y luego en tren hasta llegar a Italia. Y aquí estamos, en las costas de Italia. El lugar es bellísimo, como  me gustaría que pudieras ver el hermoso paisaje que se muestra ante mí, todas las noches, en el ocaso, el sol brilla sobre el mar, primero parece un valle de flores, después una huerta de mango, y por último, llamas de fuego quemándose sobre la superficie del mar. Es simplemente magnifico.
Por mí, no te preocupes, estamos muy bien, y di a la Sra. Tambourine que Harry está completamente bien, es más, parece que el estar aquí le ha sentado muy bien. Tu collar lo tengo muy bien guardado, no te preocupes de perderlo, y además, no olvides que tengo que devolvértelo y para eso tengo que ir a Macville, no te preocupes, volveré a casa antes de que la Sra. Tambourine deje de tejer.
Cuida bien mi pañuelo, es el único que aprecio, pues tú misma lo bordaste. Saluda a papá y mamá de mi parte, sé buena niña y… te quiero.   
“Atentamente, tu Derick, que te quiere y extraña”
Mientras leía la carta, los ojos de Kate se habían empañado de lágrimas, pero esta vez sus lágrimas eran de gozo, pues sabía que su hermano estaba bien, y aquellas palabras cariñosas y fraternales la conmovían hasta lo más profundo de su corazón.   
Después de todo, había comenzado una guerra. La guerra que más tarde sería llamada: la Primera Guerra Mundial.

   







Capítulo VI
Mis razones para la dama
Estaban todos a la mesa desayunando, cuando el abuelo preguntó qué novedades había en la granja, Jimmy contestó con la boca llena:
--Supongo, que las gallinas son lo más importante. Ya que en una sola noche ha desaparecido una docena. Fuera de eso no hay nada de qué preocuparse, son tan pocas y despreocupantes las cosas, que nosotros podemos con ellas—
--Bien, habrá que comprar otra docena al tendero, para remplazar las gallinas ya hechas caldo crudo... Muchachos, nos vamos de caza—
--¡Qué bien!—gritaron a una los dos chicos, ambos con la boca llena. Ellos gozaban de lo lindo con la nueva noticia.
--Pero ¿Qué vamos a cazar? No hay nada jugoso por estos tiempos. He vivido aquí dieciséis años de mi vida, los cuales son mi vida entera, y creo que esos años son los bastantes como para saber con exactitud lo que sucede en cada tiempo y época. Por lo tanto digo que no hay nada—inquirió Ben.
--Sí lo hay, no es jugoso, eso es cierto, pero nos servirá muy bien su piel para hacer un juego de bancos y sillas. ¿Adivináis qué es?—
--No veo que pueda ser—contestó Ben con completa seguridad. 
--Yo tampoco—dijo Jimmy.
--¡Dingos!—gritó Maggie, quien no se había perdido palabra del diálogo. 
--Exactamente, Maggie. ¿Cómo has podido adivinar?—dijo el abuelo.
--Oh, es muy fácil. Solo me basé en el diálogo, medite y así conseguí la respuesta. Además, recordé las sillas del Sr. Tambourine, esas son de piel de dingo—
--¡Vaya, chica la que tenemos! Sería capaz de resolver el acertijo más difícil que le pusieras—
--A veces creo que tenemos una Sócrates. Muchas veces no entiendo ni una palabra de sus explicaciones—argumentó Hatty, quien ya había estado callada bastante tiempo, por eso, todos se alegraron de que hablara.
--Lo mismo me pasa a mí—dijo la abuela.
--¿Qué vamos a hacer para que no se seguían comiendo las gallinas?—preguntó Maggie.
--Ya veremos. No podemos hacer nada, además de tratar de eliminar unos cuantos asesinos—contesto el abuelo.

--Pero, podemos hacer un gallinero. Sería incluso más fácil hacer la colecta de huevos, incluso lo podría hacer Abe. Por favor abuelo, yo lo hago, todo, sin ninguna ayuda, y si quieres, lo puedo hacer con mis propios recursos. Tengo suficiente, de mi trabajo con la Sra. Tambourine—decía Maggie, insistiendo.
El abuelo no dijo nada por el momento. Parecía estar meditando.
--El abuelo no te dejará hacer eso, así las gallinas no ponen huevos, sueltas es mejor. Aunque se las coman—dijo Ben con resolución.
--Ben tiene razón. Es mejor sueltas—colaboró Jimmy.
Después de estar así unos momentos, el abuelo, se dirigió a Maggie y le dijo, con una mirada severa:
--Está bien, puedes hacerlo. No necesito que gastes tu dinero, escríbeme una lista de lo que necesitas, después de la comida iré por los materiales. Esto solo es una prueba, no es permanente, te doy dos meses después de haber terminado en gallinero para que logres un cambio. De lo contrario, dejaremos las gallinas afuera. De todas maneras no creo que funcione esto del gallinero—
--Trato hecho—contestó Maggie en vez de “gracias,” como debió haber hecho.
Para sorpresa de Ben y Jimmy, el abuelo había aceptado. Por eso se quedaron boca abiertos,  y  no se atrevieron a contradecir, pues sabían mejor que cualquier persona, que lo que el abuelo decía, se hacía. ­­­­­­­­­­
El desayuno había terminado, y los hombres se fueron al trabajo del campo, y las mujeres al trabajo doméstico, cosa que Maggie detestaba en alma y espíritu.
*****
El abuelo regresó con las cosas que Maggie había escrito en la lista. Después de la merienda, Maggie comenzó a trabajar. No iba a esperar más. El resto del día, Maggie no salió del taller, media y cortaba, cortaba y media. En dos semanas, ya tenía el gallinero hecho. Entonces comenzó la tarea de juntar todas las gallinas, y el gallo. Así que hizo lo que llamó “El asociamiento de gallinas”,  que consistía en un grupo de niños escolares, que cuando uno de los integrantes, o no integrantes, tuviera un problema con las gallinas propias (fuese cual fuese el problema) “El Asociamiento de Gallinas” acudiría al rescate.
Los únicos que no consistían de “E.A.D.G” (como se llamó después), fueron Ben y Jimmy, que estaban completamente en contra del “tontísimo gallinero”. Así pues, un sábado temprano, la E.A.D.G se reunió en casa de Maggie para reunir todas las gallinas de los MacArthur.
Habían comenzado a la seis de la mañana, y terminaron a las nueve, ya que eran treinta gallinas y la propiedad era tan grande, que costaba encontrarlas en donde sea que se pudieran encontrar. La E.A.D.G no pedía pago al pueblo, sino que era todo gratuito. Pero si los dueños de la casa a la que fueron a ayudar les querían dar algo como recompensa, tampoco les caía mal, así que lo cogían con gusto y se sentían más gozosos después de haber ayudado por voluntad propia.
En este caso, la abuela les preparó pan tostado con mermelada de mango y una rica limonada. Y allá quedaron las gallinas, en su nuevo hogar. Que sería probado por dos meses.
*****
Maggie llevaba dos semanas haciendo su nuevo trabajo agregado a la lista de tareas de la mañana, ya que antes el darle de comer a las gallinas, era de Ben. Aunque Ben odiaba cuidar gallinas, no creía que su hermana menor de doce años las pudiera cuidar excelentemente bien. Creía que Maggie podía hacer “bien”, “mejor que otros” el trabajo, pero no “excelentemente bien como Ben”.
Habían pasado dos semanas de experimento, cuando ocurrió algo que Maggie le tuvo bien presente a Ben y Jimmy cuando el tiempo de dos meses se acabó. Y sería realmente injusto para Maggie el no contar lo que sucedió…
Estaba Maggie muy temprano en el gallinero, cuando Ben y Jimmy pasaron por allí. Venían del campo e iban a la casa para llevar la merienda al campo, donde estaban los trabajadores. Maggie estaba sentada en un tronco revisando la pata de una gallina.
--¿Qué haces?—preguntó Ben con cara de consternado, observando lo que Maggie hacía.
--Esta gallina tiene algo en la pata y estoy tratando de evaluar la herida—contestó Maggie, un poco molesta.
--No veo cómo puede funcionar esto del gallinero—
--Cuando se acaben los dos meses, ya tendrán ustedes dos que darme la razón. Serán tantos los huevos, que se pudrirán antes de poderlos comer. Habrá tantas gallinas, que podríamos alimentar tres familias con solo pollo asado y papas fritas. Ya veréis. Y entonces me daréis la razón—una pequeña llama se había encendido en Maggie y en sus ojos se lo podía ver.
--Ya veremos—
--Estoy seguro de que Ben gana. Esto del gallinero es una tontería.  Simplemente como dijo Ben: no veo como pude funcionar—colaboró Jimmy del lado de Ben.
--Ya verán ustedes dos. Y si no me van a ayudar y sólo molestarme, será mejor que os vayáis de aquí—Maggie estaba enojada. Al terminar de pronunciar ésta frase, amenazaba ya con un pedazo de tronco podrido.
--¡Vaya tontita! No puedes contra nosotros, Maggie. Es inevitable—dijo Ben, quien sabía que no era bueno, molestar y hacer enojar a Maggie. Pues ésta era capaz de hacer cualquier cosa con tal de defender su orgullo, aunque siempre después de uno o dos días terminaba por arrepentirse, a veces de mala gana.
Maggie dejó la gallina en el piso, sin cuidarse de que no se lastimara más, salió del gallinero y lanzó el tronco a Ben, o a Jimmy, a quien fuera que le callera. Pues los otros dos ya corrían en cuanto Maggie se levantó. El tronco allá fue a dar a la cabeza de Ben, quién era la víctima más deseada. Ben sintió el golpe y se detuvo. Jimmy lo imitó. Ben se tocó la parte superior de la cabeza y al llevársela a los ojos, vio en su mano la sangre obscura.
--¡Vaya tino que tiene esa chica!—exclamó Ben.
--Sí…
--¡Bah! Pero qué puede ser una simple cortada. Me he cortado de peores maneras—
--Bueno, de todas maneras vayamos con tu abuela para que le haga justicia a Maggie. Y que te revise bien, porque no creo que haya sido una simple cortada—
La sangre corría a líneas por la cabeza de Ben.       
--No, no. No quiero que justifiquen a Maggie. Fui yo quien la hizo enojar, sabiendo que no era ni correcto ni prudente—
--¿Y qué le diremos a tu abuela cuando nos pregunte “qué milagrosos accidentes te ocurrieron?—
--Usaremos una excusa: que me corté con alguna piedra al resbalar y caerme. Que estábamos arreglando la yunta cuando al levantarme me corté con el filo, o algo parecido—
--Qué excelentemente rápido inventas algo… pero yo insisto en que demandemos a Maggie—
--James Eliot Bliss…
Cuando Ben usaba el nombre completo de Jimmy, significaba no sólo que hablaba en serio, que no se doblegaría y que haría justicia a costa de todo. Sino que también que por hacer lo correcto podía ponerse de parte del lago contrario a Jimmy.
-Sí…
--Te prohíbo que demandes a Maggie. O te la veras conmigo—
--¡Bah! ¿Y tú por qué crees que tienes el poder de mandarme, o peor aún, prohibirme?—
--Soy cuatro meses mayor que tú. Y aunque es poco, muy poco, es algo y algo cuenta por poco que sea. ¿Me entendiste?—
--Sí, señor—dijo Jimmy medio en broma.
Entraron a la casa y llamaron a la abuela. Enseguida acudió la abuela al llamado de “enfermera de calidad”. Curó a Ben, con tres puntadas, y cuando acababa ya de cubrir la herida con alcohol para que no se infectara, preguntó:
--¿Y cómo te has hecho semejante herida? Vamos: habla—
Ben iba a hablar, cuando Jimmy interrumpió. Y fue entonces cuando Jimmy se puso del peor lado que pudo haber estado.
--Fue Maggie. Estaba con las gallinas,  llegamos nosotros y empezamos a hablar. Le dijimos unas bromas y se enojó, salió del gallinero, nosotros corrimos y nos aventó un tronco. El tronco es lo que causó esa cortada—
Ben pudo haber evitado que Jimmy hiciera toda su demanda, pero prefirió que el traidor terminara de hacer su pecado y así, que el traidor mereciera una condena peor. Ben estaba encolerizado. Se paró, rígido como un árbol, se irguió cuan alto era, y Jimmy quedó abajo siendo él, menos alto. Entonces Ben habló:
--Los culpables somos nosotros, abuela. Y por eso te pido que no justifiques a Maggie. Ella tiene sus defectos, pero se puede remediar, y yo bien sabía que no era ni correcto ni prudente hacerla enojar. Fue prácticamente mi culpa, porque yo empecé. Pero no le digas ni regañes nada de nada. Porque si le dices algo parecido que sea tras bambalinas, lo va descubrir: ella es demasiado lista como para no hacerlo. ¿La castigaras?—
La abuela suspiró, y tras meditar no más de cinco segundos, contestó:
--No le diré nada. Ni “tras bambalinas” como dices tú. Solo lo hago, o mejor dicho, no hago nada, porque tú me lo pides casi de rodillas. Pero será mejor que te disculpes con ella por las bromas que le hiciste, o te volverá a lastimar y entonces sí tendré que intervenir—
--Gracias—
Ben se dio la vuelta, y al encontrarse con el rostro traidor de Jimmy, lo vio fría y despectivamente como solo podía hacer Ebenezer Tom MacArthur. Ben salió y se dispuso a buscar a Maggie, con tal de matar dos pájaros de un tiro: evitar ser lastimado de nuevo, y evitar al mismo tiempo, que Maggie fuese regañada.
La encontró en el taller, buscando unos clavos que el abuelo le había pedido a gritos desde el campo de tomates, ya que éste estaba lo suficiente lejos para tener que gritar. Ben no era muy sentimental, casi nada, pero en el fondo era un sensible hermano mayor que cualquiera hubiera envidiado. Él se disculpó, sin decir que él era el que había evitado que la regañaran, usando la excusa de que la abuela era quien había hecho culpable a Ben y no a Maggie. Maggie sabía que Ben mentía, pero sabía también que Ben por nada del mundo admitiría su acto heroico. Así que ella fingió (por cierto, como actriz de primera clase) creer lo que Ben decía, por lo que Ben no sospechó que ella no le creyera. El abuelo exigía los clavos y “a la mejor ayudante en Australia”. Así que Maggie dijo que se iba, cuando Ben agregó:
--Disculpa también por eso—
--¿Qué cosa?—preguntó Maggie.
--El haberte retrasado tanto. Dile al abuelo que he sido yo el que te retuvo—
--¡Ah! Por su puesto—
Maggie se fue y Ben organizó todos los clavos que Maggie había dejado tirados al buscar lo que necesitaba. Pero esto último nadie lo supo. Ni siquiera Maggie.
*****
Durante todo el tiempo del resto de los dos meses, Ben no habló con Jimmy sin que fuera necesario. Y cuando lo hacía, hablaba fría y rígidamente. Incluso ayudaba a Maggie de vez en cuando con algo del gallinero, o cuando las gallinas se peleaban al llevar una nueva. En total eran treinta gallinas y un gallo, por lo que el gallinero media tres metros de ancho, cinco de largo y dos y medio de alto.
Aunque Jimmy escondió bien su abatimiento y el temor de jamás volver a recuperar aquella amistad e intimidad con Ben, por dentro estaba siendo atormentado terriblemente. Ben conocía tanto a Jimmy, que sabía que ignorarlo por completo lo atormentaba más, que darle unos trompones en la nariz, sabía que Jimmy prefería quedarse sin un dedo, que perder la amistad de un buen muchacho: Ben. Así que Ben practicó esto, y aunque no se veía nada en Jimmy, sabía que éste último sufría como nunca antes en su vida.  
Por fin el día en que se terminaban los dos meses, llegó. Y pasó exactamente como Maggie predijo: las fieras ya no se comían nada, los huevos abundaban tanto, que no alcanzaban a comérselos antes de que se pudrieran, y un día, tal y como Maggie dijo, hicieron un banquete con los Cloow, MacArthur y Bliss. Maggie era entonces la reina de la razón. Pero ella no era vanidosa, por lo que no presumía. Aunque, como ya dijimos, el último evento siempre se lo tuvo bien presente a Jimmy y Ben.
Una noche en la cena, el abuelo lo tuvo que reconocer, y dijo:
--Bueno, he de reconocer que Maggie tenía razón. Y si queremos hacerlo de manera galante: Mis razones para la dama—
--Un brindis por Maggie la Sócrates—dijo Davy, quien le siguió la corriente al abuelo.
--¡Por Maggie la Sócrates!—se dijo esa noche, aunque sólo con vasos de latón y agua natural.  
A la mañana siguiente, al salir a llevar a las vacas, Jimmy y Ben se perdonaron. Pero la frialdad de Ben se fue lentamente. En el mismo lugar, quedaron de acuerdo en que al regresar y pasar por donde Maggie estaría en el gallinero, le pedirían perdón. Entonces al regresar, entraron al gallinero, (Maggie estaba subida al tronco para alcanzar una gallina que sea había subido encima del lugar donde ponía los huevos) y llamaron a Maggie.
--¿Sí?—contestó ella, sin moverse del lugar incomodo donde estaba.
--Queríamos decirte algo—comenzó Ben, algo tartamudo.
--Pues entonces hablen, no tengo todo el tiempo y tampoco ustedes. ¡Vaya si me estoy muriendo de hambre!—
--Bueno, Madame. Mis razones para la dama. Sentimos habernos burlado de ti, haciendo que ocasiones catástrofes. Jimmy y yo lo sentimos de veras, y queremos saber si nos concedes tu perdón—
--Bueno, ¿Y porque no habría de hacerlo?—
--Pues…es que creíamos que tanto te molestamos que no nos perdonarías—
--Bueno, pues os concedo mi perón. Pero para la próxima tened más consideración de usar la razón—
Maggie seguía trepada. Y por fin pudo coger la traviesa gallina. Ésta cacaraqueo y aleteo tan fuerte, que fue liberada rápidamente, con satisfacción de la gallina.
--Con esto concluyo las gallinas. Ahora a desayunar esos huevos con tocino y las tortas con jarabe—
--Madame. ¿Me permite ayudarla?—dijo Ben ofreciendo su mano a Maggie para que ella bajara del tronco.
Maggie iba a rechazar precipitadamente, pero prefiriendo divertirse un poco jugando a la galantería, y evitar otra disputa, accedió y dijo:
--Por su puesto, caballero galante. Hemos de ir a comer—
Se fueron los tres muy amigos, como sucedía cada vez que una disputa se ocasionaba. Desayunaron y siguieron con la vida diaria, que aunque hubiese tormenta, olas gigantes y tempestades, tarde que temprano siempre volvía el sol con una resplandeciente mañana.     
      



Capítulo VII
La carta
--¡Vamos, Maggie! O llegaremos tarde—
Ben hablaba así a su hermana. Pues habían sido invitados a la merienda en casa de los Cloow, y de pasada harían unos encargos en Macville. Y por lo visto, Ben no quería llegar tarde. Además, él es una persona a la que la puntualidad es esencial.

--Ya voy, solo que Abraham no se duerme—contestó Maggie es un susurro.

--Pues entonces déjalo así…

--Ya… Vamos, antes que ese niño cambie de idea y se despierte—

Bajaron pues, Maggie y Ben con las puntas de los zapatos, pues a pesar de que le tenían mucho afecto a Abraham, en ocasiones es preciso tomarse un descanso de niños pequeños. Abajo la abuela los esperaba en la cocina, con una lista de compras y reglamentos.

--Hagan exactamente lo que dice aquí, de lo contrario, perderán mi confianza y permiso para salir solos. ¿Entendido?—les dijo ella.

--Sí, abuela—dijeron los dos.

--¿Puedo comprar con mi dinero, un dulce para Abe?—añadió Maggie.

--Supongo que sí. Ahora, vayan. No querrán deshonrar a la familia con una impuntualidad—le dijo la abuela, hablando siempre en serio.

Ben y Maggie salieron de la casa, muy tranquilos, pero en cuanto estuvieron fuera de la vista de la abuela, corrieron como rayos. Llegaron a la casa de los Cloow, fueron bienvenidos con exclamaciones de júbilo y se sentaron en la mesa de jardín que estaba, en el jardín.

--Me alegra que hayan podido venir, me sentía tan sola sin Derick. Pero ahora pasaremos muy buen rato—les dijo Kate. Luego añadió:

--Ayer recibí una carta, era de Derick. Solo dice que no han tenido mucho combate ni nada por el estilo, solo están esperando algún  mandato—

--Me alegro por ti, Kate. De regreso vamos a pasar a la oficina de correos—dijo Maggie tratando de cambiar la conversación.

Pasaron muy buen rato en casa de los Cloow, como dijo Kate, pero el tiempo pasa, y el tiempo pasó, así que llegó la hora de irse. Tomaron sus cosas, que consistían de: una canasta,  un plato con una rebanada de pastel y una bolsita llena de golosinas. Pusieron  las cosas dentro de la canasta, para hacer el camino más fácil, y acordaron tomarse turnos para llevarla. Pasaron  a casa de los Barton, por unos encajes, fueron también con el Sr. Sanford para darle unas camisas que la abuela Ginger le hizo, dieron un encargo a  la Sra. Bliss, pagaron una deuda con los Pearl, y por casi último, fueron a la estación de correos.

--¿Hay algo para nosotros, señor?—preguntó Ben.

--Déjame revisar,  muchacho—dijo el administrador. 

El administrador se metió detrás de una pared que dividía el recibidor y la bodega, volvió a aparecer por donde se había ido  y regresó con dos cosas en las manos: un sobre blanco y una caja de latón.

--Aquí tienes, chico. Eres muy afortunado, esa caja de latón contiene delicias tucas, y vienen de Londres, hechas allí mismo—dijo el administrador.

--Gracias, señor. Me parece que son de mis padres. Bueno, nos tenemos que ir Vamos, Maggie—contestó Ben, cogiendo las cosas y metiéndolas en la canasta, ya que por el momento era su turno de llevar la canasta.


--Buen viaje—el administrador dio un tirón a su gorra inglesa.
Ben hizo otro tanto, Maggie se puso el gorro y partieron de allí.
--¡Oh, Ben! Una carta de papá y mamá. Significa que están bien ¿no?—exclamó Maggie entusiasmada, al salir del correo.

--Sí, es de papá y mamá. Pero no eso es un indicio de nada, mejor esperemos a leerla—le contestó Ben, quien sospechaba lo contrario, pero al ver a su hermana menor tan entusiasmada, no tuvo el valor de decirlo.

Por último, fueron al almacén del Sr. Tambourine, donde compraron especias, semillas, un poco de harina blanca y el dulce que Maggie dijo para Abe, comprado con los medios de Maggie. 
Regresaron a casa muy entusiasmados, pues habían pasado un buen día. Llegaron justo para el té, donde los esperaban, la abuela, Hatty y Abe. Contaron sus cuitas, tan a prisa, uno cada párrafo que la cabeza de las señoras parecía nido de cuervos, y los ojos de Abe parecían mangos. Por último, Maggie, a petición suya, habló de la carta. Pero todos acordaron que esperarían a que llegasen el abuelo y David.

Mientras, unos disfrutaban de una cosa y los unos de la otra.
*****
El abuelo y David llegaron justo para la cena, pero tanto entusiasmo había en casa, que tuvieron que sentarse en la cocina, todos, y esperar a que el abuelo abriese la carta y la leyese.
El abuelo leyó:

---“Queridos MacArthur,
Aquí las cosas se están poniendo muy feas, queríamos mandar esa caja de latón, y sí, la mandamos, pero nos costó gran trabajo encontrarla. Fuimos a diez tiendas, y en la décima la encontramos y además, era la última. Muchas cosas ya no se encuentran aquí, está habiendo escases. Pero ya veréis nuestra idea: hemos vendido todo, excepto la casa, y como no queremos angustiarlos,  hemos decidido ir a vivir con ustedes hasta que acabe la guerra.
No nos importa que bombardeen Londres y destruyan nuestra casa, preferimos perder una simple casa que a nuestros preciados hijos. El lunes tomaremos el tren a la costa, donde zarparemos a Francia, luego iremos en tren hasta Italia y de allí zarparemos con rumbo a las costas oestes de Australia,  nos vemos en Newshire.
Ben, sé buen hijo, no molestes a tus abuelos, trabaja, se fiel para con tus amigos y no crezcas demasiado, pues para cuando vallamos ya serás un hombre.
Maggie querida, ere mi única hija, y te aprecio no sólo por eso, esfuérzate en amoldar tus modales como dice la abuela, cuida de Abe, salúdame a Kate y  se una buena señorita.
Queridísimo Abe, sé buen niño, no comas muchos dulces, come bien, sé fuerte, no te enfermes,  sonríe, canta, habla, no me defraudes y sé un pequeño niño encantador, para que yo te pueda besar en la estación.
                 Con mucho amor y cariño desde Londres,  Mamá
Posdata: besos y abrazos de parte de papá. Nos vemos en la estación de Newshire, el catorce de octubre. ¡Disfruten de la caja! ¡Adiós!”  
--Bueno, ya tenéis las buenas nuevas: papá y mamá vienen a vivir con nosotros. Ahora, a comer, he estado trabajando allá afuera mucho rato—concluyó el abuelo, como si no hubiera pasado nada.

Cenaron, pero nadie hablo durante la cena, pues estaban demasiado entusiasmados y enfrascados en lo que debía suceder. Después de la cena todos se fueron a dormir.        


   


   

 

  





Capítulo VIII
Mamá y papá
— ¡Vamos, corre! ¡Nos están esperando afuera, Ben!—ahora parece ser, que Maggie era la apresurada.

--- ¡Ya voy!—se escuchó una voz de arriba. Ben estaba poniéndose los zapatos con gran esfuerzo, lo que explicaría a cualquiera los increíbles diez minutos que había estado allá arriba. Por fin Ben bajó.

--¿A qué venía tanto tiempo?—preguntó Maggie, consternada por los diez minutos que, literalmente, había contado.

--Me costaba ponérmelos. Así de simple—contestó Ben señalando a los detestables zapatos, y salieron a reunirse con los demás.

Había llegado el día. Por fin era catorce de octubre y se dirigían a la estación de Newshire a recoger a papá y mamá. Maggie y Ben se subieron a la carreta, donde los esperaban los abuelos y Abe, puesto que David y Hatty habían insistido en que aquella labor solo la podía hacer los MacArthur. Además, “había unas cosas más que dejar en orden para la larga visita.” Todos llevaban sus mejores galas, pues en un evento como tal, no podía llevarse cualquier ropa, y menos si era para “recibir a unas personas que no habían visto en mucho tiempo”. No soy una persona que describe mucho los semblantes y ropajes, así que eso lo dejo a la imaginación del lector: cada quien que haga su versión. Iban en la carreta recién arreglada, todo parecía nuevo, con el fin de dar una buena primera impresión.
Cuando las personas de Macville los veían pasar, saludaban y sonreían alegremente, sabiendo a donde y a qué se dirigían, puesto que las noticias en Macville se divulgaban rápidamente. Cruzaron Macville y viajaron ocho kilómetros hasta llegar a la ciudad de Newshire, la gran entrada se veía luminosa y reluciente: la acababan de pintar. Cruzaron calles, tiendas, puestos, hoteles y mucho más, hasta que por fin llegaron a la estación. 

Pasaron la primer entrada, la segunda y se pararon en el porche de la estación. Y allá, a lo lejos, se alcanzaba a divisar un tren. Maggie estaba impaciente, no se estaba quieta, “no la calentaba ni el sol” diría la tía de Kate. Quien en cierta ocasión había tenido la oportunidad de conocer a la mejor amiga de Kate, y al conocerla, casi se cae de la silla y rompe en exclamaciones incoherentes, siendo Maggie lo que era: “una chica alocada e impetuosa”.

--¡Oh! ¡Qué emoción!—dijo Maggie impaciente, dado pequeños saltos en su eje.

--¡Por el amor de Dios, Maggie! ¡Estate quieta!—dijo la abuela, quien también sentía semejante ansiedad pero la sabía controlar, y no como su atolondrada nieta que “no la calentaba ni el sol”.

Ben, sentía la misma emoción. Aunque también poco de temor porque se le fueran a saltar las lágrimas enfrente de su padre, (aunque más de Maggie) al que no conocía mucho. A su madre la conocía más, en cierta manera, pues ésta mandaba le cartas contantemente y en éstas era obvio el carácter dulce y sensible de la madre.
El abuelo, que quería a su hija como sólo puede hacerlo un padre con una hija por única, sentía más un sentimiento dulce y placentero, pero no ansiedad ni emoción.

Y en cuanto a Abe, éste no sabía ni chayote de lo que estaba por pasar, como era obvio a sus dos años de edad. Y menos iba a saber algo, habiéndole Maggie insistido tanto en que aprendiese a decir mamá y papá, con tal de darles a los dueños de los nombres, una gran sorpresa. Pero éste pequeño infante pronto querría a su madre, como a tal.

La última vez que habían visto a sus padres, hacía de ello casi dos años. Puesto que Abe había nacido en Macville, y no en Inglaterra, pero teniendo sangre completamente inglesa, podía decirse que era inglés.

El tren se detuvo. Dio un silbido, se hizo silencio. Y bajaron las gentes, fuesen cuales fuesen sus asuntos y quien fuese. Con los ojos clavados en la subida al tren, Maggie divisó entonces a una bella dama. De ropas elegantes: vestido coral de percal, con holanes, encajes y magas largas, guantes blancos, zapatillas cafés y sin tacón, cabellos castaños penados en alto escondido por un sombrero del mismo color del vestido, con plumas largas y esponjosas, una sombrilla en la mano y la otra iba agarrada de la mano de una caballero.

El caballero, que así parecía por sus vestiduras, vestía pantalones negros, zapatos negros, camiseta blanca, chaqueta negra, una gorra inglesa café obscura y  sin guates, pues los llevaba en la mano desocupada. Casi todo era negro, que hacía que se viera elegante y de clase, lo que en realidad era. Su cabello, era negro.

Maggie distinguió al instante a sus padres en estas dos personas. Su madre no había cambiado mucho físicamente, a excepción de unas apenas perceptibles arrugas en la frente y cerca de los ojos, y unos cabellos blancos que solo se veían con el cambio de luz. Su padre era el que más había cambiado. Tenía ya bastantes arrugas y lo blanco en el cabello se le notaba más, estaba un poco delgado y sus ojos estaban un poco apagados, pero aún tenían su brillo de picardía y dulzura paternal.

--¿Serán ellos?—preguntó Maggie, más como para sí, que para otros. Pero la alcanzaron a escuchar, y sabiendo a quien se dirigía Maggie, abuela contestó con un suspiro de dulzura:

--Sí, querida. Son ellos—

--¡Jane! ¡Eh! ¡George!—gritó el abuelo.

Al escuchar sus nombres, los padres voltearon a todos lados, hasta que por fin se encontraron con los rostros familiares, pero bastante cambiados. Aunque para los niños sus padres no tenían mucha diferencia de la última vez, los padres sí encontraban a sus hijos muy cambiados. A Ben casi un hombre, a Maggie toda una señorita, con excepción de su impetuosidad, y a Abe un niño saludable.

Casi corriendo los señores Banks se acercaron a ellos.

--¡Válgame el cielo, Maggie! Estas simplemente, enorme. ¡Cuánto has crecido! Casi me alcanzas—exclamó mamá abrazando a Maggie tan fuerte como podía, sin lastimar a su víctima.

El abuelo y papá se saludaban. Luego papá pasó a Ben, quien se sintió aliviado cuando éste solo le dio un apretón de manos y un varonil abrazo. No me es imposible describir toda la escena y los abrazos, y las risas, y los saludos dulces y amistosos, así que lo dejo a la imaginación del lector, diciendo únicamente que todos se saludaron.

--¿Dónde está mi Abe?—preguntó mamá, luego de saludar a los demás.

Abe estaba escondido detrás de la faldas de la abuela. Y no era de extrañar, pues realmente no conocía a su propia madre, aunque ésta viviese. La abuela lo sacó de entre los holanes de su falda y dejó al descubierto la carita redonda y sonrosada que la madre tanto ansiaba ver. Mamá en seguida se agachó y lo tomó en brazos, agachada lo besaba una y otra vez en donde diera lugar.

--¡Ay, mi niño! ¡Dios sabe porque me fui y no te vi crecer! ¡Dios lo sabe! ¡Por tu propio bien! Pero he venido, y ya no me iré en mucho tiempo. Dije que te besaría en la estación ¿no es así? Sí, dije que lo haría—

Mamá lo alejó un poco de sí, para verlo y admirar su rostro. Le sonrió, pero no sabiendo Abe de quién trataba, solo la miraba con seriedad y pareciera de pronto que quería llorar. Pero las lágrimas nunca salieron, porque mamá sacó de su bolsillo cuatro caramelos de bastón, con rayas rojas y blancas. Dio un a Abe diciendo:

--Toma, mi niño. Maggie ten…

A Maggie dio le dos y añadió, viendo que ésta se quedaba muda:

--Has el favor de dar el otro a Kate… a menos que ustedes ya se sientas demasiado grandes para comer cosa semejante. ¿Sabes? Yo aún los cómo. Ben ¿Te gustan a ti?—

--Sí, me gustan y los cómo—

Ben tomó el dulce que mamá le alargaba y se lo metió al bolsillo, decidiendo mejor comérselo después de comer y guardar un poco a Jimmy, pues a éste último gustaban le más que a Ben.

--¿Dónde está el equipaje?—preguntó el abuelo, advirtiendo hasta el momento que lo único que llevaban al bajar, era la sombrilla.

--Son dos baúles. Solo dos, pero muy grandes. Así que están en el vagón de carga pesada, ya que ocupaban mucho espacio en el de personas—contestó mamá, levantándose pero cargando a Abe en brazos, quien no dijo nada, estando “muy ocupado con su dulce”.

--Mamá. Dile que diga “mamá”—le susurró Maggie a su madre.

Mamá se volvió a Abe, y dudosa, hizo lo que Maggie le indico. Abe, quito se de los labios pegajosos  el dulce y dejó escapar un claro y entendible “Mamá,” tan perfecto que mamá se sorprendió, y dijo:

--“Mamá” ¿Sabes decir mamá?—

--Y también “Papá”. Yo se lo enseñé, para que cuando ustedes llegaran él ya supiera decirlo—Maggie irguió su cabeza, orgullosa de haber tenido de su trabajo el fruto que imaginaba.

Los hombres, excepto Abe, demasiado pequeño y sin fuerzas para cargar un baúl, se fueron a descargar el equipaje. Mientras que la damas iban a la carreta. Allí ellas se acomodaron y contemplaron como en las piernas de Mamá, Abe se comía su dulce muy concentrado. El cargamento se puso en la carreta y Mamá abrió en seguida uno de los baúles. Sacó entonces un montón de cosas.

--Me era imposible no traerles nada a cada uno. Empezando por ti, Abe. Mira, este en un tren de madera de sauce, que tienes que cuidar muy bien—comenzó diciendo Mamá.

--¡Eh! Mirad, apuesto a que en los vagones caben los cubos de madera que Ben le hizo a Abe—dijo Maggie, calculado mentalmente el tamaño de cada cosa, concluyendo que estaba en lo correcto.

--Me parece que sí—corroboro el abuelo.

--Y si no caben todos en fila, los puedes apilar, Abe—añadió Ben.

--Bueno, dejadme continuar. Maggie, este es un libro: tiene toda la colección de William Shakespeare. ¿Sabes quién era?—Mamá entregó a Maggie un libro forrado en verde que decía en letras doradas “Shakespeare,” era bastante grande: un pie de alto, veinticinco centímetros de largo y cinco de profundidad.   

--¡Oh, sí! Sé quien era. Probablemente yo sea la persona que sabe más de él en todo Macville—Maggie tomó el libro y lo apretó contra sí, prometiéndose a sí misma, que nunca lo perdería. Como había sucedido con muchos otros.

--Me alegra. Ben, esto es una navaja alemana. Tiene cinco hojas, está nueva y es de muy buena calidad. Siendo lo que es: alemana—Mamá dio a Ben una hermosa y reluciente navaja, roja por fuera y por los lados se podía distinguir las cinco hojas que se sacaban únicamente jalándolas al exterior. Ben nunca había tenido cosa semejante, lo único punzocortante que tenía, era un viejo cuchillo de cocina que se había roto del mango, y Ben lo había cogido y arreglado tallándole un nuevo mango y clavándolo bien a la hoja. Si hubiera vivido en un lugar más transitado por los barcos, probablemente la hubiera tenido hacía mucho tiempo, pero no era así y su primer navaja la tenía a sus casi diecisiete años.

--¡Mamá! ¡Papá! ¿No creéis prudente darles sus regalos hasta la casa? Ya que son frágiles y se pueden romper—preguntó Mamá a sus padres. Los regalos de los abuelos, eran un juego completo para escribir para la abuela y una pipa de mármol.

--Lo que tú creas conveniente lo es para mí, hija. Yo te críe, te críe a mi manera. Eres casi una réplica de mí en pensamiento y juicio, es a Maggie a la única mujer que no he entendido—contestó la abuela desde el asiento de enfrente.   

Al escuchar esto de sí, Maggie se ruborizo un poco y trató desde ese momento, de pensar como su madre y su abuela. Aunque no le fue fácil en absoluto. 

Aunque Newshire era “la gran ciudad,” no era muy grande de todas maneras, por lo que en cuanto Mamá terminó de entregar los regalos, ya estaban cruzando la gran puerta de Newshire. Llevaba la abuela una gran canasta con el almuerzo, así que tras pasar la mitad del camino entre la ciudad y Macville, se pararon en un gran mango y comieron allí, los grandes majares que había traído la abuela. Aunque parte de ellos los había hecho Maggie. Comieron, descansaron y se contaron todos los cambios que había habido en Macville desde la última vez que Papá y Mamá habían estado allí. Como los lectores ya las saben, no gastaré palabras y páginas en decir algo que ya se sabe de más.

Durante la parada en el camino, los niños habían tenido la oportunidad de usar sus nuevos objetos propios. Maggie leyó todo lo que pudo tumbada bocarriba en el mantel que habían puesto. Ben se trepó lo más alto que pudo en el mango y se puso a tallar una rama. Y Abe jugaba con su tren alrededor de Mamá, llenando los vagones con piedritas y palitos y vaciándolos en otro lugar o en el mismo lugar de carga, en ocasiones. Por fin el abuelo anuncio que debían irse si no querían llegar demasiado tarde.

Las damas recogieron todo y los hombres cargaron las cosas. Se subieron y el viaje continúo. A la hora de cruzar Macville, ya casi nadie estaba fuera, sino dentro preparando la cena, o los hombres en el porche fumando su pipa.

Hatty los esperaba parada (muy erguida, por cierto), en la entrada de la casa. Al ver a “la señorita Jane” (como llamaba a Mamá) se le llenaron los ojos de lágrimas, pero alcanzó a secárselas con la manga antes de que llegaran. En cuanto la carreta paró,  Mamá se bajó sin ayuda (aun no perdía el toque de niña que podía) y se dirigió directamente a Hatty. Se abrazaron antes de decir cualquier cosa y Hatty fue la primera en hablar.

--¡Mírate nada más! Perece que tan solo ayer fue cuando venias a mi mecedora llevándome mil preguntas que con una santa paciencia contesté—

--Sí, Hatty. Una santa paciencia que yo jamás tendré—

--Y ahora tienes tus propios tres hijos. Entremos y prepararemos la cena como en los viejos tiempos—sugirió Hatty.

Entraron pues sin preocuparse de los demás. Mamá se puso un delantal, se dobló las mangas, se quitó el sombrero y se recogió un poco las faldas. La abuela, Maggie y Abe entraron después y los hombres quedaron afuera descargando los pesados baúles y guardando los caballos. Davy estaba en el campo cuando los viajeros llegaron, por lo que no se dio cuenta de lo mismo. El sol ya se había metido, y algo extrañado regresó a la casa para preguntar a Hatty si no habían llegado aún. Los hombres estaban en el establo cepillando a los caballos cuando él pasó por el porche, así que no los vio. Entró a la cocina diciendo:

--Hatty ¿Aún no han…

No terminó, advirtiendo que en aquella cocina había más damas de lo habitual. Era Mamá la que quedaba de más, en cierta manera, porque al contrario, ella faltaba mucho.  Mamá sintió de pronto un calor tierno que subía a su corazón, pues recordaba tiempos antes, que Davy había sido para ella como un segundo padre, alguien que la cuidaba, protegía y contestaba a sus interminables preguntas con “santa paciencia”.

--¿Os vais a quedar allí sin saludarme?—dijo Davy en tono de reproche paternal.

---No, Davy. Por nada del mundo lo haría, es solo que me quedé un poco trabada—Mamá se acercó a él y le dio un fuerte abrazo, aunque en la mano derecha llevaba un plato blanco con mermelada de mango.

--Probadla y decidme si está bien—mamá ofreció el pequeño plato.

Davy lo vio un poco alarmado, así que Mamá contestó:

---No tiene sal, te lo prometo—-

A esta aseguración, Davy lo probó y no tuvo que decir palabra alguna, pues su inmediata expresión denotaba el gusto al paladar.

--¿A qué te refieres con “no tiene sal”?--preguntó Maggie.

--Veras, Maggie, tu madre no era ni será perfecta, como todo ser humano. Cuando yo tenía ocho años, era muy traviesa y a muchos les hice pasar un mal rato. Tu abuela siempre ha hecho mermelada de mango, y probablemente lo hará  hasta el fin de sus días, así que un día de mermelada estaba yo subida en un banco y moviendo con una cuchara de madera la mermelada, cuando se me ocurrió una mala idea. Cuando la mermelada estuvo lista y enfriada, la abuela se fue a acostar, pues siempre después de hacer mermelada hacía lo mismo: se iba a descansar un rato. Yo esperé hasta que ella se fuera a dormir, entonces, tomé un plato de la alacena, tomé la salera que estaba en la mesa, saqué una cuchara y puse gran cantidad de sal en el plato: tres cucharadas. Luego guardé la sal, saqué la mermelada y mesclé la mermelada con la sal hasta que ésta estuvo bien disuelta y nadie la pudiera distinguir. Era costumbre que cuando era día de mermelada, y los hombres llegaban de trabajar, darles un refrigerio de mermelada con pan tostado. Cada uno tenía su plato y lugar, por lo que era seguro a quien le tocaría la mermelada con sal. En ese entonces, trabajaban aquí cinco hombres: mi abuelo, mi papá, mi tío, el señor Bliss abuelo de Jimmy y un joven del pueblo llamado Jack. Como mi mamá aún no se levantaba y ya era hora de ir poniendo los platos y tostar el pan, yo me puse a hacerlo todo, así que al final de preparar todo ya sabía dónde pondría el plato. Lo pondría para Jack, quien era un joven que me hacía enojar mucho y casi lo detestaba. Pero yo ignoraba que Jack se sentaría en el lugar de Davy y Davy en el de Jack por una apuesta que habían hecho en el campo. Cuando ellos llegaron, yo estaba sentada en el porche bordando, y aunque me costó mucho, no reí cuando me saludaron todos al entrar. Davy era el condenado a sufrimiento. Comió la mermelada con sal y yo escuché las exclamaciones de disgusto desde el porche, pero lo que les extrañaba a todos era que solo a él le había tocado esa mermelada salada. No pudiendo aguantar más, reí a carcajadas y pronto todos supieron la razón de aquella cosa extraña. Recibí mi paliza, como sabía que tendría, pero ese sabor de picardía jamás se fue de mi boca, aunque lamenté mucho que no le tocara a Jack, a quien yo esperaba mortificar y así vengarme de él—

Mamá hablaba así con una sonrisa pícara, que era bastante infantil. La cena fue divertida y alegre, pero ésta acabó y todos estaban cansados. Después de recoger la cocina, Papá se fue a dormir, y Mamá prefirió sentarse un rato en el porche. Maggie se alistó para dormir, pero excitada como estaba, le era imposible conciliar el sueño. Así que bajó con su camisón blanco y se sentó en la banca con Mamá. Mamá le sonrió, comprendiendo que sería en vano mandarla de nuevo a dormir. Nada dijo ninguna de las dos por un tiempo, pero luego Maggie dijo:

--¿Crees que el hermano de Kate no vuelva más?—

--No lo sé, Maggie. Nadie lo sabe, y es en vano preguntarlo a alguien terrenal. Solo hay un ser en todo el universo que sabe lo que pasará, pero Él es invisible y ya no habla con la gente como lo hacía antes. Así que lo único que podemos hacer es dejarlo en manos del Señor y dejar de preocuparnos por eso. Y si Derick no vuelve, estoy segura que sea lo que pase, es su voluntad y viviremos con ello felizmente—

--Tienes razón. Pero yo no puedo evitar preocuparme, así soy me guste o no, simplemente no puedo—

--Bueno, pide al Todopoderoso que te ayude en esa dificultad tuya—

--Supongo que sí. Es lo mejor que puedo hacer—

Maggie suspiró. Se paró y fue a situarse en el primer escalón del porche, coloco su cabeza recargada en uno de los pilares que sostenían el techo, y colgó su brazo izquierdo en el barandal. Suspiró otra vez. Después de unos minutos preguntó:

--¿Tú no estás preocupada? ¿Aunque sea un poco?—

--No te preocupes, Maggie. Pero sí, lo estoy un poco—contestó Mamá en un tono que solo lo puede hacer la verdadera madre.

Maggie veía con la luz de la luna, el gallinero a lo lejos, las largas hileras de árboles de mangos a los lados de la casa, y la pequeña casita de juegos que Maggie usaba para jugar con Abe. Permaneció allí, inmóvil momo una esfinje, respirando el aire y sintiéndose en paz.

Eran probablemente la diez de la noche, y por fin mamá tuvo sueño, así que levantándose y bostezando, dijo:

--Es hora de dormir, Maggie. Mañana será un día nuevo y haremos muchas cosas—


Maggie volviose con una amplia sonrisa y dio a entender con ella a su madre, que ya no se preocupaba de nada y que la paz que solo otorga el Señor, había invadido su corazón. 


Capítulo IX
La nueva maestra
Kirsten Patterson. Sí, ese era el nombre de la nueva maestra. La Srta. Carrison, la antigua maestra, ya había trabajado en Macville tres años, y cansada de estar allí en el mismo lugar por tres años, dio una renuncia y se fue de vacaciones por un año, viviendo de sus ahorros que eran bastantes. Ella era soltera y casi anciana, así que no necesitaba mucho.
Así que el comité de la escuela, tuvo que buscar una nueva maestra, y ésta había de ser Kirsten Patterson. Ella era todo lo que necesitaban: soltera, joven, firme, comprensiva, educada, alegre, creyente en Dios y sierva fiel. El comité estaba seguro de que ella resultaría una excelente maestra, pero lo que ellos no sabían, era, que no sería una excelente maestra, sino la mejor que se hubiera tenido en Macville desde que éste mismo se estableció.
La costumbre era, que  cada vez que se escogía una nueva maestra, se escribían todos los nombre de los alumnos en papelitos diferentes, se ponían en un frasco, el jefe de comité metía la mano, sacaba un papelito, lo desenvolvía y leía el nombre que tenía escrito. La persona, o mejor dicho, el infante al que correspondía el nombre escrito en el papel que el jefe sacaba del frasco, sería el encargado de recibir a la nueva maestra y conducirla hasta su nueva casa. Esa era, pues, la costumbre de Macville.
Y como si no fuera poco, en esta ocasión, había de tocarle a Maggie: nuestra heroína de la novela. Así pues, Maggie se encaminó, sola, a la estación de Newshire. Lo cierto es que Ben la acompañó hasta la salida de  Macville y de allí Maggie se fue con el Sr. Tambourine, quien la dejó en la estación mientras él hacía sus compras en Newshire para resurtir su tienda.
Maggie se quedó sola  en la estación. A excepción del señor que hacía y recibía los encargos y la mensajería del tren. Maggie se adentró hacia la segunda puerta,  salió al porche y esperó al tren sentada en la butaca, pero tras pasar quince minutos, sentada y viendo a lo lejos por donde se suponía vendría el tren, se impacientó y fue a adentro para preguntar, al “amargo señor” como lo llamó Maggie después:

--¿Cuánto va a tardar el tren en llegar, señor? Si no le es molestia contestar—

--Como diez minutos—contestó el “amargado señor.”

Maggie, irritada por la contestación tan fría, volvió a sentarse en la butaca, la de afuera, y esperar impaciente hasta que un pedazo de periódico revoloteo en sus pies y lo cogió para leer una interesante historia de un pastel. En menos de lo que se decía “llegó” el tren ya estaba frente a los ojos de Maggie.  Ella vio como personas subían y bajaban, pero a ninguna de ellas la conocía, hasta que bajó una señorita vestida de muselina amarilla, guantes de cuero café, zapatos bajos, sombrero blanco adornado con flores,  sonrosada, alegre, en una mano llevaba un maletín antiguo y una sombrilla en la otra. Maggie, instintivamente y casi como en un sueño, se acercó a ella y preguntó:

--¿Es usted la Srta. Kirsten Patterson? —

--Precisamente. Y tú, debes ser Maggie—

--Por su puesto. ¿Quién le ha dicho que así me llamo?---
--Bueno, es que me dijeron que la chica que vendría a recogerme se llamaba Maggie, y ya que tú has sido quien pregunte por mí, asumo que tu nombre es Maggie—

La Srta. Patterson hablaba con la voz más dulce y cariñosa que Maggie hubiera escuchado en su vida, ni siquiera la de su mamá alcanzaba a tanto. Maggie y la Srta. Patterson fueron al otro lado de la estación, donde el Sr. Tambourine llegaría por ellas.  
En la puerta se toparon con Kiera Everson, una de las mejores amigas de Maggie. Llevaba un pequeño libro en las manos y se dirigía al interior de la estación.
--¿También venís a recoger a alguien?—preguntó Maggie a Kiera.

--¡Oh, no! Yo trabajo aquí…

Maggie se quedó atónita cuando escucho lo   que Kiera le dijo. Y Kiera, al ver que Maggie no respondía, se dispuso a explicar hasta que su auditorio comprendiera la situación.

--Lo que pasa es que en vacaciones vengo a medio-vivir aquí en Newshire con mi abuela Wendy. Y como no hago mucho en esa casa, mi abuela me consiguió un trabajo sencillo y cerca de la casa, que está a una cuadra. Mi trabajo es ayudar al señor de allí adentro con lo que necesite—

--¡Ah! Te refieres al señor amargado que está allí adentro. Pobre hombre, ha de haber tenido una mala vida en su pasado. A lo mejor se murieron sus hijos y esposa, y desde entonces es el típico señor amargado—

--Sí, Maggie. Supongo que se le podría llamar “señor amargado”—

--Bueno, Kiera. Te presento a la nueva maestra: la Srta. Kirsten—

La maestra y Kiera se saludaron.

--Me alegra conocerla, Srta. Kirsten—dijo Kiera.

--Vamos, solo dime Kirsten. Yo no soy de esas personas que se la pasan con formalidades—

--Me alegra. Porque yo también, aunque eso no me impide ser respetuosa. Bueno, “el señor amargado” me estará esperando. Adiós—

--Que te vaya bien. Y saludas a tu abuela de mi parte. Espero que algún día seamos grandes amigas—

--Así espero: seremos grandes amigas. Y gracias por el saludo a mi abuela—

Kiera y la Srta. Kirsten se despidieron, ignorando que, algún día llegarían a ser más que grandes amigas. Maggie y Kirsten se sentaron a esperar al Sr. Tambourine en la banca de afuera.  

--Dime: ¿Cuál es tu color favorito, Maggie?—preguntó de pronto la Srta. Patterson.

--Bueno… pues… el rojo me gusta en algunas cosas y el verde en otras, así que la verdad no sé cuál de los dos—

--Bien, el mío es el azul celeste, pero también me gusta el rojo sangre, creo que me gusta porque es elegante. Ahora: ¿qué cosa detestas más?—

--¡La primavera! Nunca se puede estar a gusto en la primavera: se tiene que estar adentro o en la sombra porque hace demasiado calor o sol—

--De donde yo vengo, la primavera es lo más precioso. Pero supongo que en cada lugar es diferente, o por lo menos, en las ciertas partes del mundo—

--¿De dónde viene usted?—

--Yo soy de Suiza, pero a los tres años fuimos a vivir a los Alpes suizos que atraviesan Austria, allí viví el resto de mi infancia. Y ahora aquí me tienes: en Australia siendo la maestra secular del maravilloso Macville—

--¡Interesante! A mí siempre me han llamado la atención los Alpes suizos, ¡Y pensar que ahora hablo con una señorita que se crío allí! Yo tan solo soy de Londres, y no viví allí más de mi primer año de vida: no recuerdo absolutamente nada—

--Una vez  visité Londres. Mis tíos iban a una boda, la boda de mi prima por cierto, su hija, y como quizá a ellos les pareció que yo no tenía mucho deber en casa, me invitaron ir. Mis padres sabían que esto suponía grandes oportunidades para mi futuro financiero, así que de inmediato aceptaron la oferta, a pesar que yo no estaba muy bien convencida. Ni tampoco mi hermano mayor, Charles. Pero yo nunca subestime la autoridad de mis padres, así que empaque y nos fuimos. Dolorosa fue mi despedida: sabía bien yo que no volvería a ver a mis parientes en mucho tiempo, un año y medio para ser exactos. Claro que tenía a mis primos y tíos, pero yo apenas los conocía y no se tenía entre nosotros la misma intimidad que con los míos. Charles. Sí, él fue lo que más añoré de todo “mi país mágico,” así solía llamar a los Alpes. Charles era mi consejero en muchas ocasiones, y mi baúl de titanio con veinte candados de plata, donde podía guardar cualquier secreto y con quien podía discutirlo a mis anchas. Cuando regresé, Charles ya se había casado, tenía una linda esposa y un pequeño retoño de apenas tres meses: nunca me había hablado de eso en sus cartas, por eso casi me enfermo al enterarme de todo. Además, eran muy escasas y muy cortas sus cartas, pues en casa no disponíamos de muchos recursos y al vivir aislados de la ciudad, no bajábamos a la civilización más que casi una vez o dos al año. Aunque hay personas que bajan de la montaña casi todas las semanas, pero Charles es una de esas personas a las que les parece incorrecto pedir un favor no merecido. Pero gracia, es justa esa la palabra, “Gracia” era lo que las demás personas daban cuando hacían un encargo para ti en el pueblo. —

--¿Nunca volvió a visitar Londres?—

--No. Y eso sucedió cuando yo tenía dieciséis. Y ¡Alabado se Dios porque nunca volví a ir! Y espero nunca volver a hacerlo, quizá… solo con Charles… no, ni con Charles. Es una ciudad amargada, y aunque con todo y sus lujos, está lejos de ser lo que yo llamaría, un hogar—

--Supongo que yo igual… o eso me parece—

--¡Eh! ¡Maggie, hora de irnos!—se escuchó decir al Sr. Tambourine.

Maggie y la Srta. Patterson subieron a la carreta, se acomodaron en la parte de atrás, sonrieron y dieron señas al Sr. Tambourine para que diera marcha. Largo rato hablaron las chicas de cosas insignificantes: gustos y disgustos, pasiones y desilusiones, prejuicios y sentimientos, etc., etc…. Nada fuera de lo común. O al menos no fuera de lo que se dicen las personas al conocerse. Pero para no hacer el cuento más largo de lo que ya es, que al mencionar un nombre, el nombre del hijo del tendero para ser exactos, éste último aguzó el oído y por fin preguntó, ya con bastante interés:

--¿Harry? ¿Ha dicho usted “Harry” Srta. Patterson? —

--Sí, señor. Eso he dicho: Harry. Harry Tambourine—contestó Kirsten impresionada por que aquel hombre desconocido (y debemos decir que hasta el momento ni siquiera sabía su nombre) le preguntase semejante cosa.

--¡Mi hijo! ¡Mi hijo lo conoce usted!—

--¿Es eso cierto? ¿Conoces a Harry Tambourine?—preguntó Maggie, más consternada que cualquiera de los otros dos, pues su mente divagaba en las nubes y la verdad, no tenía ni idea de lo presente (claro, hasta ese momento).

--Pues si hablamos del mismo joven carismático: ¡Sí!—contestó Kirsten. 

El Sr. Tambourine había parado la carreta, pues cualquiera que hubiese experimentado el que su único hijo se fuese a la guerra de la cual podía no volver, comprendería, que ni el tiempo, ni el deber, ni cualquier acontecimiento pueden hacer que se detenga, aun ante lo más peligroso que pudiera existir.

--¡Qué alegría! ¡Vamos Srta. Kirsten! Tiene que contarnos todo—explotó Maggie.

--Bueno, bueno. ¡¿Quién hubiera imaginado cosa semejante!? ¡Ay! Debería usted verle Sr. Tambourine, está más nuevo que nada, quizá pudo estarlo más antes de irse de aquí (como supongo habrá pasado) pero como yo le vi, estaba estupendo de salud—
--¡Qué bien!—exclamó Maggie llena de entusiasmo.

--¿Hace cuánto que le vio?—preguntó el Sr. Tambourine.

--Hace no más de un mes—fue la respuesta.

--Mi esposa se va a poner muy contenta, quizá la guerra termine pronto, probablemente ni siquiera Harry va a tener que pelear nada---se aventuró a decir Tambourine.

--Solo quizá, señor. Solo quizá, pero esperemos que sí—interrumpió Kirsten antes de que el Sr. Tambourine pudiera hacerse de más ilusiones.

--Tiene razón, Srta. Patterson. Tiene mucha razón. Bueno, es mejor que continuemos el viaje, pronto llegaremos y mi esposa tendrá limonada fresca para nosotros. Siempre tiene una gran jara de agua fresca para que yo la tome y descase una vez haya terminado de bajar el cargamento—

--Pero señor, usted se gana esa limonada. Nosotras solo la tomaríamos porque es una cortesía ofrecer y se cuenta como mala educación el no hacerlo. Nos ganaremos esa limonada, señor. Le vamos a ayudar y entonces, sí podré tomar esa limonada fresca, porque de lo contrario no sabría igual de deliciosa. Ayudaremos ¿Verdad, Maggie?—

--¡Oh, por supuesto que sí! ¡Me gusta trabajar!—contestó Maggie. 

--Me alegra saberlo—dijo Kirsten, refiriéndose al gusto de trabajar.

--Bueno, supongo que un poco de ayuda no le vendría mal a un viejo amargado. Está bien—contestó Tambourine más satisfecho con la propuesta que cualquiera de las dos señoritas de atrás.

--- Mi hermano solía decir:
“El pan seco que se gana por trabajar,
Sabe mejor que, sin trabajar,  un rico manjar”  

Es tan bueno ese dicho, que cada que tengo una oportunidad de decirlo, lo digo. Supongo que Charles lo sigue diciendo aun, quizá a su esposa, quizá a su hijito, o quizá… ¡Oh! ¡Yo que sé! A alguien más que no sea él, aunque sea una persona a la que ya se lo ha dicho mil veces. Él también diría:

“Que sean mil y una,
¿Por qué no?”

Así era él, mejor dichoso, así es: siempre inventando dichos para un necesitado o componiendo un poema para consolar a un pobre desdichado. Así es él—dijo Kirsten.

--¿Qué le parece Srta. Kirsten, si ponemos el dicho de su hermano en la pared de la escuela? —

--¡Me parece magnifico!—contestó Kirsten.

El resto del camino no hablaron, cada uno en sus pensamiento: uno el que su hijo estuviese bien, la otra que su hermano tenía grandes dicho, y la última, en como pondrían el maravilloso dicho en la pared de la escuela.   
Pronto llegaron a Macville, y dicho, y hecho. Kirsten y Maggie, ayudaron al Sr. Tambourine a descargar y cuando por fin terminaron, recibieron como recompensa, un gran vaso de limonada fresca. La Sra. Tambourine casi pega un grito de alegría al escuchar la maravilla de que su único hijo estuviese en perfecto estado. Kirsten contó toda la historia: ella había trabajado para un cocinero en Viena, que se dedicaba a hospedar soldados reclutados que iban tan solo de paso. Allí, un día, Kirsten le sirvió a un simpático joven inglés, quien con elegantes modales la había invitado a sentarse con ellos, pero Kirsten no era de esas personas que se dejan llevar tan fácil, así que accedió tan sólo a que cuando ella terminara de trabajar, podría acompañarlos hasta el hotel en que se hospedarían y charlar en el camino. Así conoció a Harry Tambourine, quien a su vez la cuidaba como si fuera su hermana. Un día una carta le llegó a Kirsten, en la que le pedían que fuera la maestra de un pueblo en Australia, ella aceptó y se lo contó a Harry. Sin embargo, no le dijo a donde iría, así que Harry no pudo siquiera imaginar que se encontraría con sus propios padres, de lo contrario, le hubiera dado una gran carta que tenía que mandar desde hacía tiempo. Harry mismo la había acompañado hasta la costa de Italia, donde se despidió de ella, una gran amiga, más que una amiga, una hermana. Ignorando que, jamás la volvería a ver. Esa fue la última vez que Kirsten vio a Harry, en el muelle de Italia, parado firme, sonrosado y batiendo la mano en el aire despidiéndose de Kirsten.  

La Srta. Kirsten estaba cansada del viaje, y Maggie tenía que regresar a casa para la hora de la cena, pues tendría el almuerzo en casa de la maestra y, al mismo tiempo, la ayudaría a instalarse. Así que dando gracias por el agua y recogiendo sus cosas, estas dos señoritas se encaminaron por la calle principal, doblaron a la derecha en una esquina, a la izquierda en la siguiente y, allí estaban: frente a la nueva casa de Kirsten Patterson.
Maggie la ayudó a instalarse bien: barrer, sacudir, mover un mueble de acá, otro para allá, poner cortinas nuevas… en fin, todo lo que se tiene que hacer, cuando llegas a un lugar completamente nuevo para ti y ser la nueva maestra de allí. Los Cloow no estaban, así que Maggie no pudo saludar a Kate y preguntar si había algo nuevo acerca de Derick, y además, contar la maravillosa historia de Harry. Y habiendo dejado a la Srta. Patterson más que instalada, se fue a casa para, no dejar de atormentar a las pobres señoras con su “interminable dialogo de la historia de Harry Tambourine.”  Tanto habló Maggie antes de la cena, que ya no le quedaron más palabras durante ésta, cosa que extrañó a los hombres y alivió a las señoras. En cuanto a Abe, solo discutía de vez en cuando con Ben, por una papa u otra cosa por el estilo. Después de la cena, Maggie se fue adormir, como todos los demás.
*****
El tiempo había pasado. Las clases comenzaron tan pronto, que la Srta. Patterson no tuvo tiempo de conocer a sus nuevos alumnos antes de que comenzaran las clases, como tenía planeado.
Era casi costumbre de Maggie meterse en problemas el primer día de clases, y en esta ocasión casi pierde un pie. Maggie y Ben se dirigían a la escuela, cada uno con su pequeña cubeta de madera, las cuales contenían el almuerzo. De todas partes se veía a los niños caminando alegremente hacia la escuela, más que nada, por conocer a la nueva maestra. Quienes faltaban de conocerla, claro. Ella los recibía con amistosas palabras dignas de una maestra muy experimentada, pero lo cierto era, que ella no tenía nada de experiencia como maestra. Era su primera vez. Aunque, bien es cierto que no era la primera vez que trataba con niños de distintas edades al mismo tiempo, puesto que teniendo una gran familia por parte de su padre, tenía bastantes primos de quienes cuidar, amar y respetar. Porque no todos eran de la misma edad, bien es cierto, había incluso unos mayores que ella, a quienes mostraba el mismo afecto, respeto y servicios que a los más pequeños, pero a cada uno con forme a su edad.     

--Buenos días, Maggie. Y tú, debes ser el Ben del que tanto he oído hablar. ¿O me equivoco?—dijo la Srta. Patterson, a Ben, quien ya había llegado con Maggie.

--No, Srta. Patterson. Usted no se equivoca, pero sin embargo no entiendo por qué razón ha escuchado tanto sobre mí—contestó Ben, con un tono que no se podría definir más que como, “el que más denotaba respetuosidad”.

--Perfecto. Me parece que es por… nada. Quizá porque tú eres un descendiente de la familia MacArthur, una de las primeras familias en llegar a este pueblo, me parece—

--Sí, bueno. Supongo que será por eso… pero nunca han dicho nada… se me hace extraño, es todo—

--Llegan temprano, son las ocho cuarenta—dijo la Srta. Patterson, cambiando de tema, pues sabía que “ser descendiente de los MacArthur” no era la razón por la que había escuchado tanto de Ben. 

--Siempre llegamos temprano, Srta. Patterson. Así nos gusta. Pues, además de demostrar que somos puntuales, aprovechamos para platicar con los que ya han llegado. Y una razón más: si mi mamá se enterase de que llegué tarde, me cortaría la cabeza. Pues aunque nació y se crio aquí, es inglesa de corazón, si bien es sabido, que los ingleses son extremadamente puntuales, y si faltas por algo insignificante, eres casi una condenada a muerte—contestó Maggie, exagerando demasiado.      

--Tienes razón, todo era así cuando yo fui a la boda de mi prima. Jamás volveré a pisar esa tierra fina, y sepulcral a vez—

Maggie sabía a qué se refería. Pero Ben no, así que, confundido, se excusó de ir a jugar a la pelota con Jimmy y otros chicos. Mientras, Maggie se sentaba a platicar con Kiera Everson, una de sus mejores amigas, y la Srta. Patterson. Esta última acción que hizo Maggie, extrañó a todos, pero más a la propia Maggie.
El primer transcurso de las primeras horas dentro del aula, fueron estupendas para todos. La Srta. Patterson fue firme cuando se necesitaba, y sensible cuando era necesario, así, todo resultaba agradable, pues, lo que organizado está, amando se le está. A la hora del almuerzo, la Srta. Patterson sonó una campanita que estaba en su escritorio, y todos salieron a las afueras, pues estaba sofocado allí adentro.

Kate y Maggie se fueron a sentar a su lugar acostumbrado: bajo el mango más grande y viejo de la escuela. Había allí, una enorme banca que rodeaba toda la circunferencia del árbol, y sentadas allí como reinas, Kate y Maggie administraban los almuerzos de los más pequeños, evitando así, que unos comiesen de más u otros de menos.

Mientras estaban ocupadas estas dos niñas bajo el Viejo Mango, Anabel y Adelaida se acercaron a ellas, caminando cogidas del brazo. 

--¿Qué tontería estáis haciendo?—preguntó Anabel, despectivamente y, provocando así, una pequeña chispa en el interior de Maggie.

--No es ninguna tontería, es un servicio que hacemos a las madres de estos pequeños, preocupándonos nosotras de administrarles la comida y haciendo que unos se coman todo y otros no coman de más—contestó Kate bastante indignada, pues esta labor gustaba le mucho en especial.

--Precisamente: ese es trabajo de madres y ustedes solo son niñas de segunda clase que no saben mejor cosa que trepar por los árboles como salvajes. No podrían ni hacer un bordado—siguió Anabel.

--Para empezar, no somos salvajes. En segundo lugar, sí, sí puedo trepar un árbol mejor que tú, tú tan solo eres una niña de tercera clase, que no podría ni llevar una cubeta de agua de la bomba a la puerta de la casa. Y en tercer lugar, aunque detesto coser, puedo hacer las mejores puntadas de todo Macville—esto lo dijo Maggie, la chispa era ahora del tamaño del fuego de una vela.

--Demuéstralo—la retó Anabel.

--¿Demostrar qué?—

--Que puedes trepar mejor que yo, dijiste que podías. Demuéstralo pues. ¿De que podrías temer?—

--Tú primero, tú empezaste a discutir—

--Bien—

Entonces, Anabel subió. Tan solo a las primeras ramas del Viejo Mango, pero con mucha sutileza y habilidad, lo que compensaba su poca altura. Anabel estaba tan bajo, que saltó al suelo y calló diciendo:

--Ahora tú—

Maggie subió. Sabía que podía caer y lastimarse muy gravemente e incluso morir, pero eso no la detenía ante un reto. Maggie no le tenía miedo a las alturas, pero el rocío aún estaba en las ramas del árbol y éstas eran resbalosas, por lo que una pisada en falso, y Maggie hubiera caído. Cuando Anabel vio que Maggie subía por mucho más allá de donde ella lo había hecho, aunque no lo dijo, dio por perdida aquella rencilla y su victoria. Maggie seguía subiendo. Los de abajo veían, algunos con malicia, otros con mortal temor, otros con curiosidad y unos por allí con enfermiza alegría. Entre los que allí estaban, había unos que es preciso mencionar: Kiera Everson, Ben, Jimmy, Farmer, Kate, las Barton, Adelaida y, por su puesto, Anabel. También muchos pequeños que admiraban a Maggie estaban allí para presenciar el seguro triunfo de Maggie. Por fin Maggie se dijo:

“Creo que ya es bastante. Las ramas son más delgadas arriba y ya he superado en mucho lo que Anabel subió”

Ciertamente era mucho lo que había superado, pues tan solo le faltaban unos dos metros y medio para alcanzar la cima, Anabel solo había subido dos metros cuando mucho y aquel mango tenía de altura por lo menos doce metros.

Abajo todo estaba en silencio: se mordían las uñas. Maggie comenzó a bajar. Pero, el rocío seguí allí. Estaba resbaloso. Las botas de Maggie se resbalaban seguido: cada vez de una peor manera. Pero esa no fue la razón por la que calló. Sino que, al pisar una rama podrida (ella y cualquier otro nunca hubiera adivinado que estaba podrida) ésta se rompió a la mitad, y no estando prevenida contra esto, Maggie no se pudo sostener de nada, entonces abajo se fue. Hubo un grito aterrador, pero este no era de Maggie, sino de Kate, quien tras el terrible temor de perder a su mejor amiga, había gritado y se había desmayado en brazos de Nelly.
Para desgracia de Maggie, Farmer estaba justo debajo de donde ella debía tocar el piso terriblemente, pero ésta no calló en el piso, sino en los brazos de Farmer, quien de buen agrado la sostuvo, además de sentirse héroe.

--¡Maggie! ¿Pero qué crees que hacías?—preguntó Ben acercándose a Farmer, quien aún la tenía en brazos. Antes de contestar a su pálido hermano, Maggie se dirigió a Farmer con una mirada hostil y le dijo con tal y cual sangre fría era capaz de ser:

--¿Quieres bajarme?—

Al instante Farmer la bajó, pero Maggie no se pudo mantener en pie y se sostuvo del brazo de Ben. Esto era lo que pasó: al romperse la rama y quedar en desequilibrio, Maggie se había torcido el tobillo tratando de equilibrarse, y, ciertamente era una buena torcedura, lo bastante para que la valiente Maggie no se pudiera poner de pie sin ayuda.

--¿Qué te pasa?—preguntó Ben, bastante extrañado y más pálido aun.  

--Creo que me torcí el tobillo. Pero nada más, no me pasa nada, solo déjame sentarme un momento y ya estaré como nueva—

Pero Ben no la dejó.

--Tú tienes el tobillo roto, y si no es así, por lo menos tienes una buena torcedura. No estás bien—

--Pero te digo que sí—

--¿Qué está sucediendo aquí?—la Srta. Patterson había escuchado el grito de Kate, así que había corrido hasta allí lo más rápido que pudo.

Clara Barton contó todo, siendo costumbre suya ser la chismosa y “la narices en plato ajeno,” como la llamaban todos. Maggie aún se sostenía de Ben, mientras escuchaba a Clara, quien estando a su favor, contaba todo aludiendo más a Maggie que a Anabel. Por lo que Maggie no hacía interrupción alguna, porque de lo contrario, ya estaría en un nuevo problema. Al terminar de escuchar la explicación de Clara, la Srta. Patterson se dirigió a Ben:

--¿Puedes cargarla y traerla a la escuela?—

--Sí… Srta. Patterson—contestó Ben. 

--Tráela entonces. Y tú, Nelly, por favor has a Kate volver en sí: tan solo en un desmayo sin necesidad de preocupación—

Siendo Ben quien la debía cargarla y no Farmer, Maggie se dejó llevar, llevando como excusa las ordenes de la Srta. Patterson, ya que realmente le dolía el tobillo. Pero por nada del mundo lo hubiera admitido.

Tras unas gotas de agua en la frente y los roces de un pañuelo húmedo, Kate volvió en sí, toda atarantada y asustada, creyendo encontrar el frío cadáver de Maggie tirado en el suelo. Pero cuando la sentaron a la fuerza en la banca del mango, la tranquilizaron y le dijeron que Maggie estaba viva aunque no muy bien, y que ésta se encontraba en la escuela en manos de la maestra, Kate, medio viva, medio muerta, se dirigió a tropezones a la escuela, no queriendo esperar  más. A pesar de las dulces y sensible palabras de Kiera, quien la había tomado a su cuidado, ya que Nelly no era aficionada a cuidar enfermos.

Maggie fue puesta en el amplio umbral del edificio, y ya allí, la Srta. Patterson dio órdenes.

--Ben, tú quédate aquí. Jimmy y Farmer quiero que vayan por el doctor Brooke, y no se molesten en regresar, vayan a casa: las clases se terminaron por hoy. Kate, tranquilízate por favor. No es que está roto el tobillo, lo dudo mucho, pero sí es una torcedura muy grave—

Hablando así, la maestra puso orden y creyendo que era conveniente, dio por terminadas las clases de aquel día y mandó a todos los demás a casa. Dejando solo a Kate, Kiera, Ben y por supuesto, a la invalida Maggie, quien aunque se lo hubieran mandado, no se habría podido ir a casa. Por fin llegó el doctor. Examinó atentamente el tobillo hinchado y cuando daba muestras de haber terminado y dar su diagnóstico, Kate, impaciente ya, dijo:

--¿Está roto? ¿Verdad?—

--No, Kate. No lo está, sin embargo es una grave torcedura y no se puede tomar tan a la ligera—contestó el doctor.
Al terminar de hacer un montón de maniobras extrañas a los ojos de todos, con excepción de la maestra, el doctor dio por terminado su trabajo y mandó que trajeran un caballo para transportar a Maggie, ya que le había prohibido estrictamente usarlo de manera alguna. Maggie tendría que estar en cama por mucho tiempo. Kate ofreció el suyo, creyendo que no habría inconveniente en tomarlo prestado para semejante necesidad, y sí fuese en caso contrario, ella asumiría la responsabilidad. El caballo azabache estaba en las tierras de los Cloow,  las cuales estaban muy cerca de la escuela, razón por la cual Kate había sugerido esto.

*****
La abuela estaba en la ventana derecha del comedor. Entonces vio una extraña escena: Maggie montada en el caballo de los Cloow, Kate al lado izquierdo, Ben a la derecha, el doctor Brooke conducía el caballo y cerrando la marcha, la Srta. Patterson. Consternada por un momento la abuela se quedó inmóvil, con la toalla en las manos. Pero luego reaccionó y salió para recibirlos. Para cuando ella estaba en la puerta, ellos ya habían llegado a la misma. Al ver el tobillo vendado de Maggie, no pudo evitar decir,  adivinado que algo andaba mal:

--¡Margaret!—

--No se preocupe, Sra. MacArthur. Todo está en control—dijo el médico, advirtiendo alarma en el tono de voz de la señora.

El doctor Brooke puso al tanto a la abuela de todo, mientras Maggie era trasladada a su habitación y aturdida con las exclamaciones de Kate.
Ben salió en seguida del cuarto, dejando a la Srta. Patterson y a Kate atendiendo a Maggie, quien insistía en que no necesitaba nada. La Srta. Patterson, Kate y el doctor Brooke se fueron por fin, y la abuela quedó encargada de cuidar que Maggie no se parase, que era lo único que la preocupaba, ya que Maggie, siendo lo que era, una chica alocada que no se podía estar quieta, simplemente no se podía estar quieta.  Pero hubo algo que no dejó que Maggie se levantase.

Esa noche, Maggie estuvo con alta temperatura, y ésta no bajó hasta las cinco de la mañana. No habiendo dormido durante toda la noche, Maggie durmió plácidamente todo el día hasta las seis de la tarde, pero lo que ella no advirtió, fue que recibió dos o tres visitas aquel día, más estando dormida no pudo atender a sus visitantes, limitándose éstos a tan solo admirarla desde la puerta del dormitorio.

Durante dos semanas, Maggie no salió de la cama. Lo único que la salvó de la desesperación, fue que tenía continuas visitas, sobre todo de Kate, y esto la distraía mucho, olvidándose así de su desgracia. Inclusive Anabel la visitó dos veces, pero no fueron muy gratas esas horas que paso allí, ya que le molestaba admitir su derrota. Pero, por fin Maggie se pudo levantar. Durante esas dos semanas inmóvil, y mientras no tenía visitas o alguien a quien atender, como a Abe que quería un cuento cada media hora, Maggie estuvo haciendo sus lección, así que cuando pudo regresar a la escuela, no estaba ni atrasada, ni adelantada.    



Capítulo X
Maggie, la nueva Sócrates
He aquí la muestra de por qué la Srta. Patterson no sería una buena maestra, sino la mejor maestra que se hubiera tenido en Macville desde que se estableció.
Con el término del invierno de 1915, las clases invernales habían acabado. Y para gozo de los niños, seguían dos meses de vacaciones, debido a las siembras y cosechas. Así pues, los exámenes habían de hacerse y los resultados habían de saberse después. Por lo que el día veinte de julio,  no hubo problemas de matemáticas, lección de literatura, algebra, etc. Etc. Sino que todos se tomaron de los cabellos, y tomando el lápiz nerviosamente, contestaron todo lo que se les preguntaba en el papel que tenían en frente.
Por fin a las diez en punto, todo había acabado…bueno, casi. Lo único que faltaba, era saber los resultados de cada quien, y eso se daría a conocer el treinta y uno de agosto. Hasta entonces, todo sería nerviosismo y ansiedad por saber los resultados.
Con la Srta. Patterson llegaron nuevas costumbres e ideas no solo a la escuela, sino que también a todo Macville, e incluso unas llegaron hasta los oídos de Newshire. La nueva sugerencia de Kirsten era una merienda de todo el pueblo, en celebración del fin de clases, que no solo sería un momento para convivir y desconvivir, sino que también el fin a los “nervios finales de examen”, pues en la merienda se dirían los resultados de cada quien. Y como todos imaginaron, los superiores aceptaron.
Así pues, el sábado treinta y uno de julio, todos se reunieron en el “Campo Celebrado”, un lugar donado hace mucho tiempo por el Sr. Tambourine al pueblo, para que éste hiciera allí todas sus celebraciones. Los MacArthur habían de ir, y para semejante ocasión, papá y mamá podían dejar la ciudad e ir a la celebración, y por supuesto, felicitar a sus hijos.
--¡Maggie! ¡Ben! ¿Dónde estáis?—preguntó mamá al entrar en casa.
--Pues yo estoy aquí—dijo Abe desde el comedor.
--¡Hola, Abe! ¿Dónde están los demás?—
--Ben y Maggie están arreglando el cerco y los adultos están en el establo—
--Bueno, será mejor que los vayamos a buscar e irnos, porque según tengo entendido, la merienda es en quince minutos—
Mamá y Abe salieron a buscar a los demás, y papá se quedó en casa. Como Abe dijo, Ben y Maggie estaban arreglando el cerco de maderos alrededor de la casa, del que ya se había podrido una parte de los maderos.
--Mejor guardamos todo y lo terminamos cuando regresemos, Maggie—dijo Ben cuando su madre les avisó la hora.
--Pues vamos entonces—contestó Maggie.
Juntaron todo y lo llevaron al taller. Los clavos, el martillo y todo lo que se habían llevado en la caja de herramienta. Mientras ellos iban al taller, mamá y Abe iban por los adultos al establo. A la hora de irse, Hatty tenía dolor de cabeza, así que se quedó en casa esperando a que terminara la celebración.
--¡Kate!—le gritó Maggie a Kate, cuando llegaron al lugar indicado.
--¡Maggie! Espero que esto me haya quedado bien—contestó Kate, dando a ver a Maggie un tazón lleno de carne de res hecha de una manera especial.
--¿No lo has probado?—
--No—
--¿Por qué no?—
--Es que se ve tan bonito así, que me da miedo que al quitar un poco, ya no se vea tan bonito—
--Kate, eres la persona más extraña que conozco. Jamás había visto a alguien que viera un plato de carne tan  bonito y se compadeciera de él—
--Bueno, todos tienen sus gustos y rarezas. La tuya es que no te estas jamás quieta. Como cualquiera pensaría que harías porque eres una niña, pero no, te tienes que mover sin parar y aceptar una absurda propuesta de atrevimiento y torcerte el tobillo para no ir a la escuela por dos eternas semanas—
--Jamás me perdonaras eso, ¿verdad?—
--¡Pues claro que no! ¿Qué esperabas?—
--Vamos, hay que ayudar a la señorita Patterson con los manteles—
Fueron pues, y ayudaron a la maestra. Las mesas estuvieron pronto puestas y tras dar las gracias, todos comenzaron a servirse. Las mesas ligeras de madera, habían sido puestas en una fila, manteles de franela de cuatros amarillos y verdes cubría la vasta superficie, la comida que se había traído de cada casa estaba en las mesas y cualquiera que viera ese manjar, (aunque acabara de comer en ese instante) no se habría podido resistir a aquellos platillos tan suculentos. A un extremo de la fila de mesas, estaban los platos, cubiertos, vasos y servilletas, por lo que al comienzo de servirse, la gente empezaba por allí y luego seguía toda la fila hasta terminar en el otro extremo. Y al transcurso de pasar por toda la fila, iban sirviéndose de aquellos platillos tan deliciosos.
Maggie y Kate se habían hecho su propio lugar bajo un árbol de mango. Allí comieron, charlaron, rieron y la pasaron felizmente, hasta que llegó Anabel con su cómplice: Adelaida Carrison. Fue entonces cuando toda la felicidad se acabó, y el conflicto comenzó, y reinó.
--Buen día, señorita Maggie—dijo Anabel en tono provocativo, y la primera en hablar.
--Yo no soy señorita hasta los quince años, y aun no los tengo—contestó Maggie, con la llama interior completamente encendida.     
--¿Quieren acompañarnos, Anabel y Adelaida?—preguntó Kate, viendo en Maggie una alerta de “la llama está encendida”.
--Pues claro. Es evidente que ustedes tienen el mejor lugar en todo “Lugar Celebrado” y nosotras, por ser más educadas y sabias, debemos estar en este lugar: nos lo merecemos. Así que ustedes dos se van a ir, chiquillas de establo, y nosotras las damas de compañía de la Srta. Patterson, nos quedaremos aquí—contestó Anabel, encendiendo con esto, la llama interna de Kate. Y aunque ésta pequeña llama de fuego rara vez se encendía, cuando lo hacía, no había sustancia alguna que la apagara. Solo la decisión de Kate podía extinguir el fuego.
--¿Y quién ha dicho que nosotras somos “chiquillas de establo”? ¿Qué os ha hecho pensar que sois más educadas y sabias que nosotras? ¿Y qué os hace pensar que de nuestra voluntad nos vamos a ir sin antes defender nuestro territorio?—preguntó indignada Kate.
--¿Y qué os hace pensar que me podéis hablar así, maleducada?—
Al decirle “maleducada” a Kate, Anabel estaba en zona de riesgo. Pues Maggie tenía en una buena estima a Kate, incluso la consideraba mejor portada y educada, por lo que cualquiera que agrediera esta idea, estaba poniendo su nombre en juego. El fuego de ira se vía en los ojos de Maggie, y tanta era la ira, que le era imposible a Maggie ir hasta donde Anabel y darle su buen y bien merecido bofetón. Inmovilizada, Maggie se limitó a ver a Anabel de una manera fría, penetrante y amenazadora, y le dijo con una voz profunda y clara cual cristal:
—Iros de aquí, o probares el ardor de mis puños—
Los puños de Maggie estaban totalmente crispados, listos a responder a cualquier negativa de su enemigo. Con la primera advertencia, Anabel no hizo tanto caso al peligro y dijo:
--Ni lo pienses—
--Dije: iros de aquí. O cometeréis la imprudencia de su vida—volvió a decir Maggie.
A la segunda advertencia, Anabel se vio vencida y tras apretar los dientes, tan fuerte que le dolió  la quijada, tomó bruscamente a Adelaida de la mano y se fue. Dejando a Maggie y Kate, triunfantes de la batalla.
--Mejor será recoger todo. Ya pronto será hora de irnos—dijo Kate después de ver como se iban vencidas, Anabel y Adelaida.
--Mejor será—le contestó Maggie, comenzando con la tarea.
Media hora después, Ben llegó para decir a Maggie que ya solo faltaba ella y que todos estaban en la carreta. Maggie se despidió de Kate, tomó sus pertenencias y se fue en compañía de Ben.
Después de todo, había sido un magnifico día. Aunque Anabel les hubiera arruinado la última hora de deleite, Maggie y Kate habían pasado felizmente el resto del pasado tiempo. Y aquella historia de placer antes de que Anabel llegara, fue a dar a lo más profundo del sentimiento de Maggie y Kate. Pues allí se habían dicho cosas únicas.
Por estar muy apartadas de los demás, Maggie y Kate no habían podido oír sus calificaciones. Así que en el trayecto de Lugar Celebrado a casa, Maggie recordó su intrigación por saber su calificación, y preguntó de repente rompiendo un largo silencio:
--¿Qué notas he sacado?—
--Habéis sacado un diez, querida—le dijo mamá sonriente.
--¡Un diez!... ¡Pero qué bonitas notas he sacado!—
Maggie no habló durante todo el resto del camino, aunque era muy poco, saboreando así su victoria. Llegaron justo a la hora del té, así que lo tomaron, y para rareza de todos los demás, Maggie se sentó tranquilamente en el porche de la casa. Abe jugaba con el perro Jackie, Ben tallaba una varita con su navaja, los hombres fumaban, las damas bordaban y el viento pareció estar también feliz y venteo, moviendo así las hojas de los árboles. Éstos parecían danzar.
Para la cena, hubo pavo asado en honor a los estudiantes. Todos se sentaron, dieron gracias y como un privilegio por sacar de las notas más altas, se les permitió a los niños hablar en la mesa. Pocas veces tenían aquellos privilegios, pero el tenerlos era sentirse importante. Durante toda la cena, solo había un tema de charla: la escuela. Solo hablaron de esto, hasta que mamá dijo:
--Bueno, es bastante excelente para una niña de tu edad las notas que sacaste, pero no es bien visto a las niñas listas hoy en día, y mucho más difícil encontrarles marido—
--¡Marido!—exclamó Maggie al instante, completamente sorprendida por el comentario. Y fue entonces, cuando después del terrible acontecimiento, Maggie recordó la promesa de Farmer. Se sentía abrumada y desesperada.
--Pero Maggie solo tiene trece. No puede casarse aún, ¿o sí?—dijo Ben, también sorprendido por lo que dijo su madre, y un poco alarmado. Pues aunque nadie (y mucho menos Maggie) sabía que Ben realmente la quería, él estaba seguro de que así era. Y siempre había temido la hora en que Maggie se casara y se fuera de la casa de los abuelos a su propia casa.
--No, por supuesto que no, Ben. Pero un diez en todo, puede traerte fama hasta el fin de tus días, y eso afectaría a Maggie cuando tenga que casarse—
--¿Y si no me quiero casar?—preguntó Maggie, más alarmada aún.
--¡Por los reinos de este mundo! ¿Qué mujer querría vivir soltera?—esta vez fue mamá quien se sorprendió.
--Yo—contestó simplemente Maggie.
No hubo más plática en la cena, ni el resto de la noche. Se terminó de cenar, se recogió y al terminar de lavar los trastes, Maggie y Ben recibieron órdenes de su madre.
--Es hora de dormir, niños—
--Sí, mamá—dijeron los dos grandes, pues Abe estaba dormido en el suelo sobre una colcha, y sería transportado a su cama cuando los adultos subieran a dormir.
Como Maggie estaba más cerca de las escaleras, fue la primera en subir. Ben le pisaba ya los talones en los últimos escalones, cuando Maggie se detuvo, se volvió a Ben, y le dijo:
--Prométeme que cuando Farmer venga a cumplir su promesa, no lo dejaras hacerlo. Promételo—
--Claro que lo prometo. No dejaría ni siquiera que ese mocoso holgazán pensara en ti—
--Gracias—le dijo Maggie, y se iba ya, cuando se volvió a Ben y le dio rápidamente un beso fraternal. Se fue a su cuarto y se acostó tranquilamente, pensando que ya jamás habría peligro de que Farmer se la llevara.
Mientras que Ben, se iba a dormir completamente seguro de que Maggie lo quería realmente. A pesar de todas la bromas y torturas que le había hecho a la pobre Maggie. Ben ya había comenzado a dudar de ser querido por Maggie los últimos dos meses, pues ella lo ignoraba constantemente y trataba de no sostener una charla con él. Pero a pesar de todo, Maggie lo quería.




Capítulo XI
Una planeación: un dolor de cabeza
Bien era evidente que con la Srta. Patterson en la escuela, todo iba a mejorar y prosperar. Y Maggie fue una prueba de ello.
Como Kirsten era tan atrayente de carácter, a Maggie le era imposible resistirse a estar con ella todo el tiempo posible, y al estar ese bastante tiempo con Kirsten, se le transmitían los modales femeninos por medio de la maestra. A la Srta. Patterson le gustaba mucho bordar, era uno de sus pasatiempos favoritos, y le gustaba tanto, que lo llevaba incluso a la escuela.  Por su puesto, tanto bordaba, que tenía tanta practica como para que sus bordados no quedaran perfectos. Sí, eran sus bordados   “los más bonitos que vieron cualquiera de las mujeres de Macville.” A Maggie pronto le gustó el arte de bordar y ahora ponía muchísimo más empeño en esto como nunca lo había hecho.
Mamá recibió un día una carta de la abuela. En la que la abuela le informaba a mamá el gusto repentino de Maggie por el bordado y la costura.
Tanto se entusiasmó Maggie, que un día en el recreo, le dijo a Kate:

--Kate,  se me ha ocurrido una idea—

--Dime que no piensas volver a retar a Anabel a subir el Viejo Mango—
Imploró Kate.

--No, no.   Ni de loca me volvería a arriesgar a tener que quedarme en cama dos eternas semanas. Ni de loca—
--Me alego. ¿Entonces qué idea tienes?—

--Desde que bordamos en el recreo con la Srta. Patterson, me ha gustado más el bordado—

--Eso es evidente, antes no querías ni pensar en ello. Ahora voy a tu casa y me encuentro con que has estado bordando durante media hora—

--Sí, bueno, el punto es, que, ahora me gusta tanto que se me ha ocurrid hacer un “Club del bordado”—

--¡Magnifico! ¡Esto solo se te podía ocurrir a ti! ¡Eres magnifica!—

--Pero necesito ayuda para hacerlo, ¿Querrías hacerlo tú?—

--¿Es en serio?—

--Por su puesto, eres mi mejor amiga—

--Entonces comencemos este mismo día cuando vallamos a tu casa a hacer la tarea de matemáticas. Y ahora sí: te puedo regalar nuevas muestras de bordado y encajes blancos de satén—

--Sí, ahora sí—

Y se rieron de aquellos objetos que seguían guardados en el baúl de Maggie, donde había muchísimas cosas que nunca habían sido usadas, más tenían ya bastantes años guardadas allí.

Y dicho, y hecho. Comenzaron: haciendo muestras, organizando esto y lo otro. Pero a la mitad del asunto, se atoraron de tal manera, que lo dejaron a un lado, no mencionándolo a nadie para que no les animasen a seguir con aquel proyecto. Pues estaban decididas a “jamás coger esa idea tan reburujada”.  



Capítulo XII
Solo malas noticias
Lo siguiente es algo que pasó antes de que sucediera el momento que le puso nombre a este capítulo. Así que imaginemos que es un capítulo en otro capítulo. Si es que me podéis entender.
Un día de mucho calor, Maggie estaba en la cocina preparando la merienda de los hombres, para luego llevarlo hasta el campo de siembra. Sin embargo, aunque sus manos se movían sin cesar, sólo pensaba en una cosa: lo que haría después de llevar la merienda a los hombres.
Cuando todo estuvo listo, tomó las dos cubetas de madera que contenían el almuerzo, y se fue.
--Vaya, llegas temprano hoy—dijo Ben, cuando Maggie llegó al árbol en el que bajo la sombra, se hallaban los trabajadores.
--Claro, ni que no supiera la hora. Si mal no me equivoco, son las diez y cuarto—contestó Maggie, secándose el sudor de la frente. Para estar seguro, Ben revisó su reloj de bolsillo. Y sí, eran justo las diez y cuarto.
--¿Cómo lo sabes? Has sido tan exacta—
--Lo que pasa, jovencito, es que he estudiado muy bien el sol, la luna y las estrellas, a tal modo de que al ver cualquiera de las tres, puedo saber qué horas son y, donde estoy—
--Bueno, entonces eso es sólo una prueba más de que verdaderamente eres la nueva Sócrates. Ahora, jovencita, has el favor de darnos las cubetas y, por el amor de la tierra, no nos implores quedarte con nosotros a trabajar—
--No lo haré, tengo cosas más importantes qué hacer—
--O mejor dicho, “cosas más interesantes”. Porque si mal no recuerdo, a estas horas no tienes nada qué hacer, más que sentarte en el porche a aspirar el aire—
--Pues, sí. Son “cosas más interesantes” como tú las llamas, y no algo a lo que estoy ligada a hacer. Pero ni aunque me lo implores de rodillas te lo voy a decir. He dicho—
Y poniéndose de nuevo el sombrero que se había quitado, Maggie se fue sin decir nada más, pues “había dicho”. Lo que significaba para los demás que no había alternativa. Ya que Maggie nunca se rendiría a ellos y luego decir lo que iba a hacer. Y mucho menos en aquel tipo de casos.  
En casa, Abe dormía, al igual que Hatty, y la abuela estaba haciendo el pan que había dejado reposar mientras ella dormía.
--¿Ya no hay nada qué hacer?—preguntó Maggie a la abuela desde la puerta del porche, mientras de quitaba de nuevo el sombrero. Pues realmente lo detestaba.
--No, querida. Pero si prefieres hacer algo, con gusto te dejo que hagas el pan—le contestó la abuela. 
-¡Oh, no! Lo digo porque quiero hacer algo y no puedo hacerlo hasta que todo lo demás esté terminado—
--Lo sé, Maggie. Sólo estaba jugando. Puedes ir a hacer ese “algo”—
--Gracias—
Entonces, en menos de lo que se dice “adiós”, Maggie ya estaba en el taller de su abuelo. Allí comenzó a cortar, medir, amarrar y clavar, hasta que es sus manos tenía un columpio individual. Claro que aún tenía que colgarlo de un árbol y sabía justo en cual rama de cual árbol lo pondría.
Al lado derecho del taller, había un enorme árbol de mango, el cual tenía una rama gruesa y recta. Justo del tamaño perfecto, justo lo que Maggie necesitaba.
--Bueno, ésto no se pondrá solo—se dijo a sí misma.
Luego, con un suspiro de satisfacción, se amarró las sogas del columpio a la cintura, y subió por el árbol hasta llegar a la rama perfecta”.
Dentro de la casa, Abe aun dormía la sienta, pero se despertó por una pesadilla. Y bajó a la cocina esperando encontrar allí a la abuela. En lo cual acertó.
--¿Dónde están todos?—preguntó Abe, arrastrando en su mano izquierda la manta con la que se hacía una almohada para dormir, y rotándose los ojos con la derecha. 
--Ben está trabajando en el campo, al igual que el abuelo, y Maggie está afuera, en quién sabe dónde. Lo bueno es que ella se sabe cuidar bien—le contestó la abuela. Pues sabía que cuando Abe preguntaba por “todos”, sólo se refería a Ben, Maggie y el abuelo. 
--Voy a buscar a Maggie—dijo Abe con decisión. Y se fue con todo y manta.
Al salir de la casa, el sol azotó en su cara dejándolo ciego por un momento. Y así como pudo, fue hacia el taller frotándose los ojos y llamando a Maggie a gritos.
--¡Abe! ¡Aquí arriba! No hay necesidad de gritar tanto—le contestó Maggie. Al principio le grito para que la escuchara y viera, luego bajó el tono. Pues si seguía hablando a gritos, se estaría contradiciendo.   
--¿Qué haces?—
--Ya verás. Cuando termine, no podrás bajar. Es decir, que te encantará y no te querrás bajar. Aunque si lo pondo demasiado alto, realmente no te podrás bajar—
--Pero yo quiero saber qué es—
--Ten paciencia. Sé que yo no soy experta en eso, pero seguro que aunque eres diez años menor que yo, puedes tener más paciencia que yo—
--¡Maggie!—Abe no gritó, pero habló en tono de queja y reproche.
--Sólo un momento… ¡Ya está! Sólo deja que yo baje y te enseño como se usa. Y no me digas que no tienes paciencia para esperar cinco segundos en lo que yo bajo—
Abe cruzó los brazos y esperó “muy pacientemente a Maggie”, según es sus propias palabras. Aunque batalló para decir la segunda palabra. En todo Macville sólo había un columpio, y éste se hallaba en una casa no muy agradable. Por lo que los niños de Macville no disfrutaban seguido de uno. Abe no tenía ni idea de lo que Maggie estaba por enseñarle.
Cuando Maggie se lo enseñó, Abe quedó tan fascinado, que, como dijo Maggie, no se querría bajar. Pero era hora de que fuera a comer algo, ya que se había saltado la hora de la merienda jugando en “el maravilloso columpio que vuela hasta es cielo”, según dijo con emoción el mismo Abe.
Mientras tanto, Maggie se paseaba tranquilamente en su columpio. Maquinando algo. Entonces, se levantó corriendo y fue al taller. Pues lo que estaba pensando era un mecanismo en el que sin tener que desamarrar y amarrar las cuerdas del columpio se podía bajar y subir con facilidad. 
Ya casi terminaba de ponerlo en el columpio (después de muchos intentos y fracasos) cuando vio que a lo lejos Ben y los chicos perseguían una jauría de dingos. Se había percatado que se dirigían justo a ella, pero estaba tan concentrada observando a un dingo que parecía rabioso, que no se percató de cuándo, ni cómo habían llegado todos, tanto perros como chicos, al mango del taller. Maggie se había quedado atrapada en el árbol. Pues los perros salvajes, (que al parecer la mitad estaban rabiosos) habían visto a Maggie y le ladraban con todo el aire de sus pulmones. Y la mitad no rabiosa, impulsada por los que sí, ladraban también a Maggie.
Al principio Maggie no sabía ni qué hacía, ni nada de nada. Pero luego reaccionó y por instinto de defensa contra una fiera, rápidamente cortó una rama del árbol bajó un poco, y trató de quitar a los perros de su camino para poder correr a un lugar más seguro. Según le pareció. Pues realmente estaba en un lugar bastante seguro.
Al ver cómo Maggie obraba, Ben le gritó, habiendo confirmado que algunos tenían rabia, y no quería después asumir la responsabilidad de que Maggie hubiese sido mordida por un dingo rabioso: 
--¡No te atrevas a bajar más de donde estas, Maggie! Algunos tienen rabia—
--¡Oh, Ben! Nunca me dejas hacer algo—se quejó Maggie, sentándose de mal humor en una rama, de brazos cruzados.
Cuando Ben y los demás por fin echaron a los perros rabiosos, Maggie seguía de mal humor, y con el tono que se era de esperar, le dijo a Ben:
--¿Es acaso que ya me puedo bajar, “Señor No Deja Hacer Nada”?—
--Sí sigues halando así, claro que no—contestó Ben.
--¡Ebenezer Tom MacArthur!—
--¡Ya! Baja de ahí si no quieres que cambie de idea—
Maggie bajó sin esperar nada más, y cuando estuvo a salvo en tierra firme, Jimmy se le acercó y dijo en tono de regaño:
--¿Qué creías que estabas haciendo allí arriba? ¿Y qué pensabas al arriesgarte a ser mordida por uno de esos rabiosos?---
--Mira, mejor será que dejes de hablar, si no quieres que te prohíba subirte a mi obra de arte más de los tres meses que ya llevas en la cuenta—
--¿Cuál obra de arte?—
--Esa—
Maggie señaló el columpio e hizo con esto, que Jimmy quedara boca abierta. Jimmy adoraba subirse a los columpios. Aunque estos fueran para los niños, y él tuviera más de diecisiete años.
--¡Vamos, Maggie! ¿En serio tres meses sin subirme a ese esplendido columpio: tu obra maestra?—repuso Jimmy.
--Y si no quieres que sean más, deja de quejarte. Porque la multa subirá de precio. Ya sabes mejor que nadie en todo Macville, que con nada me doblego ni me sobornan. Mucho menos con halagos. Porque al contrario, si me haces piropos, me harás enojar y te irá peor—
--Eso ya lo sé, no tienes que explicarme todo el asunto—
Es probable que Jimmy no necesitara “una explicación de todo el asunto”. Pero para los lectores, sí lo sería.
A la hora del té, Kate fue a casa de Maggie para pasar un rato de diversión. Y allí Maggie le contó su aventura de la mañana-tarde. Para contesto de Maggie, Ben no se hallaba cerca y no había necesidad e preocuparse por se escuchada. Entonces, aunque todo estaba perfecto, Maggie bajo la voz y dijo:
--Pero ¿Sabes qué? —
--¿Qué sucede? ¿Por qué hablamos así de bajo? —preguntó Kate, en un susurro.
--Porque no quiero que me escuchen. Pero lo que te quería decir, era, que realmente tenía miedo de ser mordida por esos dingos. Pues ya sabes lo que se hay que hacer cuando un perro rabioso te muerde—
Kate abrió sus ojos tan grandes, que parecía que se le iban a salir de las orbitas. Aquel día, Maggie comprendió que el miedo puede estar dentro ardiendo a lo más alto, pero por fuera ser sólo una acción de tranquilidad y costumbre.
*****
Una mañana al despertar, Maggie encontró un sobre en su tocador. Aun en camisón, se sentó en el borde de la cama, abrió el sobre y leyó:

“Querida Maggie,
Soy tu abuela Ginger, que te escribe para decirte algo que no me atrevo a decirte en carne y hueso. Por favor no me atormentes con preguntas en los próximos días, porque lo que te estoy por contar me devasta por sí mismo, como lo hará contigo, estoy segura…

Al leer estas primeras palabras, Maggie creyó que Ben se había entrevistado, quiso salir corriendo al cuarto de Ben y averiguar qué ocurría, pero se contuvo y siguió leyendo la carta que ahora la atormentaba.

“… Sin más rodeos te lo diré: Ben se tiene que ir... “

A esto sobrevino un miedo terrible para Maggie, pero leyó otra vez. Pues como es evidente, era un chica de trece años (ya los había cumplido) muy valiente y casi indetenible.

“…Tu padre ha enfermado terriblemente, no sabemos de qué, una enfermedad extraña y no conocida. Así que como veras, tu madre necesita la ayuda de alguien. Es mejor que tus padres se queden en Newshire, donde están hay mejores atenciones médicas. Pensamos tu abuelo y yo, que podríamos ir a la ciudad hasta que tu padre mejore, pero sería dejar Granja MacArthur al cuidado de tres personas y eso es demasiado. Así que no tenemos otra que mandar a Ben para lo que tu madre pueda necesitar. Llora si quieres, nadie te juzgara, menos yo que he llorado, tanto por temor de perder a tu padre, como que Ben se vaya por más o menos un mes. Se fuerte querida mía, ayúdame a mí y baja a desayunar cuando quieras.
Tu abuela que te quiere,              Ginger MacArthur.”

Con estas nuevas y malas noticias, llegarían muchas más que azotaron Macville terriblemente. Más éste se sostendría hasta el final de la guerra.
*****
Una semana después, (Ben se había ido a la ciudad el mismo día que Maggie recibió el sobre blanco, y ahora había pasado una semana de ese suceso) en la escuela, la Srta. Patterson anunció que la Sra. Jo había enfermado, y que cualquiera que la quisiera visitarla, podía hacerlo.
Durante el recreo, Maggie y Kate acordaron ir a visitar a la Sra. Jo ese mismo día en la tarde, a la hora del té. Y dicho y hecho. A las cinco de la tarde, Maggie tocó la puerta de la “casa Jo”. Una voz nítida  y suave contesto:
--Adelante—

--Parece la voz de la Srta. Patterson—susurró Kate.

--Vamos a entrar—dijo Maggie en un mismo susurro.
Entraron y vieron lo que efectivamente pensaron. Era la Srta. Patterson. Y Kirsten igual, sospechaba que serían las inseparables Maggie y Kate. La maestra las vio y dijo con una voz que solo ella podía hacer:
—Adelante, niñas. Sabía que serían ustedes, porque por mucho que les aburra estar con un enfermo, aman ayudar a toda costa—

—Muchísimas gracias, señorita—fue Kate la primera en hablar.

--¿Les gustaría tomar el té con una vieja gruñona?—preguntó la Sra. Jo.

--Por su puesto, a eso hemos venido, a acompañarla un rato para que no esté sola y aburrida. Maggie hará que esto sea divertido—

--Bueno, mientras ustedes dos se sientan y asientan, yo voy por un bordado a mi casa, que por cierto tengo que terminar—

Al terminar esta frase, Kirsten se fue a su casa por algo. Si la “Casa Jo” hubiera estado más lejos, la Srta. Patterson no habría ni pensado en ir por un bordado que ya debió haber acabado, pero que por su propia culpa, estaba interminado. Pero, la casa de la maestra estaba tan solo cruzando la puerta, doblando a la derecha y traspasando la puerta de la siguiente casa. Pues estaba la casa de un señor, la de Kate, la de la maestra, la Casa Jo y una casa inhabitada en la otra esquina.

--Sentémonos, Maggie. Así ha ordenado la señorita—
Kate se sentó sin esperar que Maggie contestara a su recordatorio, y se sirvió té como le dijo la Sra. Jo.  
*****
Un sábado en la mañana durante el desayuno, Kate recibió una carta de Derick. Sin poder esperar, la abrió y leyó:

“Querida Kate,
Estoy muy enfermo, en las noches tiemblo de calentura y calosfríos. Apenas y con mucho esfuerzo he podido escribir esta carta, y ha sido el inigualable Harry quien me ha hecho el favor de mandártela. No le digas ni a papá ni a mamá, pues se preocuparan tanto que enfermaran. Dilo a alguien más, como a Maggie, y mantenlo en secreto con esa persona hasta que tengas nuevas mías. Prometo que te mandaré una carta por semana y que te avisaré todo lo que suceda.
Atentamente,                 Derick”

No pudiendo evitarlo, Kate se levantó de la mesa bruscamente y salió corriendo a casa de Maggie. En el camino, lágrimas de preocupación corrían por sus mejillas, y éstas no la dejaban ver. Llegó a casa de Maggie justo cuando ésta lavaba los trastes.

--¡Ay, Maggie! Ven y siéntate conmigo que te tengo que contar algo—fue lo que dijo Kate entre lágrimas y colocándose en una silla.

--¿Pero qué ha pasado ahora?—preguntó Maggie cumpliendo el deseo de Kate.  

--Toma. Léelo, y ya dices lo que quieras después—Kate le entregó la carta de Derick a Maggie, y ésta la leyó. Justo al comienzo, se volvió a Kate con una expresión que daba a entender su gran preocupación. Pero nada dijo, y terminó de leer todo.

--Bueno, nada podemos hacer. Solo orar y esperar que el Señor haga su trabajo. Sé que no puedo darte un consuelo como el que otorga el Señor, pero te prometo que haré lo posible para aligerar tu nueva carga—

--Gracias, Maggie. No sé qué haría sin ti—-

--Llorarías sin consuelo y lo contarías a tus padres, eso harías—

--Supongo que sí—

Kate se limpió las lágrimas y sonrió ampliamente. Sabía que Maggie tenía razón. Mantuvieron pues el secreto de Derick muy bien guardado, tanto, que nadie sospechó nada. Hasta que dos semanas después, una carta de Derick anunció que él volvería a casa para quedarse allí. Pues según sus superiores, había quedado tan mal devastado por la enfermedad, que sería más una carga que ayuda en el campo de batalla.
Fue entonces, cuando Kate dijo a sus padres que Derick regresaría a casa. Para felicidad de Kate, sus padres se alegraron tanto, que no tuvo que usar una excusa (para mantener por siempre el secreto de la enfermedad), evitando así, mentir y que su conciencia no la dejara en paz nunca más, hasta que confesara su pecado.
Un mes después, Derick pisó la estación de Newshire. Viajó en carreta hasta Macville y tocó la puerta de casa. No esperando encontrar a su hermano en la puerta, Kate tardó un poco en abrir. Pero al ver a su querido hermano en la puerta de su casa, rompió en llanto de felicidad.

--Pero, Derick. ¿Por qué no habéis dicho nada de cuándo llegaríais?—preguntó ella en medio de lágrimas.

--Era algo que os quería hacer desde hace mucho tiempo. Y ahora que he tenido la oportunidad de ver como reaccionabais, no la perdí—le contestó Derick.
--Eres un pícaro—
--¿Dónde están papá y mamá?—
--Están en el patio. Limpiando la tierra del jardín para sembrar—
--Pues vamos a darles una sorpresa y ayudarle de una vez—
Los padres de Kate se llevaron una gran sorpresa, tal como la misma Kate. Aquella fue la única buena noticia que se dio en Macville durante ese año de 1916.
*****
Era costumbre que el pastor de Macville leyera en voz alta, los telegramas de las familias, que no se habían leído por nadie. Sino que los telegramas llegaban a casa del pastor y el domingo los leía para todos, de esta manera, todo se sabía y se sabía qué hacer. 
Por esta costumbre, el domingo 12 de noviembre de 1916, el Sr. Sanford leyó:
--“Perdidos en acción: Caleb Ferguson, Tomas Potter y James Carrison. Muertos en acción: Karen Madison y Harry Tambourine”—
Al escuchar el nombre de su hijo en la lista de fallecidos, la Sra. Tambourine salió de la estancia y no volvió. En cambio, el Sr. Tambourine sabía que su esposa necesitaba un momento a solas y que él no podría hacer nada para consolarla, así que se quedó durante todo el servicio. Pero a pesar de que se quedó, cantó y leyó de la biblia, Maggie notó que estaba triste. Harry Tambourine había muerto. Y esto solo fue una de las cosas que debían seguir aconteciendo.
La Sra. Jo fue empeorando en su enfermedad, hasta que un día durmió para no despertar, hasta que Jesús viniera a la tierra una vez más para llevarse a su iglesia y dar nuevos cuerpos a los vivos y también a los ya fallecidos.  La Sra. Jo siempre fue recordada por su muy popular frase:
“El santo libro de la alabanza al Señor”
Porque para ella era tan especial e Himnario. Pues al morir su esposo, aquel viejo librejo de encuadernado rojo, había sido su único consuelo terrenal. Por eso le era muy especial.
Papá ya se había mejorado lo suficiente para que Ben regresara, así que regresó. Maggie estaba pasando el fin de semana en casa de Kate, así que cuando Ben regresó, ella no se dio cuenta de lo sucedido hasta el domingo en la iglesia. Pero no duró mucho el feliz encuentro de los hermanos, cuando Ben cayó enfermo y tuvo que aguardar cama.
Maggie ayudó a cuidarlo durante todo el tiempo que estuvo enfermo, y aunque lo que sucedió en aquel cuarto no salió más allá de las paredes de “Casa MacArthur”, Ben siempre le estuvo agradecido a Maggie por aquellos cuidados y entretenimientos que lo habían salvado de la desesperación.
*****
Un día que Kate y Maggie fueron invitadas a casa de la Srta. Patterson a tomar el té, Kirsten les dio una noticia tan buena, como mala.
--Niñas, les tengo que decir algo—
Al escuchar estas palabras un poco alarmantes, Kate y Maggie escucharon atentamente lo que Kirsten tenía que decir.
--Debido a que las vacaciones invernales han comenzado apenas hace una semana, creo que este es un buen tiempo para que yo haga el viaje que tanto he querido hacer a Newshire. Si mal no recuerdo, hay una casa para pobres, y yo quiero ir allá, estar un mes, ayudar con lo que pueda y ser de bendición—
--¡Un mes!—exclamó Kate.
--Vamos, no es tan mala idea, ¿o sí?—
--Lo es para mí, no sé qué haría si os fuerais por un  mes. Cuando estoy aburrida, habéis sido vos quien me ha sacado de la desesperación. ¿Qué haré cuando no estés?—
--Bueno, cuando yo esteba aburrida, mi mamá me decía:
“Busca a alguien quien ayudar,
Y de tu aburrimiento te vas a olvidar”
¿Por qué no lo intentáis? A mí me ayudaba muchísimo, cuando terminaba, me sentía satisfecha y me sentaba a saborear mi satisfacción—
--Supongo que lo puedo intentar—
--¿Y tú, Maggie? ¿Qué pensáis?—
--Bueno, al decir  “un mes”, se oye como mucho. Pero cuando menos lo piensas, el tiempo ya pasó y todo ha vuelto a la noemalidad. Así que creo que no hay que preocuparse por nada y seguir con la vida cotidiana, aunque admito que la voy a extrañar—admitió Maggie
--De cualquier manera, ya tengo lugar en donde hospedarme. Así que no le puedo decir a la dueña de la casa que no—confesó la maestra.
--Espero que se divierta y pueda juntar nuevos recuerdos para recordar en el futuro—le dijo Kate sinceramente.
*****
La Srta. Patterson se fue, como dijo que haría. Y aunque realmente no era una mala noticia para Macville, lo era para Maggie y Kate. Aunque es cierto que el pueblo estuvo más triste durante ese mes, pero nadie dijo nada. Con excepción, claro, entre Maggie y Kate.
Pero más que nada, la guerra afectaba todo el mundo, fuera cual fuera el lugar señalado. Casi cada mes un ataúd llegaba, casi cada mes alguien lloraba un ser querido, casi cada mes era una pena vivir, casi cada mes se decía que la guerra no terminaría.
Y para colmo de males, Jimmy tenía viruela.

Capítulo XIII
El empleo de Ben
Aunque Maggie es nuestra personaje principal, no creo que haya inconveniente en que dediquemos un capítulo a Ben.

Después de que Jimmy se mejoró, aunque nunca volvió a ser el mismo, Ben consideró la idea de buscar un trabajo fuera de casa y que le proporcionara unos pocos recursos financieros. Después de pensarlo por bastante tiempo, dos semanas, se acercó un día al abuelo y le dijo:
--Señor, no hay mucho trabajo en casa, en la granja quiero decid. Y he estado considerando la posibilidad de buscar un trabajo en Macville. Creo que es algo conveniente que sea de muy mañana, porque a la hora de la comida, no tendré tiempo. Y si es muy tarde, mi abuela no aceptara, porque no creo que ella quiera que regrese a casa tan tarde. Así que dígame por favor su opinión, señor—
--Has estado pensando y masticando esto, ¿verdad, muchacho?—
--Sí, señor—
--Ya lo veo—
Por unos minutos, el abuelo no habló. Ben sabía que lo estaba considerando. Y por fin, el abuelo dijo:
--Yo estoy completamente de acuerdo contigo, chico. Pero no sé qué dirá tú abuela, Ben. Déjame decírselo y ya veremos qué sucede—
--Gracias…señor—
Para sorpresa de Ben, la abuela dijo que sí sin tener que insistir. Pues aunque ella tampoco lo había dado a conocer, también había pensado que un trabajo fuera de casa le vendría bien a él. 
Así que a la mañana siguiente Ben fue a buscar trabajo.
*****
Tras buscar por varios días, por fin decidió que escogería tres opciones y de esas tres, escogería una y en esa trabajaría. La primera era trabajar para el señor Tambourine, en donde casi no se movería ni haría nada, porque realmente no necesitaban su ayuda en aquel lugar. La segunda, la oficina de correos necesitaba un repartidor de correo, y ese podía ser Ben. La tercera, en un hotel pequeño pero atestado, en el que había mucho trabajo atestado, debido a que necesitaba ya bastantes arreglos, pero este trabajo lo cansaría demasiado y no tendría tiempo de hacer sus tareas en casa. 
Por fin lo decidió. Sería repartidor de correos.
*****
Ahora bien, un suceso en la vida de Ben es de gran importancia mencionar.
Un mes después de aceptar el trabajo de repartir correos, Ben comenzó a hacerse amigo de unos chicos que también trabajaban allí. Y aunque Ben sabía que no eran de fiar, él creyó que se podría controlar y decir no. Sin embargo, se equivocaba en la peor manera. Pues un día, sus amigos lo invitaron a tomar la cena su casa.
--Vamos, solo será una comida común y corriente—le decía George, quien era el mayor de los tres.
--Sí, mis padres no están, pero no pasara nada—insistía Ethan igual que su  hermano mayor.
--Bueno, supongo que puedo pedir permiso—dijo Ben por fin. 
Así quedó el asunto, y Ben obtuvo su permiso. Dejando a Maggie en casa con malas sospechas sobre el asunto, Ben se encaminó a la casa de los dos hermanos Foster. Para la “cena común y corriente”, hubo carne de cordero, puré de papas y de postre pan tostado con mermelada de mango. Todo iba bien hasta entonces, fue cuando George se levantó de la mesa y fue por una botella de vidrio obscura.
--¿Qué no es eso vino de uva?—preguntó Ben, algo preocupado.
--No te preocupes, solo es jugo de uva. Pero como mi madre no tiene otro frasco donde ponerlo, lo pone aquí. En realidad da mala finta—le contestó George lanzando una carcajada sonora y tomando su lugar. 
 --Sí—dijo Ben, ya completamente despreocupado.
Cada uno se sirvió un poco, y lo tomaron. Pero a cierto rato, Ethan dejó de tomar y Ben se extrañó, sin embargo, no lo suficiente para dejar de hacerlo él mismo. Pronto Ben comenzó a sentirse mareado, le dolía la cabeza y la boca le sabía a rayos y caracoles. Aun así, no dejó de tomar “jugo de uva”. Notó (aunque muy a duras penas) que George tampoco lucía muy bien, a diferencia de Ethan que parecía intacto.
Para ser sinceros, Ethan y George no tenían malas intenciones cuando lo invitaron a cenar. Simplemente era una cena de amigos para convivir y charlar. Pero George era un chico al que cualquier cosa se le podía ocurrir. Y como ya sabemos, en esta ocasión se le ocurrió embriagar a su amigo y compañero de trabajo, metiendo a su propio hermano en problemas. En cambio Ethan, sabía que si no le seguía la corriente a su hermano mayor, más tarde le iría peor.
Sin embargo, como Ben nunca había tomado licor alguno en su vida, no advertía, ni sabía lo que éste le provocaría. Y para su salvación, Jimmy llegó justo a tiempo para detenerlo y hacer que dejara de tomar, antes de que hiciera cualquier tontería.
--¡Por los cielos! ¿Qué habéis hecho?—exclamó Jimmy completamente enfurecido.
--Escucha Jimmy, la verdad estoy completamente arrepentido de no haberle dicho que George lo engañaba, y al no decirle la verdad, yo también soy culpable. Así que no trataré de negar mi culpa. Aun así espero que me perdonen algún día. Por ahora solo te ayudaré a llevarlo a casa y decir toda la verdad—dijo Ethan, con un tono de voz que no podría sonar más a sinceridad.   
--Bien. ¿Y qué con George?—
Y el aprovechado de George se había quedado dormido con la botella en manos.
--No le pasará nada. Ya ha pasado por esto, y una vez que se queda dormido, no despierta hasta el día siguiente. Eso sí, con una terrible jaqueca. Que a mi juicio, es peor esa pare del asunto, que cuando está ebrio—
Juntos llevaron a Ben a casa, no sin antes casi caerse por tres veces, moverse de un lado a otro y asustar a algunas personas que caminaban en la calle.
En casa, todo mundo estaba dormido. A excepción de los abuelos. Tocaron la puerta y ésta fue abierta de inmediato. Entraron con tal estrépito, que Maggie se levantó sobresaltada, creyendo que las bombas de Inglaterra habían llegado hasta allí. Pero no vio nada de diferente, y luego escuchó voces provenientes de abajo. Así que, tomando su bata, salió de su cuarto y bajó unos cuantos escalones hasta solo poder ver lo que abajo ocurría.
Lo que Maggie vio no fue muy agradable. Vio a Jimmy y a Ethan Foster cargando a Ben de los brazos, y Ben se movía tambaleante mientras lo sentaban en una silla. La abuela vio a Maggie sentada en los escalones observando todo, así que fue hacía ella y le dijo:
--Vamos, Maggie. No es nada, vuelve a dormir—
--Pero abuela, quiero saber qué ha sucedido—
--Nada alarmante, querida. Vuelve a la cama—
--¿Está Ben muerto?—
--¡Por los cielos! Claro que no, él está bien—
--Por favor, dime qué tiene, solo eso y me iré a dormir sin más preguntas—
La abuela suspiró. Y tras ver los ojos suplicantes y angustiados de Maggie, comprendió que la niña no se dormiría hasta saber qué ocurría, podía ir a acostarse, pero sin poder conciliar el sueño. Así que le dijo:
--Ben ha regresado a casa ebrio. Ahora a dormir—
Maggie se asustó un poco, pero habiendo prometido irse a dormir si más preguntas, se levantó del escalón donde estaba sentada y lo último que vio esa noche, fue a Ethan Foster descubriéndose la cabeza y comenzar a hablar.  
*****
A la mañana siguiente, Maggie despertó sin recordar nada del día anterior. Por eso le extrañó no haberse podido levantar temprano, (su reloj de tocador mancaban las ocho de la mañana) pues bien sabía que cuando no se podía levantar antes de salir el sol, era porque o se había dormido muy tarde, o algo la había agitado en la noche sin dejarla descansar debidamente. 
Se alistó sin perder un minuto y bajó corriendo. Siendo día de clases, y viviendo en una granja de ganado, hay mucho qué hacer y cuando uno se levanta tarde, no puede pensar siquiera en aguardar cama “cinco minutos más”.
Al llegar a la cocina, Maggie vio que todos ya habían desayunado y comenzado con las tareas cotidianas. Pues la abuela y Hatty recogían la mesa y lavaban los platos.
--¡Soy un desastre! ¡Tenía que levantarme tarde! ¡Y hoy precisamente! Cuando prometí a la Srta. Patterson que no faltaría a la presentación de poemas. ¡Cacharros!—exclamó Maggie llena de desesperación.
--Calma, Maggie. Kate pasó por ti para ir juntas a la escuela, pero debido a que no te habías levantado, le dije que hoy no podrías ir y que avisara a la Srta. Patterson. Estoy segura que la maestra pospondrá la presentación de poemas, y todos estarán de acuerdo con ella—le dijo la abuela dulcemente, tratando de tranquilizar a Maggie.
--Bien, entonces hoy no voy a la escuela. ¿Y qué voy a hacer entonces?—
--Por lo pronto, puedes venir a desayunar. O el desayuno se enfriara—
Maggie se sentó y desayunó lo más rápido que pudo, aunque Hatty la regañó y Maggie tuvo que comer más lento. Simplemente no se hacía a la idea de haberse levantado tarde.
--No hace falta que vayas a hacer tus quehaceres, Ben y Jimmy y a los han hecho—le dijo la abuela a Maggie, cuando ésta terminó de lavar su plato.
--Gracias…
Le contestó Maggie, muy extrañada. Habiendo estado sus quehaceres hechos y sin tener que ir a la escuela, Maggie salió para ver en qué se podía entretener. Ben subía los escalones del porche cuando Maggie cruzaba la puerta. Y fue entonces, solo entonces, cuando Maggie recordó lo que había sucedido el día anterior. El corazón le palpitaba rápido, no podía respirar bien y, por alguna razón Maggie se llenó de miedo.
Ben sólo le sonrió y cada uno siguió su camino, Maggie corrió a su columpio y Ben fue a preguntar por su sombrero de paja.
Durante todo el día Maggie estuvo triste (aun cuando Kate fue a visitarla para preguntar la razón de que no fuera a la escuela) y trató de evitar lo más posible a Ben.
--¿Por qué Maggie está como tratando de evitarme?—le preguntó Ben a la abuela a la hora del té, mientras lo tomaban en el porche (donde no estaba Maggie).
--Tal vez crea que eres el culpable de lo que sucedió ayer—le contestó la abuela, quien sabía toda la verdad.
--¿Entonces sabe todo?—
--Si supiera todo, no creería que eres el culpable. O ¿sí?—
--No, supongo que no. ¿Cómo hago para que deje de creer eso?—
--¿Por qué no vas y le pides perdón por no haber hecho caso a su advertencia? ¿Y por qué no decirle toda la verdad? Es tu hermana, no veo porque no deba saber la verdad—
Sin esperar más, ni contestar a la abuela, Ben se levantó y fue a buscar a Maggie al establo. La abuela sonrió y siguió bordando. En el establo Maggie estaba haciendo trenzas con tiras de hojas de mango. Ben se acercó a ella.
--¿Qué haces?—le preguntó después de unos minutos de silencio.
--Aun no lo sé, solo lo estoy haciendo—contestó Maggie sin levantar la cabeza.
--Escucha, será mejor que me pongas atención, porque no lo voy a repetir—Ben no lo repetiría no porque se le hiciera aburrido, sino que le costaba hacerlo.
--Bien…entonces comienza—
--Lo que ayer sucedió no fue a mi propia voluntad, sino que ellos (los Foster) me engañaron diciéndome que sólo era jugo de uva, y que como su madre no tenía algo más apropiado para ponerlo, era allí donde lo ponía, dando (como dijo George) mala finta. Cómo nunca había yo tomado algo parecido antes, no sabía cómo había de saber el licor. Así que seguí tomando sin detenerme, siendo éste realmente delicioso. Ya que sabes el resultado de esta acción, no la diré. Sé que me advertiste de que ellos daban mala espina, pero no hice caso y fui un necio. Por ello te pido perdón. Y ahora que sabes toda la verdad…bueno me faltó algo. Según me contaron, Ethan dijo que lo sentía y que de ahora en adelante defendería justamente a la gente, aun en contra de su hermano, y costase lo que costase. Al menos así me contaron que dijo, descubriéndose la cabeza e irse sin esperar respuesta—
Por un momento, Maggie no dijo nada. Meditaba sobre lo que tenía que hacer: creer a Ben y concederle perdón, o negarse a la verdad y ser rencorosa sobre ese asunto durante toda la vida. En ese momento recordó un pasaje de la biblia. No se dormiría aquel día con rencor.
--Está bien, por esta vez te perdono. Pero si alguna vez vuelves a hacer lo mismo o algo peor, no esperes más de mí. Porque simplemente no podré—contestó por fin Maggie.
--Entonces, me voy. Porque tengo que ir a hacer las tareas de la tarde. Y pensándolo bien, tú también—
--Sí, será lo mejor. Solo que debo antes recoger este desastre—
Maggie estaba repleta de tiritas de hoja de mango. En la falda, en las mangas, en el cabello y en las manos. Tanta hoja de mango tenía sobre sí, que parecía toda ella una hoja gigante de mango.
Antes de que terminara de recoger “del desastre”, de improviso, Ethan Foster estaba junto a Maggie.
--Anoche que me disculpé con todos los demás, tú estabas dormida, por lo que no pude disculparme de ti por lo que  pasó ayer. De manera que habiendo prometido a mí mismo disculparme con todos, he venido hoy a hacerlo con la única  persona que me faltaba. No puedo hacerlo con Abe, porque él aún es muy pequeño para entender las cosas. Pero contigo sí puedo, siendo tú, lo que según me han contado, “la nueva Sócrates”. No vine hasta ésta tarde porque tenía demasiadas cosas qué hacer, así que vine en cuanto pude. Sin nada más que decir, me disculpo sinceramente—sin esperar respuesta a su disculpa, Ethan se iba ya, cuando Maggie (que por haberse quedado perpleja no había hablado) le gritó:
--¡Espera! No tienes que irte tan pronto. Ni siquiera te he dicho si te perdono o no, y no creo poder hacerlo en un futuro porque tú y yo nos encontramos una vez al año. Exagerando, claro—
--Bueno, es que lo que hice estuvo tan mal, que no esperaba ningún perdón—
--Pero sin embargo yo te lo doy—
--¿Por qué?—
--Porque a pesar de haber obrado mal, al final decidiste hacer lo correcto. Te disculpaste honestamente y prometes defender al indefenso aun en contra de tu hermano, cueste lo que cueste. Y eso no es algo que muchos puedan hacer, al menos por mi parte no—
--O lo escuchaste por ti misma, o te lo han contado—
--Me lo contaron, pero no diré quién—
--De todas maneras puedo saberlo sin que tú me lo digas—
--Eso no importa. Mientras yo haya cumplido a lo que a mi consideración es mi deber, mi conciencia estará tranquila. Y si el otro no hace lo mismo que yo, no será mi problema—
--¡Vaya! Al parecer sí tienes bastante inteligencia—
--Eso no ha sido cosa mía, porque yo no me hice a mí misma. ¿Sabes a qué me refiero?—
--Por su puesto. El que no vaya a la iglesia los domingos porque mi padre no lo quiere, no significa que no sepa nada de nada—
--En tal caso, me alegra. Ya que he terminado de recoger mi desastre, será mejor que vaya a hacer mis tareas. O seré yo la que se meta en problemas esta vez—
--Entonces adiós, Madame—
--Adiós, Monsieur—
Y sin más palabras, Maggie cogió la gran canasta con hojas que tenía y se fue a hacer sus tareas. Mientras tanto, Ethan se reía de Maggie, pero no de la manera burlona con la que normalmente Ben lo hacía, sino que una risa que haces cuando alguien te agrada.
Aunque Ethan era sólo tres años que Maggie, se veía incluso más grande que Ben. Cualquiera que lo viera por primera vez y sin saber su edad, habría pensado que tenía unos veinte años. Pero lo cierto que solo tenía quince. Aquello se debía a que Ethan había tenido que vivir cosas muy desagradables en su apenas comenzada vida. 
Luego de reírse cinco segundos, Ethan metió sus manos en los bolsillos, y se fue silbando, dando a entender, que se hallaba feliz. Ya que su conciencia ya no lo molestaba, como antes de haber sido perdonado por todos.   
*****
El asunto jamás se volvió a mencionar, no siendo éste un tema que agradara a nadie. Excepto a George Foster, quien gozaba de lo lindo haciendo a la gente sentirse incomoda al mencionar lo sucedido.
Habiendo mencionado a los Foster, George siguió como estaba y jamás se enmendó. Por lo que se convirtió en lo que la abuela Ginger llamaba: “un caso perdido”. Y en cuanto a Ethan, cumplió su promesa, a tal grado, que el pueblo le hizo un reconocimiento oficial. En especial la abuela Ginger.
En cuanto a los MacArthur, tanto Ben como Maggie, aprendieron dos cosas aquella ocasión. Una, no siempre las personas de mejor apariencia son los mejores amigos, y hay que saber escogerlos. Dos, el amor, la amistad y el perdón fraternal, llevan a un mundo mejor.






Capítulo XIV
Una escena melodramática
Realmente Maggie y Anabel jamás estarían completamente de acuerdo. Porque he aquí, un acontecimiento que haría marca en el futuro de los infantes de Macville.
Un domingo de verano, Maggie hallábase desesperada por levantarse del asiento y salir a correr por todo Macville. Pero tuvo que aguantar con tremenda valentía hasta el fin. Y cuando por fin terminó, se levantó con rapidez al patio, y sin darse cuenta, Anabel la siguió. 
Era evidente que Anabel la seguía con un mal plan, porque dijo:
--¿Sabes? Me enteré que Farmer te ha propuesto matrimonio—
--¡Eso no es cierto! Él sólo dijo que me prometía conquistarme cuando fuésemos grandes, no que si quería casarme con él, Srta. Metiche—le contestó Maggie más indignada que nunca en su vida de catorce años. 
--Es lo mismo. Y yo creo que tarde, que temprano, tú ya estarás casada con él—
--¡Eres de lo más mentirosa que he visto en mi vida! ¡Asquerosa alimaña!—
En ese momento, Kate y otras chicas, junto con unos pocos chicos, llegaron justo a tiempo para ver como el puño crispado de Maggie golpeaba la nariz de Anabel. Había sucedido lo que prediagnosticado estaba. Maggie se hizo un paso atrás para ver como surtía efecto su acción. Anabel tenía la nariz roja, y de ella un hilo de sangre escurría. Pronto sacó su pañuelo y se limpió la nariz. Efectivamente tenía sangre. Encolerizada, Anabel dijo gritando:
--¡Mira lo que has hecho!—
Con estas palabras, todos los adultos que estaban en el templo, supieron de inmediato que algo había ocurrido. Y para colmo de males para Anabel, ésta se echó a llorar “como una niñita”, lo que tuvo oportunidad a que se burlaran de ella durante mucho tiempo.
--¿Qué ha sucedido?—fue lo que dijo la Sra. Kingman, enojada con quien quiere que fuera el culpable.
--Ella me provocó sin ninguna compasión de sí misma. Porque si hubiera puesto atención y precaución a que yo la podía lastimar, no lo hubiera hecho. Pero al parecer no le importó las advertencias y se fue del sartén al fuego. Lo que sea que le haya pasado es su culpa, y que mejor se deje de llorar como niñita y se aguante lo que ella misma provocó—fue lo que dijo Maggie, sin ningún asomo de arrepentimiento, con la cabeza en alto, y una voz de mando que daba miedo a cualquiera que no fuese como ella, o peor.
--¡Por todos los cielos! ¡Margaret May MacArthur! ¿Te das cuenta de lo que has dicho? Pide perdón en este mismo instante—le dijo la abuela, muy avergonzada de su comportamiento.
--Perdone, Su Majestad, pero he aquí hago un juramento, en el que prometo jamás concederos el perdón, debido que sois vos quién me ha insultado—dijo Maggie, levantando con esto la ira de Anabel.
--¡Eres un monstruo sin igual! ¡Despiadada!—le contestó Anabel queriendo abalanzarse a ella y morderle la nariz, pero su madre la detuvo.
--Claro que soy despiadada, no voy a tener compasión de una niñita que se busca sus propios problemas, y además, a propósito—
--Esto se acabó. Maggie, estas castigada por un mes. No jugaras con Kate, y si para impedirlo tengo que no enviarte a la escuela, con gusto lo hare. Harás las lecciones en casa y cuando no trabajes, me ayudaras a hacer otras cosas: en pocas palabras, nada de diversión. Perdone tastas molestias Sra. Kingman. Reconozco que parte de esto es mi culpa—
--La perdono a usted, no a esta niña salvaje—dijo la Sra. Kingman, lanzando una despectiva mirada a Maggie, quien le contesto con calma:
--Diga lo que quiera Sra. Kingman, no me afectan ese tipo de palabras y ningunas otras. Y para que sepa, nada de  lo que ha visto, es comparado con todo lo que puedo llegar a hacer—
--Entonces que el cielo nos ampare—
Y la Sra. Kingman se fue, con todo y niña de la mano.
--Bueno, por lo menos sabemos que Maggie sobreviviría, sin ninguna ayuda, en este mundo cruel—dijo Ben con convicción.
La abuela lo vio con una mirada no muy amistosa y se fue a casa con Maggie tomada de la mano, temiendo que se metiera en más problemas. Ese mismo día comenzó el castigo.
*****
El mes pasó, y la promesa de Maggie perduró hasta entonces. Durante ese mes de castigo, aunque no vio a Anabel una sola vez, Maggie la odió por encima de todas la cosas.
El primer lunes que fue a la escuela cuando se acabó el mes, Maggie no dijo ni una palabra. Ni siquiera a Kate, a quien tampoco había visto todo un mes. Y lanzó todas las miradas furtivas que pudo al enemigo.
Una semana después de volver a clases, Maggie se hallaba sentada en el porche, descansando de partir un montón de palos. Aunque sus ojos estaban serrados, y a simple vista parecía que no pensaba en nada, aquel que fuese observador, habría advertido que un asomo de pensamientos estaba allí. Pues verdaderamente estaba no sólo pensando, sino meditando también. ¿En qué? Pues ya veréis.
La abuela estaba cociendo en la cocina, Ben tallaba un madero en los escalones del porche, Abe se hallaba tomando la siesta, al igual que los demás adultos de la casa. Entonces, Maggie se levantó de un salto y dijo en voz a cuello con alegría, de modo que la abuela la escuchara:
--¡Voy a casa de Anabel!—
Y se fue corriendo sin dar tiempo a preguntarle algo. Ben se quedó atónito y la abuela se levantó con estas palabras hasta bajar los escalones.
--¿Pero qué mosca le habrá picado a esa chica? Está más enojada que Dios con el Diablo, y de pronto dice que va a casa del enemigo—exclamó la abuela, sin que se le ocurriera otra cosa.
--Bueno, supongo que la mosca del remordimiento—le contestó Ben, con una sonrisa de lo más pícara.
--Tú no digas nada si no quieres meterte en problemas—y con estas palabras, la abuela le dio un zape a Ben en la cabeza con un trapo, y se fue.
*****
Mientras que en casa de los Kingman, la puerta era tocada. Era Maggie.
--¿Qué se te ofrece, impertinente?—dijo la Sra. Kingman.
--Mire, señora. Si no quiere que me arrepienta de lo que estoy por hacer y le vuelva a hacer una maldad a su hija, o peor, a usted, déjeme hablar con Anabel—
--Bien, he sabido que cumples muy bien tus amenazas. Así que por mi bien tanto por el de Anabel, te dejaré pasar—
Y la dejó pasar. En casa no se hallaba el señor de la casa, porque de lo contrario, éste habría invitado a Maggie a pasar un buen rato de risas, puesto que su propia hija simplemente no se las podía conceder. Anabel estaba en su cuarto, escribiendo cartas.
--Tienes visitas, Anabel. Trátalas como tal—dijo la madre de Anabel y se fue, dejando a las dos niñas completamente a solas.
--Hola—dijo Maggie tragando saliva con gran esfuerzo.
--Hola…Maggie—dijo la otra, guardando sus cosas.
Maggie suspiró profundamente y sin más, comenzó:
--Sé que hace unas semanas fui una despiadada, desconsiderada, rebelde y desobediente niña. Sé que todas las cosas que dijiste de mí son verdad, sé que soy un monstruo sin igual, sé que no soy piadosa, sé que soy una asquerosa alimaña…bueno, eso te lo dije yo a ti, pero eso no cambia en hecho de que lo sea. Y aunque sé que todo lo que yo dije de ti también es verdad, sé que soy igual de culpable que tú, y por eso no permitiré que pase un día más, sin que intente por lo menos ser perdonada—Maggie volvió s suspirar. 
Sus palabras fueron tan sinceras, tan verdaderas, tan consientes, que Anabel no pudo más que creer en su humildad y contestar:
--Puesto que lo dices con tanta sinceridad, te perdono—
Maggie le sonrió. Y aquella tarde la pasaron muy de maravilla hasta que llegó la hora de que Maggie se fuera. Aunque es cierto que Anabel no mostró interés de ser perdonada, al igual que Maggie.
Dos cosas sucedieron ese día. Una, que una de las niñas había sido perdonada. Dos, que la Sra. Kingman se dio cuenta, que aunque Maggie pudiera ser muy salvaje, obstinada y rebelde, también tenía un corazón sensible como todo ser humano.
*****
Una semana después, sucedía lo mismo: Maggie descansaba en la mecedora del porche, Ben tallaba de nuevo (esta vez sentado en una silla sobre el porche) y Abe, dormía la siesta como los adultos. Entonces, llegó Anabel y dijo a Maggie sin subir al porche siquiera:
--Ya no puedo vivir un momento más sin pedirte perdón por lo de hace unas semanas—
--¿Qué cosa? ¿A qué te refieres?—preguntó Maggie, completamente desconcertada.
--Lo que sucedió después del servicio un domingo, en el que yo te provoqué para ocasionarte problemas—
--¡Oh, sí! Ya lo recuerdo, pero yo creí que ya te había perdonado ¿no?—
--Pues no creo estarlo hasta que me lo digas de verdad—
Casi en sus primeras palabras, Anabel se había puesto de rodillas en los escalones, juntado las manos en alto e implorado perdón tan cómicamente, que tanto Ben como Maggie, a duras penas podían aguantar la risa. En ese momento, se escuchó que Jimmy llamaba a Ben, quien había estado escuchando toda la escena.
Sin decir nada Ben dejó su trabajo en una mesita y se fue en busca de la voz que se escuchó. Por cierto, Jimmy había sido un astuto. Él había visto que Anabel se acercaba a la casa, así que la siguió. Se escondió detrás de la pared y escuchó todo, entonces, para no hacer sospechar que había estado escuchando, se alejó de allí y llamó a Ben. Así fue como nadie sospechó nada, pero Ben se enteró de todo, aun sin sospechar nada hasta que se lo contaran.
En cuanto Ben dobló la esquina de la casa, Jimmy le dijo:
--Escuché todo desde el principio—
Y como los dos sabían de qué hablaban, se rieron a carcajadas. Por su puesto, las niñas escucharon las risas, y no hablaron de nada hasta asegurarse de que ya no las escuchaba ni el más mínimo pájaro. Maggie se volvió a sentar y Anabel rápidamente se puso de rodillas a sus pies para continuar con su cómica escena.
Maggie no se percataba aun de la niña a sus pies, pues veía el horizonte, donde a lo lejos se veían los dos “metiches payasos”, como llamaron ellas dos a Ben y Jimmy.
--No te preocupes por Ben, ya sabes cómo es—
--¡Oh! No es tan difícil perdonarlo siendo el más apuesto del pueblo—
--¡Por los reinos de este mundo, Anabel Kingman!—
--A mí no me culpes, sé que lo es, tú misma lo has de admitir. Pero hay una chica en el pueblo que lo dijo en voz a cuello, y además, en el mercado a “la hora de las compras comunales”—
--Dime quien fue, porque de inmediato voy y le rompo la cabeza—
--Nelly Barton—
--Debí haberlo imaginado… ¿Pero qué hace allí tirada?—
Hasta entonces, Maggie no se había aun dado cuenta que Anabel estaba sentada sus pies, y que alivio que Anabel lo hubiese hecho. Pues esto salvo a Nelly Barton de una paliza, y a Maggie de más problemas.
--No lo sé, la verdad—contestó Anabel sinceramente, y también un poco confundida.
--Entonces siéntate—
--Bueno, pero ¿me perdonas?—
--Claro, es más, te prometo tratar de ser tu amiga. Probablemente jamás llegaras a ser mi mejor amiga porque Kate ya lo es. Pero podemos ser amigas—
A Anabel le saltaron las lágrimas de alegría. Pues aunque nunca lo había dicho a nadie, ella siempre había admirado a Maggie. La intrépida niña.
Y desde ese día, Kate, Maggie y Anabel, se hicieron llamar: “Las tres mosqueteras de Macville”. Sin olvidar que realmente Maggie y Anabel  jamás estarían completamente de acuerdo.





Capítulo XV
La visita de los Cloow
Kate tenía familia en Newshire, no todo su familia se encontraba allí, pero sí algunos tíos, abuelos, primos…y…las mascotas de sus primos. Cuyos seres animales también eran, a consideración de Kate, familia de ella. A pesar de que vivían a solo ocho kilómetros de distancia, solo se veían una vez cada dos meses, en casa de Kate.
Y aunque muchas de esas ocasiones no fueron contadas o ni siquiera mencionadas en todo el resto de los capítulos ya leídos, en esta ocasión, sucedió algo que ni yo misma comprendo. Pero tan cómico, que no podría cometer el crimen de no relatarlo en esta ocasión. Preparaos para lo peor, esperad lo mejor. 
El 5 de junio de 1916, todos los familiares de Kate que ya he mencionado, llegaron justo a la hora del té.
*****
Por un acuerdo, la mañana siguiente de que llegara la familia de Kate, la Srta. Patterson debía ir a casa de los Cloow después del desayuno. “toc, toc”  se escuchó la puerta y Kate abrió gustosa, aun con la toalla en las manos, con la que había estado secando los trastes.
--¡Srta. Patterson! Perdone que le haya abierto un poco tarde. Ayer llegó mi familia de Newshire y con tanta emoción se me olvidó que usted venía hoy. Pero pase, no hay nadie en la sala más que mi tío John—
—Está bien, Kate. No soy de esas personas que ansían que les abran tan rápido, cual si los persiguiera un oso de los Alpes—
—¡Oh! Pero si se me olvidaba que usted vivió en los Alpes. Mejor dicho, creció allí—dijo Kate con una risilla encantadora. Que solo era encantadora, aquel tipo de risilla, cuando la hacía Kate. 
Entraron a la casa, y lo primero que la Srta. Patterson vio, fue un hombre tumbado perezosamente en el sofá. Ese debía ser el tío John. Vestía de traje elegante color café, para la época de pobreza mundial en la que se encontraban. Estaba de brazos cruzados, las largas piernas igual que los brazos. Esto agradó a la Srta. Patterson en lo más mínimo.
--Él es mi tío, Srta. Patterson—
 --Es un placer, Srta. Patterson. Según me parece—dijo el tío John, con una voz demasiado refinada, tanto para mi gusto como para el de la maestra.
--Igualmente, Sr. Cloow—contestó Kirsten.
--¡Oh! Dígame John—
Esto no agrado en nada a la Srta. Patterson. Pero ayudó a Kate en lo que necesitaba, aun cuando John no dejó de molestarla. Aunque esa no era la intención de John, no. Lo que él quería era agradar a la maestra, sin más resultado que hacer ella llegara a detestarlo. No odiarlo, pero sí detestarlo.
La casa de la maestra se hallaba enseguida de la de Kate, por lo que, para desgracia de Kirsten, para gozo de John, se veían todos los días sin falta. Aunque fuera solo de ventana a ventana, un reojo o una simple pasada, siempre se vieron por una semana.
Entonces llegó la hora en que los familiares de Kate tenían que irse a sus hogares. Pero John, dijo que necesitaba un ambiente diferente al de Newshire. Así que como pretexto para ver  a la Srta. Patterson todos los días, dijo que si el padre de Kate le permitía quedarse allí hasta conseguir un trabajo, estaría encantado. Por su puesto, el Sr. Cloow aceptó y John se quedó allí.
Para no hacer la historia más larga, sólo diré que poco a poco, el tío de Kate se fue enamorando de Kirsten. Sin que nadie lo supiera ni sospechara. Y un día, por fin se decidió a pedirle matrimonio. Horrorizada, la Srta. Patterson no aceptó en lo más mínimo. Por lo que John se enojó a tal grado de irse sin decir nada y jamás volver a poner un pie en Macville. Ni siquiera cuando era tiempo de reunirse en familia. John y Kirsten jamás se volvieron a ver. Por lo menos no sabiendo que se estaban viendo.
*****
Medio año después de ser invitada a comer con los Everson (otro medio año después de que John le pidiera matrimonio), la Srta. Patterson se casó con el Sr. Everson. La Srta. Patterson ya no era señorita, sino la Sra. Everson. Y fue entonces cuando la maestra y Kiera Everson llegaron a ser más que buenas amigas. 
Jamás dejó de ser maestra, aun después de convertirse en madre de seis hijos adoptivos, esposa de un viudo y ama de casa. Y para gozo de todos, pronto Dios le concedería una hija a Kirsten Patter… Everson. La cual fue llamada, LillyAnn Avery Everson.




Capítulo XVI
Un menester con Macville
Macville sufría de escases. Maggie estaba preocupada, niños comenzaban a enfermarse por falta de nutrición, y la alegría se esfumaba cada vez más de aquellos paraderos. La gente comenzó a irse a la ciudad, donde aunque no era suficiente, había más comida y atención médica. Preocupada por la vida de los demás en rededor, Maggie, sentada en la mesa del comedor, tomó una hoja de papel y una pluma e hizo una lista de todas las opciones que tenían.

Por fin y después de hacer “un sinfín de cálculos”, Maggie consiguió tener una idea clara y beneficiosa de lo que se tenía que hacer. Un huerto comunitario. Un huerto del que todo el pueblo se haría cargo, del que todos comerían según su necesidad, del que todos se beneficiarían abundantemente. Y esto, Maggie lo contó a Ben. 

Cada mes, Macville hacía una reunión para discutir los problemas del pueblo y “soltar la furia contra su Némesis  sin decirlo directamente”, como ocurría frecuentemente. Fue entonces cuando Ben propuso la idea de Maggie. A ella le dolía la cabeza terriblemente cuando llegó el día de reunirse, por lo que se quedó en casa. Así que Ben se hizo pasar por el autor de esta idea y puso las cartas sobre la mesa. La idea fue aceptada.
No mucho tiempo después, los integrantes del pueblo trabajaban en ello. El mismo gobernador donó la tierra para sembrar todo lo necesario, desde pequeños tubérculos, hasta hierbas medicinales. Pronto estuvo acabado, y en su tiempo, dio fruto.
Maggie se sentía satisfecha. Aunque las gracias nunca venían directamente a ella, Ben siempre la felicitaba por todo aquel éxito que recibía indirectamente.  Solo los MacArthur, Cloow y Bliss, sabían el verdadero secreto. Ellos eran los únicos que daban porras a la verdadera autora de aquel gran salvamento.
De no haber sido por la idea de Maggie, todo Macville se hubiera vaciado y nada quedaría ya en las tierras planicies de Australia. Pero no era así, y Maggie, nuestra heroína (aunque lo fue más para Macville, que se salvó de morir de hambre), fue desde entonces, una persona que hallaba gozo en ayudar a los demás antes que a sí misma.










Capítulo XVII
¡Viva Inglaterra!
“¡Viva Inglaterra! ¡Hemos ganado la guerra damas y caballeros!”

--¡Mira, Maggie, lo que dice aquí!—gritó Abe, que recién había recibido el periódico de manos de Ben. Y Ben se lo había dado siendo aquel papel lleno de noticias, el último después de una larga jornada.

--¿Y ahora qué pasa, Abe?—preguntó Maggie, preparándose para lo peor, esperando lo mejor. Y para su contento y el de todo Macville, aquel papel noticiero contenía las mejores palabras que se pudieran oír después de aquellos cuatro años de guerra. Abe le entregó el periódico a Maggie y ésta lo leyó. Sin poder ni querer contenerse, ella sonó la campanilla de porcelana que estaba limpiando cuando Abe la llamó.

--¡Eh! ¡Venid todos de inmediato!—

Ben llegó primero, preguntando:

--¿Y ahora qué sucede?—

--¡Se ha acabado la guerra! ¡Y hemos ganado!—

--Vamos, Maggie. Ya estas demasiado grande para estas jugarretas—

--Pero no estoy jugando, Ben. Léelo tú mismo si no me crees—

Ben tomó el periódico y lo leyó. Después de lo cual dijo:

--¡Vaya! ¡Y pensar que llevé este papel con tan buenas noticias durante toda la mañana! ¿Y los abuelos? ¿Dónde están?—

Los abuelos supieron las buenas noticias aquella misma mañana. Y aquella y hermosa mañana se llenó aún más de alegría con las buenas y nuevas noticias. Y Macville, loco de contento, no pudo evitar hacer un banquete de regocijo. Donde se dieron las gracias al Padre por que aquella pesadilla se hubiese esfumado con el sol de la mañana, al despertar para un nuevo día.
*****
Una semana después, Ben llegó a casa con una carta de papá y mamá. Los abuelos dormían, los otros adultos también, pero los tres hermanos ya se habían levantado y comenzado el día. Maggie barría la cocina, el desayuno hervía en la estufa, Abe ponía la mesa y  Ben apenas regresaba de su trabajo “periódicatista”, solía decir Abe. Aunque con mucha dificultad, ya que solo tenía seis años y Maggie había inventado la palabra para él.  

--Maggie, ¿La abrimos, o esperamos?—preguntó Ben, dirigiéndose a la carta. Maggie sabía a qué se refería con aquella pregunta, y contestó a ella con otra:

--Bueno, ¿Para quién es?—

--Dice “familia MacArthur”, así que no sabría decirte—

--Pues, nosotros estamos incluidos en esto, así que no veo porque no podamos leer la parte que nos corresponde y dejar “la parte ajena en virgen lectura”—

--¡Pues a leer se ha dicho!—

Se sentaron ellos dos a leerla, y Abe, que los vio, se acercó sin interrumpir, sabiendo que esto era no solo de mala educación, sino de muy mal agrado. Decía la carta:

“Queridos familiares,
Como espero ya, ustedes han de tener las nuevas noticias. Pero en caso contrario, os las diré de una vez: la guerra ha terminado. Y es por esto que su padre y yo hemos decidido hacer lo siguiente: es conveniente ir hasta Inglaterra y averiguar qué ha sido de nuestras pertenencias, incluyendo la casa, aunque ésta ha de estar hecha añicos. Pero no queremos irnos sin despedirnos de vosotros, así que vamos a Macville por una semana y después partiremos a Londres. Pero no se preocupen, volveremos de Bretaña a estos lugares para decidir de una vez por todas donde pasaremos el resto de nuestras vidas, porque ciertamente vuestro padre y yo ya estamos casados de tanto viajar. Nos vemos dentro de dos días,
Atentamente,               Jane Banks”
Eso era lo que había de suceder.

--Hay que decirlo a los abuelos en cuanto se despierten—dijo Maggie, la primera en hablar.

--Estoy de acuerdo—contestó Ben.

--Y yo opino, que mamá y papá no deberían irse nunca más—opinó Abe.

--Ya veremos qué sucede. Esa decisión no está en tus manos, jovencito—le dijo Ben, despeinándolo cariñosamente.

--Ya basta, hay que terminar de hacer nuestras labores, que de lo contrario papá y mamá no podrán venir—ordenó Maggie.
--Vamos, Abe. Maggie no quiere que descansemos ni un poco—dijo Ben en broma.
--¡Vamos! No soy tan mala, Ben—
--No, supongo que no—
Hicieron los quehaceres que faltaban de hacer, pronto llegó Jimmy y los que ya habían leído la carta, le contaron todo lo que debía suceder. Ocurrencia incoherente hubiera sido que a Jimmy se le ocurriera hacer como que no habían recibido la carta y sorprender  a los padres de Maggie. Pero lo bueno fue que no se le vino a la mente aquella idea.
*****
Para celebrar el término de la guerra, Macville organizó un banquete en Lugar Celebrado. Donde para sorpresa de los MacArthur, encontraron a los padres de Maggie, Ben y Abe. Pues no los esperaban hasta un día después. Pero allí estaban, y ¿a qué familia le afecta tener a los padres un poco más de tiempo?
--¡Maggie! No pensé que tus padres fueran avenir hoy—le dijo Kate a Maggie, sabiendo todo al respecto.
--Yo tampoco, pero últimamente todo mundo está optando por sorprenderme—le contestó Maggie, dándose cuenta que lo que le decía a Kate era verdad.
--Bueno, pero no tiene nada de malo que hayan venido antes, o ¿sí?—
--Lo único inconveniente, es que los cuartos aún no están completamente listos, pero eso es lo de menos—
--¿Y sabes qué harán tus padres ahora que la guerra se terminó? Me refiero a que si volverán a trabajar de actores de ópera, se quedaran aquí por siempre o harán cualquier otra barbaridad—
--Aun no lo sé, pero supongo que esta noche lo dirán en la cena—
Y así fue. Porque aquella noche, el Sr. Banks se paró e hizo sonar su copa, diciendo:
--He aquí que la Sra. Banks y yo hemos decido lo que haremos ahora que ha acabado la guerra. Debido a que la guerra causó muchos estragos en el continente de Europa, y nuestra casa está precisamente en ese lugar, queremos ir a ver cómo está la casa y todas nuestras posesiones, después de verificar cómo ha quedado todo, decidiremos lo que haremos a continuación: regresar y vivir a aquí, o volver a nuestra vida pasada antes de la guerra—
--Señor—dijo Ben, antes que nadie pudiera decir nada.
--Sí, hijo—
--Desde hace bastante tempo, he pensado que habiendo yo terminado la escuela y no teniendo nada qué hacer aquí, podría ir a divagar un poco por Europa y ayudar en los lugares más afectados durante la guerra. Sería bueno para mí ver el mundo  exterior y aprender a valérmelas por mí mismo, y también creo que haría bien al mundo sirviendo a otros antes que a mí—
--¿Y yo no podría ir también?—preguntó luego Maggie, quien también sentía una ansiedad por salir del lugar donde había nacido y jamás salido. Se sentía como pájaro enjaulado.
--Calmaos, Maggie. Ni siquiera hemos dado permiso a Ben—le dijo papá cariñosamente.
--Lo siento—y se ruborizó un poco.
*****
Ben obtuvo su permiso y pronto corrió la voz en Macville de que él se marchaba y cuál era la razón. Maggie no tuvo la misma suerte que Ben, y recibió por respuesta: “Maggie, aún eres un poco joven, y por tu propio bien hemos decidido que no irás. Esperamos que comprendas y te conformes con la promesa de que cuando hayas crecido un poco, podrás ir sin obstrucciones, por nuestra parte”. Así que Maggie tuvo que resignarse a esperar crecer un poco, cosa que podía hacer bastante bien, pues con el tiempo ella se volvió más paciente y cuando se trataba de resignación, incluso le ganaba a Kate, quién en todo Macville era considerada un ángel.
Por razones un poco absurdas, pero debido a que Ben quería cumplir su promesa, se quedó en Macville hasta terminar su semestre de trabajo en los correos. Aunque ya no trabajaba en repartirlos, ahora trabajaba en las oficinas, que era, como insistió Maggie hasta su muerte, una ascensión de trabajo. Por esta razón, los señores Banks se fueron una semana después de llegar inesperadamente al banquete de Macville, y Ben se iría tres días luego de eso.
Maggie suspiró. Estaba acostada en su blanca cama, el sol penetraba por las porosas cortinas, los rayos dorados rayaban su cama hermosamente, todo estaba precioso. Pero en el rostro de Maggie solo había aflicción. El día en que Ben se iba, había llegado con aquella preciosa mañana. Ben le había prometido escribirle, y aunque sabía que él cumpliría su promesa, como dijo Kate un día a Derick: “preferiría que no te fueras nunca, que te fueras por un instante”. Pero había que resignarse y seguir adelante, como siempre lo había hecho.
--Maggie, quiero que pongas un lonche en este paño para Ben. Se debe ir lo más temprano posible, y tú también, o cerraran la tienda de estambres y no podría terminar el chal para la señora Everson—
Con estas palabras la abuela se volteó a preparar el desayuno en la estufa de leña. Maggie sabía que cuando hablaba de aquella manera, significaba que estaba triste, preocupada, enojada o completamente destrozada. Así que Maggie no dijo nada e hizo lo que le pedían.
*****
--Un boleto por favor, al puerto más cercano—dijo Ben al señor que atendía la estación de tren. Que por cierto ya no era “el señor amargado”, sino otro más joven, amable y servicial que el otro. Mientas que el otro yacía en su tumba, donde seguramente nadie lo lloraba, quizá solo la pluma, tintero y tinta de la estación. O eso pensaba Maggie, siendo ella muy dramática al imaginar algo.
--Por su puesto joven. El siguiente tren sale mañana a las cinco de la mañana…cinco dólares, joven caballero. Gracias—le dijo el señor mientras organizaba y hacía todo el arreglo para que Ben pudiera salir al día siguiente.
--Bueno, supongo que tendré que dormir una noche aquí en Newshire y salir mañana al despuntar el alba. Y mejor será que vayamos a buscar el lugar—
--Pues claro, Ben. Prometí a la abuela que no te dejaría de ver hasta que ya no pudiera más, para que después le contara todo. Pero no le digas que te lo he dicho—
--No, no se lo digo—
Ben ofreció su brazo a Maggie y ésta lo tomó sin pretextos. Pues últimamente Ben era muy amable con ella y con todos, y le agradaba tanto, que se dejaba consentir por él, ya que en otras épocas (como ustedes recodarán) Ben era la tortura de Maggie.
Primero entraron en un hotel muy pequeño: ya no había lugar, y no era de extrañar siendo tan pequeño. Luego fueron a otro un poco más grande, pero este cobraba más de lo que estaba en el presupuesto, después llegaron una casa que rentaba cuartos, y pensaron que quizá los rentara por un día, pero la señora fue tan exigente, que mejor lo dieron por perdido, se dieron la vuelta y siguieron buscando. Por fin llegaron a un edificio que era taberna y hotel a la vez. Allí todo se acomodaba a la perfección, a excepción de que los de la taberna eran muy ruidosos.
--¿La abuela te encargo algo para llevar de regreso?—preguntó Ben mientras tomaban un refrigerio un poco tardío en el cuarto en que se hospedaría.
--Sí, pero ya han de haber cerrado hace una hora y abrirán en media. Así que puedo ir a ver cosas un poco antes de ir por el encargo—
--Vamos si quieres, no tengo nada qué hacer hasta dentro de mucho. Y me aburriría tanto que probablemente bajaría a la taberna un rato—
Maggie se espantó tanto con estas últimas palabras de Ben, que se atraganto un poco con la mandarina.
--Perdón, estaba muy acida—se excusó ella
--Tranquila, Maggie. Que te prometo no meterme esa idea ni por un instante a la cabeza. Pero mejor pensemos a donde vamos—
Acordaron ver la tienda de artesanías y antigüedades, cosa que tanto a uno como al otro fascinaba de verdad, aunque ya están los dos bastante grandes, sobre todo Ben con sus veinte años ya cumplidos.
--Esta cosa está muy extraña—dijo Maggie ya en la “tienda mágica” y con un objeto realmente extraño en sus manos. 
--Déjame ver—
Y Ben tomó entre sus manos la cosa extraña. Era un artefacto de madera, con su base en forma de regla, unos mástiles a cada extremo, otro que unía los mástiles y del que colgaban muchos hilos en fila, de los cuales un dedal colgaba de cada uno de los hilos. Y en la base, una hendidura, y en ella, una varita de latón. No sabían qué cosa podía ser aquello, pero decidieron comprarlo entre los dos y guardarlo para recuerdo de aquel día, y, por simple diversión infantil.    
En el lugar para pagar, les explicaron que era un instrumento inventado por el hijo de ellos, hacía muchos años para una presentación en la escuela. Se tocaba sencillamente: con la varita tocabas los dedales de metal o los hacías que se tocaran unos con otros. Lo que no habían descubierto, era, que dentro de los dedales había un tipo de masa de migajón, y según les dijeron, en cada uno de los dedales había menos que en el anterior. De modo que se podían tocar  las siete notas y con ellas, una canción. Ben y Maggie habían quedo fascinados con aquella cosa: un instrumento improvisado.
Salieron de allí y fueron por el encargo a la tienda de estambres. Salieron de allí, se despidieron, Maggie tomó un carruaje que pasaba y la llevaba a casa y se despidieron de nuevo con el meneo de las manos. Se separaron ese día, ignorando que no se volverían a ver en mucho tiempo.
*****
Aunque el diario de Maggie no se vuelve a mencionar, no por eso significa que hubiera de dejado de escribir en él. Al contrario, escribía todos los días, aunque fuera un simple versículo de la Biblia que le hubiera gustado, todos los días lo hacía.
El día que Ben se fue a “valérselas por sí mismo”, la última página fue llenada con ese relato. Desde entonces, el diario de Maggie estuvo en su tocador sin ser abierto. Un día que ella se despertó muy temprano y sin poder conciliar de nuevo el sueño,  miró a su tocador y vio su diario. Encendió una vela y comenzó a leer. Para cuando el sol salió, Maggie daba las últimas vueltas al libro.
Al leer se había dado cuenta de cómo al transcurrir el tiempo, su carácter fue cambiando lentamente. Pero al ver en el principio y luego el final, uno podía ver un gran cabio drástico. Al inicio, ella era salvaje, descarada, impaciente, insolente y muchas cosas entre ellas. Ahora eran sensible, amable, bondadosa, alegre, paciente, dócil, reservada y prudente, entre muchas otras.
Estaba feliz, creía que nunca podría remediarse y que sería por siempre “un caso perdido”, como muchos dijeron en otras épocas. Pero ahora veía que todo había sido posible. Entonces agradecida, dio gracias al Señor por haberla ayudado en aquellas luchas de la vida, en las que Él nunca faltó. Porque de no haber sido por Él, nunca nada habría cambiado.
*****



Un día de mucho calor, Maggie estaba en la cocina preparando la merienda de los hombres, para luego llevarlo hasta el campo de siembra.  Sin embargo, aunque sus manos se movían sin cesar, sólo pensaba en una cosa: lo que haría después de llevar la merienda a los hombres.
Cuando todo estuvo listo, tomó las dos cubetas de madera que contenían el almuerzo, y se fue.
--Vaya, llegas temprano hoy, Maggie—dijo Ben, cuando Maggie llegó al árbol en el que bajo la sombre, se hallaban los trabajadores.
--Claro, ni que no supiera la hora y si mal no me equivoco, son las diez y cuarto—contestó Maggie, secándose el sudor de la frente. Para estar seguro, Ben revisó su reloj de bolsillo. Y sí, eran justo las diez y cuarto.
--¿Cómo lo sabes? Has sido tan exacta—
--Lo que pasa, jovencito--  






















Capítulo XVIII
Un zoológico
Con el término de la guerra, un regocijo llenó el mundo entero. Pero para los de Macville, que no habían sufrido todos los bombardeos y catástrofes de una magnitud parecida, no hubo tantos cambios en sus vidas. Más sabían todos los estropicios que había en el resto del mundo, y compadecidos, se regocijaban por que el sufrimiento hubiese acabado para aquellas personas.
Pareciera incluso que los pobres animales estaban felices de que la guerra terminara, pues como por arte de magia, animales que incluso nunca habían sido vistos, comenzaron a surgir como maíz bien cuidado.
Por esto mismo, Jimmy comenzó a encontrar muchos animalitos  curiosos y desamparados. Daba tanta lastima dejarlos solos en un lugar vasto, que Jimmy optó por regalarlos a Maggie Quién era no solo fanática de animales, sino que ahora le encantaba dedicar la mayor parte del día sirviendo y complaciendo al resto del mundo, olvidándose de sí misma.
Maggie había acabado las lecciones de la escuela por el resto de sus días (a menos, claro, que después quiera tomar clases de algo distinto a matemáticas, historia, algebra etc. Etc.), no estaba comprometida a nadie (ni esperaba estarlo durante mucho tiempo), sus hermanos ya eran bastante grandes como para cuidarse solos, la siembra ya no era tanta como para apresurarse a terminar, así que en pocas palabras, Maggie era una chica despreocupada, que, por el momento, disponía de todo el tiempo del mundo.
Pero regresando a los animales, Maggie llegó a tener tantos, que ya no sabía qué hacer. Hasta que un día, Jimmy le trajo un canguro, y este fue, ¡el colmo de espacio! Pues siendo lo que era, un canguro bastante grande, no había ya espacio en el establo para que éste brincara e hiciera sus cabriolas de naturaleza.  Por lo que Maggie tenía que tomar una decisión, pronto… ¡Ya lo tenía!... un zoológico.
Todo lo que Maggie tenía de dinero, lo había ahorrado sin gastar un solo centavo desde que éste entraba en el frasco. Ciertamente era muy ahorradora cuando se lo proponía en serio.  Y con este dinero llegó un día al abuelo que estaba en el porche fumando su pipa, y le dijo:
--Señor, sé que está vendiendo cuatro de sus más bonitas y verdes hectáreas. Si me dejas, yo la compro. Sé que yo podría hacer cualquier catástrofe con un terreno tan hermoso, pero siendo yo misma quien soy, sé que cuando me propongo algo en serio, lo cumplo a toda costa. ¿Aceptas?—
--No sé qué pretendes, pero teniendo en cuenta que ya no eres la misma chiquilla atolondrada de hace cuatro años y que te propones hacer algo con propósito beneficioso, lo pensaré—
Maggie le sonrió encantada, y dejó que el abuelo lo pensara, mientras ella lavaba los platos de la comida. Y cuando el abuelo por fin se decidió, llamó a Maggie.
--Maggie, antes que te responda, dime: ¿tu proyecto tendrá ganancias?—
--Sí, señor. Quizá al principio no tantas, pero en unos dos o tres años habrá bastantes ganancias—contestó ella, no pudiendo imaginar lo que le iba a decir el abuelo.
--Bien. Entonces te diré lo que harás: toma la tierra sin costo alguno por el momento, usa lo que me has ofrecido para realizar lo que en esa tierra quieres y cuando obtengas ganancias, me iras pagando lo que pido por la tierra. ¿De acuerdo?—
--Por su puesto, señor. No hay mejor trato que hubiera hecho en mi vida… Gracias—
Y allá se fue Maggie, a planear todo su proyecto: un zoológico. Nada que hubiese imaginado antes, era como lo que Maggie estaba por hacer, pues jamás había soñado con hacer un zoológico, sin embargo ahora estaba metida de lleno con este nuevo proyecto.  
Comenzó por reunir a la E.A.D.G para cambiarle el nombre por: “Asociación del Zoológico Macville”. 
Y a tal grado llegó la fascinación de todo el pueblo, que en menos de medio año, todo estaba listo. Los animales fueron trasladados. Pronto aquel proyecto dio frutos, Maggie pudo pagar al abuelo y mucha gente gozaba de ver lo animales, que, pronto había una manada de cada especie. Desde el principio, el plan de Maggie había sido que con las ganancias, se sostuviera el zoológico y con lo sobrante, cooperar para lo que necesitara el pueblo. Por ejemplo, el techo la escuela, las calles, el techo de la casita de Lugar celebrado, y cosas por estilo.
*****
En el “Zoológico Macville” había una colina con un árbol y en él un columpio para dos personas. Y un día en especial, Maggie se encontraba allí sentada, meciéndose y con un pequeño pájaro en sus manos. Desde allí se podía ver todo el zoológico, y sonriente Maggie admiraba todo lo que por un deseo, se había hecho.
A lo lejos se veía a Jimmy que estaba rodeado de distintas aves, tanto animales como humanas Pues un montón de niñitos curiosos lo rodeaban de preguntas. Maggie lo vio y él a ella, se saludaron y luego Jimmy volvió a atender a sus pequeños súbditos. Por un momento, Maggie lo contempló con una radiante sonrisa, pero luego, la alegría de sus ojos se esfumó y la sonrisa que adornaba su rostro también. Pues se dio cuenta, que Jimmy algún día podía llegar a quererla de una manera en que ella jamás podría a él. Y lo que la entristecía, era que aunque por más que lo deseara, no podría llegar a querer a Jimmy como a un esposo.
Simplemente no podía, por más que lo deseara y la entristeciera.



Capítulo XIX
Juntos para siempre
 Un día de verano, Maggie recibió una carta de sus padres. Entusiasmada, no tardó en leer las siguientes palabras:
“Querida Maggie,
Hemos terminado nuestro trabajo como actores de teatro. Por lo tanto la decisión ha sido que iremos a vivir a Macville por el resto de nuestros días, sean cuantos sean. Llegaremos en invierno, el día 11 de julio, espéranos en casa a la hora de la cena,  diles a los demás que en cuanto menos lo piensen, ya estaremos pisando “Casa MacArthur”.
Atentamente, Jane y George Banks
P.D.
Ben tiene que terminar unos asuntos aquí en Inglaterra, así que llegará a Macville un mes después de nosotros. No lo esperen este viaje.”
Maggie estaba emocionada. Papá y mamá vendrían a vivir con ellos para siempre. Y por fin el día señalado llegó. Maggie estaba tan ciertamente feliz, que pidió permiso para hacer un banquete en honor a “la eterna estancia de papá y mamá”.
Abe quería ir con ella de compras a Newshire, pero ya le había prometido a Kate que solo irían ellas dos. Así que dejó al pobre de Abe en el umbral con las palabras: “te prometo que la próxima vez vendrás, pero hoy no”.
--¿Sabes? No hubiera estado tan mal dejar que Abe viniera—le dijo Kate a Maggie mientras caminaban. Pues Kate se sentía bastante mal por haber excluido a Abe.
--¡Vamos, Kate! No me lo digas ahora que lo hemos dejado muy atrás. Además, si hubiese roto mi promesa contigo, mi conciencia jamás me hubiera dejado en paz—le contestó Maggie.
--Entonces no hablemos más del tema. Y cambiémoslo por otra cosa que te quiero preguntar. ¿Con quién crees que podría llegar a casarme?—
--¡Kate! ¡Dime por todos los reinos de este mundo que no estas prometida!—
--¡Por los cielos! ¡Claro que no! Si fuera así, te lo habría dicho de inmediato. Bueno, en cuanto pudiera—
--Entonces, debido a que mis sospechas se han esfumado, contadme lo que con tanta intrigación me decíais—
--En realidad, me tenías que contestar una pregunta, no que yo te fuera a preguntar algo—
--Ah, es cierto.  De acuerdo…déjame pensar… pues, con Jimmy claro que no. Los dos tienen muchas cosas en común y terminarían por pelearse cada instante, y yo no quiero eso para mi mejor amiga. Luego esta John Adams, pero él no es de tu estilo. Farmer es un holgazán y aunque me lo pidieras de rodillas, no te permitiría que te casaras con él. Caleb Thorton, puede que sí, pero no estoy segura. Y por último, claro que con Ben ni en sueños—
--¡Por los cielos, Maggie! Claro que no. Ni aunque fuera excelente muchacho lo haría, no podría verme casada con alguien al que he conocido y con quien he vivido durante toda mi vida. Jamás—
--Me alegro. Porque un día, cuando Anabel vino a pedirme perdón por su rencor, me dijo que Ben le gustaba. Me espanté tanto, que estuve a punto de quitarme los zapatos y aventárselos. Pero supongo que en ese momento quería librarme de más disputas y no lo hice. Sin embargo el miedo jamás se fue. Temía, y aun lo hago, que un día ella se casara con Ben, y entonces, ¡adiós mundo cruel! Estoy segura de que me moriría de espanto y terror. Caería muerta y fría en cuanto las palabras pasaras por mis oídos—
--¡Pobre Maggie! Debes haber sufrido mucho—
--“Aun”, si me permites decirlo—
--Pero nunca me lo contaste—
--Temía que al decirlo, alguien me pudiera escuchar. Y que al escucharlo y definir que era una buena idea de que fueran pareja ellos dos, los impulsara a hacerlo—
--Pero sí tanto temes que alguien te escuche, ¿Por qué lo dices en voz a cuello en este momento?—
--Porque, mi querida Kate, ¡Estamos en medio de la nada! ¡Donde ningún ser viviente, más que los animales rondando por ahí, nos puede oír!—Maggie gritó tan fuerte, que la pobre Kate se espantó y sacó sus ojos, cual si se le fueran a salir de las orbitas.
--¡Ssssssh! Está bien que no haya nadie a kilómetros, Maggie. Pero no hagas parecerte una lunática de la luna… ¡Vaya si parece que fue ayer cuando eras peor!—
Entonces las dos rieron con ganas hasta salírseles las lágrimas, recordando aquello tiempos, que aunque no tan lejanos, no volverían jamás.
*****
Como dijeron que había de suceder, papá y mamá llegaron para la cena. Y ya estaban sentados comiendo, cuando Maggie preguntó:
--¿Cuáles eran los asuntos de Ben que lo retenían?—
--Él nos hizo prometer que no lo contaríamos, dijo que él lo haría cuando estuviera listo. Así que no digo más, querida—le contestó mamá, tratando de esconder su secreto lo más posible. Pues la emocionaba en lo más profundo de su corazón.
Maggie no dijo nada más y se quedó muy pensativa. Sin embargo, no se imaginaba lo que la esperaba.
Capítulo XX
¡Vaya sorpresa!
Sentada en el porche, un día, Maggie recordó el Salmo que tanto le gustaba. Al recordarlo, se entusiasmó tanto, que tomando aire, lo recitó con énfasis.

--“Oh Dios,  con nuestros oídos hemos oído,  nuestros padres nos han contado,
La obra que hiciste en sus días,  en los tiempos antiguos.
Tú con tu mano echaste las naciones,  y los plantaste a ellos;
Afligiste a los pueblos,  y los arrojaste.
Porque no se apoderaron de la tierra por su espada,
Ni su brazo los libró;
Sino tu diestra,  y tu brazo,  y la luz de tu rostro,
Porque te complaciste en ellos.
Tú,  oh Dios,  eres mi rey;
Manda salvación a Jacob.
Por medio de ti sacudiremos a nuestros enemigos;
En tu nombre hollaremos a nuestros adversarios.
Porque no confiaré en mi arco,
Ni mi espada me salvará;
Pues tú nos has guardado de nuestros enemigos,
Y has avergonzado a los que nos aborrecían.
En Dios nos gloriaremos todo el tiempo,
Y para siempre alabaremos tu nombre.
Pero nos has desechado,  y nos has hecho avergonzar;
Y no sales con nuestros ejércitos.
Nos hiciste retroceder delante del enemigo,
Y nos saquean para sí los que nos aborrecen.
Nos entregas como ovejas al matadero,
Y nos has esparcido entre las naciones.
Has vendido a tu pueblo de balde;
No exigiste ningún precio.
Nos pones por afrenta de nuestros vecinos,
Por escarnio y por burla de los que nos rodean.
Nos pusiste por proverbio entre las naciones;
Todos al vernos menean la cabeza.
Cada día mi vergüenza está delante de mí,
Y la confusión de mi rostro me cubre,
Por la voz del que me vitupera y deshonra,
Por razón del enemigo y del vengativo.
Todo esto nos ha venido,  y no nos hemos olvidado de ti,
Y no hemos faltado a tu pacto.
No se ha vuelto atrás nuestro corazón,
Ni se han apartado de tus caminos nuestros pasos,
Para que nos quebrantases en el lugar de chacales,
Y nos cubrieses con sombra de muerte.
Si nos hubiésemos olvidado del nombre de nuestro Dios,
O alzado nuestras manos a dios ajeno,
¿No demandaría Dios esto?
Porque él conoce los secretos del corazón.
Pero por causa de ti nos matan cada día;
Somos contados como ovejas para el matadero.
Despierta;  ¿por qué duermes,  Señor?
Despierta,  no te alejes para siempre.
¿Por qué escondes tu rostro,
Y te olvidas de nuestra aflicción, y de la opresión nuestra?
Porque nuestra alma está agobiada hasta el polvo,
Y nuestro cuerpo está postrado hasta la tierra.
Levántate para ayudarnos,
Y redímenos por causa de tu misericordia.”—

*****
Aunque sea un poco difícil de creer, Maggie tenía ya dieciséis años. Era todo lo que su abuela jamás creyó que llegaría ser: toda una señorita. Sin embargo, era así, y ¿Por qué no contentarse, después de todo?
Y debido que ya era mayor, Maggie podía moverse libremente por todo Macville y Newshire sin ser acompañada. Aunque normalmente no iba sola, sino en compañía de Kate, ¿A quién no se le hubiera ocurrido que sería Kate quien la acompañara? Más sin embargo, había ocasiones en las que Maggie prefería la soledad. Esta era una de esas ocasiones.
Maggie fue de compras y a dar la vuelta por todo Macville. Y para su sorpresa, había una carta para ella de parte de Ben, y tanto la sorprendió, que varias veces pidió algo equivocado en la tienda equivocada. Por lo tanto, era doble equivocación. Pero cuando por fin llegó a casa, (donde no había nadie despierto) no pudo evitar dejar rápidamente las compras en la mesa de la cocina e ir a leer la carta en el porche.
Sentada en la mecedora de costumbre, leyó:
Queridísima Maggie, …
Con estas primeras palabras, Maggie se espantó demasiado, a tal punto de que el corazón le latía fuerte y batallaba para respirar. Pues las pocas veces que Ben le escribía, jamás le había hablado de esa manera tan cariñosa. Y cualquiera que hubiese pasado por eso, entendería. Pero a pesar de su temor por leer algo que no le gustaría, siguió.
Como según me contaron papá y mamá, no dijeron una solo palabra de la razón por la que yo no llegué con ellos a Macville, y que yo mismo se los diría cuando estuviera listo. Bien, pues he aquí te lo relataré, y quiero que después se lo relates a los demás, por favor. Al llegar a Europa, me encontré con Anabel Kingman, y después quedamos de acuerdo en que iríamos a unos lugares juntos. Pero para no hacerte el cuento más largo de lo que es, Anabel y yo nos conocimos mucho más durante nuestra estancia en Europa. Al fin, yo le pedí matrimonio, y ella aceptó. Por lo que la razón de que llegue tarde a Macville, es que, durante ese pequeño tiempo, Anabel y yo nos casamos. Sí, estamos casados ahora mismo. Queríamos regresar a Macville en cuanto pudiéramos, pero me ofrecieron un buen trabajo aquí en Inglaterra, así que nos quedaremos aquí por un año. Lamento mucho no poder regresar ahora, pero el contrato ya está hecho, y, además, lo hago también por ayudar a la compañía que me contrató. Pues realmente necesitaban una persona más. Saluda a Jimmy, Abe, al abuelo, a la abuela y a todos los demás de mi parte. Espero que el siguiente año se pase tan rápido como los pasados y poder veros a todos de nuevo.
Atte. Ebenezer Tom MacArthur”



EL FIN




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Sinopsis de la secuela de este libro:


Maggie MacArthur, la niña atolondrada y despreocupada que una vez fue, y que ya no es la misma, se encuentra con un dilema de su vida: ¿se llegará a casar en algún día de su vida? Con esta duda, y sin poderla contestar definidamente, Maggie vuelve a preguntar a sus mayores si puede ir en busca de aventuras en el mundo exterior. Ya que desde que nació, no ha salido de Australia. El hogar de tres generaciones atrás en la familia MacArthur.


Los padres de Maggie aceptan a este deseo, y al tener el permiso, le pregunta a Kate, su mejor amiga, si le gustaría acompañarla en su viaje a Europa. Tras pedir permiso a sus padres y éstos haber aceptado, Kate y Maggie se embarcan en un nuevo mundo. En Europa, Maggie conoce muchos jóvenes, pero, aunque tres de ellos le pidieron su mano en matrimonio, ella se dio cuenta que con ninguno de ellos podía vivir aquella vida de matrimonio. Tras haber vivido casi un año en Europa con una la abuela paterna de Maggie, ellas deciden regresar con sus familias al adorado Macville.


Ya en casa, Maggie aún tiene la misma duda. Pero nosotros ya sabemos qué es lo que sucederá, ¿no es cierto?





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