Margaret May MacArthur
Margaret
May MacArthur
Por
D.A. Núñez
______________________________
Índice
1. El
domingo del colapso
2. El
amor de dos padres
3. El
cumpleaños de Maggie
4. Se
declara la guerra
5. 25
muchachos de Macville
6. Mis
razones para la dama
7. La
carta
8. Mamá
y papá
9. La
nueva maestra
10.
Maggie, la nueva Sócrates
11.
Una planeación: un dolor de cabeza
12.
Solo malas noticias
13.
El empleo de Ben
14.
Una escena melodramática
15.
La visita de los Cloow
16.
Un menester con Macville
17.
¡Viva Inglaterra!
18.
Un zoológico
19.
Juntos para siempre
20.
¡Vaya sorpresa!
_________________________________
Capítulo
I
El domingo del colapso
El
abuelo Matt, la abuela Ginger, Ben, Maggie y Abraham, se dirigían a la iglesia
el 12 de julio de 1914.
Era
un domingo helado, ninguno de los cinco caminantes iba sin un abrigo
grueso.
Maggie,
quien debe hacer su presentación primero, ya que es la heroína de esta
historia, ella, llevaba su vestido dominical, amarillo opaco y además bastante
sencillo, sus altas botas cafés, guantes gruesos y de lana, su abrigo de lino
café le llegaba hasta las rodillas, sus largas trenzas color castaño rubio
caían por su espalda, una pañoleta con encajes cubría su cabeza, y por último,
una cadenita delgada colgaba de su cuello, la cual tenía una hermosa flor
clavel de plata.
Abraham
era un bebé de dos años. Vestía una camisa blanca bajo un overol de pana café,
gorra inglesa de mezclilla y zapatitos de cuero. Y aunque apenas hablaba unas
palabras, comprendía más de lo se pudiera imaginar.
Ben
llevaba su traje dominical que consistía de camisa blanca, chaqueta café,
pantalón café de pana, zapatos de agujeta negros, y… una gorra inglesa… sí,
café.
Pero
dejemos de vestimentas y vayamos a la descripción de los caracteres de los personajes
(en tanto que ellos llegan a la iglesia).
El
abuelo Matt tenía 50 años, su nombre completo era Matthew Albert MacArthur, era
risueño, bromista, decidido, de modales elegantes, aunque en ocasiones “se le
zafaban las tuercas” (según decía la abuela Ginger). Era un anciano encantador,
como se decía en el pueblo-ciudad de Macville, y este último también era fácil
de querer.
La
abuela Ginger era de la misma edad que el abuelo…bueno, seis meses menor. Era
una mujer culta, sencilla, educada, seria, de buen vocabulario, integra y
consagrada a su marido. En Macville solo era querida por sus buenos y
excelentes consejos y por las maravillas que podía hacer con “el famoso mango.”
Ben
tenía 16 años, se llamaba Ebenezer Tom MacArthur. Era el mayor de los tres
nietos, bromista en exceso, insociable, muy malo para el aprendizaje, indómito
y exasperado. Pero, también era, defensor de la justicia, amate del trabajo y
muy culto en cuanto al saber dirigir una granja.
Margaret
May MacArthur, (que era Maggie) tenía 12 años, era atrevida hasta la medula,
intrépida, atrabancada, alocada y completamente salvaje. Sus modales, no eran
de alabar, se sentía orgullosa de ser aventada (cosa que a su abuela escandalizaba),
era “culta en casi todo”, se decía que era “la nueva Sócrates”, y para colmo de
males, prefería estar en el campo haciendo sudar la gota de sudor, que sentarse
en el fresco porche y bordar por una hora. El único consuelo de su abuela, era,
que Maggie sabía todo lo que un ama de casa debe saber en cuanto al cuidado de
la misma, y que por lo menos era completamente femenina en el vestir y en el
arreglo.
“Pareciera
que lo que le falta de femenino en los
demás aspectos, lo tiene acumulado en el gusto del vestir y el arreglo de una
casa. Bueno, ese es un consuelo” solía decirse a sí misma la abuela
Ginger.
Abraham
MacArthur, tenía (como ya dijimos) dos años, y era un ángel diminuto, por lo menor lo sería
por un tiempo. No se puede decir mucho de su carácter pero lo que sí se puede
decir, es que a la palabra de Maggie o Ben, hacía caso inmediato.
Bien,
los MacArthur ya han llegado a la iglesia, que aunque era sencilla, era
bastante grande. “Se podría albergar allí a todo Londres” solía decir Maggie en
broma.
El
edificio de la iglesia, no era más que un rectángulo de madera, con tejas
espantosamente pintadas de un rojo chillante, más chillante que el sol, tres
ventanas de cada lado, este y oeste, una cruz en lo más alto del techo, y por
último, un segundo piso, donde el ministro vivía solo, ya que él era soltero.
Pero hay que poner en cuenta que tenía 40 años.
Entró
la familia MacArthur, y se sentaron en su respectiva banca, ya que la costumbre
era que cada familia tenía su banca y
nadie, más que los MacArthur, podía sentarse allí.
--Me
toca sentarme en la orilla—le dijo Maggie a Ben.
--No
es cierto, tú te sentaste allí el último domingo—replicó Ben.
--Niños,
independientemente de quien se sentó allí el último domingo, yo soy a que se va
a sentar allí, ya que ustedes no arreglaron el problema, sino que se pusieron a
discutir—dijo la abuela, y se sentó en la orilla. El lugar más discutido del
mundo.
--Pero
yo pienso que en ocasiones, abuela, los problemas se arreglan
discutiendo—argumentó Maggie, sentándose al lado de Ben, quien a su vez se
sentó junto a la abuela.
--¡Maggie!—la
regañó la abuela.
--Yo
solo decía—
Ben
sonrío y se río entre dientes, pero luego Maggie se dio cuenta, le dio un
codazo y Ben terminó por dejar de reír.
Como
era natural, o por lo menos entre ellos dos, se pusieron a discutir sobre la
discusión y el arreglo de un problema. La abuela ni siquiera trató de separar a
aquellos dos hermanos, pues sabía que una vez que los chicos trababan
discusión, no había ser en este mundo que los pudiera separar. Excepto quizá,
el mismo enfado, pero ese no es un ser vivo. Sin embargo, también era sabido que ningún par de hermanos
se quería más, aunque ninguno de los dos podía expresarlo ni bien, ni
libremente.
Poco
a poco, las demás familias integrantes de la iglesia fueron llegando, una de ellas eran los Bliss. Familia asociada
con los MacArthur, ya que juntas fundaron una prospera granja.
James
Bliss (o Jimmy), único hijo de los señores Bliss, no era otro que el mejor
amigo y camarada de Ben. Este simpático muchacho, de cabellos negros, algo
moreno por el sol, alto y carismático, era también de la misma edad que Ben.
También debo agregar, que, al igual que Ben, Jimmy era bromista, pero él sabía
cuándo y cómo parar.
Jimmy,
al entrar en la iglesia, divisó a sus amigos y sin dudarlo, se acercó a ellos
para saludar con un:
--¡Buenos
días! Sra. MacArthur—pronunciando el nombre de la abuela, Jimmy se dirigió a
ella e hizo una reverencia en son de respeto.
—Buenos
días, Jimmy. Se ve que hoy estáis de buen humor—dijo Maggie a Jimmy, con una
sonrisa que no era otra cosa que la viva imagen de la malicia. Pues el día
anterior, el sábado, Jimmy había hecho pasar a Maggie un mal rato. Lo cual aún
no era olvidado.
—Parece
que ella todavía no olvida lo de ayer—le susurro Jimmy a Ben, quien con vanos
esfuerzos no evitó que Maggie escuchase.
Maggie,
quien había abierto el himnario en son de indignación, cerró el himnario, puso
cara de enfadada hasta la crin y dio un librazo a Jimmy en la cabeza con “el
santo libro de la alabanza al Señor”.
La
abuela había ido a ver qué podía hacer para ayudar al Sr. Sanford (que así se
llama el ministro) y el abuelo, por lo tanto no hubo quien regañara a Maggie,
pero sí hubo quien riera. Ese que rio, fue Ben.
--Mil
disculpas Madmuaselle, pero era sumamente divertido veros a vos envuelta en
mango exfoliante—dijo Jimmy en una disculpa “mentida.”
--¡Ya
basta de tonterías! ¡Fugaos de aquí, señor de palabras incoherentes!—protestó
Maggie con energía y mandando a su atormentador a su respectiva silla, con
librazos.
Ahora,
Jimmy era el indignado. Y queriendo parecer el ser más indignado del mundo, se
alejó a su banca con la nariz en alto y paso lento, sin más resultado que
ofrecer una cómica escena.
Aún
faltaba gente, por lo cual, no más de dos minutos de haberse retirado, Jimmy
regreso con sus amigos y dijo por lo bajo:
--¡Eh,
chicos! Guardad silencio que os voy a contar una cosa—
Maggie
se puso una mano en la cara y se dijo a sí misma: “Este chico ha perdido la
cordura. Estamos más callados que la muerte y viene y nos dice que guardemos
silencio. ¿A dónde llegaremos cuando éste muera?”
--Bueno,
¿y qué es lo que con tanta urgencia nos tenías que contar?—preguntó Ben picado
de curiosidad.
--El
jueves por la tarde—comenzó Jimmy—llegó a Macville una nueva familia. Los
Kingman. Ellos solo son tres, el Sr. y Sra. Kingman y su hija Anabel—
--¿Qué
edad tiene Anabel?—interrumpió Maggie.
--Tu
misma edad, 12 años. Ellos son los seres más sencillos de la existencia, es
cierto, visten a la moda, pero a la moda de 1800. Su casa es tan antigua que
parece no más que un viejo tronco, Anabel usa palabras tan antiguas que a veces
no se le entiende, ella es absolutamente sencilla, y por si no fuera poca la
sencillez de ellos, no usa escopetas sino espadas—finalizó Jimmy, quien cada vez
que pronunciaba una palabra derivada de “sencillo,” dejaba escapar un pequeño
atisbo de sarcasmo.
--¿Y
cómo sabes que son tan sencillos?—preguntó Maggie, que no se había creído
palabra alguna.
--El
viernes, fui a casa del Sr. Tambourine por unas legumbres que mi madre
encargara, y allí me encontré con el Sr. Kingman, quien andaba buscando un
muchacho que le ayudara a hacer unas repisas. Yo fui al primero que se
encontró, esa es la forma por la que sé su sencillez—el sarcasmo de Jimmy, no
se iba.
--Y
¿Cuándo se harán presentes?—
--Hoy
mismo, el sr. Sanford los va a presentar antes del servicio—
--¿Cómo
lo sabes?—Maggie seguía dudando de Jimmy. No se fiaba.
--El
mismo Sr. Sanford me lo dijo. Ayer que
regresaba de tu casa—
--Parece
que ya no falta nadie. Los Farmer están enfermos de resfriado y fiebre, así que
no vendrán—se escuchó decir al Sr. Sanford, que estaba ya en su lugar
acostumbrado.
--Bueno,
me voy. Nos vemos después del servicio—susurro Jimmy y se fue como un antílope
ágil. El abuelo y la abuela llegaron y se sentaron, el abuelo al final y la
abuela en la orilla.
El
Sr. Sanford comenzó:
--Como
ya sabemos, estamos a un paso para que se desate la guerra, y por esa ha venido
a vivir aquí una familia nueva… los Kingman, y espero que les den una cálida
bienvenida. Pueden sentarse—
Los
Kingman, quienes se habían parado junto al púlpito, se volvieron a sentar.
Maggie se había fijado en la niña que se había pardo junto al pulpito, quien
debía ser Anabel.
La
niña que Maggie vio, no era en absoluto sencilla. Vestía a la moda, era cierto,
pero a la moda de 1914, su vestido color coral tenía encajes y dobleces de a
montones, que ni se sabía cuál era la niña y cual el vestido, sus zapatos se
veían lustrosamente nuevos, llevaba guantes gruesos pero muy blancos, su
peinado era bastante ostentoso para la edad que ella tenía, y por si no fuera
mucho, un broche de oro, plata y bronce, adornaba su cuello. Este último adorno
era sostenido con una cinta negra de satén. Aunque Anabel no hubiera dicho
palabra alguna, se veía en su sonrisa impertinente, en su rostro y en sus ojos,
que no era más que una niña desvergonzada y presumida. Al menos, así parecía a
los ojos de Maggie.
Cuando
Maggie acabó su juicio hecho sin compasión,
Ben le susurró al oído por detrás de la Biblia:
--Qué
sencilla ¿eh?—
Maggie
no pudo evitar reír, por lo cual tuvo que fingir que tocía detrás el himnario.
El abuelo, que estaba a su lado, le dio un pequeño codazo, en son de regaño,
pero, él mismo, a duras penas contenía la riza, ya que había escuchado ciertas
partes del dialogo sarcástico que Jimmy dio a Maggie y Ben.
El
discurso del Sr. Sanford fue “eternamente eterno” como Maggie aseguró al
finalizar (el discurso no duró más de
una hora). Pero como todas las cosas terrenales, tenía que acabar. Mientras el
discurso transcurría, a Maggie le empezó a dar mucho calor, así que se quitó el
abrigo moviéndose demasiado, cosa que comenzaba a fastidiar a Ben.
--Quédate
quieta, Maggie—le decía Ben quejumbroso.
--No
puedo, tengo calor, y aunque haga supremos esfuerzos no logro salirme de este
calentón—le susurro Maggie a Ben.
Ben,
cansado de tener a una criatura moviéndose a su lado, ayudó a Maggie a
deshacerse de aquel detestable abrigo. Al verse libre de aquel abrigo, Maggie,
ya no tuvo más calor y dirigiéndose a Ben, susurro con dulzura:
--Gracias—
Aunque
Ben no fuera en absoluto sentimental, le agradaba hacer el bien y ayudar a los
demás, y esto le producía un gozo inexplicable. Así pues, contento al ver que
Maggie le agradecía, él le sonrió con la misma dulzura con la que Maggie le
agradeció. Pero como a todo hombre, a Ben no le sentaban bien los sentimientos,
así que la sonrisa que a Maggie tanto le gustó, desapareció así como llegó.
Maggie dio un ligero y apenas perceptible
suspiro, y se volvió a hundir en la banca con gran resignación, ya que creía,
el discurso jamás terminaría. ¡Vaya Maggie la que tenemos!
Por
fin el discurso se acabó. Maggie se estiro con pereza, estaba entumida después
de estar sentada durante una hora, tomó su abrigo, se apretó la pañoleta, hecho
sus trenzas a la espalda y salió tras de Ben.
Enseguida,
como Maggie imaginó, la abuela se acercó a la nueva familia a saludar, el
abuelo también, y Ben y Maggie llevados por sus abuelos, también fueron a ver a
los recién llegados.
--Me
alegra que hayan escogido este pueblo para vivir, Sra. Kingman—decía la abuela.
--Lo
mismo digo yo. No me arrepiento de haber dicho que sí. Este es un lugar
hermoso, nos ha encantado la casa y creo que aquí no sufriremos mucho, si es
que se desata una guerra—respondió la Sra. Kingman.
--Hoy
hice un pavo muy grande para nosotros, y aunque hace bastante frío para que no
se eche a perder, no quisiera desperdiciar. Vengan pues a comer con nosotros,
nos sería un honor, si es que ustedes no tienen ya un compromiso—dijo la
abuela, con decepción de Maggie. Maggie esperaba que ya tuvieran un compromiso.
No quería verse con la “niña Anabel.”
--Por
su puesto, me estado quebrando la cabeza tratando de descifrar qué comeríamos,
no veo inconveniente en que vayamos a comer con ustedes. Además, a nosotros nos
encanta el pavo asado, era lo que comíamos constantemente en Inglaterra, claro
que antes de que empezara la pobreza—contestó la Sra. Kingman.
Maggie
se sentía perdida. Si no fuera porque la abuela no la dejaría, ella se subiría
su cuarto, se encerraría en él y no saldría hasta saber que los Kingman ya se
fueron. Pero no era así.
--Allí
viene Anabel. Compórtate y no le des una bofetada como lo hiciste con Nelly—le
susurró Ben a Maggie.
--¡Vaya,
el cielo nos ampare!...pero parece que no viene para acá. No, sí viene—dijo
Maggie como para sí, pero en voz baja. Ben se colocó detrás de Maggie, como si
quisiera esconderse tras sus espaldas, pero resulta que le era imposible, ya
que él era casi una cabeza más alto que Maggie. De cualquier manera, lo hizo,
pues temía a las chicas que estaban más que bien vestidas. ¡Pobre de Ben!
--Buenos
días—dijo una voz que sonaba a indiferencia.
--Buenas
tardes, querrás decir, pues ya es la una—le corrigió Maggie a Anabel, ya que no
le simpatizaba en nada.
--Esperamos
te haya gustado el pueblo Macville ¿Verdad Maggie?—dijo Ben, pues ya veía una
amenazadora batalla.
--Claro,
Ben. ¿No es hermosísimo nuestro pueblo?—
--No
está mal, pero he visto y visitado lugares más hermosos. De cualquier manera,
que mejor que Inglaterra, que pronto será bombardeada—
--¿Cómo
sabes que la van a bombardear?—preguntó Maggie con impaciencia, pues sabía que
sus padres se encontraban allí.
--¿Qué
no sabes que está a punto de desatarse una guerra?... ¿No? pues ahora ya lo
sabes. Poco me importan las personas que estén allá, familiares solo tengo dos
abuelas, y ellas ya se han ido a Canadá—
--Mis
padres están en Inglaterra, jovencita. Deberías tener más consideración—dijo
Maggie casi al colmo de la furia.
--Y
¿Cómo querías que fuera a saber? Si apenas te he visto hoy—
--No
te culpo por ello, pero deberías ser más precavida en lo que dices, bien
podrías haber guardado esas palabras para ti sola, y así evitar herir a otras
personas—a esta contestación, Ben toco el brazo de Maggie, en son de que se
calmase. Pero ésta no lo hizo.
Maggie
quería salir de allí, pues sabía que si no lo hacía, acabaría por abofetear a
Anabel, y esto no le convenía. En ese
momento, se escuchó unos pasos, que en realidad eran pasos que corrían. Era
Jimmy.
--¡Eh!
Ben. Te he estado buscando, los chicos y yo hemos encontrado un dingo en el
patío de la iglesia, queremos que vengas…Oh, señoritas no me había percatado
que estuviesen aquí. Espero que las repisas te hayan servido, Anabel—dijo Jimmy
cada vez sin más aliento.
--Gracias
Jimmy. Me han servido mucho—contestó Anabel.
--Bueno,
¿vienes o no?—Jimmy se dirigía a Ben.
--Claro,
no creas que le tengo miedo a un asqueroso dingo—contestó Ben, y estaba por
irse, cuando Maggie le detuvo por el brazo y le dijo al oído:
--Salvado
por la campana ¿eh? Ya verás cómo llega la campana para mí—Ben se vio libre y
sin tomarse la molestia de contestar, se alejó con Jimmy, así como éste llegó.
Pero
la campana no sonó para Maggie, al menos aquel día.
Sí
bien este capítulo se llama “el domingo del colapso” entonces algo se tiene que
colapsar, sino sería una incoherencia que se llamara así. En fin, estaba un
grupo de niñas sentadas en una banca, entre ellas estaba la mejor amiga de
Maggie, Katherine Cloow. Maggie, al divisarla le dijo a Anabel:
--Vamos
con ellas, te las presentaré, o sí ya conoces a algunas te presento a otras—
--No
me llaman la atención esas chiquillas, pero no tengo nada más qué hacer. Solo
estoy esperando a mamá para que vayamos a casa por mi crema humectante—
Así,
Maggie y Anabel fueron con “esas chiquillas.”
--Ella
es Kate, mi mejor amiga. Así que si no quieres recibir un buen bofetón, no la
trates como a una basura—le dijo Maggie a Anabel presentando a una niña poco
más bajita que Maggie, de cabellos castaños, ojos grises y de tez más blanca
que la niebla que se encontraba en el exterior.
Anabel
estrecho la pálida mano de Kate, quien le sonrió dulcemente.
--Me
alegra que hayas venido a vivir aquí, nosotras no hemos salido de esta inmensa
isla desde que nacimos—saludó Kate mientras estrechaba la mano de Anabel.
--Te
advierto una cosa, si has sido amenazada por Maggie, será mejor que te cuides
bien. Ella cumple lo que promete y más aún si se trata de darte un buen
merecido—dijo Nelly, quien ya había tenido experiencia en cuanto a esos
asuntos, a pesar de ser dos años mayor que Maggie.
--Gracias,
pero no creo se atreva a hacerlo—le contestó Anabel, con una voz tan alta que
parecía que quería que todo mundo la oyera.
--Yo
no dirá lo mismo si fuera tú. Eso mismo dije yo cuando la conocí, y ¿Qué
recibí? Un buen bofetón que me dejo la nariz roja por tres días—aunque Nelly no
fuese admiradora de Maggie, le
simpatizaba menos Anabel, por lo cual defendía a la “atrevida Maggie”. Como le
decían en el pueblo de Macville.
--Bueno,
me da igual. Ya me he roto un brazo y no he llorado una lagrima, ¿qué me podría
ocasionar un bofetón en la nariz?—Anabel estaba mintiendo.
--Bueno,
te presento a las demás. Con la que has estado hablando es Nelly Barton, estas
dos son sus hermanas, Sara y Clara…Geraldine Hougan, Diana Pearl, Kiera
Everson y Adelaida Carrison. Ellas son.
Si quieres saber sus edades pregúntales a ellas, me sé sus cumpleaños y edades
de memoria, pero no me apetece decir tantos—dijo Maggie.
--No
creas que voy a creer esa tontita mentira—le contestó Anabel.
--¿Mentira?
¿Qué mentira?—
--La
de que te sabes todos los cumpleaños y edades de ellas—
--Sí
me los sé, solo que no me apetece decirlos—
--Que
no los sabes—
--Vamos
Maggie, ¿te da miedo demostrar que te los sabes todos de memoria?—le animó
Sara, quien se empezaba a fastidiar con Anabel.
--Bien,
sí así lo queréis. Nelly catorce, Sara doce, Clara once, Geraldine once, Diana
once, Kiera catorce y Adelaida diez. Ahora sus cumpleaños, Nelly 12 de enero,
Sara 4 de julio, Geraldine 18 de mayo, Diana 4 de agosto, Kiera el 30 de enero
y yo soy Margaret May MacArthur, de doce años que nació el 14 de julio de 1902
¿Satisfecha?—Maggie lo había dicho con tanta rapidez, que Anabel se apresuró a
decir, no sin cierta decepción:
--Sí,
estoy satisfecha, y debo agregar que estoy impresionada de que te lo sepas tan
de memoria—
--Gracias—dijo
Maggie, con cierto asomo de amistad. Pero eso solo fue un sueño, pues Maggie y
Anabel jamás dejaron de discutir.
--Por
cierto, yo soy Anabel Kingman, tengo once años y nací en el 17 de diciembre de
1901. Pero pueden decirme Ana—dijo Anabel con la misma amistad “soñada.” Nunca
nadie la llamó Ana. Ya que esto le quitaba todo lo mala que era Anabel, pues
“Ana” era un nombre más amistoso que “Anabel”.
Creo
que ya nos hemos alejado mucho del colapso, pero creo también que era
conveniente presentar a “esas chiquillas.” Bueno, ahora sí, vayamos al colapso,
tratare de que sea chistoso.
Alegando
así, las niñas se olvidaron del mundo que las rodeaba. Pero, afuera, se encontraban
los chicos, quienes también se habían olvidado de todo, pero, en esta ocasión,
por la cacería de un dingo.
--¡Vamos,
Ben! ¡Toma esa vara!—grataban unos, y otros:
--¡Jimmy,
no, así no! ¡Se te escapa! ¡No!... ¡ah, casi se te escapa!—
--¡Cuidado,
Jimmy!—gritó Harry Tambourine.
Jimmy,
al parecer, no se había percatado que se estaba enredando en una cuerda que
estaba colgando de un madero de la ventana del segundo piso. Jimmy se iba a
caer. Tropezó, cayo, estaba de espaldas y una pierna le era colgada en el aire
por la cuerda que lo había tumbado. Era un espectáculo magnificó, del cual el
dingo se ayudó para escapar de sus atormentadores.
Las
niñas, al escuchar exclamaciones de afuera, rizas y quejidos, salieron a
investigar y para ser llamadas (más tarde) “Las gallinas metiches.” Éstas,
encontraron a Jimmy de la manera más incómoda que se podría haber estado, pero
no tuvieron compasión del “invalido plumero que estaba tirado,” sino que, al
contrario, se rieron del pobre y aturrullado Jimmy.
--¡Pero!
¿Qué te has hecho, Jimmy? Tu madre te va
a colgar del cogote. Y es más, con esa misma cuerda—decía Maggie tratando de
contener la risa, no para no ser descortés, no, para poder hablar.
--Maggie
tiene razón, y si no te levantas ya y con cuidado, se os van a caer esas
macetas y ese techo podrido en la cabeza—dijo Kate. Igualmente, riendo.
--Eso
no es cierto…
Y
dicho, y hecho. Las macetas habían caído. Y el techo podrido. Y ahora todos
(menos Jimmy) estaban riendo casi hasta salírseles los ojos. En fin, era un
espectáculo digno de verse, y digno también, según los chicos, de presentarse
en el circo. Cosa que a Jimmy no simpatizó.
--Ya
basta, dejad de reír. Ojala tuviera una hermana a quién someter a que me
ayudase. ¿Sabéis chicas? Sois unas inútiles así como estáis, ¡qué desperdicio
de brazos!—Protestaba Jimmy, aun tirado, pues así como estaba, le era imposible
levantarse.
--Está
bien, Jimmy. Nos gusta reír, pero no somos aprovechadas. Vamos Maggie, ayúdame—dijo
Kate por fin.
Maggie,
de mala gana, (pues hay que recordar lo del día anterior) ayudo a Kate a
levantar las tablas para que Jimmy pudiera salir. Fuera ya de su esclavitud,
Jimmy se paró y se sacudió la tierra que tenía en todo su traje dominical.
--Ojalá
me callera una gorra limpia, mi madre me va a colgar si ve el mío así de sucio
y destrozado—dijo Jimmy, contemplando la desdichada gorra.
En
ese momento, una gorra cayó en la cabeza de Jimmy, idéntica a la que él tenía.
La gorra había caído de los tendederos del segundo piso de la iglesia.
Nuevamente
una explosión de rizas se hizo, y no fue la última, pues en ese momento, llegó
la Sra. Bliss, la madre de Jimmy. Y al ver así a su hijo, la Sra. Bliss
exclamó:
--¡Cielo
santo! ¡James Bliss! ¡Estas hecho un estropajo!-
La
Sra. Bliss se llevó a su hijo de las orejas, dejando tras de sí, una carcajada
general y algo por lo cual discutir en la semana que venía.
*****
A
la hora de la comida, llegaron los Kingman a la casa de los MacArthur, donde
los esperaba un gran y delicioso pavo asado, seguido de grandes banquetes.
También les fueron presentados el Sr. David y la Sra. Hatty.
El
Sr. David era el ayudante del abuelo. Era el tercero al mando de “La granja
MacArthur.” Ya que el Sr. Bliss era el segundo al mando, y el Sr. MacArthur el
primero.
La
Sra. Hatty era la ayudante personal de la abuela. Hatty lo había sido desde que
los abuelos de casaron y lo seguiría siendo “por el resto de su vida”, decía la
mismísima Hatty.
Maggie
creyó que esa noche fue la peor de su vida. No quiero abrumarlos con
explicaciones aburridas, por lo tanto solo digamos que Ben fue salvado por la
campana (otra vez), y que Maggie tuvo que
pasar un mal rato en su cuarto en compañía de “la Srta. Anabel Kingman.”
--¡Jamás!
¡Jamás podre tolerar a esa chiquilla de segunda! Y estoy segura de que
terminaré por darle un buen y merecido bofetón—dijo Maggie a Ben, después que
los Kingman se fueron y mientras recogían la cocina.
Estaba
decidido. Anabel Kingman era la mayor enemiga de Maggie.
Capítulo II
El
amor de dos padres
A
los personajes principales ya los he presentado por su carácter, (Ben, Maggie y
Abraham) pero me parece, que físicamente aún no. Por lo tanto os diré como es
su porte y por qué sus padres no están con ellos.
Ben
era un chico alto, fuerte, tostado, rubio castaño, de ojos azules casi
transparentes, y, a consideración de muchas chicas del pueblo, el más guapo de
todos los chicos de Macville. Ese era Ben, un muchacho que a la vista es
encantador, atrayente y alegre, pero como todo ser humano tiene sus defectos, y
éste en especial tenía bastantes. Pero era solo un muchacho de dieciséis años
como cualquier otro a su edad (y con eso no quiero decir que este bien lo que
hace).
Maggie
era casi una señorita, (lo único que lo impedían eran sus modales y su
comportamiento) a los doce años llegaba a la nariz de su abuela, media uno
sesenta, el cabello sedoso y rizado castaño rubio le llegaba hasta la cintura,
siempre estaba peinada con trenzas, su tez era cremosa a pesar del sol, ojos de
un color azul grisáceo, manos largas y delgadas, fuerte, lista, inteligente y
sobre todo, una gran belleza. Ella también era considerada la más bonita de
Macville, pero tanto por chicos como por chicas. La diferencia era, no como
muchas otras, que ella no presumía ni decía nada, al contrario, se olvidaba
completamente de su belleza y se concentraba en otra belleza. No de las
personas, sino de la creación.
Por
la simple razón de no presumir en absoluto, era una gran diferencia. Las chicas
no le tenían envidia, al contrario, reconocían con admiración la belleza de
Maggie, y los chicos a su vez, no le hacían tanto caso, pues si algo les gusta
a los hombres, es que las chicas alardeen y presuman su belleza. Maggie había encontrado
el efecto de esta acción, por lo tanto, la practicaba todo el tiempo, ya que
así se escapaba de más enemigas y se veía libre de un enjambre de muchachos
molestos. Eso era y eso será el efecto de no presumir la belleza.
Abraham
era… no se puede decir mucho de su porte, pero diré lo que sé. Él era como
cualquier otro bebé ingles de dos años, rubio, aunque con apenas un mechón,
ojos claros y azules, manos y pies regordetes, mejillas grandes y rosadas, nariz
chiquita y una sonrisa encantadora. Ese era el bebé de los MacArthur, un
pollito humano.
Ahora
bien, hemos de hablar de los padres de estos tres niños, pues, en mi opinión,
es muy importante. Ya que si no lo digo, no entenderían bien la historia y la
misma historia no estaría completa.
George
Banks era el padre de los niños. Un gran hombre, de buenos modales, culto,
sencillo, elegante, de buen vocabulario, íntegro y un muy buen esposo. Estaba físicamente muy desgastado, pues en su
juventud había trabajado sin descanso en el campo, tratando de mantener a sus
tres hermanas menores y a su madre. Ahora sus hermanas estaban casadas y su
madre era un ama de llaves de un buen Sir, con eso vivía muy bien.
Jane
Banks MacArthur era la madre de los niños. Una mujer sabía, sencilla, educada,
de buen vocabulario, integra, dócil, amable, generosa y consagrada a su marido.
Jane era la única hija del abuelo Matt y la abuela Ginger, era muy apreciada
por sus padres, tenía grandes amistades y se conocía por su gran afecto hacia
los demás. Además de hermosa por dentro, lo era por fuera, y esto hizo que
llegara a ser famosa casi mundialmente.
Aunque
a simple vista estos padres no parecen los más amorosos, ya que en cierta
manera “abandonaron” a sus hijos en Australia para ir a Inglaterra a ser
actores, pues sí, sí son los padres más amorosos y sacrificadores que pudieras
conocer. ¿Por qué? Pues esperad y os lo voy a explicar.
George
y Jane son actores, trabajan como un actor, y sí tú has sido actor sabrás lo
atareada que es la vida de uno, y sí no lo fuiste, entonces trata, por lo menos
trata, de comprender a aquellos que son esclavos del mundo, porque eso son los
antores: esclavos del mundo. Aunque no lo creas.
George
y Jane no querían que sus tres hijos vivieran la vida que se les avecinaba:
malas relaciones, conflictos, problemas…y un motón de cosas más que son lo
contrario a lo que debe ser un seno familiar. Sabían que sí se quedaban con
ellos, llegarían a ser una familia disfuncional, y sabían también, que sí mandaban
a sus hijos con los padres de Jane, a Australia, sus hijos tendrían una mejor
vida, sin duda una mejor vida. Esto último implicaba no ver a sus hijos casi
por el resto de sus vidas. Pero primero eran los hijos. Así pues George y Jane
hicieron el gran sacrificio de mandar a sus hijos a un lugar donde gozarían de
una gran vida. A cambio de no verlos casi nunca.
Espero
que entiendas este sacrificio que hicieron George y Jane, más no espero que
entiendas su dolor, lo único que quiero es que entiendas es el significado de
este sacrificio. Esto es lo que hizo el amor de dos padres.
Capítulo III
El
cumpleaños de Maggie
El
catorce de julio era cumpleaños de Maggie. Y sería toda una injusticia no
mencionarlo en absoluto. Ya que fue dos días después del domingo del colapso.
Así
que, el en la mañana del catorce de julio, cuando el sol brillaba intensamente
por la ventana de su habitación, Maggie se levantó como cualquier otro día.
Olvidando completamente, que, ese mismo día era su cumpleaños.
Sé
bien, y mejor que nadie, que en el primer capítulo dije que Maggie tenía doce
años, pero realmente tenía doce años menos dos días. En fin, su cumpleaños
estaba tan cerca, que se podía decir, casi, que tenía ya doce años.
--Buenos
días, Maggie—dijo la abuela embozando una gran sonrisa.
Maggie
estaba de pie en las escaleras. Con su vestido de algodón de cuadros rojos, su
delantal blanco y almidonado y sus típicas y largas trenzas, atadas con
listones rojos.
Todos
la miraban sonrientes. Sin embargo, no todos los sonrientes tenían el mismo
sentimiento dentro de sí. Pues Ben lo hacía burlescamente, en tanto que los
demás, lo hacían por lo orgullosos que estaban de Maggie.
--¿Por
qué todos me veis así?—preguntó Maggie.
Era
simplemente inevitable. Ben rompió a carcajadas. Estaba sucediendo justo lo que
Ben sospechaba de Maggie cuando la vio bajar: Maggie había olvidado su propio
cumpleaños.
--¿Es
que no los sabéis?—preguntó Ben, cuando por fin pudo hablar.
--¿Qué?
¿Qué pasa?—
--Maggie
querida, hoy es tu cumpleaños—dijo la abuela dulcemente, comprendiendo al
instante la situación.
--¡Oh,
sí! ¡Lo olvidé! Pero nada suceder si eso pasa, o ¿sí?—
--No,
querida. No pasa nada. Al contrario hay que pensar algo para hacer hoy después
de clases—dijo Hatty.
--Así
es, Hatty. Pero por lo pronto, debes abrir esto—indicó la abuela.
En
la mesa, había un paquete forrado con papel café. El paquete café fue cogido
por las manos de Maggie y abierto con extremada ansiedad. Al abrirlo encontró
un hermoso cuaderno color verde obscuro con decoraciones doradas en la pasta
dura. Por dentro estaba completamente en blanco, y al ojearlo, Maggie descubrió
que había una carta de su madre. La abrió y leyó:
“Mi querida Maggie,
Cuando yo cumplí doce años, lo
que tú ahora, me regalaron mi primer diario. Este libro que tienes en manos es
un diario que yo te regalo a ti. El mío era igual, después me dieron un rojo,
luego uno azul, y así hasta que compré yo mis propios diarios, o los fabricaba
yo misma. Quizá a una chica como tú no le interese tener un diario, pero cuando
tengas mi edad, no te arrepentirás de haberlo tenido. Espero que te sea de
ayuda con tus luchas, que sea un refugio
y un consuelo. Pero ante todo, busca al Señor.
Tu madre que te quiere, Jane Banks”
Esta
carta conmovió a Maggie, pero teniendo ella gran dominio sobre sí misma, no
lloró.
--¿Cuándo
lo trajeron de la estación de correos?—preguntó dejando el hermoso diario en la
mesa.
--Ben
fue a recogerlo esta mañana antes de que tú te levantaras. Tu madre me había
advertido antes del paquete, diciendo que cuando mandara un paquete, lo
dejáramos en la estación de correos para que cuando fuera tu cumpleaños
fuéremos a recogerlo y te lo diésemos. Así, quedándose allá, no habrías
sospechado nada, como creo yo ha sucedido. ¿O no?—explicó la abuela.
--Pues,
la verdad es que ni me lo imaginaba—
--Bueno,
es tarde y la escuela espera, jovencita. A desayunar y hacer vuestros trabajos
matutinos. Después de la escuela haremos algo—dijo Hatty.
Así
como dijo Hatty, así se hizo. Ben y Maggie se fueron a la escuela aquella
mañana, corriendo. Maggie no sentía que fuese su cumpleaños, pero al parecer
los demás niños de la escuela sí, ya que aunque no todos le regalaron algo,
todos y cada uno la felicitó por su cumpleaños. Como era de esperar, Kate fue
la primera de todos. Ella se acercó a Maggie con un paquete parecido al de la
mañana, y dijo:
--Feliz
cumpleaños, Maggie. Espero que te guste—
Kate
le entregó el paquete café y esperó. Maggie lo cogió y lo abrió. Encontró
debajo del papel café un libro rojo, del mismo tipo que el de la mañana, pero
éste ya estaba impreso. En la primera página decía: Ana de las Tejas Verdes. Y su autor era:
Lucy Maud Montgomery.
Maggie
estaba fascinada con esto nuevo. Le encantaba leer y aventurarse en épocas
diferentes, imaginando que estaba en el Bosque de Sherewood, batallando en las
cruzadas del rey Arturo o salvando la vida de su ama, La dama de la Torre Blanca. Tal era su fascinación por las novelas
de heroísmo.
--¡Kate! ¡Qué maravilla! ¡No podrá pasar esta
semana sin que lo haya acabado!—exclamó por fin.
--Me
alegra que te haya gustado. Temía que no fuera así. He estado ahorrando desde
el año pasado para comprarte un libro, y resulta que casualmente éste llegó la
misma mañana que fui a escoger el libro—contestó Kate.
En
seguida llego la maestra, la Srta. Carrison. Con nuevas felicitaciones y un
pequeño regalo.
--Mi
querida Maggie, me alegra que cumplas doce años hoy. Espero que cumplas muchos
más—dijo la maestra.
--Gracias
maestra—dijo Maggie. Y cogió el paquetito café que le alargaba la maestra. Lo
abrió y eran “unos hermosos encajes blancos de satén, y muestras nuevas de
bordados magníficos”, según dijo la Srta. Carrison.
--Son
muy hermosos. ¿No crees?—
--¡Ah,
sí, maestra! Muy bonitos—Maggie fingió lo mejor que pudo para mostrar
entusiasmo por su regalo, pues no le gustaba bordar.
La
maestra se fue a detener una pelea que se escuchó a lo lejos y Maggie se volvió
a Kate:
--Por
todos los reinos de este mundo, promete que jamás me regalaras muestras de
bordado y encajes de satén blanco. No a
menos que sepas que ya me gustan esos asuntos—
--Por
su puesto que no, querida Maggie—prometió Kate. Entonces se echaron reír las
dos.
Las
clases transcurrieron rápidamente, para extrañeza de Maggie, a quien siempre se
le hacían “eternamente eternas”. La Sra. Jo trajo galletas para celebración de
Maggie, esta vez para extrañeza de todos, ya que la Sra. Jo no era muy
amistosa, menos con los niños.
*****
A las cinco de la tarde, la mayoría de los
niños de la escuela, llegó a casa de Maggie. Habían acordado que harían un tipo
de hora del té, pero más grande aún y con un propósito más grande. Así pues, a
las cinco de la tarde todos los invitados estaban allí, con excepción de
Adelaida Carrison, que estaba “enferma por casualidad”. Lo que en verdad había
pasado, era, que el día anterior Maggie le había hecho una “ligera broma”,
poniéndole sal en vez de azúcar a la limonada de Adelaida. Así que ésta última
prefería pasar “un lindo día sin los tormentos de Maggie”. Era evidente que
ellas dos no se llevaban bien, lo mismo que Maggie y Anabel Kingman. Por lo que
Adelaida y Anabel se entendieron al momento.
Ese
día, Anabel no tenía a Adelaida, pero se las arreglo bien hasta cierto punto.
Porque era simplemente inevitable que le tocara una de las de Maggie. Mientras
comían el pastel, (que era lo último) Maggie había encontrado una araña grande
es su asiento, e inevitablemente se le vino algo maléfico a la cabeza. Se
escabulló debajo de la mesa, sin que nadie lo notara, y con es tremulosa
cautela, le puso a Anabel la araña en las faldas. En seguida Maggie se fue a su
asiento, esperando solo oír los gritos de desesperación.
Anabel
sintió unos movimientos en sus faldas, y se fijó a ver qué era lo que la
molestaba. Al ver la gran araña, peluda, con patas enormes, cientos de ojos y
sus dientes venenosos, gritó cuan fuerte podía. Al escuchar esos gritos
gloriosos de la silla que tenía en frente, Maggie se echó a reír cuan capaz
era.
Anabel
trató de levantarse, pero en vez de ir para arriba, fue para atrás con todo y
silla, de espaldas. Al instante se levantó y se sacudió el vestido, sin dejar
de gritar. Pero como si no fuera ya bastante, para colmo de males, Anabel cayó debajo de la mesa después de
levantarse y tropezar con una roca, y al levantarse de nuevo, topó su cabeza
con la mesa, y ésta al tambalearse dejó caer una gran limonada en la pobre y
desdichada Anabel. Encolerizada hasta los cabellos, Anabel se levantó por
tercera vez y quitándose el cabello empapado de limonada de los ojos, y dijo:
--¡Eres
detestable! ¡Simplemente un ser detestable! ¡Yo no sé cómo es que alguien puede
amar una niña como tú! ¡Monstruo!—
--Gracias—dijo
Maggie haciendo una reverencia.
--Vaya,
¡Pero si esto es el colmo!—
--Parece
que sí. O al menos por lo que ven mis ojos—
--¡Ya
no vuelvo yo a pisar esta tierra nunca más! ¡Ojala no hubiera guerra y jamás
hubiera tenido que venir a este horrible lugar! ¡Me voy!—
--Adiós
entonces. Que te vaya peor en tu viaje a “casa antigua”—
Indispuesta
a oír peores cosas de sí misma, Anabel se marchó empapada en limonada y a punto
de llorar. Pero esto último no lo hizo hasta que llegó a casa y se tumbó en su
cama, entonces derramó lágrimas ardientes de cólera contra Maggie MacArthur.
Mientras
en casa MacArthur, había muchas risas sobre lo que acababa de suceder. Aunque
Maggie fue un poco regañada por Ben.
Pero pronto se pasó lo sucedido y Kate sugirió jugar a las escondidas.
Aburridos de estar sentados sin hacer casi nada, los demás accedieron y empezaron a jugar. Kiera y Grace buscarían.
Kate,
Maggie, Ben y Farmer (un muchachote de quince años que no se llevaba nada bien
con Maggie) se fueron a esconder al ático. Hatty se encontraba fuera de casa, y
los demás adultos restantes estaban en el huerto de tomate, por lo que nadie
les impidió esconderse allí. Se sentaron en fila en la pared que daba al oeste,
por que podían ver a la ventana, era Ben, luego Farmer, Maggie y Kate hasta el
último, casi en la puerta del cuarto de Hatty.
--¡Qué
excelente escondite!—comentó Farmer.
--Supongo
que sí. Pero hay uno mejor—dijo Maggie.
--¿Y
porque no nos llevaste allí?—
--Porque
no estoy dispuesta a delatar el mejor escondite de Macville—
--¡Vaya!
¡Qué egoísta!—
--Sí,
lo soy—
--Si
te casaras conmigo ya no sería lo mismo—
--Pero
resulta que no me voy a casar contigo, petimetre—
--¿Y
porque no? No sabes lo que puede pasar, mi querida jovencita—
--¡Qué
descarado! ¡Mi querida jovencita! ¡Te prometo que jamás en mi vida me casaré
contigo! Eres un ser detestable, como dijo Anabel—Maggie ardía en cólera.
--Y
yo te prometo que de alguna manera te conquistaré, algún día—
Aunque
Maggie no demostró turbación exterior, al contrario, hizo su expresión más
fría, pero por dentro su corazón latía con más fuerza cada vez. Pues sabía que
Farmer, al igual que ella, cumplía sus promesas mientras las circunstancias se
lo permitieran. Encolerizada y asustada, Maggie se apresuró a defenderse.
--Ya
veremos. No me interesa casarme hasta los cincuenta años, y tú te cansaras
tanto de esperar que te buscaras otra chica antes de que cumplas los veinte—
--Bueno,
como dijiste tú: ya veremos. Porque también soy conocido por mi imperturbable
paciencia—
Ben
y Kate solo se veían atreves de los dos peleadores. La una pensaba que Farmer y
Maggie jamás harían una buena pareja, ni siquiera una sustentable pareja, y
también sabía que Maggie ciertamente no pensaría en casarse hasta lo cincuenta
años. Y el otro pensaba que jamás en su vida dejaría que su hermana menor se
casara con un holgazán como Farmer, porque eso era el descarado: un holgazán.
Maggie
y Farmer solo se veían fríamente. La una odiando cada vez más a su Némesis, y
el otro saboreando cada vez más el día en que conquistaría a la chica que
siempre le había gustado, y que había admirado. Pero nosotros sabemos qué es lo
que pasará, ¿o no?
Capítulo IV
Se
declara la guerra
“¡Atención! ¡Se declara la
guerra! Serbia le declara la guerra a Alemania. Causa: asesinato del archiduque
Francisco Fernando de Habsburgo. Asesinato por Gavrilo Princip. Aunque se dice
que esto terminará pronto, estén listos para lo peor, pues nunca se puede
prevenir lo que sea. Estos son los países enlistados:
v Alemania
v Serbia
v Inglaterra y todo su imperio y
ya veremos quien más, pues la oferta de entrar siempre estará vigente
Atentamente,
Imprenta Newshire”
Decía
el primer párrafo del periódico que Ben tenía en las manos. Entonces llamó a
todos diciendo:
--¡Eh!
¡Venid todos! ¡Tengo algo que decir!—“o más bien leer” se dijo luego a sí
mismo.
Todos
llegaron al instante y Ben leyó lo escrito.
--¿Pero
qué hay de mamá y papá? Ellos están en Inglaterra--dijo Maggie cuando Ben hubo
acabado de leer.
--Supongo
que irán a otro lugar, dónde estén más seguros—opinó Ben.
--¡Oh,
cielos! ¡¿Qué será del mundo?!---dijo la abuela, se sentó en la silla de la
cocina, puso sus manos en el rostro arrugado y lloró.
El
abuelo y David solo sabían verse el uno al otro, Ben fingía releer el dialogo
escrito, cuando en realidad estaba tratando de enjugar sus lágrimas, Maggie se
desplomo en una silla como si fuera a obrar igual que la abuela, pero solo se
echó para atrás y se puso a jugar con el encaje de su delantal blanco. Hatty
procuro consolar a la abuela, y Abe, demasiado pequeño aun para comprender la
situación, solo jugaba sentado en el suelo con unos bloques que Ben le hizo un
día. Sobre vino un silencio mortal y atormentador.
--Bueno,
no ganaremos nada con estarnos aquí sentados. Hay trabajo que hacer allá afuera
y también lo hay aquí adentro. Desayunemos y después veremos qué pasa—dijo por
fin el abuelo, cosa que todos agradecieron, ya que el silencio se tornó
incómodo.
La
abuela enjugó sus lágrimas y preparo el desayuno con ayuda de Hatty y Maggie,
Ben puso la mesa (con algo de ayuda vana de parte de Abe) y los señores se
pusieron solemnemente a fumar la pipa en el porche.
El
desayuno fue tranquilo. Ya que nadie habló más que para pedir aquello o esto
otro.
*****
Maggie
estaba fregando los trastes en una tinaja de pino, cuando la puerta se abrió a
sus espaldas con gran estrépito. Era Kate. Quien tenía un pañuelo en las manos
y sus ojos, estaban empañados en lágrimas.
Maggie
se quedó inmóvil, estupefacta ante lo que se mostraba frente a sus ojos. Luego, recobrándose del asombro, se
secó las manos y corrió hacia Kate, quien se dejó caer en brazos de Maggie.
--¡Oh,
Maggie! ¿Has leído el periódico este día? ¡Es espantoso lo que dice!—explotó
Kate a lágrima viva.
--Bueno…
realmente yo no lo leí, fue Ben quien lo leyó en voz alta para nosotros. Pero,
sí, es algo espantoso. La misma abuela se sentó en esa silla, y se puso a
llorar—contestó Maggie tratando de consolar a Kate.
--¡Oh,
Maggie! No sabes el miedo que tengo, el miedo que tengo de que Derick se vaya
y, y… ¡Oh! Ni siquiera me atrevo a decirlo---
--Vamos,
vamos, no es para tanto. Hay cosas que tiene que cumplir para ir, ¿Qué tal si
no tiene una?---
--¿Pero
qué tal si, sí la tiene?—
--¡Vamos,
Kate! Trato de animarte y me reprimes cualquier intento, eso no se vale. Yo
también tengo mis temores, y sin embargo no me he echado a llora, y no lo haré.
¿Sabes porque? porque sé que el Señor tiene cuidado de todo, ya sea malo o bueno
a nuestros ojos. El Señor sabe qué es lo mejor para cada uno de nosotros, y si
bombardean Inglaterra y papá y mamá mueren allá, pues que bien, y si no, que
bien también. Yo no puedo decidir por ti, ni nadie más, pero yo he puesto mi
confianza en Él, y sé que si algo sucede, no solo es para mi bien (quizá
también para otra personas) sino que Él me consolará y dará alegría, tanto en
la buenas y en las malas. Podré cantarle a Él con gozo y gratitud, haga viento
y silencio, lluvia o sol… ¡Con guerra, o sin guerra!—fue lo que dijo Maggie en
su pequeño sermón. Cosa que no era común en ella, ya que como sabemos, se le
hacían eternamente eternos.
--Tienes
razón, mucha razón. Tú siempre la tienes—
--¡No,
no, no! No me vengas con halagos, porque de lo contrario, me soltaré con otro
discurso de veinte horas y para hacer llorar hasta a Satanás—
Ahora
Kate ya reía, y no solo eso, en su rostro rojo y húmedo, se veía la clara paz
en el alma.
--Bueno,
bueno. Te ayudaré a terminar de limpiar la cocina y después le pides permiso a
la abuela para que me acompañes a casa y me ayudes a empacar—
--¡Empacar!
¡Kate! ¡Dime por todos los reinos de este mundo que no te vas a la China!—
--¡Qué!
Por supuesto que no. Sólo voy de “vacaciones” a casa de la Tía Adeline, porque tiene
fiebre y no tiene quien la cuide, así que a mamá se le ocurrió la brillante
idea: que yo la cuidara por tres días, hasta que llegara la Sra. Jackson desde
Sidney. Pero, ¿Qué te hace creer que me iba a la China?---
--Bueno…
es que un día soñé que te ibas a la China---
--¡Pero,
Maggie! Hoy en día el Señor ya no nos dice el futuro por sueños… Ni por nada,
de hecho. Con excepción del Apocalipsis—
Kate
río y Maggie se le unió, y esta última luego dijo, aun entre risas:
--Tienes
razón, Kate. Pero es que lo sentí tan real que pensé que llegaría a suceder
algún día—
--Vamos,
hay que lavar los trastes—
Así
que Maggie y Kate, juntas, lavaron los trastes. Al terminar, fueron a pedir
permiso a la abuela para que Maggie fuera con Kate a empacar. La abuela y Hatty
cosían en el porche. Maggie y Kate hicieron la pregunta y tras una comunicación
automática por los ojos, la abuela concedió permiso. Esto era lo que sucedió:
Maggie siendo como era, “una chica alocada y despreocupada” cansaba demasiado a
las pobres ancianas en algunas veces, tanto, que cada oportunidad que tenían
para descansar de “Maggie la alocada”, la aprovechaban sin dudar. Pues
realmente preferían hacer todas las tareas ellas dos por un día, que tener que
lidiar con Maggie. Esta, era una de esas oportunidades, y teniendo ese
magnífico modo de comunicarse (con los ojos) estuvieron de acuerdo en dejar que
Maggie se fuera.
Con
el permiso otorgado, Maggie y Kate salieron corriendo. Pero a medio camino, se
cansaron y prefirieron caminar tranquila y pacíficamente. Comenzaron a platicar, Kate la primera
ofreciendo el tema de “la ociosa Tía Adeline y su casa fría y aburrida”.
Kate
era una de esas personas que tienen una larga lista de preguntas para tal
persona, pero la razón por la que era tan larga, es que cuando tenía la
oportunidad de hacerlo, se le olvidaba por completo. Y al perder su oportunidad,
cinco minutos después, se acordaba de lo que tenía que preguntar y se prometía
hacerlo la próxima vez. Sin embargo en “la próxima vez” ocurría exactamente lo
mismo, y así sucedía hasta que por fin se acordaba. Esta era una de esas veces
en que por fin Kate se acordaba de lo que tenía que preguntar a Maggie. Por lo
que cambio la conversación drásticamente diciendo:
--Maggie,
¿Cómo te dice tu abuela cuando te regaña o estás haciendo algo mal?—
--¡Oh!
Eso es muy sencillo. Cuando hago algo que está mal, me dice “Maggie”. Cuando es
algo muy mal, “Margaret”. Cuando muy, muy mal “Margaret May”. Y cuando está
muy, muy, muy mal, “Margaret May MacArthur”. Solo va agregando más nombres
conforme el problema es más grande—
--Tiene
sentido. A mí solo me dicen “Kate”. Casi nunca hago enojar a mi mamá, pero
cuando lo hago, es de temer. Es entonces cuando me dice “Katherine”. Pero eso
sucede dos veces por año—
--Lo
que pasa, mi querida Kate, es que tú no tienes dificultades para portarte bien.
Eres lo que llamaría mi abuela “una santita”. En cambio, yo soy un “santo
diablejo”, como dijo tu tía Adeline. Y tiene mucha razón, no sabes lo mucho que
batallo para portarme bien, no encolerizarme, y no decir lo que sé que no es
conveniente—
--Vamos,
Maggie. No seas tan mala contigo misma, yo sé que batallas. Porque yo no soy lo
que tu abuela llamaría “una santita”—
--Yo
nunca veo que te enojes con algo como yo. ¡Tú perdonarías hasta al más
descarado delincuente! ¡Mientras que yo lo colgaba vivo!—
--No,
es cierto, tienes razón. Jamás me enojo como dices, y es cierto que podría
perdonar al más descarado delincuente, pero tengo mis batallas—
--¿Cuáles?
Si no te es molestia contestar—
--No
me gusta hacer quehaceres, sin embargo sé que necesito hacerlo. Lavar trastes ¡Como
odio lavar trastes!—
--No
te creo. Si es así ¿Cómo es que te ofreciste a ayudarme hoy?—
--Porque
mi estrategia es olvidar mi desprecio y pensar en lo que viene más allá: la
recompensa—
--Y
en esta caso, ¿cuál es?—
--El
que vayas a mi casa por un rato y nos divirtamos—
--Buena
estrategia… ¿Te molesta si la practico por un tiempo para ver qué pasa?—
--¡En
absoluto! Todos me dicen que es una absurda estrategia, pero viendo que tú no
piensas lo mismo, ¿Por qué habría de molestarme?—
--No
lo sé… yo lo haría. Aunque no si fueras tú quien me lo pidiera—
--¿Sabes
Maggie? Jamás creo llegar a tener una amiga tan buena como tú. Con todo y
detalles. Porque a final de cuentas somos humanos, y como tales no somos
perfectos. Sin embargo también podemos corregirnos, y eso es solo una prueba
más de que el Señor en nada se equivoca—
Capítulo V
25
muchachos de Macville
Macville
no era otra cosa que un gran ajetreo. Maggie se pudo dar cuenta aquel 2 de
septiembre que había ido a la tienda del Sr. Tambourine. Iba por harina, pero
al pasar por la calle Mayor, comprendió que todos habían leído el periódico y
que todos estaban alarmados.
--₵25 Maggie, mañana
ya será un dólar—le dijo el tendero a Maggie.
--Aquí
tiene, señor. Y gracias por el aviso—Maggie entregó la moneda de 25 centavos,
tomo el medio kilo de harina y se fue a casa.
Sin
embargo, al salir de la tienda, se topó cara a cara con Kate, quien se ofreció
para acompañarla a casa diciendo:
--Vamos,
yo te acompaño, no tengo nada que hacer---
--25
muchachos, sí señor, 25 muchachos deben salir de Macville. Este periódico dice
que no pueden salir de Macville menos de 25 muchachos enlistados—dijo de
pronto en voz alta un señor que estaba
en una mecedora en el porche de la tienda.
--¿Qué
dice, señor?—preguntó Maggie acercándose al señor.
--¡Oh,
nada, nada! Lo decía para mí mismo, pero si quieres saber, acércate y léelo tú
misma—el señor ofreció a la vista de Maggie el periódico abierto. Ésta se claro
la garganta y leyó en voz alta:
“El alcalde de Newshire
declara que sí solo de Macville pueden salir 25 muchachos para enlistarse en la
guerra, de toda Australia saldrán muchos más. Asegura pues, que él dará al
ejército de Inglaterra, por lo menos de su parte, 26 muchachos voluntarios.
Estos son unos que ya se han
enlistado (y la cuenta sigue):
v John Harrison
v Jack Dane
v Mac Gopher
v Frederick Cloow
Esperamos muchos esfuerzos de
estos voluntarios, de estos chicos, y de todos los que participen en esta
guerra.
Atentamente, la Imprenta Newshire”
--¡Frederick
Cloow! ¡No! ¡No! ¡No! ¡No es posible!—Exclamó Kate, casi llorando.
--Pero
¿Qué pasa con ese Frederick Cloow?—pregunto el señor.
--Derick
es el hermano de Kate—dijo Maggie, comprendiendo el dolor de su amiga.
--Oh,
ya veo, ya veo. Bueno, pero ¿No lo sabía?—
--No,
señor. Yo no lo sabía, yo estaba en
Newshire hasta hace un rato, no sé nada de lo que aquí pudo haber pasado
durante mi ausencia de tres días—habló Kate.
--Lo
lamento mucho pequeña, espero que no le pase nada en batalla—dijo el señor.
--Bueno,
de todas maneras gracias por la información, mi abuela me estará esperando.
Vamos Kate, la abuela se va a preocupar---dijo Maggie, y tomando a Kate de la
mano, se fueron.
Pero
apenas habían llegado a la esquina, cuando escucharon que la Sra. Tambourine
llegaba corriendo a la tienda y decía:
--¡Charles!
¡Charles! ¡Dime que no estás leyendo lo mismo que yo!—
La
Sra. Tambourine había terminado su frase casi en sollozos. El Sr. Tambourine
leyó lo que su esposa le mostraba, y muy a su pesar, le dijo:
--Sí,
querida. Estoy leyendo lo mismo que tú—
--¡No,
no, no! ¡Mi Harry no!—
--Lo
siento, querida. Pero no era nuestra decisión, era de él. Ya no podemos hacer
nada, hay que aceptar las circunstancias y aguantar esta guerra—el Sr.
Tambourine abrazó a su esposa, que estaba llorando, aun en el porche, donde
todos la veían, pues no le importaba ya nada. Su único hijo se iba a la guerra.
Maggie
se dirigió a Kate y le dijo casi por lo bajo
con voz que sonaba a tristeza:
--Creo
que hay un nombre más que se agrega a la lista: Harry Tambourine—
--Ya
no sé qué hacer, Maggie. Siento que mi mundo se cae en pedazos—dijo Kate,
reanudando su marcha.
--No
te preocupes, ya verás cómo todo se arregla—
Pero
en casa las esperaban nuevas agitaciones.
En
casa encontraron con que Ben estaba siendo entrevistado, así que Maggie y Kate
dejaron los encargos en la cocina y se fueron al columpio-sillón. Allí hablaron de lo sucedido, de lo que estaba
pasando y lo que podría pasar.
*****
Semanas
después se enteraron que Jimmy también había sido entrevistado, pero uno de los
requisitos para poderte enlistar, era ser blanco, y Jimmy tenía (aunque algo
muy lejana) sangre indígena. Además, otro de los requisitos decía que ya tenías
que haber estado enfermo de viruela y sarampión, de lo contrario, no te podías
enlistar.
A
Ben le sucedió lo mismo, bueno, casi. Él era completamente inglés, pero aún no
padecía de las dos enfermedades. Pero, como ya hemos visto, Derick y Harry no
se pudieron escapar.
Un
mes después de haber recibido la terrible noticia, los Cloow junto con los
MacArthur se dirigían a la estación de Newshire para despedir a Derick.
Aunque
todos iban en tropel, había caras tristes en aquella caravana. Las señoras iban
de los brazos de sus esposos, Abe caminaba y luego se subía a los hombros de
Ben, Maggie caminaba con uno y después con otro, no se decidía, Derick dirigía
la marcha, y por último, Kate la cerraba.
--No
te vayas, Derick. Hay muchos otros que van por ti, yo te necesito más que el
rey de Inglaterra—le dijo Kate a Derick, luego de correr hacia él.
--No
te preocupes, ya regresare. Veras como ganamos pronto y todo esto se acaba—la
consolaba Derick.
--Pero
eso no me importa. Yo preferiría que nunca te fueras a que te fueras por un
instante—
--Bueno,
de todas maneras yo nada puedo hacer. Dejemos que el Señor se haga cargo del
asunto. Él te consolara—
Kata
ya no dijo nada más, solo se aferraba al brazo de su hermano como sí así
pudiera evitar cualquier catástrofe. Llegaron a la estación. Entraron por la
doble puerta del porche, y pronto todos estuvieron en un pequeño cuarto: en una
esquina estaba la recepción, al lado este estaba una puerta que tenía un
letrero tallado en madera que decía: “oficina del alcalde,” al otro lado estaba
lo mismo, solo que decía: “Bodega,” en el lado sur había una serie de sillas
para esperar, pero ello no se sentaron, sino que siguieron derecho y cruzaron
al otro porche por la puerta norte.
Allí
estaban, en el lugar donde pararía el tren, y donde la cosa más horrorosa había de suceder. Al momento, y como por magia, llegaron los
demás enlistados, entonces la parada de tren se llenó de gente. El tren se vio
a lo lejos y cada vez se acercaba más. Kate tragó saliva, se secó las lágrimas.
Aunque
Derick se había contenido muy bien, ya no podía más. Abrazó a Kate y derramo
lágrimas amargas, aquello era demasiado para él. Kate hizo lo mismo, pero luego
se secó las lágrimas, sonrió, se quitó el collar de plata que tenía puesto y se
lo puso en la mano, seguido de lo cual dijo:
--Toma…no
lo pierdas. Ya dejemos de chiquilladas, nada de lo que hagamos lo va a impedir—
--Sí,
tienes rezón—le contestó Derick.
Maggie
tragó saliva, y se alegró de que Ben no se hubiera enfermado de sarampión, a
pesar que en otra época lo deseó con toda el alma.
El
tren había llegado. Se había parado con su triunfante silbido. Derick se despidió de sus padres,
subió al tren, se sentó en la ventana y cuando el tren ya avanzaba, se asomó a
la ventana y gritó:
--¡Kate!—
Kate
corrió hacia él, a pesar que el tren ya estaba caminando, entonces Derick sacó su
mano y aventó su pañuelo, Kate lo atrapó en el aire y despidió a Derick con él.
Derick la despidió desde la ventana del tren con un movimiento de mano. El
pañuelo lo había bordado ella misma para Derick.
*****
Un
par de semanas después de que Derick partiera, Kate fue a la estación de
correos y encontró con que había para ella una carta de Derick. Al llegar a
casa, y había regresado corriendo, se sentó en la ventana francesa que estaba
en la cocina y leyó:
“Querida Kate,
Primero que nada, diré que
hasta el momento todo ha sido divertido. A mí y a Harry nos ha tocado en el
mismo apartamento, incluso dormimos uno arriba del otro, es decir, que él
duerme en la cama de arriba y yo en la de abajo. En la esquina suroeste, hay un
gordinflón pelirrojo, pero no creo que sirva para nada, excepto quizá para
estorbar, en batalla, dudo que algo pueda hacer.
Hay otro que se cree el más
listo, otro que es come libros, otro que vive para comer y así en más… lo que
comemos no es muy de mi gusto, pero, es nutritivo y llena muy bien el estómago:
legumbres”
(Aquí,
Kate se ríe, pues sabe que a Derick no le gustan mucho las legumbres)
Viajamos en barco por una
semana, y luego en tren hasta llegar a Italia. Y aquí estamos, en las costas de
Italia. El lugar es bellísimo, como me
gustaría que pudieras ver el hermoso paisaje que se muestra ante mí, todas las
noches, en el ocaso, el sol brilla sobre el mar, primero parece un valle de
flores, después una huerta de mango, y por último, llamas de fuego quemándose
sobre la superficie del mar. Es simplemente magnifico.
Por mí, no te preocupes,
estamos muy bien, y di a la Sra. Tambourine que Harry está completamente bien,
es más, parece que el estar aquí le ha sentado muy bien. Tu collar lo tengo muy
bien guardado, no te preocupes de perderlo, y además, no olvides que tengo que
devolvértelo y para eso tengo que ir a Macville, no te preocupes, volveré a
casa antes de que la Sra. Tambourine deje de tejer.
Cuida bien mi pañuelo, es el
único que aprecio, pues tú misma lo bordaste. Saluda a papá y mamá de mi parte,
sé buena niña y… te quiero.
“Atentamente, tu Derick, que
te quiere y extraña”
Mientras
leía la carta, los ojos de Kate se habían empañado de lágrimas, pero esta vez
sus lágrimas eran de gozo, pues sabía que su hermano estaba bien, y aquellas
palabras cariñosas y fraternales la conmovían hasta lo más profundo de su
corazón.
Después
de todo, había comenzado una guerra. La guerra que más tarde sería llamada: la
Primera Guerra Mundial.
Capítulo VI
Mis
razones para la dama
Estaban
todos a la mesa desayunando, cuando el abuelo preguntó qué novedades había en
la granja, Jimmy contestó con la boca llena:
--Supongo,
que las gallinas son lo más importante. Ya que en una sola noche ha
desaparecido una docena. Fuera de eso no hay nada de qué preocuparse, son tan
pocas y despreocupantes las cosas, que nosotros podemos con ellas—
--Bien,
habrá que comprar otra docena al tendero, para remplazar las gallinas ya hechas
caldo crudo... Muchachos, nos vamos de caza—
--¡Qué
bien!—gritaron a una los dos chicos, ambos con la boca llena. Ellos gozaban de
lo lindo con la nueva noticia.
--Pero
¿Qué vamos a cazar? No hay nada jugoso por estos tiempos. He vivido aquí
dieciséis años de mi vida, los cuales son mi vida entera, y creo que esos años
son los bastantes como para saber con exactitud lo que sucede en cada tiempo y
época. Por lo tanto digo que no hay nada—inquirió Ben.
--Sí
lo hay, no es jugoso, eso es cierto, pero nos servirá muy bien su piel para
hacer un juego de bancos y sillas. ¿Adivináis qué es?—
--No
veo que pueda ser—contestó Ben con completa seguridad.
--Yo
tampoco—dijo Jimmy.
--¡Dingos!—gritó
Maggie, quien no se había perdido palabra del diálogo.
--Exactamente,
Maggie. ¿Cómo has podido adivinar?—dijo el abuelo.
--Oh,
es muy fácil. Solo me basé en el diálogo, medite y así conseguí la respuesta.
Además, recordé las sillas del Sr. Tambourine, esas son de piel de dingo—
--¡Vaya,
chica la que tenemos! Sería capaz de resolver el acertijo más difícil que le pusieras—
--A
veces creo que tenemos una Sócrates. Muchas veces no entiendo ni una palabra de
sus explicaciones—argumentó Hatty, quien ya había estado callada bastante
tiempo, por eso, todos se alegraron de que hablara.
--Lo
mismo me pasa a mí—dijo la abuela.
--¿Qué vamos a
hacer para que no se seguían comiendo las gallinas?—preguntó Maggie.
--Ya veremos. No
podemos hacer nada, además de tratar de eliminar unos cuantos asesinos—contesto
el abuelo.
--Pero, podemos
hacer un gallinero. Sería incluso más fácil hacer la colecta de huevos, incluso
lo podría hacer Abe. Por favor abuelo, yo lo hago, todo, sin ninguna ayuda, y
si quieres, lo puedo hacer con mis propios recursos. Tengo suficiente, de mi
trabajo con la Sra. Tambourine—decía Maggie, insistiendo.
El abuelo no dijo
nada por el momento. Parecía estar meditando.
--El abuelo no te
dejará hacer eso, así las gallinas no ponen huevos, sueltas es mejor. Aunque se
las coman—dijo Ben con resolución.
--Ben tiene
razón. Es mejor sueltas—colaboró Jimmy.
Después de estar
así unos momentos, el abuelo, se dirigió a Maggie y le dijo, con una mirada
severa:
--Está bien,
puedes hacerlo. No necesito que gastes tu dinero, escríbeme una lista de lo que
necesitas, después de la comida iré por los materiales. Esto solo es una
prueba, no es permanente, te doy dos meses después de haber terminado en
gallinero para que logres un cambio. De lo contrario, dejaremos las gallinas
afuera. De todas maneras no creo que funcione esto del gallinero—
--Trato
hecho—contestó Maggie en vez de “gracias,” como debió haber hecho.
Para sorpresa de
Ben y Jimmy, el abuelo había aceptado. Por eso se quedaron boca abiertos, y no
se atrevieron a contradecir, pues sabían mejor que cualquier persona, que lo
que el abuelo decía, se hacía.
El desayuno había
terminado, y los hombres se fueron al trabajo del campo, y las mujeres al
trabajo doméstico, cosa que Maggie detestaba en alma y espíritu.
*****
El abuelo regresó con
las cosas que Maggie había escrito en la lista. Después de la merienda, Maggie
comenzó a trabajar. No iba a esperar más. El resto del día, Maggie no salió del
taller, media y cortaba, cortaba y media. En dos semanas, ya tenía el gallinero
hecho. Entonces comenzó la tarea de juntar todas las gallinas, y el gallo. Así
que hizo lo que llamó “El asociamiento de gallinas”, que consistía en un grupo de niños escolares,
que cuando uno de los integrantes, o no integrantes, tuviera un problema con
las gallinas propias (fuese cual fuese el problema) “El Asociamiento de Gallinas”
acudiría al rescate.
Los únicos que no
consistían de “E.A.D.G” (como se llamó después), fueron Ben y Jimmy, que
estaban completamente en contra del “tontísimo gallinero”. Así pues, un sábado
temprano, la E.A.D.G se reunió en casa de Maggie para reunir todas las gallinas
de los MacArthur.
Habían comenzado a
la seis de la mañana, y terminaron a las nueve, ya que eran treinta gallinas y
la propiedad era tan grande, que costaba encontrarlas en donde sea que se
pudieran encontrar. La E.A.D.G no pedía pago al pueblo, sino que era todo
gratuito. Pero si los dueños de la casa a la que fueron a ayudar les querían
dar algo como recompensa, tampoco les caía mal, así que lo cogían con gusto y
se sentían más gozosos después de haber ayudado por voluntad propia.
En este caso, la
abuela les preparó pan tostado con mermelada de mango y una rica limonada. Y
allá quedaron las gallinas, en su nuevo hogar. Que sería probado por dos meses.
*****
Maggie llevaba dos
semanas haciendo su nuevo trabajo agregado a la lista de tareas de la mañana,
ya que antes el darle de comer a las gallinas, era de Ben. Aunque Ben odiaba
cuidar gallinas, no creía que su hermana menor de doce años las pudiera cuidar
excelentemente bien. Creía que Maggie podía hacer “bien”, “mejor que otros” el
trabajo, pero no “excelentemente bien como Ben”.
Habían pasado dos
semanas de experimento, cuando ocurrió algo que Maggie le tuvo bien presente a
Ben y Jimmy cuando el tiempo de dos meses se acabó. Y sería realmente injusto
para Maggie el no contar lo que sucedió…
Estaba Maggie muy
temprano en el gallinero, cuando Ben y Jimmy pasaron por allí. Venían del campo
e iban a la casa para llevar la merienda al campo, donde estaban los
trabajadores. Maggie estaba sentada en un tronco revisando la pata de una
gallina.
--¿Qué
haces?—preguntó Ben con cara de consternado, observando lo que Maggie hacía.
--Esta gallina
tiene algo en la pata y estoy tratando de evaluar la herida—contestó Maggie, un
poco molesta.
--No veo cómo
puede funcionar esto del gallinero—
--Cuando se acaben
los dos meses, ya tendrán ustedes dos que darme la razón. Serán tantos los
huevos, que se pudrirán antes de poderlos comer. Habrá tantas gallinas, que
podríamos alimentar tres familias con solo pollo asado y papas fritas. Ya
veréis. Y entonces me daréis la razón—una pequeña llama se había encendido en
Maggie y en sus ojos se lo podía ver.
--Ya veremos—
--Estoy seguro de
que Ben gana. Esto del gallinero es una tontería. Simplemente como dijo Ben: no veo como pude
funcionar—colaboró Jimmy del lado de Ben.
--Ya verán ustedes
dos. Y si no me van a ayudar y sólo molestarme, será mejor que os vayáis de
aquí—Maggie estaba enojada. Al terminar de pronunciar ésta frase, amenazaba ya
con un pedazo de tronco podrido.
--¡Vaya tontita!
No puedes contra nosotros, Maggie. Es inevitable—dijo Ben, quien sabía que no
era bueno, molestar y hacer enojar a Maggie. Pues ésta era capaz de hacer
cualquier cosa con tal de defender su orgullo, aunque siempre después de uno o
dos días terminaba por arrepentirse, a veces de mala gana.
Maggie dejó la
gallina en el piso, sin cuidarse de que no se lastimara más, salió del
gallinero y lanzó el tronco a Ben, o a Jimmy, a quien fuera que le callera.
Pues los otros dos ya corrían en cuanto Maggie se levantó. El tronco allá fue a
dar a la cabeza de Ben, quién era la víctima más deseada. Ben sintió el golpe y
se detuvo. Jimmy lo imitó. Ben se tocó la parte superior de la cabeza y al
llevársela a los ojos, vio en su mano la sangre obscura.
--¡Vaya tino que
tiene esa chica!—exclamó Ben.
--Sí…
--¡Bah! Pero qué
puede ser una simple cortada. Me he cortado de peores maneras—
--Bueno, de todas
maneras vayamos con tu abuela para que le haga justicia a Maggie. Y que te
revise bien, porque no creo que haya sido una simple cortada—
La sangre corría a
líneas por la cabeza de Ben.
--No, no. No
quiero que justifiquen a Maggie. Fui yo quien la hizo enojar, sabiendo que no
era ni correcto ni prudente—
--¿Y qué le
diremos a tu abuela cuando nos pregunte “qué milagrosos accidentes te
ocurrieron?—
--Usaremos una
excusa: que me corté con alguna piedra al resbalar y caerme. Que estábamos
arreglando la yunta cuando al levantarme me corté con el filo, o algo parecido—
--Qué
excelentemente rápido inventas algo… pero yo insisto en que demandemos a
Maggie—
--James Eliot
Bliss…
Cuando Ben usaba
el nombre completo de Jimmy, significaba no sólo que hablaba en serio, que no
se doblegaría y que haría justicia a costa de todo. Sino que también que por
hacer lo correcto podía ponerse de parte del lago contrario a Jimmy.
-Sí…
--Te prohíbo que
demandes a Maggie. O te la veras conmigo—
--¡Bah! ¿Y tú por
qué crees que tienes el poder de mandarme, o peor aún, prohibirme?—
--Soy cuatro meses
mayor que tú. Y aunque es poco, muy poco, es algo y algo cuenta por poco que
sea. ¿Me entendiste?—
--Sí, señor—dijo
Jimmy medio en broma.
Entraron a la casa
y llamaron a la abuela. Enseguida acudió la abuela al llamado de “enfermera de
calidad”. Curó a Ben, con tres puntadas, y cuando acababa ya de cubrir la
herida con alcohol para que no se infectara, preguntó:
--¿Y cómo te has
hecho semejante herida? Vamos: habla—
Ben iba a hablar,
cuando Jimmy interrumpió. Y fue entonces cuando Jimmy se puso del peor lado que
pudo haber estado.
--Fue Maggie. Estaba
con las gallinas, llegamos nosotros y
empezamos a hablar. Le dijimos unas bromas y se enojó, salió del gallinero,
nosotros corrimos y nos aventó un tronco. El tronco es lo que causó esa
cortada—
Ben pudo haber
evitado que Jimmy hiciera toda su demanda, pero prefirió que el traidor
terminara de hacer su pecado y así, que el traidor mereciera una condena peor.
Ben estaba encolerizado. Se paró, rígido como un árbol, se irguió cuan alto
era, y Jimmy quedó abajo siendo él, menos alto. Entonces Ben habló:
--Los culpables
somos nosotros, abuela. Y por eso te pido que no justifiques a Maggie. Ella
tiene sus defectos, pero se puede remediar, y yo bien sabía que no era ni
correcto ni prudente hacerla enojar. Fue prácticamente mi culpa, porque yo
empecé. Pero no le digas ni regañes nada de nada. Porque si le dices algo
parecido que sea tras bambalinas, lo va descubrir: ella es demasiado lista como
para no hacerlo. ¿La castigaras?—
La abuela suspiró,
y tras meditar no más de cinco segundos, contestó:
--No le diré nada.
Ni “tras bambalinas” como dices tú. Solo lo hago, o mejor dicho, no hago nada,
porque tú me lo pides casi de rodillas. Pero será mejor que te disculpes con
ella por las bromas que le hiciste, o te volverá a lastimar y entonces sí
tendré que intervenir—
--Gracias—
Ben se dio la
vuelta, y al encontrarse con el rostro traidor de Jimmy, lo vio fría y
despectivamente como solo podía hacer Ebenezer Tom MacArthur. Ben salió y se
dispuso a buscar a Maggie, con tal de matar dos pájaros de un tiro: evitar ser
lastimado de nuevo, y evitar al mismo tiempo, que Maggie fuese regañada.
La encontró en el
taller, buscando unos clavos que el abuelo le había pedido a gritos desde el
campo de tomates, ya que éste estaba lo suficiente lejos para tener que gritar.
Ben no era muy sentimental, casi nada, pero en el fondo era un sensible hermano
mayor que cualquiera hubiera envidiado. Él se disculpó, sin decir que él era el
que había evitado que la regañaran, usando la excusa de que la abuela era quien
había hecho culpable a Ben y no a Maggie. Maggie sabía que Ben mentía, pero
sabía también que Ben por nada del mundo admitiría su acto heroico. Así que
ella fingió (por cierto, como actriz de primera clase) creer lo que Ben decía,
por lo que Ben no sospechó que ella no le creyera. El abuelo exigía los clavos
y “a la mejor ayudante en Australia”. Así que Maggie dijo que se iba, cuando
Ben agregó:
--Disculpa también
por eso—
--¿Qué
cosa?—preguntó Maggie.
--El haberte
retrasado tanto. Dile al abuelo que he sido yo el que te retuvo—
--¡Ah! Por su
puesto—
Maggie se fue y
Ben organizó todos los clavos que Maggie había dejado tirados al buscar lo que
necesitaba. Pero esto último nadie lo supo. Ni siquiera Maggie.
*****
Durante todo el
tiempo del resto de los dos meses, Ben no habló con Jimmy sin que fuera
necesario. Y cuando lo hacía, hablaba fría y rígidamente. Incluso ayudaba a
Maggie de vez en cuando con algo del gallinero, o cuando las gallinas se
peleaban al llevar una nueva. En total eran treinta gallinas y un gallo, por lo
que el gallinero media tres metros de ancho, cinco de largo y dos y medio de
alto.
Aunque Jimmy
escondió bien su abatimiento y el temor de jamás volver a recuperar aquella
amistad e intimidad con Ben, por dentro estaba siendo atormentado
terriblemente. Ben conocía tanto a Jimmy, que sabía que ignorarlo por completo
lo atormentaba más, que darle unos trompones en la nariz, sabía que Jimmy
prefería quedarse sin un dedo, que perder la amistad de un buen muchacho: Ben.
Así que Ben practicó esto, y aunque no se veía nada en Jimmy, sabía que éste
último sufría como nunca antes en su vida.
Por fin el día en
que se terminaban los dos meses, llegó. Y pasó exactamente como Maggie predijo:
las fieras ya no se comían nada, los huevos abundaban tanto, que no alcanzaban
a comérselos antes de que se pudrieran, y un día, tal y como Maggie dijo,
hicieron un banquete con los Cloow, MacArthur y Bliss. Maggie era entonces la
reina de la razón. Pero ella no era vanidosa, por lo que no presumía. Aunque,
como ya dijimos, el último evento siempre se lo tuvo bien presente a Jimmy y
Ben.
Una noche en la
cena, el abuelo lo tuvo que reconocer, y dijo:
--Bueno, he de
reconocer que Maggie tenía razón. Y si queremos hacerlo de manera galante: Mis
razones para la dama—
--Un brindis por
Maggie la Sócrates—dijo Davy, quien le siguió la corriente al abuelo.
--¡Por Maggie la
Sócrates!—se dijo esa noche, aunque sólo con vasos de latón y agua natural.
A la mañana
siguiente, al salir a llevar a las vacas, Jimmy y Ben se perdonaron. Pero la
frialdad de Ben se fue lentamente. En el mismo lugar, quedaron de acuerdo en
que al regresar y pasar por donde Maggie estaría en el gallinero, le pedirían
perdón. Entonces al regresar, entraron al gallinero, (Maggie estaba subida al
tronco para alcanzar una gallina que sea había subido encima del lugar donde
ponía los huevos) y llamaron a Maggie.
--¿Sí?—contestó
ella, sin moverse del lugar incomodo donde estaba.
--Queríamos
decirte algo—comenzó Ben, algo tartamudo.
--Pues entonces
hablen, no tengo todo el tiempo y tampoco ustedes. ¡Vaya si me estoy muriendo
de hambre!—
--Bueno, Madame.
Mis razones para la dama. Sentimos habernos burlado de ti, haciendo que
ocasiones catástrofes. Jimmy y yo lo sentimos de veras, y queremos saber si nos
concedes tu perdón—
--Bueno, ¿Y porque
no habría de hacerlo?—
--Pues…es que
creíamos que tanto te molestamos que no nos perdonarías—
--Bueno, pues os
concedo mi perón. Pero para la próxima tened más consideración de usar la
razón—
Maggie seguía
trepada. Y por fin pudo coger la traviesa gallina. Ésta cacaraqueo y aleteo tan
fuerte, que fue liberada rápidamente, con satisfacción de la gallina.
--Con esto
concluyo las gallinas. Ahora a desayunar esos huevos con tocino y las tortas
con jarabe—
--Madame. ¿Me
permite ayudarla?—dijo Ben ofreciendo su mano a Maggie para que ella bajara del
tronco.
Maggie iba a
rechazar precipitadamente, pero prefiriendo divertirse un poco jugando a la
galantería, y evitar otra disputa, accedió y dijo:
--Por su puesto,
caballero galante. Hemos de ir a comer—
Se fueron los tres
muy amigos, como sucedía cada vez que una disputa se ocasionaba. Desayunaron y
siguieron con la vida diaria, que aunque hubiese tormenta, olas gigantes y
tempestades, tarde que temprano siempre volvía el sol con una resplandeciente
mañana.
Capítulo VII
La carta
--¡Vamos, Maggie!
O llegaremos tarde—
Ben hablaba así a
su hermana. Pues habían sido invitados a la merienda en casa de los Cloow, y de
pasada harían unos encargos en Macville. Y por lo visto, Ben no quería llegar
tarde. Además, él es una persona a la que la puntualidad es esencial.
--Ya voy, solo que
Abraham no se duerme—contestó Maggie es un susurro.
--Pues entonces
déjalo así…
--Ya… Vamos, antes
que ese niño cambie de idea y se despierte—
Bajaron pues,
Maggie y Ben con las puntas de los zapatos, pues a pesar de que le tenían mucho
afecto a Abraham, en ocasiones es preciso tomarse un descanso de niños
pequeños. Abajo la abuela los esperaba en la cocina, con una lista de compras y
reglamentos.
--Hagan
exactamente lo que dice aquí, de lo contrario, perderán mi confianza y permiso
para salir solos. ¿Entendido?—les dijo ella.
--Sí,
abuela—dijeron los dos.
--¿Puedo comprar
con mi dinero, un dulce para Abe?—añadió Maggie.
--Supongo que sí.
Ahora, vayan. No querrán deshonrar a la familia con una impuntualidad—le dijo
la abuela, hablando siempre en serio.
Ben y Maggie
salieron de la casa, muy tranquilos, pero en cuanto estuvieron fuera de la
vista de la abuela, corrieron como rayos. Llegaron a la casa de los Cloow,
fueron bienvenidos con exclamaciones de júbilo y se sentaron en la mesa de
jardín que estaba, en el jardín.
--Me alegra que hayan
podido venir, me sentía tan sola sin Derick. Pero ahora pasaremos muy buen
rato—les dijo Kate. Luego añadió:
--Ayer recibí una
carta, era de Derick. Solo dice que no han tenido mucho combate ni nada por el
estilo, solo están esperando algún mandato—
--Me alegro por
ti, Kate. De regreso vamos a pasar a la oficina de correos—dijo Maggie tratando
de cambiar la conversación.
Pasaron muy buen
rato en casa de los Cloow, como dijo Kate, pero el tiempo pasa, y el tiempo
pasó, así que llegó la hora de irse. Tomaron sus cosas, que consistían de: una
canasta, un plato con una rebanada de
pastel y una bolsita llena de golosinas. Pusieron las cosas dentro de la canasta, para hacer el
camino más fácil, y acordaron tomarse turnos para llevarla. Pasaron a casa de los Barton, por unos encajes, fueron
también con el Sr. Sanford para darle unas camisas que la abuela Ginger le hizo,
dieron un encargo a la Sra. Bliss,
pagaron una deuda con los Pearl, y por casi último, fueron a la estación de
correos.
--¿Hay algo para
nosotros, señor?—preguntó Ben.
--Déjame
revisar, muchacho—dijo el
administrador.
El administrador
se metió detrás de una pared que dividía el recibidor y la bodega, volvió a
aparecer por donde se había ido y regresó
con dos cosas en las manos: un sobre blanco y una caja de latón.
--Aquí tienes,
chico. Eres muy afortunado, esa caja de latón contiene delicias tucas, y vienen
de Londres, hechas allí mismo—dijo el administrador.
--Gracias, señor.
Me parece que son de mis padres. Bueno, nos tenemos que ir Vamos,
Maggie—contestó Ben, cogiendo las cosas y metiéndolas en la canasta, ya que por
el momento era su turno de llevar la canasta.
--Buen viaje—el
administrador dio un tirón a su gorra inglesa.
Ben hizo otro
tanto, Maggie se puso el gorro y partieron de allí.
--¡Oh, Ben! Una
carta de papá y mamá. Significa que están bien ¿no?—exclamó Maggie entusiasmada,
al salir del correo.
--Sí, es de papá y
mamá. Pero no eso es un indicio de nada, mejor esperemos a leerla—le contestó
Ben, quien sospechaba lo contrario, pero al ver a su hermana menor tan
entusiasmada, no tuvo el valor de decirlo.
Por último, fueron
al almacén del Sr. Tambourine, donde compraron especias, semillas, un poco de
harina blanca y el dulce que Maggie dijo para Abe, comprado con los medios de
Maggie.
Regresaron a casa
muy entusiasmados, pues habían pasado un buen día. Llegaron justo para el té,
donde los esperaban, la abuela, Hatty y Abe. Contaron sus cuitas, tan a prisa,
uno cada párrafo que la cabeza de las señoras parecía nido de cuervos, y los
ojos de Abe parecían mangos. Por último, Maggie, a petición suya, habló de la
carta. Pero todos acordaron que esperarían a que llegasen el abuelo y David.
Mientras, unos
disfrutaban de una cosa y los unos de la otra.
*****
El abuelo y David
llegaron justo para la cena, pero tanto entusiasmo había en casa, que tuvieron
que sentarse en la cocina, todos, y esperar a que el abuelo abriese la carta y
la leyese.
El abuelo leyó:
---“Queridos MacArthur,
Aquí
las cosas se están poniendo muy feas, queríamos mandar esa caja de latón, y sí,
la mandamos, pero nos costó gran trabajo encontrarla. Fuimos a diez tiendas, y
en la décima la encontramos y además, era la última. Muchas cosas ya no se
encuentran aquí, está habiendo escases. Pero ya veréis nuestra idea: hemos
vendido todo, excepto la casa, y como no queremos angustiarlos, hemos decidido ir a vivir con ustedes hasta
que acabe la guerra.
No
nos importa que bombardeen Londres y destruyan nuestra casa, preferimos perder
una simple casa que a nuestros preciados hijos. El lunes tomaremos el tren a la
costa, donde zarparemos a Francia, luego iremos en tren hasta Italia y de allí
zarparemos con rumbo a las costas oestes de Australia, nos vemos en Newshire.
Ben,
sé buen hijo, no molestes a tus abuelos, trabaja, se fiel para con tus amigos y
no crezcas demasiado, pues para cuando vallamos ya serás un hombre.
Maggie
querida, ere mi única hija, y te aprecio no sólo por eso, esfuérzate en amoldar
tus modales como dice la abuela, cuida de Abe, salúdame a Kate y se una buena señorita.
Queridísimo
Abe, sé buen niño, no comas muchos dulces, come bien, sé fuerte, no te
enfermes, sonríe, canta, habla, no me
defraudes y sé un pequeño niño encantador, para que yo te pueda besar en la
estación.
Con mucho amor y cariño desde
Londres, Mamá
Posdata:
besos y abrazos de parte de papá. Nos vemos en la estación de Newshire, el
catorce de octubre. ¡Disfruten de la caja! ¡Adiós!”
--Bueno, ya tenéis
las buenas nuevas: papá y mamá vienen a vivir con nosotros. Ahora, a comer, he
estado trabajando allá afuera mucho rato—concluyó el abuelo, como si no hubiera
pasado nada.
Cenaron, pero nadie
hablo durante la cena, pues estaban demasiado entusiasmados y enfrascados en lo
que debía suceder. Después de la cena todos se fueron a dormir.
Capítulo VIII
Mamá y papá
—
¡Vamos, corre! ¡Nos están esperando afuera, Ben!—ahora parece ser, que Maggie
era la apresurada.
--- ¡Ya voy!—se
escuchó una voz de arriba. Ben estaba poniéndose los zapatos con gran esfuerzo,
lo que explicaría a cualquiera los increíbles diez minutos que había estado
allá arriba. Por fin Ben bajó.
--¿A qué venía
tanto tiempo?—preguntó Maggie, consternada por los diez minutos que,
literalmente, había contado.
--Me costaba ponérmelos.
Así de simple—contestó Ben señalando a los detestables zapatos, y salieron a
reunirse con los demás.
Había llegado el
día. Por fin era catorce de octubre y se dirigían a la estación de Newshire a
recoger a papá y mamá. Maggie y Ben se subieron a la carreta, donde los
esperaban los abuelos y Abe, puesto que David y Hatty habían insistido en que
aquella labor solo la podía hacer los MacArthur. Además, “había unas cosas más
que dejar en orden para la larga visita.” Todos llevaban sus mejores galas,
pues en un evento como tal, no podía llevarse cualquier ropa, y menos si era
para “recibir a unas personas que no habían visto en mucho tiempo”. No soy una
persona que describe mucho los semblantes y ropajes, así que eso lo dejo a la
imaginación del lector: cada quien que haga su versión. Iban en la carreta
recién arreglada, todo parecía nuevo, con el fin de dar una buena primera
impresión.
Cuando las personas
de Macville los veían pasar, saludaban y sonreían alegremente, sabiendo a donde
y a qué se dirigían, puesto que las noticias en Macville se divulgaban
rápidamente. Cruzaron Macville y viajaron ocho kilómetros hasta llegar a la
ciudad de Newshire, la gran entrada se veía luminosa y reluciente: la acababan
de pintar. Cruzaron calles, tiendas, puestos, hoteles y mucho más, hasta que
por fin llegaron a la estación.
Pasaron la primer
entrada, la segunda y se pararon en el porche de la estación. Y allá, a lo
lejos, se alcanzaba a divisar un tren. Maggie estaba impaciente, no se estaba
quieta, “no la calentaba ni el sol” diría la tía de Kate. Quien en cierta
ocasión había tenido la oportunidad de conocer a la mejor amiga de Kate, y al
conocerla, casi se cae de la silla y rompe en exclamaciones incoherentes,
siendo Maggie lo que era: “una chica alocada e impetuosa”.
--¡Oh! ¡Qué
emoción!—dijo Maggie impaciente, dado pequeños saltos en su eje.
--¡Por el amor de
Dios, Maggie! ¡Estate quieta!—dijo la abuela, quien también sentía semejante
ansiedad pero la sabía controlar, y no como su atolondrada nieta que “no la
calentaba ni el sol”.
Ben, sentía la
misma emoción. Aunque también poco de temor porque se le fueran a saltar las
lágrimas enfrente de su padre, (aunque más de Maggie) al que no conocía mucho.
A su madre la conocía más, en cierta manera, pues ésta mandaba le cartas
contantemente y en éstas era obvio el carácter dulce y sensible de la madre.
El abuelo, que
quería a su hija como sólo puede hacerlo un padre con una hija por única,
sentía más un sentimiento dulce y placentero, pero no ansiedad ni emoción.
Y en cuanto a Abe,
éste no sabía ni chayote de lo que estaba por pasar, como era obvio a sus dos
años de edad. Y menos iba a saber algo, habiéndole Maggie insistido tanto en
que aprendiese a decir mamá y papá, con tal de darles a los dueños de los nombres,
una gran sorpresa. Pero éste pequeño infante pronto querría a su madre, como a
tal.
La última vez que
habían visto a sus padres, hacía de ello casi dos años. Puesto que Abe había
nacido en Macville, y no en Inglaterra, pero teniendo sangre completamente
inglesa, podía decirse que era inglés.
El tren se detuvo.
Dio un silbido, se hizo silencio. Y bajaron las gentes, fuesen cuales fuesen
sus asuntos y quien fuese. Con los ojos clavados en la subida al tren, Maggie
divisó entonces a una bella dama. De ropas elegantes: vestido coral de percal,
con holanes, encajes y magas largas, guantes blancos, zapatillas cafés y sin
tacón, cabellos castaños penados en alto escondido por un sombrero del mismo
color del vestido, con plumas largas y esponjosas, una sombrilla en la mano y
la otra iba agarrada de la mano de una caballero.
El caballero, que
así parecía por sus vestiduras, vestía pantalones negros, zapatos negros,
camiseta blanca, chaqueta negra, una gorra inglesa café obscura y sin guates, pues los llevaba en la mano desocupada.
Casi todo era negro, que hacía que se viera elegante y de clase, lo que en
realidad era. Su cabello, era negro.
Maggie distinguió
al instante a sus padres en estas dos personas. Su madre no había cambiado
mucho físicamente, a excepción de unas apenas perceptibles arrugas en la frente
y cerca de los ojos, y unos cabellos blancos que solo se veían con el cambio de
luz. Su padre era el que más había cambiado. Tenía ya bastantes arrugas y lo
blanco en el cabello se le notaba más, estaba un poco delgado y sus ojos
estaban un poco apagados, pero aún tenían su brillo de picardía y dulzura
paternal.
--¿Serán ellos?—preguntó
Maggie, más como para sí, que para otros. Pero la alcanzaron a escuchar, y
sabiendo a quien se dirigía Maggie, abuela contestó con un suspiro de dulzura:
--Sí, querida. Son
ellos—
--¡Jane! ¡Eh! ¡George!—gritó
el abuelo.
Al escuchar sus
nombres, los padres voltearon a todos lados, hasta que por fin se encontraron
con los rostros familiares, pero bastante cambiados. Aunque para los niños sus
padres no tenían mucha diferencia de la última vez, los padres sí encontraban a
sus hijos muy cambiados. A Ben casi un hombre, a Maggie toda una señorita, con
excepción de su impetuosidad, y a Abe un niño saludable.
Casi corriendo los
señores Banks se acercaron a ellos.
--¡Válgame el
cielo, Maggie! Estas simplemente, enorme. ¡Cuánto has crecido! Casi me alcanzas—exclamó
mamá abrazando a Maggie tan fuerte como podía, sin lastimar a su víctima.
El abuelo y papá
se saludaban. Luego papá pasó a Ben, quien se sintió aliviado cuando éste solo
le dio un apretón de manos y un varonil abrazo. No me es imposible describir
toda la escena y los abrazos, y las risas, y los saludos dulces y amistosos,
así que lo dejo a la imaginación del lector, diciendo únicamente que todos se
saludaron.
--¿Dónde está mi
Abe?—preguntó mamá, luego de saludar a los demás.
Abe estaba
escondido detrás de la faldas de la abuela. Y no era de extrañar, pues
realmente no conocía a su propia madre, aunque ésta viviese. La abuela lo sacó
de entre los holanes de su falda y dejó al descubierto la carita redonda y
sonrosada que la madre tanto ansiaba ver. Mamá en seguida se agachó y lo tomó
en brazos, agachada lo besaba una y otra vez en donde diera lugar.
--¡Ay, mi niño!
¡Dios sabe porque me fui y no te vi crecer! ¡Dios lo sabe! ¡Por tu propio bien!
Pero he venido, y ya no me iré en mucho tiempo. Dije que te besaría en la
estación ¿no es así? Sí, dije que lo haría—
Mamá lo alejó un
poco de sí, para verlo y admirar su rostro. Le sonrió, pero no sabiendo Abe de
quién trataba, solo la miraba con seriedad y pareciera de pronto que quería
llorar. Pero las lágrimas nunca salieron, porque mamá sacó de su bolsillo
cuatro caramelos de bastón, con rayas rojas y blancas. Dio un a Abe diciendo:
--Toma, mi niño.
Maggie ten…
A Maggie dio le
dos y añadió, viendo que ésta se quedaba muda:
--Has el favor de
dar el otro a Kate… a menos que ustedes ya se sientas demasiado grandes para
comer cosa semejante. ¿Sabes? Yo aún los cómo. Ben ¿Te gustan a ti?—
--Sí, me gustan y
los cómo—
Ben tomó el dulce
que mamá le alargaba y se lo metió al bolsillo, decidiendo mejor comérselo
después de comer y guardar un poco a Jimmy, pues a éste último gustaban le más
que a Ben.
--¿Dónde está el
equipaje?—preguntó el abuelo, advirtiendo hasta el momento que lo único que
llevaban al bajar, era la sombrilla.
--Son dos baúles.
Solo dos, pero muy grandes. Así que están en el vagón de carga pesada, ya que
ocupaban mucho espacio en el de personas—contestó mamá, levantándose pero
cargando a Abe en brazos, quien no dijo nada, estando “muy ocupado con su
dulce”.
--Mamá. Dile que
diga “mamá”—le susurró Maggie a su madre.
Mamá se volvió a
Abe, y dudosa, hizo lo que Maggie le indico. Abe, quito se de los labios
pegajosos el dulce y dejó escapar un claro
y entendible “Mamá,” tan perfecto que mamá se sorprendió, y dijo:
--“Mamá” ¿Sabes
decir mamá?—
--Y también
“Papá”. Yo se lo enseñé, para que cuando ustedes llegaran él ya supiera
decirlo—Maggie irguió su cabeza, orgullosa de haber tenido de su trabajo el
fruto que imaginaba.
Los hombres,
excepto Abe, demasiado pequeño y sin fuerzas para cargar un baúl, se fueron a
descargar el equipaje. Mientras que la damas iban a la carreta. Allí ellas se
acomodaron y contemplaron como en las piernas de Mamá, Abe se comía su dulce
muy concentrado. El cargamento se puso en la carreta y Mamá abrió en seguida
uno de los baúles. Sacó entonces un montón de cosas.
--Me era imposible
no traerles nada a cada uno. Empezando por ti, Abe. Mira, este en un tren de
madera de sauce, que tienes que cuidar muy bien—comenzó diciendo Mamá.
--¡Eh! Mirad,
apuesto a que en los vagones caben los cubos de madera que Ben le hizo a
Abe—dijo Maggie, calculado mentalmente el tamaño de cada cosa, concluyendo que
estaba en lo correcto.
--Me parece que
sí—corroboro el abuelo.
--Y si no caben
todos en fila, los puedes apilar, Abe—añadió Ben.
--Bueno, dejadme
continuar. Maggie, este es un libro: tiene toda la colección de William
Shakespeare. ¿Sabes quién era?—Mamá entregó a Maggie un libro forrado en verde
que decía en letras doradas “Shakespeare,” era bastante grande: un pie de alto,
veinticinco centímetros de largo y cinco de profundidad.
--¡Oh, sí! Sé
quien era. Probablemente yo sea la persona que sabe más de él en todo
Macville—Maggie tomó el libro y lo apretó contra sí, prometiéndose a sí misma,
que nunca lo perdería. Como había sucedido con muchos otros.
--Me alegra. Ben,
esto es una navaja alemana. Tiene cinco hojas, está nueva y es de muy buena
calidad. Siendo lo que es: alemana—Mamá dio a Ben una hermosa y reluciente
navaja, roja por fuera y por los lados se podía distinguir las cinco hojas que
se sacaban únicamente jalándolas al exterior. Ben nunca había tenido cosa
semejante, lo único punzocortante que tenía, era un viejo cuchillo de cocina
que se había roto del mango, y Ben lo había cogido y arreglado tallándole un
nuevo mango y clavándolo bien a la hoja. Si hubiera vivido en un lugar más
transitado por los barcos, probablemente la hubiera tenido hacía mucho tiempo,
pero no era así y su primer navaja la tenía a sus casi diecisiete años.
--¡Mamá! ¡Papá!
¿No creéis prudente darles sus regalos hasta la casa? Ya que son frágiles y se
pueden romper—preguntó Mamá a sus padres. Los regalos de los abuelos, eran un
juego completo para escribir para la abuela y una pipa de mármol.
--Lo que tú creas
conveniente lo es para mí, hija. Yo te críe, te críe a mi manera. Eres casi una
réplica de mí en pensamiento y juicio, es a Maggie a la única mujer que no he
entendido—contestó la abuela desde el asiento de enfrente.
Al escuchar esto
de sí, Maggie se ruborizo un poco y trató desde ese momento, de pensar como su
madre y su abuela. Aunque no le fue fácil en absoluto.
Aunque Newshire
era “la gran ciudad,” no era muy grande de todas maneras, por lo que en cuanto
Mamá terminó de entregar los regalos, ya estaban cruzando la gran puerta de
Newshire. Llevaba la abuela una gran canasta con el almuerzo, así que tras
pasar la mitad del camino entre la ciudad y Macville, se pararon en un gran
mango y comieron allí, los grandes majares que había traído la abuela. Aunque
parte de ellos los había hecho Maggie. Comieron, descansaron y se contaron
todos los cambios que había habido en Macville desde la última vez que Papá y
Mamá habían estado allí. Como los lectores ya las saben, no gastaré palabras y
páginas en decir algo que ya se sabe de más.
Durante la parada
en el camino, los niños habían tenido la oportunidad de usar sus nuevos objetos
propios. Maggie leyó todo lo que pudo tumbada bocarriba en el mantel que habían
puesto. Ben se trepó lo más alto que pudo en el mango y se puso a tallar una
rama. Y Abe jugaba con su tren alrededor de Mamá, llenando los vagones con
piedritas y palitos y vaciándolos en otro lugar o en el mismo lugar de carga,
en ocasiones. Por fin el abuelo anuncio que debían irse si no querían llegar
demasiado tarde.
Las damas
recogieron todo y los hombres cargaron las cosas. Se subieron y el viaje
continúo. A la hora de cruzar Macville, ya casi nadie estaba fuera, sino dentro
preparando la cena, o los hombres en el porche fumando su pipa.
Hatty los esperaba
parada (muy erguida, por cierto), en la entrada de la casa. Al ver a “la
señorita Jane” (como llamaba a Mamá) se le llenaron los ojos de lágrimas, pero
alcanzó a secárselas con la manga antes de que llegaran. En cuanto la carreta
paró, Mamá se bajó sin ayuda (aun no
perdía el toque de niña que podía) y se dirigió directamente a Hatty. Se
abrazaron antes de decir cualquier cosa y Hatty fue la primera en hablar.
--¡Mírate nada
más! Perece que tan solo ayer fue cuando venias a mi mecedora llevándome mil
preguntas que con una santa paciencia contesté—
--Sí, Hatty. Una
santa paciencia que yo jamás tendré—
--Y ahora tienes tus
propios tres hijos. Entremos y prepararemos la cena como en los viejos
tiempos—sugirió Hatty.
Entraron pues sin
preocuparse de los demás. Mamá se puso un delantal, se dobló las mangas, se
quitó el sombrero y se recogió un poco las faldas. La abuela, Maggie y Abe
entraron después y los hombres quedaron afuera descargando los pesados baúles y
guardando los caballos. Davy estaba en el campo cuando los viajeros llegaron,
por lo que no se dio cuenta de lo mismo. El sol ya se había metido, y algo
extrañado regresó a la casa para preguntar a Hatty si no habían llegado aún.
Los hombres estaban en el establo cepillando a los caballos cuando él pasó por
el porche, así que no los vio. Entró a la cocina diciendo:
--Hatty ¿Aún no
han…
No terminó,
advirtiendo que en aquella cocina había más damas de lo habitual. Era Mamá la
que quedaba de más, en cierta manera, porque al contrario, ella faltaba mucho. Mamá sintió de pronto un calor tierno que
subía a su corazón, pues recordaba tiempos antes, que Davy había sido para ella
como un segundo padre, alguien que la cuidaba, protegía y contestaba a sus
interminables preguntas con “santa paciencia”.
--¿Os vais a
quedar allí sin saludarme?—dijo Davy en tono de reproche paternal.
---No, Davy. Por
nada del mundo lo haría, es solo que me quedé un poco trabada—Mamá se acercó a
él y le dio un fuerte abrazo, aunque en la mano derecha llevaba un plato blanco
con mermelada de mango.
--Probadla y
decidme si está bien—mamá ofreció el pequeño plato.
Davy lo vio un
poco alarmado, así que Mamá contestó:
---No tiene sal,
te lo prometo—-
A esta
aseguración, Davy lo probó y no tuvo que decir palabra alguna, pues su
inmediata expresión denotaba el gusto al paladar.
--¿A qué te
refieres con “no tiene sal”?--preguntó Maggie.
--Veras, Maggie,
tu madre no era ni será perfecta, como todo ser humano. Cuando yo tenía ocho
años, era muy traviesa y a muchos les hice pasar un mal rato. Tu abuela siempre
ha hecho mermelada de mango, y probablemente lo hará hasta el fin de sus días, así que un día de
mermelada estaba yo subida en un banco y moviendo con una cuchara de madera la
mermelada, cuando se me ocurrió una mala idea. Cuando la mermelada estuvo lista
y enfriada, la abuela se fue a acostar, pues siempre después de hacer mermelada
hacía lo mismo: se iba a descansar un rato. Yo esperé hasta que ella se fuera a
dormir, entonces, tomé un plato de la alacena, tomé la salera que estaba en la
mesa, saqué una cuchara y puse gran cantidad de sal en el plato: tres cucharadas.
Luego guardé la sal, saqué la mermelada y mesclé la mermelada con la sal hasta
que ésta estuvo bien disuelta y nadie la pudiera distinguir. Era costumbre que
cuando era día de mermelada, y los hombres llegaban de trabajar, darles un
refrigerio de mermelada con pan tostado. Cada uno tenía su plato y lugar, por
lo que era seguro a quien le tocaría la mermelada con sal. En ese entonces,
trabajaban aquí cinco hombres: mi abuelo, mi papá, mi tío, el señor Bliss
abuelo de Jimmy y un joven del pueblo llamado Jack. Como mi mamá aún no se
levantaba y ya era hora de ir poniendo los platos y tostar el pan, yo me puse a
hacerlo todo, así que al final de preparar todo ya sabía dónde pondría el
plato. Lo pondría para Jack, quien era un joven que me hacía enojar mucho y
casi lo detestaba. Pero yo ignoraba que Jack se sentaría en el lugar de Davy y
Davy en el de Jack por una apuesta que habían hecho en el campo. Cuando ellos
llegaron, yo estaba sentada en el porche bordando, y aunque me costó mucho, no
reí cuando me saludaron todos al entrar. Davy era el condenado a sufrimiento.
Comió la mermelada con sal y yo escuché las exclamaciones de disgusto desde el
porche, pero lo que les extrañaba a todos era que solo a él le había tocado esa
mermelada salada. No pudiendo aguantar más, reí a carcajadas y pronto todos
supieron la razón de aquella cosa extraña. Recibí mi paliza, como sabía que
tendría, pero ese sabor de picardía jamás se fue de mi boca, aunque lamenté
mucho que no le tocara a Jack, a quien yo esperaba mortificar y así vengarme de
él—
Mamá hablaba así
con una sonrisa pícara, que era bastante infantil. La cena fue divertida y
alegre, pero ésta acabó y todos estaban cansados. Después de recoger la cocina,
Papá se fue a dormir, y Mamá prefirió sentarse un rato en el porche. Maggie se
alistó para dormir, pero excitada como estaba, le era imposible conciliar el
sueño. Así que bajó con su camisón blanco y se sentó en la banca con Mamá. Mamá
le sonrió, comprendiendo que sería en vano mandarla de nuevo a dormir. Nada
dijo ninguna de las dos por un tiempo, pero luego Maggie dijo:
--¿Crees que el
hermano de Kate no vuelva más?—
--No lo sé,
Maggie. Nadie lo sabe, y es en vano preguntarlo a alguien terrenal. Solo hay un
ser en todo el universo que sabe lo que pasará, pero Él es invisible y ya no
habla con la gente como lo hacía antes. Así que lo único que podemos hacer es
dejarlo en manos del Señor y dejar de preocuparnos por eso. Y si Derick no
vuelve, estoy segura que sea lo que pase, es su voluntad y viviremos con ello
felizmente—
--Tienes razón.
Pero yo no puedo evitar preocuparme, así soy me guste o no, simplemente no
puedo—
--Bueno, pide al
Todopoderoso que te ayude en esa dificultad tuya—
--Supongo que sí.
Es lo mejor que puedo hacer—
Maggie suspiró. Se
paró y fue a situarse en el primer escalón del porche, coloco su cabeza
recargada en uno de los pilares que sostenían el techo, y colgó su brazo
izquierdo en el barandal. Suspiró otra vez. Después de unos minutos preguntó:
--¿Tú no estás
preocupada? ¿Aunque sea un poco?—
--No te preocupes,
Maggie. Pero sí, lo estoy un poco—contestó Mamá en un tono que solo lo puede
hacer la verdadera madre.
Maggie veía con la
luz de la luna, el gallinero a lo lejos, las largas hileras de árboles de
mangos a los lados de la casa, y la pequeña casita de juegos que Maggie usaba
para jugar con Abe. Permaneció allí, inmóvil momo una esfinje, respirando el
aire y sintiéndose en paz.
Eran probablemente
la diez de la noche, y por fin mamá tuvo sueño, así que levantándose y bostezando,
dijo:
--Es hora de
dormir, Maggie. Mañana será un día nuevo y haremos muchas cosas—
Maggie volviose
con una amplia sonrisa y dio a entender con ella a su madre, que ya no se
preocupaba de nada y que la paz que solo otorga el Señor, había invadido su
corazón.
Maggie MacArthur, la niña atolondrada y despreocupada que una vez fue, y que ya no es la misma, se encuentra con un dilema de su vida: ¿se llegará a casar en algún día de su vida? Con esta duda, y sin poderla contestar definidamente, Maggie vuelve a preguntar a sus mayores si puede ir en busca de aventuras en el mundo exterior. Ya que desde que nació, no ha salido de Australia. El hogar de tres generaciones atrás en la familia MacArthur.
Los padres de Maggie aceptan a este deseo, y al tener el permiso, le pregunta a Kate, su mejor amiga, si le gustaría acompañarla en su viaje a Europa. Tras pedir permiso a sus padres y éstos haber aceptado, Kate y Maggie se embarcan en un nuevo mundo. En Europa, Maggie conoce muchos jóvenes, pero, aunque tres de ellos le pidieron su mano en matrimonio, ella se dio cuenta que con ninguno de ellos podía vivir aquella vida de matrimonio. Tras haber vivido casi un año en Europa con una la abuela paterna de Maggie, ellas deciden regresar con sus familias al adorado Macville.
Ya en casa, Maggie aún tiene la misma duda. Pero nosotros ya sabemos qué es lo que sucederá, ¿no es cierto?
Capítulo
IX
La
nueva maestra
Kirsten
Patterson. Sí, ese era el nombre de la nueva maestra. La Srta. Carrison, la
antigua maestra, ya había trabajado en Macville tres años, y cansada de estar
allí en el mismo lugar por tres años, dio una renuncia y se fue de vacaciones
por un año, viviendo de sus ahorros que eran bastantes. Ella era soltera y casi
anciana, así que no necesitaba mucho.
Así que el comité
de la escuela, tuvo que buscar una nueva maestra, y ésta había de ser Kirsten
Patterson. Ella era todo lo que necesitaban: soltera, joven, firme,
comprensiva, educada, alegre, creyente en Dios y sierva fiel. El comité estaba
seguro de que ella resultaría una excelente maestra, pero lo que ellos no
sabían, era, que no sería una excelente maestra, sino la mejor que se hubiera
tenido en Macville desde que éste mismo se estableció.
La costumbre era,
que cada vez que se escogía una nueva
maestra, se escribían todos los nombre de los alumnos en papelitos diferentes,
se ponían en un frasco, el jefe de comité metía la mano, sacaba un papelito, lo
desenvolvía y leía el nombre que tenía escrito. La persona, o mejor dicho, el
infante al que correspondía el nombre escrito en el papel que el jefe sacaba
del frasco, sería el encargado de recibir a la nueva maestra y conducirla hasta
su nueva casa. Esa era, pues, la costumbre de Macville.
Y como si no fuera
poco, en esta ocasión, había de tocarle a Maggie: nuestra heroína de la novela.
Así pues, Maggie se encaminó, sola, a la estación de Newshire. Lo cierto es que
Ben la acompañó hasta la salida de
Macville y de allí Maggie se fue con el Sr. Tambourine, quien la dejó en
la estación mientras él hacía sus compras en Newshire para resurtir su tienda.
Maggie se quedó
sola en la estación. A excepción del
señor que hacía y recibía los encargos y la mensajería del tren. Maggie se
adentró hacia la segunda puerta, salió
al porche y esperó al tren sentada en la butaca, pero tras pasar quince
minutos, sentada y viendo a lo lejos por donde se suponía vendría el tren, se
impacientó y fue a adentro para preguntar, al “amargo señor” como lo llamó
Maggie después:
--¿Cuánto va a
tardar el tren en llegar, señor? Si no le es molestia contestar—
--Como diez
minutos—contestó el “amargado señor.”
Maggie, irritada
por la contestación tan fría, volvió a sentarse en la butaca, la de afuera, y
esperar impaciente hasta que un pedazo de periódico revoloteo en sus pies y lo
cogió para leer una interesante historia de un pastel. En menos de lo que se
decía “llegó” el tren ya estaba frente a los ojos de Maggie. Ella vio como personas subían y bajaban, pero
a ninguna de ellas la conocía, hasta que bajó una señorita vestida de muselina
amarilla, guantes de cuero café, zapatos bajos, sombrero blanco adornado con
flores, sonrosada, alegre, en una mano
llevaba un maletín antiguo y una sombrilla en la otra. Maggie, instintivamente
y casi como en un sueño, se acercó a ella y preguntó:
--¿Es usted la
Srta. Kirsten Patterson? —
--Precisamente. Y
tú, debes ser Maggie—
--Por su puesto.
¿Quién le ha dicho que así me llamo?---
--Bueno,
es que me dijeron que la chica que vendría a recogerme se llamaba Maggie, y ya
que tú has sido quien pregunte por mí, asumo que tu nombre es Maggie—
La Srta. Patterson
hablaba con la voz más dulce y cariñosa que Maggie hubiera escuchado en su
vida, ni siquiera la de su mamá alcanzaba a tanto. Maggie y la Srta. Patterson
fueron al otro lado de la estación, donde el Sr. Tambourine llegaría por ellas.
En la puerta se
toparon con Kiera Everson, una de las mejores amigas de Maggie. Llevaba un
pequeño libro en las manos y se dirigía al interior de la estación.
--¿También venís a
recoger a alguien?—preguntó Maggie a Kiera.
--¡Oh, no! Yo
trabajo aquí…
Maggie se quedó
atónita cuando escucho lo que Kiera le
dijo. Y Kiera, al ver que Maggie no respondía, se dispuso a explicar hasta que
su auditorio comprendiera la situación.
--Lo que pasa es
que en vacaciones vengo a medio-vivir aquí en Newshire con mi abuela Wendy. Y
como no hago mucho en esa casa, mi abuela me consiguió un trabajo sencillo y
cerca de la casa, que está a una cuadra. Mi trabajo es ayudar al señor de allí
adentro con lo que necesite—
--¡Ah! Te refieres
al señor amargado que está allí adentro. Pobre hombre, ha de haber tenido una
mala vida en su pasado. A lo mejor se murieron sus hijos y esposa, y desde
entonces es el típico señor amargado—
--Sí, Maggie.
Supongo que se le podría llamar “señor amargado”—
--Bueno, Kiera. Te
presento a la nueva maestra: la Srta. Kirsten—
La maestra y Kiera
se saludaron.
--Me alegra
conocerla, Srta. Kirsten—dijo Kiera.
--Vamos, solo dime
Kirsten. Yo no soy de esas personas que se la pasan con formalidades—
--Me alegra.
Porque yo también, aunque eso no me impide ser respetuosa. Bueno, “el señor
amargado” me estará esperando. Adiós—
--Que te vaya
bien. Y saludas a tu abuela de mi parte. Espero que algún día seamos grandes
amigas—
--Así espero:
seremos grandes amigas. Y gracias por el saludo a mi abuela—
Kiera y la Srta.
Kirsten se despidieron, ignorando que, algún día llegarían a ser más que
grandes amigas. Maggie y Kirsten se sentaron a esperar al Sr. Tambourine en la
banca de afuera.
--Dime: ¿Cuál es
tu color favorito, Maggie?—preguntó de pronto la Srta. Patterson.
--Bueno… pues… el
rojo me gusta en algunas cosas y el verde en otras, así que la verdad no sé
cuál de los dos—
--Bien, el mío es
el azul celeste, pero también me gusta el rojo sangre, creo que me gusta porque
es elegante. Ahora: ¿qué cosa detestas más?—
--¡La primavera!
Nunca se puede estar a gusto en la primavera: se tiene que estar adentro o en
la sombra porque hace demasiado calor o sol—
--De donde yo
vengo, la primavera es lo más precioso. Pero supongo que en cada lugar es
diferente, o por lo menos, en las ciertas partes del mundo—
--¿De dónde viene
usted?—
--Yo soy de Suiza,
pero a los tres años fuimos a vivir a los Alpes suizos que atraviesan Austria,
allí viví el resto de mi infancia. Y ahora aquí me tienes: en Australia siendo
la maestra secular del maravilloso Macville—
--¡Interesante! A mí
siempre me han llamado la atención los Alpes suizos, ¡Y pensar que ahora hablo
con una señorita que se crío allí! Yo tan solo soy de Londres, y no viví allí
más de mi primer año de vida: no recuerdo absolutamente nada—
--Una vez visité Londres. Mis tíos iban a una boda, la
boda de mi prima por cierto, su hija, y como quizá a ellos les pareció que yo
no tenía mucho deber en casa, me invitaron ir. Mis padres sabían que esto
suponía grandes oportunidades para mi futuro financiero, así que de inmediato
aceptaron la oferta, a pesar que yo no estaba muy bien convencida. Ni tampoco
mi hermano mayor, Charles. Pero yo nunca subestime la autoridad de mis padres,
así que empaque y nos fuimos. Dolorosa fue mi despedida: sabía bien yo que no
volvería a ver a mis parientes en mucho tiempo, un año y medio para ser
exactos. Claro que tenía a mis primos y tíos, pero yo apenas los conocía y no
se tenía entre nosotros la misma intimidad que con los míos. Charles. Sí, él
fue lo que más añoré de todo “mi país mágico,” así solía llamar a los Alpes.
Charles era mi consejero en muchas ocasiones, y mi baúl de titanio con veinte
candados de plata, donde podía guardar cualquier secreto y con quien podía
discutirlo a mis anchas. Cuando regresé, Charles ya se había casado, tenía una
linda esposa y un pequeño retoño de apenas tres meses: nunca me había hablado
de eso en sus cartas, por eso casi me enfermo al enterarme de todo. Además,
eran muy escasas y muy cortas sus cartas, pues en casa no disponíamos de muchos
recursos y al vivir aislados de la ciudad, no bajábamos a la civilización más
que casi una vez o dos al año. Aunque hay personas que bajan de la montaña casi
todas las semanas, pero Charles es una de esas personas a las que les parece
incorrecto pedir un favor no merecido. Pero gracia, es justa esa la palabra,
“Gracia” era lo que las demás personas daban cuando hacían un encargo para ti
en el pueblo. —
--¿Nunca volvió a
visitar Londres?—
--No. Y eso
sucedió cuando yo tenía dieciséis. Y ¡Alabado se Dios porque nunca volví a ir!
Y espero nunca volver a hacerlo, quizá… solo con Charles… no, ni con Charles.
Es una ciudad amargada, y aunque con todo y sus lujos, está lejos de ser lo que
yo llamaría, un hogar—
--Supongo que yo
igual… o eso me parece—
--¡Eh! ¡Maggie,
hora de irnos!—se escuchó decir al Sr. Tambourine.
Maggie y la Srta.
Patterson subieron a la carreta, se acomodaron en la parte de atrás, sonrieron
y dieron señas al Sr. Tambourine para que diera marcha. Largo rato hablaron las
chicas de cosas insignificantes: gustos y disgustos, pasiones y desilusiones,
prejuicios y sentimientos, etc., etc…. Nada fuera de lo común. O al menos no
fuera de lo que se dicen las personas al conocerse. Pero para no hacer el
cuento más largo de lo que ya es, que al mencionar un nombre, el nombre del
hijo del tendero para ser exactos, éste último aguzó el oído y por fin preguntó,
ya con bastante interés:
--¿Harry? ¿Ha
dicho usted “Harry” Srta. Patterson? —
--Sí, señor. Eso
he dicho: Harry. Harry Tambourine—contestó Kirsten impresionada por que aquel
hombre desconocido (y debemos decir que hasta el momento ni siquiera sabía su
nombre) le preguntase semejante cosa.
--¡Mi hijo! ¡Mi
hijo lo conoce usted!—
--¿Es eso cierto?
¿Conoces a Harry Tambourine?—preguntó Maggie, más consternada que cualquiera de
los otros dos, pues su mente divagaba en las nubes y la verdad, no tenía ni
idea de lo presente (claro, hasta ese momento).
--Pues si hablamos
del mismo joven carismático: ¡Sí!—contestó Kirsten.
El Sr. Tambourine
había parado la carreta, pues cualquiera que hubiese experimentado el que su
único hijo se fuese a la guerra de la cual podía no volver, comprendería, que
ni el tiempo, ni el deber, ni cualquier acontecimiento pueden hacer que se
detenga, aun ante lo más peligroso que pudiera existir.
--¡Qué alegría!
¡Vamos Srta. Kirsten! Tiene que contarnos todo—explotó Maggie.
--Bueno,
bueno. ¡¿Quién hubiera imaginado cosa semejante!? ¡Ay! Debería usted verle Sr.
Tambourine, está más nuevo que nada, quizá pudo estarlo más antes de irse de
aquí (como supongo habrá pasado) pero como yo le vi, estaba estupendo de salud—
--¡Qué
bien!—exclamó Maggie llena de entusiasmo.
--¿Hace
cuánto que le vio?—preguntó el Sr. Tambourine.
--Hace
no más de un mes—fue la respuesta.
--Mi
esposa se va a poner muy contenta, quizá la guerra termine pronto,
probablemente ni siquiera Harry va a tener que pelear nada---se aventuró a
decir Tambourine.
--Solo
quizá, señor. Solo quizá, pero esperemos que sí—interrumpió Kirsten antes de
que el Sr. Tambourine pudiera hacerse de más ilusiones.
--Tiene
razón, Srta. Patterson. Tiene mucha razón. Bueno, es mejor que continuemos el
viaje, pronto llegaremos y mi esposa tendrá limonada fresca para nosotros.
Siempre tiene una gran jara de agua fresca para que yo la tome y descase una
vez haya terminado de bajar el cargamento—
--Pero
señor, usted se gana esa limonada. Nosotras solo la tomaríamos porque es una
cortesía ofrecer y se cuenta como mala educación el no hacerlo. Nos ganaremos
esa limonada, señor. Le vamos a ayudar y entonces, sí podré tomar esa limonada
fresca, porque de lo contrario no sabría igual de deliciosa. Ayudaremos
¿Verdad, Maggie?—
--¡Oh,
por supuesto que sí! ¡Me gusta trabajar!—contestó Maggie.
--Me
alegra saberlo—dijo Kirsten, refiriéndose al gusto de trabajar.
--Bueno,
supongo que un poco de ayuda no le vendría mal a un viejo amargado. Está bien—contestó
Tambourine más satisfecho con la propuesta que cualquiera de las dos señoritas
de atrás.
---
Mi hermano solía decir:
“El
pan seco que se gana por trabajar,
Sabe
mejor que, sin trabajar, un rico
manjar”
Es
tan bueno ese dicho, que cada que tengo una oportunidad de decirlo, lo digo.
Supongo que Charles lo sigue diciendo aun, quizá a su esposa, quizá a su
hijito, o quizá… ¡Oh! ¡Yo que sé! A alguien más que no sea él, aunque sea una
persona a la que ya se lo ha dicho mil veces. Él también diría:
“Que
sean mil y una,
¿Por
qué no?”
Así
era él, mejor dichoso, así es: siempre inventando dichos para un necesitado o
componiendo un poema para consolar a un pobre desdichado. Así es él—dijo
Kirsten.
--¿Qué
le parece Srta. Kirsten, si ponemos el dicho de su hermano en la pared de la escuela?
—
--¡Me
parece magnifico!—contestó Kirsten.
El
resto del camino no hablaron, cada uno en sus pensamiento: uno el que su hijo
estuviese bien, la otra que su hermano tenía grandes dicho, y la última, en
como pondrían el maravilloso dicho en la pared de la escuela.
Pronto
llegaron a Macville, y dicho, y hecho. Kirsten y Maggie, ayudaron al Sr.
Tambourine a descargar y cuando por fin terminaron, recibieron como recompensa,
un gran vaso de limonada fresca. La Sra. Tambourine casi pega un grito de
alegría al escuchar la maravilla de que su único hijo estuviese en perfecto
estado. Kirsten contó toda la historia: ella había trabajado para un cocinero
en Viena, que se dedicaba a hospedar soldados reclutados que iban tan solo de
paso. Allí, un día, Kirsten le sirvió a un simpático joven inglés, quien con
elegantes modales la había invitado a sentarse con ellos, pero Kirsten no era
de esas personas que se dejan llevar tan fácil, así que accedió tan sólo a que
cuando ella terminara de trabajar, podría acompañarlos hasta el hotel en que se
hospedarían y charlar en el camino. Así conoció a Harry Tambourine, quien a su
vez la cuidaba como si fuera su hermana. Un día una carta le llegó a Kirsten,
en la que le pedían que fuera la maestra de un pueblo en Australia, ella aceptó
y se lo contó a Harry. Sin embargo, no le dijo a donde iría, así que Harry no
pudo siquiera imaginar que se encontraría con sus propios padres, de lo
contrario, le hubiera dado una gran carta que tenía que mandar desde hacía
tiempo. Harry mismo la había acompañado hasta la costa de Italia, donde se
despidió de ella, una gran amiga, más que una amiga, una hermana. Ignorando
que, jamás la volvería a ver. Esa fue la última vez que Kirsten vio a Harry, en
el muelle de Italia, parado firme, sonrosado y batiendo la mano en el aire
despidiéndose de Kirsten.
La
Srta. Kirsten estaba cansada del viaje, y Maggie tenía que regresar a casa para
la hora de la cena, pues tendría el almuerzo en casa de la maestra y, al mismo
tiempo, la ayudaría a instalarse. Así que dando gracias por el agua y
recogiendo sus cosas, estas dos señoritas se encaminaron por la calle
principal, doblaron a la derecha en una esquina, a la izquierda en la siguiente
y, allí estaban: frente a la nueva casa de Kirsten Patterson.
Maggie
la ayudó a instalarse bien: barrer, sacudir, mover un mueble de acá, otro para
allá, poner cortinas nuevas… en fin, todo lo que se tiene que hacer, cuando
llegas a un lugar completamente nuevo para ti y ser la nueva maestra de allí.
Los Cloow no estaban, así que Maggie no pudo saludar a Kate y preguntar si
había algo nuevo acerca de Derick, y además, contar la maravillosa historia de
Harry. Y habiendo dejado a la Srta. Patterson más que instalada, se fue a casa
para, no dejar de atormentar a las pobres señoras con su “interminable dialogo
de la historia de Harry Tambourine.”
Tanto habló Maggie antes de la cena, que ya no le quedaron más palabras
durante ésta, cosa que extrañó a los hombres y alivió a las señoras. En cuanto
a Abe, solo discutía de vez en cuando con Ben, por una papa u otra cosa por el
estilo. Después de la cena, Maggie se fue adormir, como todos los demás.
*****
El
tiempo había pasado. Las clases comenzaron tan pronto, que la Srta. Patterson
no tuvo tiempo de conocer a sus nuevos alumnos antes de que comenzaran las
clases, como tenía planeado.
Era
casi costumbre de Maggie meterse en problemas el primer día de clases, y en
esta ocasión casi pierde un pie. Maggie y Ben se dirigían a la escuela, cada
uno con su pequeña cubeta de madera, las cuales contenían el almuerzo. De todas
partes se veía a los niños caminando alegremente hacia la escuela, más que
nada, por conocer a la nueva maestra. Quienes faltaban de conocerla, claro. Ella
los recibía con amistosas palabras dignas de una maestra muy experimentada,
pero lo cierto era, que ella no tenía nada de experiencia como maestra. Era su
primera vez. Aunque, bien es cierto que no era la primera vez que trataba con
niños de distintas edades al mismo tiempo, puesto que teniendo una gran familia
por parte de su padre, tenía bastantes primos de quienes cuidar, amar y
respetar. Porque no todos eran de la misma edad, bien es cierto, había incluso
unos mayores que ella, a quienes mostraba el mismo afecto, respeto y servicios
que a los más pequeños, pero a cada uno con forme a su edad.
--Buenos
días, Maggie. Y tú, debes ser el Ben del que tanto he oído hablar. ¿O me
equivoco?—dijo la Srta. Patterson, a Ben, quien ya había llegado con Maggie.
--No,
Srta. Patterson. Usted no se equivoca, pero sin embargo no entiendo por qué
razón ha escuchado tanto sobre mí—contestó Ben, con un tono que no se podría
definir más que como, “el que más denotaba respetuosidad”.
--Perfecto.
Me parece que es por… nada. Quizá porque tú eres un descendiente de la familia
MacArthur, una de las primeras familias en llegar a este pueblo, me parece—
--Sí,
bueno. Supongo que será por eso… pero nunca han dicho nada… se me hace extraño,
es todo—
--Llegan
temprano, son las ocho cuarenta—dijo la Srta. Patterson, cambiando de tema,
pues sabía que “ser descendiente de los MacArthur” no era la razón por la que
había escuchado tanto de Ben.
--Siempre
llegamos temprano, Srta. Patterson. Así nos gusta. Pues, además de demostrar
que somos puntuales, aprovechamos para platicar con los que ya han llegado. Y una
razón más: si mi mamá se enterase de que llegué tarde, me cortaría la cabeza.
Pues aunque nació y se crio aquí, es inglesa de corazón, si bien es sabido, que
los ingleses son extremadamente puntuales, y si faltas por algo insignificante,
eres casi una condenada a muerte—contestó Maggie, exagerando demasiado.
--Tienes
razón, todo era así cuando yo fui a la boda de mi prima. Jamás volveré a pisar
esa tierra fina, y sepulcral a vez—
Maggie
sabía a qué se refería. Pero Ben no, así que, confundido, se excusó de ir a
jugar a la pelota con Jimmy y otros chicos. Mientras, Maggie se sentaba a
platicar con Kiera Everson, una de sus mejores amigas, y la Srta. Patterson. Esta
última acción que hizo Maggie, extrañó a todos, pero más a la propia Maggie.
El
primer transcurso de las primeras horas dentro del aula, fueron estupendas para
todos. La Srta. Patterson fue firme cuando se necesitaba, y sensible cuando era
necesario, así, todo resultaba agradable, pues, lo que organizado está, amando
se le está. A la hora del almuerzo, la Srta. Patterson sonó una campanita que
estaba en su escritorio, y todos salieron a las afueras, pues estaba sofocado
allí adentro.
Kate
y Maggie se fueron a sentar a su lugar acostumbrado: bajo el mango más grande y
viejo de la escuela. Había allí, una enorme banca que rodeaba toda la
circunferencia del árbol, y sentadas allí como reinas, Kate y Maggie
administraban los almuerzos de los más pequeños, evitando así, que unos
comiesen de más u otros de menos.
Mientras
estaban ocupadas estas dos niñas bajo el Viejo Mango, Anabel y Adelaida se
acercaron a ellas, caminando cogidas del brazo.
--¿Qué
tontería estáis haciendo?—preguntó Anabel, despectivamente y, provocando así,
una pequeña chispa en el interior de Maggie.
--No
es ninguna tontería, es un servicio que hacemos a las madres de estos pequeños,
preocupándonos nosotras de administrarles la comida y haciendo que unos se
coman todo y otros no coman de más—contestó Kate bastante indignada, pues esta
labor gustaba le mucho en especial.
--Precisamente:
ese es trabajo de madres y ustedes solo son niñas de segunda clase que no saben
mejor cosa que trepar por los árboles como salvajes. No podrían ni hacer un
bordado—siguió Anabel.
--Para
empezar, no somos salvajes. En segundo lugar, sí, sí puedo trepar un árbol
mejor que tú, tú tan solo eres una niña de tercera clase, que no podría ni
llevar una cubeta de agua de la bomba a la puerta de la casa. Y en tercer
lugar, aunque detesto coser, puedo hacer las mejores puntadas de todo Macville—esto
lo dijo Maggie, la chispa era ahora del tamaño del fuego de una vela.
--Demuéstralo—la
retó Anabel.
--¿Demostrar
qué?—
--Que
puedes trepar mejor que yo, dijiste que podías. Demuéstralo pues. ¿De que
podrías temer?—
--Tú
primero, tú empezaste a discutir—
--Bien—
Entonces,
Anabel subió. Tan solo a las primeras ramas del Viejo Mango, pero con mucha
sutileza y habilidad, lo que compensaba su poca altura. Anabel estaba tan bajo,
que saltó al suelo y calló diciendo:
--Ahora
tú—
Maggie
subió. Sabía que podía caer y lastimarse muy gravemente e incluso morir, pero
eso no la detenía ante un reto. Maggie no le tenía miedo a las alturas, pero el
rocío aún estaba en las ramas del árbol y éstas eran resbalosas, por lo que una
pisada en falso, y Maggie hubiera caído. Cuando Anabel vio que Maggie subía por
mucho más allá de donde ella lo había hecho, aunque no lo dijo, dio por perdida
aquella rencilla y su victoria. Maggie seguía subiendo. Los de abajo veían,
algunos con malicia, otros con mortal temor, otros con curiosidad y unos por
allí con enfermiza alegría. Entre los que allí estaban, había unos que es
preciso mencionar: Kiera Everson, Ben, Jimmy, Farmer, Kate, las Barton,
Adelaida y, por su puesto, Anabel. También muchos pequeños que admiraban a Maggie
estaban allí para presenciar el seguro triunfo de Maggie. Por fin Maggie se
dijo:
“Creo
que ya es bastante. Las ramas son más delgadas arriba y ya he superado en mucho
lo que Anabel subió”
Ciertamente
era mucho lo que había superado, pues tan solo le faltaban unos dos metros y
medio para alcanzar la cima, Anabel solo había subido dos metros cuando mucho y
aquel mango tenía de altura por lo menos doce metros.
Abajo
todo estaba en silencio: se mordían las uñas. Maggie comenzó a bajar. Pero, el
rocío seguí allí. Estaba resbaloso. Las botas de Maggie se resbalaban seguido:
cada vez de una peor manera. Pero esa no fue la razón por la que calló. Sino
que, al pisar una rama podrida (ella y cualquier otro nunca hubiera adivinado
que estaba podrida) ésta se rompió a la mitad, y no estando prevenida contra
esto, Maggie no se pudo sostener de nada, entonces abajo se fue. Hubo un grito
aterrador, pero este no era de Maggie, sino de Kate, quien tras el terrible
temor de perder a su mejor amiga, había gritado y se había desmayado en brazos
de Nelly.
Para
desgracia de Maggie, Farmer estaba justo debajo de donde ella debía tocar el
piso terriblemente, pero ésta no calló en el piso, sino en los brazos de
Farmer, quien de buen agrado la sostuvo, además de sentirse héroe.
--¡Maggie!
¿Pero qué crees que hacías?—preguntó Ben acercándose a Farmer, quien aún la
tenía en brazos. Antes de contestar a su pálido hermano, Maggie se dirigió a
Farmer con una mirada hostil y le dijo con tal y cual sangre fría era capaz de
ser:
--¿Quieres
bajarme?—
Al
instante Farmer la bajó, pero Maggie no se pudo mantener en pie y se sostuvo
del brazo de Ben. Esto era lo que pasó: al romperse la rama y quedar en
desequilibrio, Maggie se había torcido el tobillo tratando de equilibrarse, y,
ciertamente era una buena torcedura, lo bastante para que la valiente Maggie no
se pudiera poner de pie sin ayuda.
--¿Qué
te pasa?—preguntó Ben, bastante extrañado y más pálido aun.
--Creo
que me torcí el tobillo. Pero nada más, no me pasa nada, solo déjame sentarme
un momento y ya estaré como nueva—
Pero
Ben no la dejó.
--Tú
tienes el tobillo roto, y si no es así, por lo menos tienes una buena
torcedura. No estás bien—
--Pero
te digo que sí—
--¿Qué
está sucediendo aquí?—la Srta. Patterson había escuchado el grito de Kate, así
que había corrido hasta allí lo más rápido que pudo.
Clara
Barton contó todo, siendo costumbre suya ser la chismosa y “la narices en plato
ajeno,” como la llamaban todos. Maggie aún se sostenía de Ben, mientras
escuchaba a Clara, quien estando a su favor, contaba todo aludiendo más a
Maggie que a Anabel. Por lo que Maggie no hacía interrupción alguna, porque de
lo contrario, ya estaría en un nuevo problema. Al terminar de escuchar la
explicación de Clara, la Srta. Patterson se dirigió a Ben:
--¿Puedes
cargarla y traerla a la escuela?—
--Sí…
Srta. Patterson—contestó Ben.
--Tráela
entonces. Y tú, Nelly, por favor has a Kate volver en sí: tan solo en un
desmayo sin necesidad de preocupación—
Siendo
Ben quien la debía cargarla y no Farmer, Maggie se dejó llevar, llevando como
excusa las ordenes de la Srta. Patterson, ya que realmente le dolía el tobillo.
Pero por nada del mundo lo hubiera admitido.
Tras
unas gotas de agua en la frente y los roces de un pañuelo húmedo, Kate volvió
en sí, toda atarantada y asustada, creyendo encontrar el frío cadáver de Maggie
tirado en el suelo. Pero cuando la sentaron a la fuerza en la banca del mango,
la tranquilizaron y le dijeron que Maggie estaba viva aunque no muy bien, y que
ésta se encontraba en la escuela en manos de la maestra, Kate, medio viva, medio
muerta, se dirigió a tropezones a la escuela, no queriendo esperar más. A pesar de las dulces y sensible
palabras de Kiera, quien la había tomado a su cuidado, ya que Nelly no era aficionada
a cuidar enfermos.
Maggie
fue puesta en el amplio umbral del edificio, y ya allí, la Srta. Patterson dio órdenes.
--Ben,
tú quédate aquí. Jimmy y Farmer quiero que vayan por el doctor Brooke, y no se
molesten en regresar, vayan a casa: las clases se terminaron por hoy. Kate,
tranquilízate por favor. No es que está roto el tobillo, lo dudo mucho, pero sí
es una torcedura muy grave—
Hablando
así, la maestra puso orden y creyendo que era conveniente, dio por terminadas
las clases de aquel día y mandó a todos los demás a casa. Dejando solo a Kate,
Kiera, Ben y por supuesto, a la invalida Maggie, quien aunque se lo hubieran
mandado, no se habría podido ir a casa. Por fin llegó el doctor. Examinó
atentamente el tobillo hinchado y cuando daba muestras de haber terminado y dar
su diagnóstico, Kate, impaciente ya, dijo:
--¿Está
roto? ¿Verdad?—
--No,
Kate. No lo está, sin embargo es una grave torcedura y no se puede tomar tan a
la ligera—contestó el doctor.
Al
terminar de hacer un montón de maniobras extrañas a los ojos de todos, con
excepción de la maestra, el doctor dio por terminado su trabajo y mandó que
trajeran un caballo para transportar a Maggie, ya que le había prohibido
estrictamente usarlo de manera alguna. Maggie tendría que estar en cama por
mucho tiempo. Kate ofreció el suyo, creyendo que no habría inconveniente en
tomarlo prestado para semejante necesidad, y sí fuese en caso contrario, ella
asumiría la responsabilidad. El caballo azabache estaba en las tierras de los
Cloow, las cuales estaban muy cerca de
la escuela, razón por la cual Kate había sugerido esto.
*****
La
abuela estaba en la ventana derecha del comedor. Entonces vio una extraña
escena: Maggie montada en el caballo de los Cloow, Kate al lado izquierdo, Ben
a la derecha, el doctor Brooke conducía el caballo y cerrando la marcha, la
Srta. Patterson. Consternada por un momento la abuela se quedó inmóvil, con la
toalla en las manos. Pero luego reaccionó y salió para recibirlos. Para cuando
ella estaba en la puerta, ellos ya habían llegado a la misma. Al ver el tobillo
vendado de Maggie, no pudo evitar decir,
adivinado que algo andaba mal:
--¡Margaret!—
--No
se preocupe, Sra. MacArthur. Todo está en control—dijo el médico, advirtiendo
alarma en el tono de voz de la señora.
El
doctor Brooke puso al tanto a la abuela de todo, mientras Maggie era trasladada
a su habitación y aturdida con las exclamaciones de Kate.
Ben
salió en seguida del cuarto, dejando a la Srta. Patterson y a Kate atendiendo a
Maggie, quien insistía en que no necesitaba nada. La Srta. Patterson, Kate y el
doctor Brooke se fueron por fin, y la abuela quedó encargada de cuidar que
Maggie no se parase, que era lo único que la preocupaba, ya que Maggie, siendo
lo que era, una chica alocada que no se podía estar quieta, simplemente no se
podía estar quieta. Pero hubo algo que
no dejó que Maggie se levantase.
Esa
noche, Maggie estuvo con alta temperatura, y ésta no bajó hasta las cinco de la
mañana. No habiendo dormido durante toda la noche, Maggie durmió plácidamente
todo el día hasta las seis de la tarde, pero lo que ella no advirtió, fue que
recibió dos o tres visitas aquel día, más estando dormida no pudo atender a sus
visitantes, limitándose éstos a tan solo admirarla desde la puerta del
dormitorio.
Durante
dos semanas, Maggie no salió de la cama. Lo único que la salvó de la
desesperación, fue que tenía continuas visitas, sobre todo de Kate, y esto la
distraía mucho, olvidándose así de su desgracia. Inclusive Anabel la visitó dos
veces, pero no fueron muy gratas esas horas que paso allí, ya que le molestaba
admitir su derrota. Pero, por fin Maggie se pudo levantar. Durante esas dos
semanas inmóvil, y mientras no tenía visitas o alguien a quien atender, como a
Abe que quería un cuento cada media hora, Maggie estuvo haciendo sus lección,
así que cuando pudo regresar a la escuela, no estaba ni atrasada, ni
adelantada.
Capítulo X
Maggie,
la nueva Sócrates
He aquí la muestra
de por qué la Srta. Patterson no sería una buena maestra, sino la mejor maestra
que se hubiera tenido en Macville desde que se estableció.
Con el término del
invierno de 1915, las clases invernales habían acabado. Y para gozo de los
niños, seguían dos meses de vacaciones, debido a las siembras y cosechas. Así
pues, los exámenes habían de hacerse y los resultados habían de saberse
después. Por lo que el día veinte de julio,
no hubo problemas de matemáticas, lección de literatura, algebra, etc.
Etc. Sino que todos se tomaron de los cabellos, y tomando el lápiz
nerviosamente, contestaron todo lo que se les preguntaba en el papel que tenían
en frente.
Por fin a las diez
en punto, todo había acabado…bueno, casi. Lo único que faltaba, era saber los
resultados de cada quien, y eso se daría a conocer el treinta y uno de agosto.
Hasta entonces, todo sería nerviosismo y ansiedad por saber los resultados.
Con la Srta.
Patterson llegaron nuevas costumbres e ideas no solo a la escuela, sino que
también a todo Macville, e incluso unas llegaron hasta los oídos de Newshire.
La nueva sugerencia de Kirsten era una merienda de todo el pueblo, en
celebración del fin de clases, que no solo sería un momento para convivir y
desconvivir, sino que también el fin a los “nervios finales de examen”, pues en
la merienda se dirían los resultados de cada quien. Y como todos imaginaron,
los superiores aceptaron.
Así pues, el
sábado treinta y uno de julio, todos se reunieron en el “Campo Celebrado”, un
lugar donado hace mucho tiempo por el Sr. Tambourine al pueblo, para que éste
hiciera allí todas sus celebraciones. Los MacArthur habían de ir, y para
semejante ocasión, papá y mamá podían dejar la ciudad e ir a la celebración, y
por supuesto, felicitar a sus hijos.
--¡Maggie! ¡Ben!
¿Dónde estáis?—preguntó mamá al entrar en casa.
--Pues yo estoy
aquí—dijo Abe desde el comedor.
--¡Hola, Abe!
¿Dónde están los demás?—
--Ben y Maggie
están arreglando el cerco y los adultos están en el establo—
--Bueno, será
mejor que los vayamos a buscar e irnos, porque según tengo entendido, la
merienda es en quince minutos—
Mamá y Abe
salieron a buscar a los demás, y papá se quedó en casa. Como Abe dijo, Ben y
Maggie estaban arreglando el cerco de maderos alrededor de la casa, del que ya
se había podrido una parte de los maderos.
--Mejor guardamos
todo y lo terminamos cuando regresemos, Maggie—dijo Ben cuando su madre les
avisó la hora.
--Pues vamos
entonces—contestó Maggie.
Juntaron todo y lo
llevaron al taller. Los clavos, el martillo y todo lo que se habían llevado en
la caja de herramienta. Mientras ellos iban al taller, mamá y Abe iban por los
adultos al establo. A la hora de irse, Hatty tenía dolor de cabeza, así que se
quedó en casa esperando a que terminara la celebración.
--¡Kate!—le gritó
Maggie a Kate, cuando llegaron al lugar indicado.
--¡Maggie! Espero
que esto me haya quedado bien—contestó Kate, dando a ver a Maggie un tazón lleno
de carne de res hecha de una manera especial.
--¿No lo has
probado?—
--No—
--¿Por qué no?—
--Es que se ve tan
bonito así, que me da miedo que al quitar un poco, ya no se vea tan bonito—
--Kate, eres la
persona más extraña que conozco. Jamás había visto a alguien que viera un plato
de carne tan bonito y se compadeciera de
él—
--Bueno, todos
tienen sus gustos y rarezas. La tuya es que no te estas jamás quieta. Como
cualquiera pensaría que harías porque eres una niña, pero no, te tienes que
mover sin parar y aceptar una absurda propuesta de atrevimiento y torcerte el
tobillo para no ir a la escuela por dos eternas semanas—
--Jamás me
perdonaras eso, ¿verdad?—
--¡Pues claro que
no! ¿Qué esperabas?—
--Vamos, hay que
ayudar a la señorita Patterson con los manteles—
Fueron pues, y
ayudaron a la maestra. Las mesas estuvieron pronto puestas y tras dar las
gracias, todos comenzaron a servirse. Las mesas ligeras de madera, habían sido
puestas en una fila, manteles de franela de cuatros amarillos y verdes cubría
la vasta superficie, la comida que se había traído de cada casa estaba en las
mesas y cualquiera que viera ese manjar, (aunque acabara de comer en ese
instante) no se habría podido resistir a aquellos platillos tan suculentos. A
un extremo de la fila de mesas, estaban los platos, cubiertos, vasos y
servilletas, por lo que al comienzo de servirse, la gente empezaba por allí y
luego seguía toda la fila hasta terminar en el otro extremo. Y al transcurso de
pasar por toda la fila, iban sirviéndose de aquellos platillos tan deliciosos.
Maggie y Kate se
habían hecho su propio lugar bajo un árbol de mango. Allí comieron, charlaron,
rieron y la pasaron felizmente, hasta que llegó Anabel con su cómplice:
Adelaida Carrison. Fue entonces cuando toda la felicidad se acabó, y el
conflicto comenzó, y reinó.
--Buen día,
señorita Maggie—dijo Anabel en tono provocativo, y la primera en hablar.
--Yo no soy
señorita hasta los quince años, y aun no los tengo—contestó Maggie, con la
llama interior completamente encendida.
--¿Quieren
acompañarnos, Anabel y Adelaida?—preguntó Kate, viendo en Maggie una alerta de
“la llama está encendida”.
--Pues claro. Es
evidente que ustedes tienen el mejor lugar en todo “Lugar Celebrado” y
nosotras, por ser más educadas y sabias, debemos estar en este lugar: nos lo
merecemos. Así que ustedes dos se van a ir, chiquillas de establo, y nosotras
las damas de compañía de la Srta. Patterson, nos quedaremos aquí—contestó
Anabel, encendiendo con esto, la llama interna de Kate. Y aunque ésta pequeña
llama de fuego rara vez se encendía, cuando lo hacía, no había sustancia alguna
que la apagara. Solo la decisión de Kate podía extinguir el fuego.
--¿Y quién ha
dicho que nosotras somos “chiquillas de establo”? ¿Qué os ha hecho pensar que
sois más educadas y sabias que nosotras? ¿Y qué os hace pensar que de nuestra
voluntad nos vamos a ir sin antes defender nuestro territorio?—preguntó
indignada Kate.
--¿Y qué os hace
pensar que me podéis hablar así, maleducada?—
Al decirle
“maleducada” a Kate, Anabel estaba en zona de riesgo. Pues Maggie tenía en una
buena estima a Kate, incluso la consideraba mejor portada y educada, por lo que
cualquiera que agrediera esta idea, estaba poniendo su nombre en juego. El
fuego de ira se vía en los ojos de Maggie, y tanta era la ira, que le era
imposible a Maggie ir hasta donde Anabel y darle su buen y bien merecido
bofetón. Inmovilizada, Maggie se limitó a ver a Anabel de una manera fría,
penetrante y amenazadora, y le dijo con una voz profunda y clara cual cristal:
—Iros de aquí, o
probares el ardor de mis puños—
Los puños de
Maggie estaban totalmente crispados, listos a responder a cualquier negativa de
su enemigo. Con la primera advertencia, Anabel no hizo tanto caso al peligro y
dijo:
--Ni
lo pienses—
--Dije:
iros de aquí. O cometeréis la imprudencia de su vida—volvió a decir Maggie.
A
la segunda advertencia, Anabel se vio vencida y tras apretar los dientes, tan
fuerte que le dolió la quijada, tomó
bruscamente a Adelaida de la mano y se fue. Dejando a Maggie y Kate,
triunfantes de la batalla.
--Mejor
será recoger todo. Ya pronto será hora de irnos—dijo Kate después de ver como
se iban vencidas, Anabel y Adelaida.
--Mejor
será—le contestó Maggie, comenzando con la tarea.
Media
hora después, Ben llegó para decir a Maggie que ya solo faltaba ella y que
todos estaban en la carreta. Maggie se despidió de Kate, tomó sus pertenencias
y se fue en compañía de Ben.
Después
de todo, había sido un magnifico día. Aunque Anabel les hubiera arruinado la
última hora de deleite, Maggie y Kate habían pasado felizmente el resto del
pasado tiempo. Y aquella historia de placer antes de que Anabel llegara, fue a
dar a lo más profundo del sentimiento de Maggie y Kate. Pues allí se habían
dicho cosas únicas.
Por
estar muy apartadas de los demás, Maggie y Kate no habían podido oír sus
calificaciones. Así que en el trayecto de Lugar Celebrado a casa, Maggie
recordó su intrigación por saber su calificación, y preguntó de repente
rompiendo un largo silencio:
--¿Qué
notas he sacado?—
--Habéis
sacado un diez, querida—le dijo mamá sonriente.
--¡Un
diez!... ¡Pero qué bonitas notas he sacado!—
Maggie
no habló durante todo el resto del camino, aunque era muy poco, saboreando así
su victoria. Llegaron justo a la hora del té, así que lo tomaron, y para rareza
de todos los demás, Maggie se sentó tranquilamente en el porche de la casa. Abe
jugaba con el perro Jackie, Ben tallaba una varita con su navaja, los hombres
fumaban, las damas bordaban y el viento pareció estar también feliz y venteo,
moviendo así las hojas de los árboles. Éstos parecían danzar.
Para
la cena, hubo pavo asado en honor a los estudiantes. Todos se sentaron, dieron
gracias y como un privilegio por sacar de las notas más altas, se les permitió
a los niños hablar en la mesa. Pocas veces tenían aquellos privilegios, pero el
tenerlos era sentirse importante. Durante toda la cena, solo había un tema de
charla: la escuela. Solo hablaron de esto, hasta que mamá dijo:
--Bueno,
es bastante excelente para una niña de tu edad las notas que sacaste, pero no
es bien visto a las niñas listas hoy en día, y mucho más difícil encontrarles
marido—
--¡Marido!—exclamó
Maggie al instante, completamente sorprendida por el comentario. Y fue
entonces, cuando después del terrible acontecimiento, Maggie recordó la promesa
de Farmer. Se sentía abrumada y desesperada.
--Pero
Maggie solo tiene trece. No puede casarse aún, ¿o sí?—dijo Ben, también
sorprendido por lo que dijo su madre, y un poco alarmado. Pues aunque nadie (y
mucho menos Maggie) sabía que Ben realmente la quería, él estaba seguro de que
así era. Y siempre había temido la hora en que Maggie se casara y se fuera de
la casa de los abuelos a su propia casa.
--No,
por supuesto que no, Ben. Pero un diez en todo, puede traerte fama hasta el fin
de tus días, y eso afectaría a Maggie cuando tenga que casarse—
--¿Y
si no me quiero casar?—preguntó Maggie, más alarmada aún.
--¡Por
los reinos de este mundo! ¿Qué mujer querría vivir soltera?—esta vez fue mamá
quien se sorprendió.
--Yo—contestó
simplemente Maggie.
No
hubo más plática en la cena, ni el resto de la noche. Se terminó de cenar, se
recogió y al terminar de lavar los trastes, Maggie y Ben recibieron órdenes de
su madre.
--Es
hora de dormir, niños—
--Sí,
mamá—dijeron los dos grandes, pues Abe estaba dormido en el suelo sobre una
colcha, y sería transportado a su cama cuando los adultos subieran a dormir.
Como
Maggie estaba más cerca de las escaleras, fue la primera en subir. Ben le
pisaba ya los talones en los últimos escalones, cuando Maggie se detuvo, se
volvió a Ben, y le dijo:
--Prométeme
que cuando Farmer venga a cumplir su promesa, no lo dejaras hacerlo. Promételo—
--Claro
que lo prometo. No dejaría ni siquiera que ese mocoso holgazán pensara en ti—
--Gracias—le
dijo Maggie, y se iba ya, cuando se volvió a Ben y le dio rápidamente un beso
fraternal. Se fue a su cuarto y se acostó tranquilamente, pensando que ya jamás
habría peligro de que Farmer se la llevara.
Mientras
que Ben, se iba a dormir completamente seguro de que Maggie lo quería
realmente. A pesar de todas la bromas y torturas que le había hecho a la pobre
Maggie. Ben ya había comenzado a dudar de ser querido por Maggie los últimos
dos meses, pues ella lo ignoraba constantemente y trataba de no sostener una
charla con él. Pero a pesar de todo, Maggie lo quería.
Capítulo XI
Una
planeación: un dolor de cabeza
Bien era evidente
que con la Srta. Patterson en la escuela, todo iba a mejorar y prosperar. Y
Maggie fue una prueba de ello.
Como Kirsten era
tan atrayente de carácter, a Maggie le era imposible resistirse a estar con
ella todo el tiempo posible, y al estar ese bastante tiempo con Kirsten, se le
transmitían los modales femeninos por medio de la maestra. A la Srta. Patterson
le gustaba mucho bordar, era uno de sus pasatiempos favoritos, y le gustaba
tanto, que lo llevaba incluso a la escuela. Por su puesto, tanto bordaba, que tenía tanta
practica como para que sus bordados no quedaran perfectos. Sí, eran sus
bordados “los más bonitos que vieron cualquiera de las
mujeres de Macville.” A Maggie pronto le gustó el arte de bordar y ahora ponía
muchísimo más empeño en esto como nunca lo había hecho.
Mamá
recibió un día una carta de la abuela. En la que la abuela le informaba a mamá
el gusto repentino de Maggie por el bordado y la costura.
Tanto
se entusiasmó Maggie, que un día en el recreo, le dijo a Kate:
--Kate, se me ha ocurrido una idea—
--Dime
que no piensas volver a retar a Anabel a subir el Viejo Mango—
Imploró
Kate.
--No,
no. Ni de loca me volvería a arriesgar a tener que
quedarme en cama dos eternas semanas. Ni de loca—
--Me
alego. ¿Entonces qué idea tienes?—
--Desde
que bordamos en el recreo con la Srta. Patterson, me ha gustado más el bordado—
--Eso
es evidente, antes no querías ni pensar en ello. Ahora voy a tu casa y me
encuentro con que has estado bordando durante media hora—
--Sí,
bueno, el punto es, que, ahora me gusta tanto que se me ha ocurrid hacer un
“Club del bordado”—
--¡Magnifico!
¡Esto solo se te podía ocurrir a ti! ¡Eres magnifica!—
--Pero
necesito ayuda para hacerlo, ¿Querrías hacerlo tú?—
--¿Es
en serio?—
--Por
su puesto, eres mi mejor amiga—
--Entonces
comencemos este mismo día cuando vallamos a tu casa a hacer la tarea de
matemáticas. Y ahora sí: te puedo regalar nuevas muestras de bordado y encajes
blancos de satén—
--Sí,
ahora sí—
Y
se rieron de aquellos objetos que seguían guardados en el baúl de Maggie, donde
había muchísimas cosas que nunca habían sido usadas, más tenían ya bastantes
años guardadas allí.
Y
dicho, y hecho. Comenzaron: haciendo muestras, organizando esto y lo otro. Pero
a la mitad del asunto, se atoraron de tal manera, que lo dejaron a un lado, no
mencionándolo a nadie para que no les animasen a seguir con aquel proyecto.
Pues estaban decididas a “jamás coger esa idea tan reburujada”.
Capítulo XII
Solo
malas noticias
Lo siguiente es algo que pasó antes
de que sucediera el momento que le puso nombre a este capítulo. Así que
imaginemos que es un capítulo en otro capítulo. Si es que me podéis entender.
Un
día de mucho calor, Maggie estaba en la cocina preparando la merienda de los
hombres, para luego llevarlo hasta el campo de siembra. Sin embargo, aunque sus
manos se movían sin cesar, sólo pensaba en una cosa: lo que haría después de
llevar la merienda a los hombres.
Cuando
todo estuvo listo, tomó las dos cubetas de madera que contenían el almuerzo, y
se fue.
--Vaya,
llegas temprano hoy—dijo Ben, cuando Maggie llegó al árbol en el que bajo la
sombra, se hallaban los trabajadores.
--Claro,
ni que no supiera la hora. Si mal no me equivoco, son las diez y
cuarto—contestó Maggie, secándose el sudor de la frente. Para estar seguro, Ben
revisó su reloj de bolsillo. Y sí, eran justo las diez y cuarto.
--¿Cómo
lo sabes? Has sido tan exacta—
--Lo
que pasa, jovencito, es que he estudiado muy bien el sol, la luna y las
estrellas, a tal modo de que al ver cualquiera de las tres, puedo saber qué
horas son y, donde estoy—
--Bueno,
entonces eso es sólo una prueba más de que verdaderamente eres la nueva
Sócrates. Ahora, jovencita, has el favor de darnos las cubetas y, por el amor
de la tierra, no nos implores quedarte con nosotros a trabajar—
--No
lo haré, tengo cosas más importantes qué hacer—
--O
mejor dicho, “cosas más interesantes”. Porque si mal no recuerdo, a estas horas
no tienes nada qué hacer, más que sentarte en el porche a aspirar el aire—
--Pues,
sí. Son “cosas más interesantes” como tú las llamas, y no algo a lo que estoy
ligada a hacer. Pero ni aunque me lo implores de rodillas te lo voy a decir. He
dicho—
Y
poniéndose de nuevo el sombrero que se había quitado, Maggie se fue sin decir
nada más, pues “había dicho”. Lo que significaba para los demás que no había
alternativa. Ya que Maggie nunca se rendiría a ellos y luego decir lo que iba a
hacer. Y mucho menos en aquel tipo de casos.
En
casa, Abe dormía, al igual que Hatty, y la abuela estaba haciendo el pan que
había dejado reposar mientras ella dormía.
--¿Ya
no hay nada qué hacer?—preguntó Maggie a la abuela desde la puerta del porche,
mientras de quitaba de nuevo el sombrero. Pues realmente lo detestaba.
--No, querida.
Pero si prefieres hacer algo, con gusto te dejo que hagas el pan—le contestó la
abuela.
-¡Oh, no! Lo digo
porque quiero hacer algo y no puedo hacerlo hasta que todo lo demás esté
terminado—
--Lo sé, Maggie.
Sólo estaba jugando. Puedes ir a hacer ese “algo”—
--Gracias—
Entonces, en menos
de lo que se dice “adiós”, Maggie ya estaba en el taller de su abuelo. Allí
comenzó a cortar, medir, amarrar y clavar, hasta que es sus manos tenía un
columpio individual. Claro que aún tenía que colgarlo de un árbol y sabía justo
en cual rama de cual árbol lo pondría.
Al lado derecho
del taller, había un enorme árbol de mango, el cual tenía una rama gruesa y
recta. Justo del tamaño perfecto, justo lo que Maggie necesitaba.
--Bueno, ésto no
se pondrá solo—se dijo a sí misma.
Luego, con un
suspiro de satisfacción, se amarró las sogas del columpio a la cintura, y subió
por el árbol hasta llegar a la “rama perfecta”.
Dentro de la casa,
Abe aun dormía la sienta, pero se despertó por una pesadilla. Y bajó a la
cocina esperando encontrar allí a la abuela. En lo cual acertó.
--¿Dónde están
todos?—preguntó Abe, arrastrando en su mano izquierda la manta con la que se
hacía una almohada para dormir, y rotándose los ojos con la derecha.
--Ben está
trabajando en el campo, al igual que el abuelo, y Maggie está afuera, en quién
sabe dónde. Lo bueno es que ella se sabe cuidar bien—le contestó la abuela.
Pues sabía que cuando Abe preguntaba por “todos”, sólo se refería a Ben, Maggie
y el abuelo.
--Voy a buscar a
Maggie—dijo Abe con decisión. Y se fue con todo y manta.
Al salir de la
casa, el sol azotó en su cara dejándolo ciego por un momento. Y así como pudo,
fue hacia el taller frotándose los ojos y llamando a Maggie a gritos.
--¡Abe! ¡Aquí
arriba! No hay necesidad de gritar tanto—le contestó Maggie. Al principio le
grito para que la escuchara y viera, luego bajó el tono. Pues si seguía
hablando a gritos, se estaría contradiciendo.
--¿Qué haces?—
--Ya verás. Cuando
termine, no podrás bajar. Es decir, que te encantará y no te querrás bajar.
Aunque si lo pondo demasiado alto, realmente no te podrás bajar—
--Pero yo quiero
saber qué es—
--Ten paciencia.
Sé que yo no soy experta en eso, pero seguro que aunque eres diez años menor
que yo, puedes tener más paciencia que yo—
--¡Maggie!—Abe no
gritó, pero habló en tono de queja y reproche.
--Sólo un momento…
¡Ya está! Sólo deja que yo baje y te enseño como se usa. Y no me digas que no
tienes paciencia para esperar cinco segundos en lo que yo bajo—
Abe cruzó los
brazos y esperó “muy pacientemente a Maggie”, según es sus propias palabras. Aunque
batalló para decir la segunda palabra. En todo Macville sólo había un columpio,
y éste se hallaba en una casa no muy agradable. Por lo que los niños de
Macville no disfrutaban seguido de uno. Abe no tenía ni idea de lo que Maggie
estaba por enseñarle.
Cuando Maggie se
lo enseñó, Abe quedó tan fascinado, que, como dijo Maggie, no se querría bajar.
Pero era hora de que fuera a comer algo, ya que se había saltado la hora de la
merienda jugando en “el maravilloso columpio que vuela hasta es cielo”, según
dijo con emoción el mismo Abe.
Mientras tanto,
Maggie se paseaba tranquilamente en su columpio. Maquinando algo. Entonces, se
levantó corriendo y fue al taller. Pues lo que estaba pensando era un mecanismo
en el que sin tener que desamarrar y amarrar las cuerdas del columpio se podía
bajar y subir con facilidad.
Ya casi terminaba
de ponerlo en el columpio (después de muchos intentos y fracasos) cuando vio
que a lo lejos Ben y los chicos perseguían una jauría de dingos. Se había
percatado que se dirigían justo a ella, pero estaba tan concentrada observando
a un dingo que parecía rabioso, que no se percató de cuándo, ni cómo habían
llegado todos, tanto perros como chicos, al mango del taller. Maggie se había
quedado atrapada en el árbol. Pues los perros salvajes, (que al parecer la
mitad estaban rabiosos) habían visto a Maggie y le ladraban con todo el aire de
sus pulmones. Y la mitad no rabiosa, impulsada por los que sí, ladraban también
a Maggie.
Al principio
Maggie no sabía ni qué hacía, ni nada de nada. Pero luego reaccionó y por
instinto de defensa contra una fiera, rápidamente cortó una rama del árbol bajó
un poco, y trató de quitar a los perros de su camino para poder correr a un
lugar más seguro. Según le pareció. Pues realmente estaba en un lugar bastante
seguro.
Al ver cómo Maggie
obraba, Ben le gritó, habiendo confirmado que algunos tenían rabia, y no quería
después asumir la responsabilidad de que Maggie hubiese sido mordida por un
dingo rabioso:
--¡No te atrevas a
bajar más de donde estas, Maggie! Algunos tienen rabia—
--¡Oh, Ben! Nunca
me dejas hacer algo—se quejó Maggie, sentándose de mal humor en una rama, de
brazos cruzados.
Cuando Ben y los
demás por fin echaron a los perros rabiosos, Maggie seguía de mal humor, y con
el tono que se era de esperar, le dijo a Ben:
--¿Es acaso que ya
me puedo bajar, “Señor No Deja Hacer Nada”?—
--Sí sigues
halando así, claro que no—contestó Ben.
--¡Ebenezer Tom
MacArthur!—
--¡Ya! Baja de ahí
si no quieres que cambie de idea—
Maggie bajó sin
esperar nada más, y cuando estuvo a salvo en tierra firme, Jimmy se le acercó y
dijo en tono de regaño:
--¿Qué creías que
estabas haciendo allí arriba? ¿Y qué pensabas al arriesgarte a ser mordida por
uno de esos rabiosos?---
--Mira, mejor será
que dejes de hablar, si no quieres que te prohíba subirte a mi obra de arte más
de los tres meses que ya llevas en la cuenta—
--¿Cuál obra de
arte?—
--Esa—
Maggie señaló el
columpio e hizo con esto, que Jimmy quedara boca abierta. Jimmy adoraba subirse
a los columpios. Aunque estos fueran para los niños, y él tuviera más de
diecisiete años.
--¡Vamos, Maggie!
¿En serio tres meses sin subirme a ese esplendido columpio: tu obra
maestra?—repuso Jimmy.
--Y si no quieres
que sean más, deja de quejarte. Porque la multa subirá de precio. Ya sabes
mejor que nadie en todo Macville, que con nada me doblego ni me sobornan. Mucho
menos con halagos. Porque al contrario, si me haces piropos, me harás enojar y
te irá peor—
--Eso ya lo sé, no
tienes que explicarme todo el asunto—
Es probable que
Jimmy no necesitara “una explicación de todo el asunto”. Pero para los
lectores, sí lo sería.
A la hora del té,
Kate fue a casa de Maggie para pasar un rato de diversión. Y allí Maggie le
contó su aventura de la mañana-tarde. Para contesto de Maggie, Ben no se
hallaba cerca y no había necesidad e preocuparse por se escuchada. Entonces,
aunque todo estaba perfecto, Maggie bajo la voz y dijo:
--Pero ¿Sabes qué?
—
--¿Qué sucede?
¿Por qué hablamos así de bajo? —preguntó Kate, en un susurro.
--Porque no quiero
que me escuchen. Pero lo que te quería decir, era, que realmente tenía miedo de
ser mordida por esos dingos. Pues ya sabes lo que se hay que hacer cuando un
perro rabioso te muerde—
Kate abrió sus ojos
tan grandes, que parecía que se le iban a salir de las orbitas. Aquel día,
Maggie comprendió que el miedo puede estar dentro ardiendo a lo más alto, pero
por fuera ser sólo una acción de tranquilidad y costumbre.
*****
Una mañana al
despertar, Maggie encontró un sobre en su tocador. Aun en camisón, se sentó en
el borde de la cama, abrió el sobre y leyó:
“Querida Maggie,
Soy tu abuela Ginger, que te
escribe para decirte algo que no me atrevo a decirte en carne y hueso. Por
favor no me atormentes con preguntas en los próximos días, porque lo que te
estoy por contar me devasta por sí mismo, como lo hará contigo, estoy segura…
Al
leer estas primeras palabras, Maggie creyó que Ben se había entrevistado, quiso
salir corriendo al cuarto de Ben y averiguar qué ocurría, pero se contuvo y
siguió leyendo la carta que ahora la atormentaba.
“… Sin más rodeos te lo diré:
Ben se tiene que ir... “
A
esto sobrevino un miedo terrible para Maggie, pero leyó otra vez. Pues como es
evidente, era un chica de trece años (ya los había cumplido) muy valiente y
casi indetenible.
“…Tu padre ha enfermado
terriblemente, no sabemos de qué, una enfermedad extraña y no conocida. Así que
como veras, tu madre necesita la ayuda de alguien. Es mejor que tus padres se
queden en Newshire, donde están hay mejores atenciones médicas. Pensamos tu
abuelo y yo, que podríamos ir a la ciudad hasta que tu padre mejore, pero sería
dejar Granja MacArthur al cuidado de tres personas y eso es demasiado. Así que
no tenemos otra que mandar a Ben para lo que tu madre pueda necesitar. Llora si
quieres, nadie te juzgara, menos yo que he llorado, tanto por temor de perder a
tu padre, como que Ben se vaya por más o menos un mes. Se fuerte querida mía,
ayúdame a mí y baja a desayunar cuando quieras.
Tu abuela que te quiere, Ginger MacArthur.”
Con
estas nuevas y malas noticias, llegarían muchas más que azotaron Macville
terriblemente. Más éste se sostendría hasta el final de la guerra.
*****
Una
semana después, (Ben se había ido a la ciudad el mismo día que Maggie recibió
el sobre blanco, y ahora había pasado una semana de ese suceso) en la escuela,
la Srta. Patterson anunció que la Sra. Jo había enfermado, y que cualquiera que
la quisiera visitarla, podía hacerlo.
Durante
el recreo, Maggie y Kate acordaron ir a visitar a la Sra. Jo ese mismo día en
la tarde, a la hora del té. Y dicho y hecho. A las cinco de la tarde, Maggie
tocó la puerta de la “casa Jo”. Una voz nítida
y suave contesto:
--Adelante—
--Parece
la voz de la Srta. Patterson—susurró Kate.
--Vamos
a entrar—dijo Maggie en un mismo susurro.
Entraron
y vieron lo que efectivamente pensaron. Era la Srta. Patterson. Y Kirsten
igual, sospechaba que serían las inseparables Maggie y Kate. La maestra las vio
y dijo con una voz que solo ella podía hacer:
—Adelante,
niñas. Sabía que serían ustedes, porque por mucho que les aburra estar con un
enfermo, aman ayudar a toda costa—
—Muchísimas
gracias, señorita—fue Kate la primera en hablar.
--¿Les
gustaría tomar el té con una vieja gruñona?—preguntó la Sra. Jo.
--Por
su puesto, a eso hemos venido, a acompañarla un rato para que no esté sola y
aburrida. Maggie hará que esto sea divertido—
--Bueno,
mientras ustedes dos se sientan y asientan, yo voy por un bordado a mi casa,
que por cierto tengo que terminar—
Al
terminar esta frase, Kirsten se fue a su casa por algo. Si la “Casa Jo” hubiera
estado más lejos, la Srta. Patterson no habría ni pensado en ir por un bordado
que ya debió haber acabado, pero que por su propia culpa, estaba interminado.
Pero, la casa de la maestra estaba tan solo cruzando la puerta, doblando a la
derecha y traspasando la puerta de la siguiente casa. Pues estaba la casa de un
señor, la de Kate, la de la maestra, la Casa Jo y una casa inhabitada en la
otra esquina.
--Sentémonos,
Maggie. Así ha ordenado la señorita—
Kate
se sentó sin esperar que Maggie contestara a su recordatorio, y se sirvió té
como le dijo la Sra. Jo.
*****
Un
sábado en la mañana durante el desayuno, Kate recibió una carta de Derick. Sin
poder esperar, la abrió y leyó:
“Querida Kate,
Estoy muy enfermo, en las
noches tiemblo de calentura y calosfríos. Apenas y con mucho esfuerzo he podido
escribir esta carta, y ha sido el inigualable Harry quien me ha hecho el favor
de mandártela. No le digas ni a papá ni a mamá, pues se preocuparan tanto que
enfermaran. Dilo a alguien más, como a Maggie, y mantenlo en secreto con esa
persona hasta que tengas nuevas mías. Prometo que te mandaré una carta por
semana y que te avisaré todo lo que suceda.
Atentamente, Derick”
No
pudiendo evitarlo, Kate se levantó de la mesa bruscamente y salió corriendo a
casa de Maggie. En el camino, lágrimas de preocupación corrían por sus
mejillas, y éstas no la dejaban ver. Llegó a casa de Maggie justo cuando ésta
lavaba los trastes.
--¡Ay,
Maggie! Ven y siéntate conmigo que te tengo que contar algo—fue lo que dijo
Kate entre lágrimas y colocándose en una silla.
--¿Pero
qué ha pasado ahora?—preguntó Maggie cumpliendo el deseo de Kate.
--Toma.
Léelo, y ya dices lo que quieras después—Kate le entregó la carta de Derick a
Maggie, y ésta la leyó. Justo al comienzo, se volvió a Kate con una expresión
que daba a entender su gran preocupación. Pero nada dijo, y terminó de leer
todo.
--Bueno,
nada podemos hacer. Solo orar y esperar que el Señor haga su trabajo. Sé que no
puedo darte un consuelo como el que otorga el Señor, pero te prometo que haré
lo posible para aligerar tu nueva carga—
--Gracias,
Maggie. No sé qué haría sin ti—-
--Llorarías
sin consuelo y lo contarías a tus padres, eso harías—
--Supongo
que sí—
Kate
se limpió las lágrimas y sonrió ampliamente. Sabía que Maggie tenía razón.
Mantuvieron pues el secreto de Derick muy bien guardado, tanto, que nadie
sospechó nada. Hasta que dos semanas después, una carta de Derick anunció que
él volvería a casa para quedarse allí. Pues según sus superiores, había quedado
tan mal devastado por la enfermedad, que sería más una carga que ayuda en el
campo de batalla.
Fue
entonces, cuando Kate dijo a sus padres que Derick regresaría a casa. Para
felicidad de Kate, sus padres se alegraron tanto, que no tuvo que usar una
excusa (para mantener por siempre el secreto de la enfermedad), evitando así,
mentir y que su conciencia no la dejara en paz nunca más, hasta que confesara
su pecado.
Un
mes después, Derick pisó la estación de Newshire. Viajó en carreta hasta
Macville y tocó la puerta de casa. No esperando encontrar a su hermano en la
puerta, Kate tardó un poco en abrir. Pero al ver a su querido hermano en la
puerta de su casa, rompió en llanto de felicidad.
--Pero,
Derick. ¿Por qué no habéis dicho nada de cuándo llegaríais?—preguntó ella en
medio de lágrimas.
--Era
algo que os quería hacer desde hace mucho tiempo. Y ahora que he tenido la
oportunidad de ver como reaccionabais, no la perdí—le contestó Derick.
--Eres un pícaro—
--¿Dónde están
papá y mamá?—
--Están en el
patio. Limpiando la tierra del jardín para sembrar—
--Pues vamos a
darles una sorpresa y ayudarle de una vez—
Los padres de Kate
se llevaron una gran sorpresa, tal como la misma Kate. Aquella fue la única
buena noticia que se dio en Macville durante ese año de 1916.
*****
Era costumbre que
el pastor de Macville leyera en voz alta, los telegramas de las familias, que
no se habían leído por nadie. Sino que los telegramas llegaban a casa del
pastor y el domingo los leía para todos, de esta manera, todo se sabía y se
sabía qué hacer.
Por esta
costumbre, el domingo 12 de noviembre de 1916, el Sr. Sanford leyó:
--“Perdidos en
acción: Caleb Ferguson, Tomas Potter y James Carrison. Muertos en acción: Karen
Madison y Harry Tambourine”—
Al escuchar el
nombre de su hijo en la lista de fallecidos, la Sra. Tambourine salió de la
estancia y no volvió. En cambio, el Sr. Tambourine sabía que su esposa
necesitaba un momento a solas y que él no podría hacer nada para consolarla,
así que se quedó durante todo el servicio. Pero a pesar de que se quedó, cantó
y leyó de la biblia, Maggie notó que estaba triste. Harry Tambourine había
muerto. Y esto solo fue una de las cosas que debían seguir aconteciendo.
La Sra. Jo fue
empeorando en su enfermedad, hasta que un día durmió para no despertar, hasta
que Jesús viniera a la tierra una vez más para llevarse a su iglesia y dar
nuevos cuerpos a los vivos y también a los ya fallecidos. La Sra. Jo siempre fue recordada por su muy
popular frase:
“El
santo libro de la alabanza al Señor”
Porque para ella
era tan especial e Himnario. Pues al morir su esposo, aquel viejo librejo de
encuadernado rojo, había sido su único consuelo terrenal. Por eso le era muy
especial.
Papá ya se había
mejorado lo suficiente para que Ben regresara, así que regresó. Maggie estaba
pasando el fin de semana en casa de Kate, así que cuando Ben regresó, ella no
se dio cuenta de lo sucedido hasta el domingo en la iglesia. Pero no duró mucho
el feliz encuentro de los hermanos, cuando Ben cayó enfermo y tuvo que aguardar
cama.
Maggie ayudó a
cuidarlo durante todo el tiempo que estuvo enfermo, y aunque lo que sucedió en
aquel cuarto no salió más allá de las paredes de “Casa MacArthur”, Ben siempre
le estuvo agradecido a Maggie por aquellos cuidados y entretenimientos que lo
habían salvado de la desesperación.
*****
Un día que Kate y
Maggie fueron invitadas a casa de la Srta. Patterson a tomar el té, Kirsten les
dio una noticia tan buena, como mala.
--Niñas, les tengo
que decir algo—
Al escuchar estas
palabras un poco alarmantes, Kate y Maggie escucharon atentamente lo que
Kirsten tenía que decir.
--Debido a que las
vacaciones invernales han comenzado apenas hace una semana, creo que este es un
buen tiempo para que yo haga el viaje que tanto he querido hacer a Newshire. Si
mal no recuerdo, hay una casa para pobres, y yo quiero ir allá, estar un mes,
ayudar con lo que pueda y ser de bendición—
--¡Un mes!—exclamó
Kate.
--Vamos, no es tan
mala idea, ¿o sí?—
--Lo es para mí,
no sé qué haría si os fuerais por un
mes. Cuando estoy aburrida, habéis sido vos quien me ha sacado de la
desesperación. ¿Qué haré cuando no estés?—
--Bueno, cuando yo
esteba aburrida, mi mamá me decía:
“Busca a alguien
quien ayudar,
Y
de tu aburrimiento te vas a olvidar”
¿Por qué no lo
intentáis? A mí me ayudaba muchísimo, cuando terminaba, me sentía satisfecha y
me sentaba a saborear mi satisfacción—
--Supongo que lo
puedo intentar—
--¿Y tú, Maggie?
¿Qué pensáis?—
--Bueno, al
decir “un mes”, se oye como mucho. Pero
cuando menos lo piensas, el tiempo ya pasó y todo ha vuelto a la noemalidad.
Así que creo que no hay que preocuparse por nada y seguir con la vida
cotidiana, aunque admito que la voy a extrañar—admitió Maggie
--De cualquier
manera, ya tengo lugar en donde hospedarme. Así que no le puedo decir a la
dueña de la casa que no—confesó la maestra.
--Espero que se
divierta y pueda juntar nuevos recuerdos para recordar en el futuro—le dijo
Kate sinceramente.
*****
La Srta. Patterson
se fue, como dijo que haría. Y aunque realmente no era una mala noticia para
Macville, lo era para Maggie y Kate. Aunque es cierto que el pueblo estuvo más
triste durante ese mes, pero nadie dijo nada. Con excepción, claro, entre
Maggie y Kate.
Pero
más que nada, la guerra afectaba todo el mundo, fuera cual fuera el lugar
señalado. Casi cada mes un ataúd llegaba, casi cada mes alguien lloraba un ser
querido, casi cada mes era una pena vivir, casi cada mes se decía que la guerra
no terminaría.
Y para colmo de
males, Jimmy tenía viruela.
Capítulo
XIII
El
empleo de Ben
Aunque Maggie es
nuestra personaje principal, no creo que haya inconveniente en que dediquemos
un capítulo a Ben.
Después
de que Jimmy se mejoró, aunque nunca volvió a ser el mismo, Ben consideró la
idea de buscar un trabajo fuera de casa y que le proporcionara unos pocos
recursos financieros. Después de pensarlo por bastante tiempo, dos semanas, se
acercó un día al abuelo y le dijo:
--Señor, no hay
mucho trabajo en casa, en la granja quiero decid. Y he estado considerando la
posibilidad de buscar un trabajo en Macville. Creo que es algo conveniente que
sea de muy mañana, porque a la hora de la comida, no tendré tiempo. Y si es muy
tarde, mi abuela no aceptara, porque no creo que ella quiera que regrese a casa
tan tarde. Así que dígame por favor su opinión, señor—
--Has estado
pensando y masticando esto, ¿verdad, muchacho?—
--Sí, señor—
--Ya lo veo—
Por unos minutos, el
abuelo no habló. Ben sabía que lo estaba considerando. Y por fin, el abuelo
dijo:
--Yo estoy
completamente de acuerdo contigo, chico. Pero no sé qué dirá tú abuela, Ben.
Déjame decírselo y ya veremos qué sucede—
--Gracias…señor—
Para sorpresa de
Ben, la abuela dijo que sí sin tener que insistir. Pues aunque ella tampoco lo
había dado a conocer, también había pensado que un trabajo fuera de casa le
vendría bien a él.
Así que a la
mañana siguiente Ben fue a buscar trabajo.
*****
Tras buscar por
varios días, por fin decidió que escogería tres opciones y de esas tres,
escogería una y en esa trabajaría. La primera era trabajar para el señor
Tambourine, en donde casi no se movería ni haría nada, porque realmente no
necesitaban su ayuda en aquel lugar. La segunda, la oficina de correos
necesitaba un repartidor de correo, y ese podía ser Ben. La tercera, en un
hotel pequeño pero atestado, en el que había mucho trabajo atestado, debido a
que necesitaba ya bastantes arreglos, pero este trabajo lo cansaría demasiado y
no tendría tiempo de hacer sus tareas en casa.
Por fin lo
decidió. Sería repartidor de correos.
*****
Ahora bien, un
suceso en la vida de Ben es de gran importancia mencionar.
Un
mes después de aceptar el trabajo de repartir correos, Ben comenzó a hacerse
amigo de unos chicos que también trabajaban allí. Y aunque Ben sabía que no
eran de fiar, él creyó que se podría controlar y decir no. Sin embargo, se
equivocaba en la peor manera. Pues un día, sus amigos lo invitaron a tomar la
cena su casa.
--Vamos,
solo será una comida común y corriente—le decía George, quien era el mayor de
los tres.
--Sí,
mis padres no están, pero no pasara nada—insistía Ethan igual que su hermano mayor.
--Bueno,
supongo que puedo pedir permiso—dijo Ben por fin.
Así
quedó el asunto, y Ben obtuvo su permiso. Dejando a Maggie en casa con malas
sospechas sobre el asunto, Ben se encaminó a la casa de los dos hermanos Foster.
Para la “cena común y corriente”, hubo carne de cordero, puré de papas y de
postre pan tostado con mermelada de mango. Todo iba bien hasta entonces, fue
cuando George se levantó de la mesa y fue por una botella de vidrio obscura.
--¿Qué
no es eso vino de uva?—preguntó Ben, algo preocupado.
--No
te preocupes, solo es jugo de uva. Pero como mi madre no tiene otro frasco
donde ponerlo, lo pone aquí. En realidad da mala finta—le contestó George
lanzando una carcajada sonora y tomando su lugar.
--Sí—dijo Ben, ya completamente despreocupado.
Cada
uno se sirvió un poco, y lo tomaron. Pero a cierto rato, Ethan dejó de tomar y
Ben se extrañó, sin embargo, no lo suficiente para dejar de hacerlo él mismo. Pronto
Ben comenzó a sentirse mareado, le dolía la cabeza y la boca le sabía a rayos y
caracoles. Aun así, no dejó de tomar “jugo de uva”. Notó (aunque muy a duras
penas) que George tampoco lucía muy bien, a diferencia de Ethan que parecía
intacto.
Para
ser sinceros, Ethan y George no tenían malas intenciones cuando lo invitaron a
cenar. Simplemente era una cena de amigos para convivir y charlar. Pero George
era un chico al que cualquier cosa se le podía ocurrir. Y como ya sabemos, en
esta ocasión se le ocurrió embriagar a su amigo y compañero de trabajo, metiendo
a su propio hermano en problemas. En cambio Ethan, sabía que si no le seguía la
corriente a su hermano mayor, más tarde le iría peor.
Sin
embargo, como Ben nunca había tomado licor alguno en su vida, no advertía, ni
sabía lo que éste le provocaría. Y para su salvación, Jimmy llegó justo a
tiempo para detenerlo y hacer que dejara de tomar, antes de que hiciera
cualquier tontería.
--¡Por
los cielos! ¿Qué habéis hecho?—exclamó Jimmy completamente enfurecido.
--Escucha
Jimmy, la verdad estoy completamente arrepentido de no haberle dicho que George
lo engañaba, y al no decirle la verdad, yo también soy culpable. Así que no
trataré de negar mi culpa. Aun así espero que me perdonen algún día. Por ahora
solo te ayudaré a llevarlo a casa y decir toda la verdad—dijo Ethan, con un
tono de voz que no podría sonar más a sinceridad.
--Bien.
¿Y qué con George?—
Y
el aprovechado de George se había quedado dormido con la botella en manos.
--No
le pasará nada. Ya ha pasado por esto, y una vez que se queda dormido, no despierta
hasta el día siguiente. Eso sí, con una terrible jaqueca. Que a mi juicio, es
peor esa pare del asunto, que cuando está ebrio—
Juntos
llevaron a Ben a casa, no sin antes casi caerse por tres veces, moverse de un
lado a otro y asustar a algunas personas que caminaban en la calle.
En
casa, todo mundo estaba dormido. A excepción de los abuelos. Tocaron la puerta
y ésta fue abierta de inmediato. Entraron con tal estrépito, que Maggie se
levantó sobresaltada, creyendo que las bombas de Inglaterra habían llegado
hasta allí. Pero no vio nada de diferente, y luego escuchó voces provenientes
de abajo. Así que, tomando su bata, salió de su cuarto y bajó unos cuantos
escalones hasta solo poder ver lo que abajo ocurría.
Lo
que Maggie vio no fue muy agradable. Vio a Jimmy y a Ethan Foster cargando a
Ben de los brazos, y Ben se movía tambaleante mientras lo sentaban en una
silla. La abuela vio a Maggie sentada en los escalones observando todo, así que
fue hacía ella y le dijo:
--Vamos,
Maggie. No es nada, vuelve a dormir—
--Pero
abuela, quiero saber qué ha sucedido—
--Nada
alarmante, querida. Vuelve a la cama—
--¿Está
Ben muerto?—
--¡Por
los cielos! Claro que no, él está bien—
--Por
favor, dime qué tiene, solo eso y me iré a dormir sin más preguntas—
La
abuela suspiró. Y tras ver los ojos suplicantes y angustiados de Maggie,
comprendió que la niña no se dormiría hasta saber qué ocurría, podía ir a
acostarse, pero sin poder conciliar el sueño. Así que le dijo:
--Ben
ha regresado a casa ebrio. Ahora a dormir—
Maggie
se asustó un poco, pero habiendo prometido irse a dormir si más preguntas, se
levantó del escalón donde estaba sentada y lo último que vio esa noche, fue a
Ethan Foster descubriéndose la cabeza y comenzar a hablar.
*****
A
la mañana siguiente, Maggie despertó sin recordar nada del día anterior. Por
eso le extrañó no haberse podido levantar temprano, (su reloj de tocador
mancaban las ocho de la mañana) pues bien sabía que cuando no se podía levantar
antes de salir el sol, era porque o se había dormido muy tarde, o algo la había
agitado en la noche sin dejarla descansar debidamente.
Se
alistó sin perder un minuto y bajó corriendo. Siendo día de clases, y viviendo
en una granja de ganado, hay mucho qué hacer y cuando uno se levanta tarde, no
puede pensar siquiera en aguardar cama “cinco minutos más”.
Al
llegar a la cocina, Maggie vio que todos ya habían desayunado y comenzado con
las tareas cotidianas. Pues la abuela y Hatty recogían la mesa y lavaban los
platos.
--¡Soy
un desastre! ¡Tenía que levantarme tarde! ¡Y hoy precisamente! Cuando prometí a
la Srta. Patterson que no faltaría a la presentación de poemas.
¡Cacharros!—exclamó Maggie llena de desesperación.
--Calma,
Maggie. Kate pasó por ti para ir juntas a la escuela, pero debido a que no te
habías levantado, le dije que hoy no podrías ir y que avisara a la Srta.
Patterson. Estoy segura que la maestra pospondrá la presentación de poemas, y
todos estarán de acuerdo con ella—le dijo la abuela dulcemente, tratando de
tranquilizar a Maggie.
--Bien,
entonces hoy no voy a la escuela. ¿Y qué voy a hacer entonces?—
--Por
lo pronto, puedes venir a desayunar. O el desayuno se enfriara—
Maggie
se sentó y desayunó lo más rápido que pudo, aunque Hatty la regañó y Maggie
tuvo que comer más lento. Simplemente no se hacía a la idea de haberse
levantado tarde.
--No
hace falta que vayas a hacer tus quehaceres, Ben y Jimmy y a los han hecho—le
dijo la abuela a Maggie, cuando ésta terminó de lavar su plato.
--Gracias…
Le
contestó Maggie, muy extrañada. Habiendo estado sus quehaceres hechos y sin tener
que ir a la escuela, Maggie salió para ver en qué se podía entretener. Ben
subía los escalones del porche cuando Maggie cruzaba la puerta. Y fue entonces,
solo entonces, cuando Maggie recordó lo que había sucedido el día anterior. El
corazón le palpitaba rápido, no podía respirar bien y, por alguna razón Maggie
se llenó de miedo.
Ben
sólo le sonrió y cada uno siguió su camino, Maggie corrió a su columpio y Ben
fue a preguntar por su sombrero de paja.
Durante
todo el día Maggie estuvo triste (aun cuando Kate fue a visitarla para
preguntar la razón de que no fuera a la escuela) y trató de evitar lo más
posible a Ben.
--¿Por
qué Maggie está como tratando de evitarme?—le preguntó Ben a la abuela a la
hora del té, mientras lo tomaban en el porche (donde no estaba Maggie).
--Tal
vez crea que eres el culpable de lo que sucedió ayer—le contestó la abuela,
quien sabía toda la verdad.
--¿Entonces
sabe todo?—
--Si
supiera todo, no creería que eres el culpable. O ¿sí?—
--No,
supongo que no. ¿Cómo hago para que deje de creer eso?—
--¿Por
qué no vas y le pides perdón por no haber hecho caso a su advertencia? ¿Y por
qué no decirle toda la verdad? Es tu hermana, no veo porque no deba saber la
verdad—
Sin
esperar más, ni contestar a la abuela, Ben se levantó y fue a buscar a Maggie
al establo. La abuela sonrió y siguió bordando. En el establo Maggie estaba haciendo
trenzas con tiras de hojas de mango. Ben se acercó a ella.
--¿Qué
haces?—le preguntó después de unos minutos de silencio.
--Aun
no lo sé, solo lo estoy haciendo—contestó Maggie sin levantar la cabeza.
--Escucha,
será mejor que me pongas atención, porque no lo voy a repetir—Ben no lo
repetiría no porque se le hiciera aburrido, sino que le costaba hacerlo.
--Bien…entonces
comienza—
--Lo
que ayer sucedió no fue a mi propia voluntad, sino que ellos (los Foster) me
engañaron diciéndome que sólo era jugo de uva, y que como su madre no tenía
algo más apropiado para ponerlo, era allí donde lo ponía, dando (como dijo
George) mala finta. Cómo nunca había yo tomado algo parecido antes, no sabía
cómo había de saber el licor. Así que seguí tomando sin detenerme, siendo éste
realmente delicioso. Ya que sabes el resultado de esta acción, no la diré. Sé
que me advertiste de que ellos daban mala espina, pero no hice caso y fui un
necio. Por ello te pido perdón. Y ahora que sabes toda la verdad…bueno me faltó
algo. Según me contaron, Ethan dijo que lo sentía y que de ahora en adelante
defendería justamente a la gente, aun en contra de su hermano, y costase lo que
costase. Al menos así me contaron que dijo, descubriéndose la cabeza e irse sin
esperar respuesta—
Por
un momento, Maggie no dijo nada. Meditaba sobre lo que tenía que hacer: creer a
Ben y concederle perdón, o negarse a la verdad y ser rencorosa sobre ese asunto
durante toda la vida. En ese momento recordó un pasaje de la biblia. No se
dormiría aquel día con rencor.
--Está
bien, por esta vez te perdono. Pero si alguna vez vuelves a hacer lo mismo o
algo peor, no esperes más de mí. Porque simplemente no podré—contestó por fin
Maggie.
--Entonces,
me voy. Porque tengo que ir a hacer las tareas de la tarde. Y pensándolo bien,
tú también—
--Sí,
será lo mejor. Solo que debo antes recoger este desastre—
Maggie
estaba repleta de tiritas de hoja de mango. En la falda, en las mangas, en el
cabello y en las manos. Tanta hoja de mango tenía sobre sí, que parecía toda
ella una hoja gigante de mango.
Antes
de que terminara de recoger “del desastre”, de improviso, Ethan Foster estaba
junto a Maggie.
--Anoche
que me disculpé con todos los demás, tú estabas dormida, por lo que no pude
disculparme de ti por lo que pasó ayer.
De manera que habiendo prometido a mí mismo disculparme con todos, he venido
hoy a hacerlo con la única persona que
me faltaba. No puedo hacerlo con Abe, porque él aún es muy pequeño para
entender las cosas. Pero contigo sí puedo, siendo tú, lo que según me han
contado, “la nueva Sócrates”. No vine hasta ésta tarde porque tenía demasiadas
cosas qué hacer, así que vine en cuanto pude. Sin nada más que decir, me
disculpo sinceramente—sin esperar respuesta a su disculpa, Ethan se iba ya,
cuando Maggie (que por haberse quedado perpleja no había hablado) le gritó:
--¡Espera!
No tienes que irte tan pronto. Ni siquiera te he dicho si te perdono o no, y no
creo poder hacerlo en un futuro porque tú y yo nos encontramos una vez al año.
Exagerando, claro—
--Bueno,
es que lo que hice estuvo tan mal, que no esperaba ningún perdón—
--Pero
sin embargo yo te lo doy—
--¿Por
qué?—
--Porque
a pesar de haber obrado mal, al final decidiste hacer lo correcto. Te
disculpaste honestamente y prometes defender al indefenso aun en contra de tu
hermano, cueste lo que cueste. Y eso no es algo que muchos puedan hacer, al
menos por mi parte no—
--O
lo escuchaste por ti misma, o te lo han contado—
--Me
lo contaron, pero no diré quién—
--De
todas maneras puedo saberlo sin que tú me lo digas—
--Eso
no importa. Mientras yo haya cumplido a lo que a mi consideración es mi deber,
mi conciencia estará tranquila. Y si el otro no hace lo mismo que yo, no será
mi problema—
--¡Vaya!
Al parecer sí tienes bastante inteligencia—
--Eso
no ha sido cosa mía, porque yo no me hice a mí misma. ¿Sabes a qué me refiero?—
--Por
su puesto. El que no vaya a la iglesia los domingos porque mi padre no lo
quiere, no significa que no sepa nada de nada—
--En
tal caso, me alegra. Ya que he terminado de recoger mi desastre, será mejor que
vaya a hacer mis tareas. O seré yo la que se meta en problemas esta vez—
--Entonces
adiós, Madame—
--Adiós,
Monsieur—
Y
sin más palabras, Maggie cogió la gran canasta con hojas que tenía y se fue a
hacer sus tareas. Mientras tanto, Ethan se reía de Maggie, pero no de la manera
burlona con la que normalmente Ben lo hacía, sino que una risa que haces cuando
alguien te agrada.
Aunque
Ethan era sólo tres años que Maggie, se veía incluso más grande que Ben.
Cualquiera que lo viera por primera vez y sin saber su edad, habría pensado que
tenía unos veinte años. Pero lo cierto que solo tenía quince. Aquello se debía
a que Ethan había tenido que vivir cosas muy desagradables en su apenas
comenzada vida.
Luego
de reírse cinco segundos, Ethan metió sus manos en los bolsillos, y se fue
silbando, dando a entender, que se hallaba feliz. Ya que su conciencia ya no lo
molestaba, como antes de haber sido perdonado por todos.
*****
El
asunto jamás se volvió a mencionar, no siendo éste un tema que agradara a
nadie. Excepto a George Foster, quien gozaba de lo lindo haciendo a la gente
sentirse incomoda al mencionar lo sucedido.
Habiendo
mencionado a los Foster, George siguió como estaba y jamás se enmendó. Por lo
que se convirtió en lo que la abuela Ginger llamaba: “un caso perdido”. Y en
cuanto a Ethan, cumplió su promesa, a tal grado, que el pueblo le hizo un
reconocimiento oficial. En especial la abuela Ginger.
En cuanto a los
MacArthur, tanto Ben como Maggie, aprendieron dos cosas aquella ocasión. Una,
no siempre las personas de mejor apariencia son los mejores amigos, y hay que
saber escogerlos. Dos, el amor, la amistad y el perdón fraternal, llevan a un
mundo mejor.
Capítulo
XIV
Una
escena melodramática
Realmente Maggie y
Anabel jamás estarían completamente de acuerdo. Porque he aquí, un
acontecimiento que haría marca en el futuro de los infantes de Macville.
Un domingo de
verano, Maggie hallábase desesperada por levantarse del asiento y salir a
correr por todo Macville. Pero tuvo que aguantar con tremenda valentía hasta el
fin. Y cuando por fin terminó, se levantó con rapidez al patio, y sin darse
cuenta, Anabel la siguió.
Era evidente que
Anabel la seguía con un mal plan, porque dijo:
--¿Sabes? Me
enteré que Farmer te ha propuesto matrimonio—
--¡Eso no es
cierto! Él sólo dijo que me prometía conquistarme cuando fuésemos grandes, no
que si quería casarme con él, Srta. Metiche—le contestó Maggie más indignada
que nunca en su vida de catorce años.
--Es lo mismo. Y
yo creo que tarde, que temprano, tú ya estarás casada con él—
--¡Eres de lo más
mentirosa que he visto en mi vida! ¡Asquerosa alimaña!—
En ese momento,
Kate y otras chicas, junto con unos pocos chicos, llegaron justo a tiempo para
ver como el puño crispado de Maggie golpeaba la nariz de Anabel. Había sucedido
lo que prediagnosticado estaba. Maggie se hizo un paso atrás para ver como
surtía efecto su acción. Anabel tenía la nariz roja, y de ella un hilo de sangre
escurría. Pronto sacó su pañuelo y se limpió la nariz. Efectivamente tenía
sangre. Encolerizada, Anabel dijo gritando:
--¡Mira lo que has
hecho!—
Con estas
palabras, todos los adultos que estaban en el templo, supieron de inmediato que
algo había ocurrido. Y para colmo de males para Anabel, ésta se echó a llorar
“como una niñita”, lo que tuvo oportunidad a que se burlaran de ella durante
mucho tiempo.
--¿Qué ha
sucedido?—fue lo que dijo la Sra. Kingman, enojada con quien quiere que fuera
el culpable.
--Ella me provocó
sin ninguna compasión de sí misma. Porque si hubiera puesto atención y
precaución a que yo la podía lastimar, no lo hubiera hecho. Pero al parecer no
le importó las advertencias y se fue del sartén al fuego. Lo que sea que le
haya pasado es su culpa, y que mejor se deje de llorar como niñita y se aguante
lo que ella misma provocó—fue lo que dijo Maggie, sin ningún asomo de
arrepentimiento, con la cabeza en alto, y una voz de mando que daba miedo a
cualquiera que no fuese como ella, o peor.
--¡Por todos los
cielos! ¡Margaret May MacArthur! ¿Te das cuenta de lo que has dicho? Pide
perdón en este mismo instante—le dijo la abuela, muy avergonzada de su
comportamiento.
--Perdone, Su
Majestad, pero he aquí hago un juramento, en el que prometo jamás concederos el
perdón, debido que sois vos quién me ha insultado—dijo Maggie, levantando con
esto la ira de Anabel.
--¡Eres un
monstruo sin igual! ¡Despiadada!—le contestó Anabel queriendo abalanzarse a
ella y morderle la nariz, pero su madre la detuvo.
--Claro que soy
despiadada, no voy a tener compasión de una niñita que se busca sus propios
problemas, y además, a propósito—
--Esto se acabó.
Maggie, estas castigada por un mes. No jugaras con Kate, y si para impedirlo
tengo que no enviarte a la escuela, con gusto lo hare. Harás las lecciones en
casa y cuando no trabajes, me ayudaras a hacer otras cosas: en pocas palabras,
nada de diversión. Perdone tastas molestias Sra. Kingman. Reconozco que parte
de esto es mi culpa—
--La perdono a
usted, no a esta niña salvaje—dijo la Sra. Kingman, lanzando una despectiva
mirada a Maggie, quien le contesto con calma:
--Diga lo que
quiera Sra. Kingman, no me afectan ese tipo de palabras y ningunas otras. Y
para que sepa, nada de lo que ha visto,
es comparado con todo lo que puedo llegar a hacer—
--Entonces que el
cielo nos ampare—
Y la Sra. Kingman
se fue, con todo y niña de la mano.
--Bueno, por lo
menos sabemos que Maggie sobreviviría, sin ninguna ayuda, en este mundo
cruel—dijo Ben con convicción.
La abuela lo vio
con una mirada no muy amistosa y se fue a casa con Maggie tomada de la mano,
temiendo que se metiera en más problemas. Ese mismo día comenzó el castigo.
*****
El mes pasó, y la
promesa de Maggie perduró hasta entonces. Durante ese mes de castigo, aunque no
vio a Anabel una sola vez, Maggie la odió por encima de todas la cosas.
El primer lunes
que fue a la escuela cuando se acabó el mes, Maggie no dijo ni una palabra. Ni
siquiera a Kate, a quien tampoco había visto todo un mes. Y lanzó todas las miradas
furtivas que pudo al enemigo.
Una semana después
de volver a clases, Maggie se hallaba sentada en el porche, descansando de
partir un montón de palos. Aunque sus ojos estaban serrados, y a simple vista
parecía que no pensaba en nada, aquel que fuese observador, habría advertido
que un asomo de pensamientos estaba allí. Pues verdaderamente estaba no sólo
pensando, sino meditando también. ¿En qué? Pues ya veréis.
La abuela estaba
cociendo en la cocina, Ben tallaba un madero en los escalones del porche, Abe
se hallaba tomando la siesta, al igual que los demás adultos de la casa.
Entonces, Maggie se levantó de un salto y dijo en voz a cuello con alegría, de
modo que la abuela la escuchara:
--¡Voy a casa de
Anabel!—
Y se fue corriendo
sin dar tiempo a preguntarle algo. Ben se quedó atónito y la abuela se levantó
con estas palabras hasta bajar los escalones.
--¿Pero qué mosca
le habrá picado a esa chica? Está más enojada que Dios con el Diablo, y de
pronto dice que va a casa del enemigo—exclamó la abuela, sin que se le
ocurriera otra cosa.
--Bueno, supongo
que la mosca del remordimiento—le contestó Ben, con una sonrisa de lo más
pícara.
--Tú no digas nada
si no quieres meterte en problemas—y con estas palabras, la abuela le dio un
zape a Ben en la cabeza con un trapo, y se fue.
*****
Mientras que en
casa de los Kingman, la puerta era tocada. Era Maggie.
--¿Qué se te
ofrece, impertinente?—dijo la Sra. Kingman.
--Mire, señora. Si
no quiere que me arrepienta de lo que estoy por hacer y le vuelva a hacer una
maldad a su hija, o peor, a usted, déjeme hablar con Anabel—
--Bien, he sabido
que cumples muy bien tus amenazas. Así que por mi bien tanto por el de Anabel,
te dejaré pasar—
Y la dejó pasar.
En casa no se hallaba el señor de la casa, porque de lo contrario, éste habría
invitado a Maggie a pasar un buen rato de risas, puesto que su propia hija
simplemente no se las podía conceder. Anabel estaba en su cuarto, escribiendo
cartas.
--Tienes visitas,
Anabel. Trátalas como tal—dijo la madre de Anabel y se fue, dejando a las dos
niñas completamente a solas.
--Hola—dijo Maggie
tragando saliva con gran esfuerzo.
--Hola…Maggie—dijo
la otra, guardando sus cosas.
Maggie suspiró
profundamente y sin más, comenzó:
--Sé que hace unas
semanas fui una despiadada, desconsiderada, rebelde y desobediente niña. Sé que
todas las cosas que dijiste de mí son verdad, sé que soy un monstruo sin igual,
sé que no soy piadosa, sé que soy una asquerosa alimaña…bueno, eso te lo dije
yo a ti, pero eso no cambia en hecho de que lo sea. Y aunque sé que todo lo que
yo dije de ti también es verdad, sé que soy igual de culpable que tú, y por eso
no permitiré que pase un día más, sin que intente por lo menos ser perdonada—Maggie
volvió s suspirar.
Sus palabras
fueron tan sinceras, tan verdaderas, tan consientes, que Anabel no pudo más que
creer en su humildad y contestar:
--Puesto que lo
dices con tanta sinceridad, te perdono—
Maggie le sonrió.
Y aquella tarde la pasaron muy de maravilla hasta que llegó la hora de que
Maggie se fuera. Aunque es cierto que Anabel no mostró interés de ser
perdonada, al igual que Maggie.
Dos cosas
sucedieron ese día. Una, que una de las niñas había sido perdonada. Dos, que la
Sra. Kingman se dio cuenta, que aunque Maggie pudiera ser muy salvaje,
obstinada y rebelde, también tenía un corazón sensible como todo ser humano.
*****
Una semana
después, sucedía lo mismo: Maggie descansaba en la mecedora del porche, Ben tallaba
de nuevo (esta vez sentado en una silla sobre el porche) y Abe, dormía la
siesta como los adultos. Entonces, llegó Anabel y dijo a Maggie sin subir al
porche siquiera:
--Ya no puedo
vivir un momento más sin pedirte perdón por lo de hace unas semanas—
--¿Qué cosa? ¿A
qué te refieres?—preguntó Maggie, completamente desconcertada.
--Lo que sucedió
después del servicio un domingo, en el que yo te provoqué para ocasionarte
problemas—
--¡Oh, sí! Ya lo
recuerdo, pero yo creí que ya te había perdonado ¿no?—
--Pues no creo
estarlo hasta que me lo digas de verdad—
Casi en sus
primeras palabras, Anabel se había puesto de rodillas en los escalones, juntado
las manos en alto e implorado perdón tan cómicamente, que tanto Ben como
Maggie, a duras penas podían aguantar la risa. En ese momento, se escuchó que
Jimmy llamaba a Ben, quien había estado escuchando toda la escena.
Sin decir nada Ben
dejó su trabajo en una mesita y se fue en busca de la voz que se escuchó. Por
cierto, Jimmy había sido un astuto. Él había visto que Anabel se acercaba a la
casa, así que la siguió. Se escondió detrás de la pared y escuchó todo,
entonces, para no hacer sospechar que había estado escuchando, se alejó de allí
y llamó a Ben. Así fue como nadie sospechó nada, pero Ben se enteró de todo,
aun sin sospechar nada hasta que se lo contaran.
En cuanto Ben
dobló la esquina de la casa, Jimmy le dijo:
--Escuché todo
desde el principio—
Y como los dos
sabían de qué hablaban, se rieron a carcajadas. Por su puesto, las niñas
escucharon las risas, y no hablaron de nada hasta asegurarse de que ya no las
escuchaba ni el más mínimo pájaro. Maggie se volvió a sentar y Anabel
rápidamente se puso de rodillas a sus pies para continuar con su cómica escena.
Maggie no se
percataba aun de la niña a sus pies, pues veía el horizonte, donde a lo lejos
se veían los dos “metiches payasos”, como llamaron ellas dos a Ben y Jimmy.
--No te preocupes
por Ben, ya sabes cómo es—
--¡Oh! No es tan
difícil perdonarlo siendo el más apuesto del pueblo—
--¡Por los reinos
de este mundo, Anabel Kingman!—
--A mí no me
culpes, sé que lo es, tú misma lo has de admitir. Pero hay una chica en el
pueblo que lo dijo en voz a cuello, y además, en el mercado a “la hora de las
compras comunales”—
--Dime quien fue,
porque de inmediato voy y le rompo la cabeza—
--Nelly Barton—
--Debí haberlo
imaginado… ¿Pero qué hace allí tirada?—
Hasta entonces, Maggie
no se había aun dado cuenta que Anabel estaba sentada sus pies, y que alivio
que Anabel lo hubiese hecho. Pues esto salvo a Nelly Barton de una paliza, y a
Maggie de más problemas.
--No lo sé, la
verdad—contestó Anabel sinceramente, y también un poco confundida.
--Entonces
siéntate—
--Bueno, pero ¿me
perdonas?—
--Claro, es más,
te prometo tratar de ser tu amiga. Probablemente jamás llegaras a ser mi mejor
amiga porque Kate ya lo es. Pero podemos ser amigas—
A Anabel le
saltaron las lágrimas de alegría. Pues aunque nunca lo había dicho a nadie,
ella siempre había admirado a Maggie. La intrépida niña.
Y desde ese día,
Kate, Maggie y Anabel, se hicieron llamar: “Las tres mosqueteras de Macville”.
Sin olvidar que realmente Maggie y Anabel
jamás estarían completamente de acuerdo.
Capítulo XV
La
visita de los Cloow
Kate tenía familia
en Newshire, no todo su familia se encontraba allí, pero sí algunos tíos,
abuelos, primos…y…las mascotas de sus primos. Cuyos seres animales también
eran, a consideración de Kate, familia de ella. A pesar de que vivían a solo
ocho kilómetros de distancia, solo se veían una vez cada dos meses, en casa de
Kate.
Y aunque muchas de
esas ocasiones no fueron contadas o ni siquiera mencionadas en todo el resto de
los capítulos ya leídos, en esta ocasión, sucedió algo que ni yo misma
comprendo. Pero tan cómico, que no podría cometer el crimen de no relatarlo en
esta ocasión. Preparaos para lo peor, esperad lo mejor.
El 5 de junio de
1916, todos los familiares de Kate que ya he mencionado, llegaron justo a la
hora del té.
*****
Por un acuerdo, la
mañana siguiente de que llegara la familia de Kate, la Srta. Patterson debía ir
a casa de los Cloow después del desayuno. “toc,
toc” se escuchó la puerta y Kate
abrió gustosa, aun con la toalla en las manos, con la que había estado secando
los trastes.
--¡Srta.
Patterson! Perdone que le haya abierto un poco tarde. Ayer llegó mi familia de
Newshire y con tanta emoción se me olvidó que usted venía hoy. Pero pase, no
hay nadie en la sala más que mi tío John—
—Está bien, Kate.
No soy de esas personas que ansían que les abran tan rápido, cual si los
persiguiera un oso de los Alpes—
—¡Oh! Pero si se
me olvidaba que usted vivió en los Alpes. Mejor dicho, creció allí—dijo Kate
con una risilla encantadora. Que solo era encantadora, aquel tipo de risilla,
cuando la hacía Kate.
Entraron a la
casa, y lo primero que la Srta. Patterson vio, fue un hombre tumbado
perezosamente en el sofá. Ese debía ser el tío John. Vestía de traje elegante
color café, para la época de pobreza mundial en la que se encontraban. Estaba
de brazos cruzados, las largas piernas igual que los brazos. Esto agradó a la
Srta. Patterson en lo más mínimo.
--Él es mi tío,
Srta. Patterson—
--Es un placer, Srta. Patterson. Según me
parece—dijo el tío John, con una voz demasiado refinada, tanto para mi gusto
como para el de la maestra.
--Igualmente, Sr.
Cloow—contestó Kirsten.
--¡Oh! Dígame
John—
Esto no agrado en
nada a la Srta. Patterson. Pero ayudó a Kate en lo que necesitaba, aun cuando
John no dejó de molestarla. Aunque esa no era la intención de John, no. Lo que
él quería era agradar a la maestra, sin más resultado que hacer ella llegara a
detestarlo. No odiarlo, pero sí detestarlo.
La casa de la
maestra se hallaba enseguida de la de Kate, por lo que, para desgracia de
Kirsten, para gozo de John, se veían todos los días sin falta. Aunque fuera
solo de ventana a ventana, un reojo o una simple pasada, siempre se vieron por
una semana.
Entonces llegó la
hora en que los familiares de Kate tenían que irse a sus hogares. Pero John,
dijo que necesitaba un ambiente diferente al de Newshire. Así que como pretexto
para ver a la Srta. Patterson todos los
días, dijo que si el padre de Kate le permitía quedarse allí hasta conseguir un
trabajo, estaría encantado. Por su puesto, el Sr. Cloow aceptó y John se quedó
allí.
Para no hacer la
historia más larga, sólo diré que poco a poco, el tío de Kate se fue enamorando
de Kirsten. Sin que nadie lo supiera ni sospechara. Y un día, por fin se
decidió a pedirle matrimonio. Horrorizada, la Srta. Patterson no aceptó en lo
más mínimo. Por lo que John se enojó a tal grado de irse sin decir nada y jamás
volver a poner un pie en Macville. Ni siquiera cuando era tiempo de reunirse en
familia. John y Kirsten jamás se volvieron a ver. Por lo menos no sabiendo que
se estaban viendo.
*****
Medio año después
de ser invitada a comer con los Everson (otro medio año después de que John le
pidiera matrimonio), la Srta. Patterson se casó con el Sr. Everson. La Srta.
Patterson ya no era señorita, sino la Sra. Everson. Y fue entonces cuando la
maestra y Kiera Everson llegaron a ser más que buenas amigas.
Jamás dejó de ser
maestra, aun después de convertirse en madre de seis hijos adoptivos, esposa de
un viudo y ama de casa. Y para gozo de todos, pronto Dios le concedería una
hija a Kirsten Patter… Everson. La cual fue llamada, LillyAnn Avery Everson.
Capítulo XVI
Un
menester con Macville
Macville sufría de
escases. Maggie estaba preocupada, niños comenzaban a enfermarse por falta de
nutrición, y la alegría se esfumaba cada vez más de aquellos paraderos. La
gente comenzó a irse a la ciudad, donde aunque no era suficiente, había más
comida y atención médica. Preocupada por la vida de los demás en rededor,
Maggie, sentada en la mesa del comedor, tomó una hoja de papel y una pluma e
hizo una lista de todas las opciones que tenían.
Por
fin y después de hacer “un sinfín de cálculos”, Maggie consiguió tener una idea
clara y beneficiosa de lo que se tenía que hacer. Un huerto comunitario. Un
huerto del que todo el pueblo se haría cargo, del que todos comerían según su
necesidad, del que todos se beneficiarían abundantemente. Y esto, Maggie lo
contó a Ben.
Cada
mes, Macville hacía una reunión para discutir los problemas del pueblo y
“soltar la furia contra su Némesis sin
decirlo directamente”, como ocurría frecuentemente. Fue entonces cuando Ben
propuso la idea de Maggie. A ella le dolía la cabeza terriblemente cuando llegó
el día de reunirse, por lo que se quedó en casa. Así que Ben se hizo pasar por
el autor de esta idea y puso las cartas sobre la mesa. La idea fue aceptada.
No mucho tiempo
después, los integrantes del pueblo trabajaban en ello. El mismo gobernador
donó la tierra para sembrar todo lo necesario, desde pequeños tubérculos, hasta
hierbas medicinales. Pronto estuvo acabado, y en su tiempo, dio fruto.
Maggie se sentía
satisfecha. Aunque las gracias nunca venían directamente a ella, Ben siempre la
felicitaba por todo aquel éxito que recibía indirectamente. Solo los MacArthur, Cloow y Bliss, sabían el
verdadero secreto. Ellos eran los únicos que daban porras a la verdadera autora
de aquel gran salvamento.
De no haber sido
por la idea de Maggie, todo Macville se hubiera vaciado y nada quedaría ya en
las tierras planicies de Australia. Pero no era así, y Maggie, nuestra heroína
(aunque lo fue más para Macville, que se salvó de morir de hambre), fue desde
entonces, una persona que hallaba gozo en ayudar a los demás antes que a sí
misma.
Capítulo XVII
¡Viva
Inglaterra!
“¡Viva Inglaterra!
¡Hemos ganado la guerra damas y caballeros!”
--¡Mira,
Maggie, lo que dice aquí!—gritó Abe, que recién había recibido el periódico de
manos de Ben. Y Ben se lo había dado siendo aquel papel lleno de noticias, el
último después de una larga jornada.
--¿Y
ahora qué pasa, Abe?—preguntó Maggie, preparándose para lo peor, esperando lo
mejor. Y para su contento y el de todo Macville, aquel papel noticiero contenía
las mejores palabras que se pudieran oír después de aquellos cuatro años de
guerra. Abe le entregó el periódico a Maggie y ésta lo leyó. Sin poder ni
querer contenerse, ella sonó la campanilla de porcelana que estaba limpiando cuando
Abe la llamó.
--¡Eh!
¡Venid todos de inmediato!—
Ben
llegó primero, preguntando:
--¿Y
ahora qué sucede?—
--¡Se
ha acabado la guerra! ¡Y hemos ganado!—
--Vamos,
Maggie. Ya estas demasiado grande para estas jugarretas—
--Pero
no estoy jugando, Ben. Léelo tú mismo si no me crees—
Ben
tomó el periódico y lo leyó. Después de lo cual dijo:
--¡Vaya!
¡Y pensar que llevé este papel con tan buenas noticias durante toda la mañana!
¿Y los abuelos? ¿Dónde están?—
Los
abuelos supieron las buenas noticias aquella misma mañana. Y aquella y hermosa
mañana se llenó aún más de alegría con las buenas y nuevas noticias. Y
Macville, loco de contento, no pudo evitar hacer un banquete de regocijo. Donde
se dieron las gracias al Padre por que aquella pesadilla se hubiese esfumado
con el sol de la mañana, al despertar para un nuevo día.
*****
Una
semana después, Ben llegó a casa con una carta de papá y mamá. Los abuelos
dormían, los otros adultos también, pero los tres hermanos ya se habían
levantado y comenzado el día. Maggie barría la cocina, el desayuno hervía en la
estufa, Abe ponía la mesa y Ben apenas
regresaba de su trabajo “periódicatista”, solía decir Abe. Aunque con mucha
dificultad, ya que solo tenía seis años y Maggie había inventado la palabra
para él.
--Maggie,
¿La abrimos, o esperamos?—preguntó Ben, dirigiéndose a la carta. Maggie sabía a
qué se refería con aquella pregunta, y contestó a ella con otra:
--Bueno,
¿Para quién es?—
--Dice
“familia MacArthur”, así que no sabría decirte—
--Pues,
nosotros estamos incluidos en esto, así que no veo porque no podamos leer la
parte que nos corresponde y dejar “la parte ajena en virgen lectura”—
--¡Pues
a leer se ha dicho!—
Se
sentaron ellos dos a leerla, y Abe, que los vio, se acercó sin interrumpir,
sabiendo que esto era no solo de mala educación, sino de muy mal agrado. Decía
la carta:
“Queridos familiares,
Como espero ya, ustedes han de
tener las nuevas noticias. Pero en caso contrario, os las diré de una vez: la
guerra ha terminado. Y es por esto que su padre y yo hemos decidido hacer lo
siguiente: es conveniente ir hasta Inglaterra y averiguar qué ha sido de
nuestras pertenencias, incluyendo la casa, aunque ésta ha de estar hecha
añicos. Pero no queremos irnos sin despedirnos de vosotros, así que vamos a
Macville por una semana y después partiremos a Londres. Pero no se preocupen,
volveremos de Bretaña a estos lugares para decidir de una vez por todas donde
pasaremos el resto de nuestras vidas, porque ciertamente vuestro padre y yo ya
estamos casados de tanto viajar. Nos vemos dentro de dos días,
Atentamente, Jane Banks”
Eso
era lo que había de suceder.
--Hay
que decirlo a los abuelos en cuanto se despierten—dijo Maggie, la primera en
hablar.
--Estoy
de acuerdo—contestó Ben.
--Y
yo opino, que mamá y papá no deberían irse nunca más—opinó Abe.
--Ya
veremos qué sucede. Esa decisión no está en tus manos, jovencito—le dijo Ben,
despeinándolo cariñosamente.
--Ya
basta, hay que terminar de hacer nuestras labores, que de lo contrario papá y
mamá no podrán venir—ordenó Maggie.
--Vamos, Abe.
Maggie no quiere que descansemos ni un poco—dijo Ben en broma.
--¡Vamos! No soy
tan mala, Ben—
--No, supongo que
no—
Hicieron los
quehaceres que faltaban de hacer, pronto llegó Jimmy y los que ya habían leído
la carta, le contaron todo lo que debía suceder. Ocurrencia incoherente hubiera
sido que a Jimmy se le ocurriera hacer como que no habían recibido la carta y
sorprender a los padres de Maggie. Pero
lo bueno fue que no se le vino a la mente aquella idea.
*****
Para celebrar el
término de la guerra, Macville organizó un banquete en Lugar Celebrado. Donde
para sorpresa de los MacArthur, encontraron a los padres de Maggie, Ben y Abe.
Pues no los esperaban hasta un día después. Pero allí estaban, y ¿a qué familia
le afecta tener a los padres un poco más de tiempo?
--¡Maggie! No
pensé que tus padres fueran avenir hoy—le dijo Kate a Maggie, sabiendo todo al
respecto.
--Yo tampoco, pero
últimamente todo mundo está optando por sorprenderme—le contestó Maggie,
dándose cuenta que lo que le decía a Kate era verdad.
--Bueno, pero no
tiene nada de malo que hayan venido antes, o ¿sí?—
--Lo único
inconveniente, es que los cuartos aún no están completamente listos, pero eso
es lo de menos—
--¿Y sabes qué
harán tus padres ahora que la guerra se terminó? Me refiero a que si volverán a
trabajar de actores de ópera, se quedaran aquí por siempre o harán cualquier
otra barbaridad—
--Aun no lo sé,
pero supongo que esta noche lo dirán en la cena—
Y así fue. Porque
aquella noche, el Sr. Banks se paró e hizo sonar su copa, diciendo:
--He aquí que la
Sra. Banks y yo hemos decido lo que haremos ahora que ha acabado la guerra. Debido
a que la guerra causó muchos estragos en el continente de Europa, y nuestra
casa está precisamente en ese lugar, queremos ir a ver cómo está la casa y
todas nuestras posesiones, después de verificar cómo ha quedado todo,
decidiremos lo que haremos a continuación: regresar y vivir a aquí, o volver a
nuestra vida pasada antes de la guerra—
--Señor—dijo Ben,
antes que nadie pudiera decir nada.
--Sí, hijo—
--Desde hace
bastante tempo, he pensado que habiendo yo terminado la escuela y no teniendo
nada qué hacer aquí, podría ir a divagar un poco por Europa y ayudar en los lugares
más afectados durante la guerra. Sería bueno para mí ver el mundo exterior y aprender a valérmelas por mí mismo,
y también creo que haría bien al mundo sirviendo a otros antes que a mí—
--¿Y yo no podría
ir también?—preguntó luego Maggie, quien también sentía una ansiedad por salir
del lugar donde había nacido y jamás salido. Se sentía como pájaro enjaulado.
--Calmaos, Maggie.
Ni siquiera hemos dado permiso a Ben—le dijo papá cariñosamente.
--Lo siento—y se
ruborizó un poco.
*****
Ben obtuvo su permiso
y pronto corrió la voz en Macville de que él se marchaba y cuál era la razón.
Maggie no tuvo la misma suerte que Ben, y recibió por respuesta: “Maggie, aún
eres un poco joven, y por tu propio bien hemos decidido que no irás. Esperamos
que comprendas y te conformes con la promesa de que cuando hayas crecido un
poco, podrás ir sin obstrucciones, por nuestra parte”. Así que Maggie tuvo que
resignarse a esperar crecer un poco, cosa que podía hacer bastante bien, pues
con el tiempo ella se volvió más paciente y cuando se trataba de resignación,
incluso le ganaba a Kate, quién en todo Macville era considerada un ángel.
Por razones un
poco absurdas, pero debido a que Ben quería cumplir su promesa, se quedó en
Macville hasta terminar su semestre de trabajo en los correos. Aunque ya no
trabajaba en repartirlos, ahora trabajaba en las oficinas, que era, como
insistió Maggie hasta su muerte, una ascensión de trabajo. Por esta razón, los
señores Banks se fueron una semana después de llegar inesperadamente al banquete
de Macville, y Ben se iría tres días luego de eso.
Maggie suspiró.
Estaba acostada en su blanca cama, el sol penetraba por las porosas cortinas,
los rayos dorados rayaban su cama hermosamente, todo estaba precioso. Pero en
el rostro de Maggie solo había aflicción. El día en que Ben se iba, había
llegado con aquella preciosa mañana. Ben le había prometido escribirle, y
aunque sabía que él cumpliría su promesa, como dijo Kate un día a Derick:
“preferiría que no te fueras nunca, que te fueras por un instante”. Pero había
que resignarse y seguir adelante, como siempre lo había hecho.
--Maggie, quiero
que pongas un lonche en este paño para Ben. Se debe ir lo más temprano posible,
y tú también, o cerraran la tienda de estambres y no podría terminar el chal para
la señora Everson—
Con estas palabras
la abuela se volteó a preparar el desayuno en la estufa de leña. Maggie sabía
que cuando hablaba de aquella manera, significaba que estaba triste,
preocupada, enojada o completamente destrozada. Así que Maggie no dijo nada e
hizo lo que le pedían.
*****
--Un boleto por
favor, al puerto más cercano—dijo Ben al señor que atendía la estación de tren.
Que por cierto ya no era “el señor amargado”, sino otro más joven, amable y
servicial que el otro. Mientas que el otro yacía en su tumba, donde seguramente
nadie lo lloraba, quizá solo la pluma, tintero y tinta de la estación. O eso
pensaba Maggie, siendo ella muy dramática al imaginar algo.
--Por su puesto
joven. El siguiente tren sale mañana a las cinco de la mañana…cinco dólares,
joven caballero. Gracias—le dijo el señor mientras organizaba y hacía todo el
arreglo para que Ben pudiera salir al día siguiente.
--Bueno, supongo
que tendré que dormir una noche aquí en Newshire y salir mañana al despuntar el
alba. Y mejor será que vayamos a buscar el lugar—
--Pues claro, Ben.
Prometí a la abuela que no te dejaría de ver hasta que ya no pudiera más, para
que después le contara todo. Pero no le digas que te lo he dicho—
--No, no se lo
digo—
Ben ofreció su
brazo a Maggie y ésta lo tomó sin pretextos. Pues últimamente Ben era muy
amable con ella y con todos, y le agradaba tanto, que se dejaba consentir por
él, ya que en otras épocas (como ustedes recodarán) Ben era la tortura de
Maggie.
Primero entraron
en un hotel muy pequeño: ya no había lugar, y no era de extrañar siendo tan
pequeño. Luego fueron a otro un poco más grande, pero este cobraba más de lo
que estaba en el presupuesto, después llegaron una casa que rentaba cuartos, y
pensaron que quizá los rentara por un día, pero la señora fue tan exigente, que
mejor lo dieron por perdido, se dieron la vuelta y siguieron buscando. Por fin
llegaron a un edificio que era taberna y hotel a la vez. Allí todo se acomodaba
a la perfección, a excepción de que los de la taberna eran muy ruidosos.
--¿La abuela te
encargo algo para llevar de regreso?—preguntó Ben mientras tomaban un
refrigerio un poco tardío en el cuarto en que se hospedaría.
--Sí, pero ya han
de haber cerrado hace una hora y abrirán en media. Así que puedo ir a ver cosas
un poco antes de ir por el encargo—
--Vamos si
quieres, no tengo nada qué hacer hasta dentro de mucho. Y me aburriría tanto
que probablemente bajaría a la taberna un rato—
Maggie se espantó
tanto con estas últimas palabras de Ben, que se atraganto un poco con la
mandarina.
--Perdón, estaba
muy acida—se excusó ella
--Tranquila,
Maggie. Que te prometo no meterme esa idea ni por un instante a la cabeza. Pero
mejor pensemos a donde vamos—
Acordaron ver la
tienda de artesanías y antigüedades, cosa que tanto a uno como al otro
fascinaba de verdad, aunque ya están los dos bastante grandes, sobre todo Ben
con sus veinte años ya cumplidos.
--Esta cosa está
muy extraña—dijo Maggie ya en la “tienda mágica” y con un objeto realmente extraño
en sus manos.
--Déjame ver—
Y Ben tomó entre
sus manos la cosa extraña. Era un artefacto de madera, con su base en forma de
regla, unos mástiles a cada extremo, otro que unía los mástiles y del que
colgaban muchos hilos en fila, de los cuales un dedal colgaba de cada uno de
los hilos. Y en la base, una hendidura, y en ella, una varita de latón. No
sabían qué cosa podía ser aquello, pero decidieron comprarlo entre los dos y
guardarlo para recuerdo de aquel día, y, por simple diversión infantil.
En el lugar para
pagar, les explicaron que era un instrumento inventado por el hijo de ellos,
hacía muchos años para una presentación en la escuela. Se tocaba sencillamente:
con la varita tocabas los dedales de metal o los hacías que se tocaran unos con
otros. Lo que no habían descubierto, era, que dentro de los dedales había un
tipo de masa de migajón, y según les dijeron, en cada uno de los dedales había
menos que en el anterior. De modo que se podían tocar las siete notas y con ellas, una canción. Ben
y Maggie habían quedo fascinados con aquella cosa: un instrumento improvisado.
Salieron de allí y
fueron por el encargo a la tienda de estambres. Salieron de allí, se
despidieron, Maggie tomó un carruaje que pasaba y la llevaba a casa y se
despidieron de nuevo con el meneo de las manos. Se separaron ese día, ignorando
que no se volverían a ver en mucho tiempo.
*****
Aunque el diario
de Maggie no se vuelve a mencionar, no por eso significa que hubiera de dejado
de escribir en él. Al contrario, escribía todos los días, aunque fuera un
simple versículo de la Biblia que le hubiera gustado, todos los días lo hacía.
El día que Ben se
fue a “valérselas por sí mismo”, la última página fue llenada con ese relato.
Desde entonces, el diario de Maggie estuvo en su tocador sin ser abierto. Un
día que ella se despertó muy temprano y sin poder conciliar de nuevo el
sueño, miró a su tocador y vio su
diario. Encendió una vela y comenzó a leer. Para cuando el sol salió, Maggie
daba las últimas vueltas al libro.
Al leer se había
dado cuenta de cómo al transcurrir el tiempo, su carácter fue cambiando
lentamente. Pero al ver en el principio y luego el final, uno podía ver un gran
cabio drástico. Al inicio, ella era salvaje, descarada, impaciente, insolente y
muchas cosas entre ellas. Ahora eran sensible, amable, bondadosa, alegre,
paciente, dócil, reservada y prudente, entre muchas otras.
Estaba feliz,
creía que nunca podría remediarse y que sería por siempre “un caso perdido”,
como muchos dijeron en otras épocas. Pero ahora veía que todo había sido
posible. Entonces agradecida, dio gracias al Señor por haberla ayudado en
aquellas luchas de la vida, en las que Él nunca faltó. Porque de no haber sido
por Él, nunca nada habría cambiado.
*****
Un día de mucho
calor, Maggie estaba en la cocina preparando la merienda de los hombres, para
luego llevarlo hasta el campo de siembra.
Sin embargo, aunque sus manos se movían sin cesar, sólo pensaba en una
cosa: lo que haría después de llevar la merienda a los hombres.
Cuando todo estuvo
listo, tomó las dos cubetas de madera que contenían el almuerzo, y se fue.
--Vaya, llegas
temprano hoy, Maggie—dijo Ben, cuando Maggie llegó al árbol en el que bajo la
sombre, se hallaban los trabajadores.
--Claro, ni que no
supiera la hora y si mal no me equivoco, son las diez y cuarto—contestó Maggie,
secándose el sudor de la frente. Para estar seguro, Ben revisó su reloj de
bolsillo. Y sí, eran justo las diez y cuarto.
--¿Cómo lo sabes?
Has sido tan exacta—
--Lo que pasa,
jovencito--
Capítulo
XVIII
Un
zoológico
Con el término de
la guerra, un regocijo llenó el mundo entero. Pero para los de Macville, que no
habían sufrido todos los bombardeos y catástrofes de una magnitud parecida, no
hubo tantos cambios en sus vidas. Más sabían todos los estropicios que había en
el resto del mundo, y compadecidos, se regocijaban por que el sufrimiento
hubiese acabado para aquellas personas.
Pareciera incluso
que los pobres animales estaban felices de que la guerra terminara, pues como
por arte de magia, animales que incluso nunca habían sido vistos, comenzaron a
surgir como maíz bien cuidado.
Por
esto mismo, Jimmy comenzó a encontrar muchos animalitos curiosos y desamparados. Daba tanta lastima
dejarlos solos en un lugar vasto, que Jimmy optó por regalarlos a Maggie Quién
era no solo fanática de animales, sino que ahora le encantaba dedicar la mayor
parte del día sirviendo y complaciendo al resto del mundo, olvidándose de sí
misma.
Maggie
había acabado las lecciones de la escuela por el resto de sus días (a menos,
claro, que después quiera tomar clases de algo distinto a matemáticas,
historia, algebra etc. Etc.), no estaba comprometida a nadie (ni esperaba
estarlo durante mucho tiempo), sus hermanos ya eran bastante grandes como para
cuidarse solos, la siembra ya no era tanta como para apresurarse a terminar,
así que en pocas palabras, Maggie era una chica despreocupada, que, por el
momento, disponía de todo el tiempo del mundo.
Pero
regresando a los animales, Maggie llegó a tener tantos, que ya no sabía qué
hacer. Hasta que un día, Jimmy le trajo un canguro, y este fue, ¡el colmo de
espacio! Pues siendo lo que era, un canguro bastante grande, no había ya
espacio en el establo para que éste brincara e hiciera sus cabriolas de
naturaleza. Por lo que Maggie tenía que
tomar una decisión, pronto… ¡Ya lo tenía!... un zoológico.
Todo
lo que Maggie tenía de dinero, lo había ahorrado sin gastar un solo centavo
desde que éste entraba en el frasco. Ciertamente era muy ahorradora cuando se
lo proponía en serio. Y con este dinero
llegó un día al abuelo que estaba en el porche fumando su pipa, y le dijo:
--Señor,
sé que está vendiendo cuatro de sus más bonitas y verdes hectáreas. Si me
dejas, yo la compro. Sé que yo podría hacer cualquier catástrofe con un terreno
tan hermoso, pero siendo yo misma quien soy, sé que cuando me propongo algo en
serio, lo cumplo a toda costa. ¿Aceptas?—
--No
sé qué pretendes, pero teniendo en cuenta que ya no eres la misma chiquilla
atolondrada de hace cuatro años y que te propones hacer algo con propósito
beneficioso, lo pensaré—
Maggie
le sonrió encantada, y dejó que el abuelo lo pensara, mientras ella lavaba los
platos de la comida. Y cuando el abuelo por fin se decidió, llamó a Maggie.
--Maggie,
antes que te responda, dime: ¿tu proyecto tendrá ganancias?—
--Sí,
señor. Quizá al principio no tantas, pero en unos dos o tres años habrá
bastantes ganancias—contestó ella, no pudiendo imaginar lo que le iba a decir
el abuelo.
--Bien.
Entonces te diré lo que harás: toma la tierra sin costo alguno por el momento,
usa lo que me has ofrecido para realizar lo que en esa tierra quieres y cuando
obtengas ganancias, me iras pagando lo que pido por la tierra. ¿De acuerdo?—
--Por
su puesto, señor. No hay mejor trato que hubiera hecho en mi vida… Gracias—
Y
allá se fue Maggie, a planear todo su proyecto: un zoológico. Nada que hubiese
imaginado antes, era como lo que Maggie estaba por hacer, pues jamás había
soñado con hacer un zoológico, sin embargo ahora estaba metida de lleno con
este nuevo proyecto.
Comenzó
por reunir a la E.A.D.G para cambiarle el nombre por: “Asociación del Zoológico
Macville”.
Y
a tal grado llegó la fascinación de todo el pueblo, que en menos de medio año,
todo estaba listo. Los animales fueron trasladados. Pronto aquel proyecto dio
frutos, Maggie pudo pagar al abuelo y mucha gente gozaba de ver lo animales,
que, pronto había una manada de cada especie. Desde el principio, el plan de
Maggie había sido que con las ganancias, se sostuviera el zoológico y con lo
sobrante, cooperar para lo que necesitara el pueblo. Por ejemplo, el techo la
escuela, las calles, el techo de la casita de Lugar celebrado, y cosas por
estilo.
*****
En
el “Zoológico Macville” había una colina con un árbol y en él un columpio para
dos personas. Y un día en especial, Maggie se encontraba allí sentada,
meciéndose y con un pequeño pájaro en sus manos. Desde allí se podía ver todo
el zoológico, y sonriente Maggie admiraba todo lo que por un deseo, se había
hecho.
A
lo lejos se veía a Jimmy que estaba rodeado de distintas aves, tanto animales
como humanas Pues un montón de niñitos curiosos lo rodeaban de preguntas.
Maggie lo vio y él a ella, se saludaron y luego Jimmy volvió a atender a sus
pequeños súbditos. Por un momento, Maggie lo contempló con una radiante
sonrisa, pero luego, la alegría de sus ojos se esfumó y la sonrisa que adornaba
su rostro también. Pues se dio cuenta, que Jimmy algún día podía llegar a quererla
de una manera en que ella jamás podría a él. Y lo que la entristecía, era que
aunque por más que lo deseara, no podría llegar a querer a Jimmy como a un
esposo.
Simplemente
no podía, por más que lo deseara y la entristeciera.
Capítulo XIX
Juntos
para siempre
Un día de verano, Maggie recibió una carta de
sus padres. Entusiasmada, no tardó en leer las siguientes palabras:
“Querida
Maggie,
Hemos terminado nuestro
trabajo como actores de teatro. Por lo tanto la decisión ha sido que iremos a
vivir a Macville por el resto de nuestros días, sean cuantos sean. Llegaremos
en invierno, el día 11 de julio, espéranos en casa a la hora de la cena, diles a los demás que en cuanto menos lo piensen,
ya estaremos pisando “Casa MacArthur”.
Atentamente, Jane y George
Banks
P.D.
Ben tiene que terminar unos
asuntos aquí en Inglaterra, así que llegará a Macville un mes después de
nosotros. No lo esperen este viaje.”
Maggie estaba emocionada.
Papá y mamá vendrían a vivir con ellos para siempre. Y por fin el día señalado
llegó. Maggie estaba tan ciertamente feliz, que pidió permiso para hacer un
banquete en honor a “la eterna estancia de papá y mamá”.
Abe quería ir con
ella de compras a Newshire, pero ya le había prometido a Kate que solo irían
ellas dos. Así que dejó al pobre de Abe en el umbral con las palabras: “te
prometo que la próxima vez vendrás, pero hoy no”.
--¿Sabes? No
hubiera estado tan mal dejar que Abe viniera—le dijo Kate a Maggie mientras
caminaban. Pues Kate se sentía bastante mal por haber excluido a Abe.
--¡Vamos, Kate! No
me lo digas ahora que lo hemos dejado muy atrás. Además, si hubiese roto mi
promesa contigo, mi conciencia jamás me hubiera dejado en paz—le contestó
Maggie.
--Entonces no
hablemos más del tema. Y cambiémoslo por otra cosa que te quiero preguntar.
¿Con quién crees que podría llegar a casarme?—
--¡Kate! ¡Dime por
todos los reinos de este mundo que no estas prometida!—
--¡Por los cielos!
¡Claro que no! Si fuera así, te lo habría dicho de inmediato. Bueno, en cuanto
pudiera—
--Entonces, debido
a que mis sospechas se han esfumado, contadme lo que con tanta intrigación me
decíais—
--En realidad, me
tenías que contestar una pregunta, no que yo te fuera a preguntar algo—
--Ah, es
cierto. De acuerdo…déjame pensar… pues,
con Jimmy claro que no. Los dos tienen muchas cosas en común y terminarían por
pelearse cada instante, y yo no quiero eso para mi mejor amiga. Luego esta John
Adams, pero él no es de tu estilo. Farmer es un holgazán y aunque me lo pidieras
de rodillas, no te permitiría que te casaras con él. Caleb Thorton, puede que
sí, pero no estoy segura. Y por último, claro que con Ben ni en sueños—
--¡Por los cielos,
Maggie! Claro que no. Ni aunque fuera excelente muchacho lo haría, no podría
verme casada con alguien al que he conocido y con quien he vivido durante toda
mi vida. Jamás—
--Me alegro.
Porque un día, cuando Anabel vino a pedirme perdón por su rencor, me dijo que
Ben le gustaba. Me espanté tanto, que estuve a punto de quitarme los zapatos y
aventárselos. Pero supongo que en ese momento quería librarme de más disputas y
no lo hice. Sin embargo el miedo jamás se fue. Temía, y aun lo hago, que un día
ella se casara con Ben, y entonces, ¡adiós mundo cruel! Estoy segura de que me
moriría de espanto y terror. Caería muerta y fría en cuanto las palabras
pasaras por mis oídos—
--¡Pobre Maggie!
Debes haber sufrido mucho—
--“Aun”, si me
permites decirlo—
--Pero nunca me lo
contaste—
--Temía que al
decirlo, alguien me pudiera escuchar. Y que al escucharlo y definir que era una
buena idea de que fueran pareja ellos dos, los impulsara a hacerlo—
--Pero sí tanto
temes que alguien te escuche, ¿Por qué lo dices en voz a cuello en este
momento?—
--Porque, mi
querida Kate, ¡Estamos en medio de la nada! ¡Donde ningún ser viviente, más que
los animales rondando por ahí, nos puede oír!—Maggie gritó tan fuerte, que la
pobre Kate se espantó y sacó sus ojos, cual si se le fueran a salir de las
orbitas.
--¡Ssssssh! Está
bien que no haya nadie a kilómetros, Maggie. Pero no hagas parecerte una
lunática de la luna… ¡Vaya si parece que fue ayer cuando eras peor!—
Entonces las dos
rieron con ganas hasta salírseles las lágrimas, recordando aquello tiempos, que
aunque no tan lejanos, no volverían jamás.
*****
Como dijeron que
había de suceder, papá y mamá llegaron para la cena. Y ya estaban sentados
comiendo, cuando Maggie preguntó:
--¿Cuáles eran los
asuntos de Ben que lo retenían?—
--Él nos hizo
prometer que no lo contaríamos, dijo que él lo haría cuando estuviera listo. Así
que no digo más, querida—le contestó mamá, tratando de esconder su secreto lo
más posible. Pues la emocionaba en lo más profundo de su corazón.
Maggie no dijo
nada más y se quedó muy pensativa. Sin embargo, no se imaginaba lo que la
esperaba.
Capítulo XX
¡Vaya
sorpresa!
Sentada
en el porche, un día, Maggie recordó el Salmo que tanto le gustaba. Al
recordarlo, se entusiasmó tanto, que tomando aire, lo recitó con énfasis.
--“Oh Dios, con
nuestros oídos hemos oído, nuestros
padres nos han contado,
La obra que hiciste en sus días, en los tiempos antiguos.
Tú con tu mano echaste las naciones, y los plantaste a ellos;
Afligiste a los pueblos, y los arrojaste.
Porque no se apoderaron de la tierra por su espada,
Ni su brazo los libró;
Sino tu diestra,
y tu brazo, y la luz de tu
rostro,
Porque te complaciste en ellos.
Tú, oh
Dios, eres mi rey;
Manda salvación a Jacob.
Por medio de ti sacudiremos a nuestros enemigos;
En tu nombre hollaremos a nuestros adversarios.
Porque no confiaré en mi arco,
Ni mi espada me salvará;
Pues tú nos has guardado de nuestros enemigos,
Y has avergonzado a los que nos aborrecían.
En Dios nos gloriaremos todo el tiempo,
Y para siempre alabaremos tu nombre.
Pero nos has desechado, y nos has hecho avergonzar;
Y no sales con nuestros ejércitos.
Nos hiciste retroceder delante del enemigo,
Y nos saquean para sí los que nos aborrecen.
Nos entregas como ovejas al matadero,
Y nos has esparcido entre las naciones.
Has vendido a tu pueblo de balde;
No exigiste ningún precio.
Nos pones por afrenta de nuestros vecinos,
Por escarnio y por burla de los que nos rodean.
Nos pusiste por proverbio entre las naciones;
Todos al vernos menean la cabeza.
Cada día mi vergüenza está delante de mí,
Y la confusión de mi rostro me cubre,
Por la voz del que me vitupera y deshonra,
Por razón del enemigo y del vengativo.
Todo esto nos ha venido, y no nos hemos olvidado de ti,
Y no hemos faltado a tu pacto.
No se ha vuelto atrás nuestro corazón,
Ni se han apartado de tus caminos nuestros pasos,
Para que nos quebrantases en el lugar de chacales,
Y nos cubrieses con sombra de muerte.
Si nos hubiésemos olvidado del nombre de nuestro
Dios,
O alzado nuestras manos a dios ajeno,
¿No demandaría Dios esto?
Porque él conoce los secretos del corazón.
Pero por causa de ti nos matan cada día;
Somos contados como ovejas para el matadero.
Despierta;
¿por qué duermes, Señor?
Despierta,
no te alejes para siempre.
¿Por qué escondes tu rostro,
Y te olvidas de nuestra aflicción, y de la opresión
nuestra?
Porque nuestra alma está agobiada hasta el polvo,
Y nuestro cuerpo está postrado hasta la tierra.
Levántate para ayudarnos,
Y redímenos por causa
de tu misericordia.”—
*****
Aunque
sea un poco difícil de creer, Maggie tenía ya dieciséis años. Era todo lo que
su abuela jamás creyó que llegaría ser: toda una señorita. Sin embargo, era
así, y ¿Por qué no contentarse, después de todo?
Y debido que ya
era mayor, Maggie podía moverse libremente por todo Macville y Newshire sin ser
acompañada. Aunque normalmente no iba sola, sino en compañía de Kate, ¿A quién
no se le hubiera ocurrido que sería Kate quien la acompañara? Más sin embargo,
había ocasiones en las que Maggie prefería la soledad. Esta era una de esas
ocasiones.
Maggie fue de
compras y a dar la vuelta por todo Macville. Y para su sorpresa, había una
carta para ella de parte de Ben, y tanto la sorprendió, que varias veces pidió
algo equivocado en la tienda equivocada. Por lo tanto, era doble equivocación.
Pero cuando por fin llegó a casa, (donde no había nadie despierto) no pudo
evitar dejar rápidamente las compras en la mesa de la cocina e ir a leer la
carta en el porche.
Sentada en la
mecedora de costumbre, leyó:
“Queridísima Maggie, …
Con estas primeras
palabras, Maggie se espantó demasiado, a tal punto de que el corazón le latía
fuerte y batallaba para respirar. Pues las pocas veces que Ben le escribía,
jamás le había hablado de esa manera tan cariñosa. Y cualquiera que hubiese
pasado por eso, entendería. Pero a pesar de su temor por leer algo que no le
gustaría, siguió.
“Como
según me contaron papá y mamá, no dijeron una solo palabra de la razón por la
que yo no llegué con ellos a Macville, y que yo mismo se los diría cuando
estuviera listo. Bien, pues he aquí te lo relataré, y quiero que después se lo
relates a los demás, por favor. Al llegar a Europa, me encontré con Anabel
Kingman, y después quedamos de acuerdo en que iríamos a unos lugares juntos.
Pero para no hacerte el cuento más largo de lo que es, Anabel y yo nos conocimos
mucho más durante nuestra estancia en Europa. Al fin, yo le pedí matrimonio, y
ella aceptó. Por lo que la razón de que llegue tarde a Macville, es que, durante
ese pequeño tiempo, Anabel y yo nos casamos. Sí, estamos casados ahora mismo.
Queríamos regresar a Macville en cuanto pudiéramos, pero me ofrecieron un buen
trabajo aquí en Inglaterra, así que nos quedaremos aquí por un año. Lamento
mucho no poder regresar ahora, pero el contrato ya está hecho, y, además, lo
hago también por ayudar a la compañía que me contrató. Pues realmente
necesitaban una persona más. Saluda a Jimmy, Abe, al abuelo, a la abuela y a
todos los demás de mi parte. Espero que el siguiente año se pase tan rápido
como los pasados y poder veros a todos de nuevo.
Atte.
Ebenezer Tom MacArthur”
-----------------------------------
Sinopsis de la secuela de este
libro:
Maggie MacArthur, la niña atolondrada y despreocupada que una vez fue, y que ya no es la misma, se encuentra con un dilema de su vida: ¿se llegará a casar en algún día de su vida? Con esta duda, y sin poderla contestar definidamente, Maggie vuelve a preguntar a sus mayores si puede ir en busca de aventuras en el mundo exterior. Ya que desde que nació, no ha salido de Australia. El hogar de tres generaciones atrás en la familia MacArthur.
Los padres de Maggie aceptan a este deseo, y al tener el permiso, le pregunta a Kate, su mejor amiga, si le gustaría acompañarla en su viaje a Europa. Tras pedir permiso a sus padres y éstos haber aceptado, Kate y Maggie se embarcan en un nuevo mundo. En Europa, Maggie conoce muchos jóvenes, pero, aunque tres de ellos le pidieron su mano en matrimonio, ella se dio cuenta que con ninguno de ellos podía vivir aquella vida de matrimonio. Tras haber vivido casi un año en Europa con una la abuela paterna de Maggie, ellas deciden regresar con sus familias al adorado Macville.
Ya en casa, Maggie aún tiene la misma duda. Pero nosotros ya sabemos qué es lo que sucederá, ¿no es cierto?

Comentarios
Publicar un comentario
se a comentado uno de tus libros y cuentos