Sándwiches de pegamento


Sándwiches de pegamento

Sally había invitado a su amiga Jenny a tomar el té. Mamá  tenía que ir al pueblo de compras, así que Sally tenía que hacer todo por su cuenta. Sally era una niña de casi nueve años, de cabello rubio, ojos cafés, con una mente ingeniosa y a la que no había cosas más divertidas que se le ocurriera para divertir a sus hermanos. Y su sonrisa era siempre alegre y sincera.

Mamá tomó su gorro y sombrilla cuando dijo:

--Cuídate bien, Sally. Recuerda: en el gabinete de arriba de la estufa, está la miel, el frasco de la derecha. En la mesa está el pan ya cortado para que tú no te cortes, no hagas ningún invento tuyo y por favor no rompas nada. Porque recuerda: necesitamos algo nuevo, algo viejo, pero no algo roto—

--Sí, Mamá. No romperé nada—afirmó Sally, impaciente a que su mamá  partiese y comenzar su aventura.

--Confió en ti, Sally—contestó Mamá abriendo el paraguas y saliendo.

Sally la despidió desde la ventana, pero en cuanto Mamá se volvió  y siguió   su camino, Sally como un rayo corrió hasta la cocina. En el gabinete de arriba de la estufa estaba la miel, había dos frascos y Sally cogió el de la izquierda, en la mesa el pan y la mantequilla. Sally comenzó a untar la mantequilla en el pan y luego  la miel pero al ponerla parecía  salvia, era demasiado pegajosa. No era como la del otro día, no. Aquella era  menos espesa y con menos burbujas.

Terminó, luego preparo el té, puso la mesita de la sala  y se sentó a esperar a su invitada, viendo por la ventana. Dieron las cinco y comenzó a ver una figurita a lo lejos. Era  Jenny, y venía vestida con su vestido de los  domingos. Sally salió a la puerta  y esperó a que su amada amiguita llegara. Cuando Jenny estuvo a unos cuantos pasos, no pudo evitar correr hacia ella y saludarla con gritos de júbilo:

--¡Qué divertido va a ser esto! ¡Es la primera vez que sirvo el té a una invitada y no hay nadie que me supervise! ¡Imagínatelo, Jenny! ¡Yo estoy completamente a cargo!—

--¡Qué alegría, Sally! ¡Yo aún no consigo ese privilegio! Mamá dice que las niñas ricas no deben servir el té, y que lo debe hacer la servidumbre. Pero yo siempre creí que era algo divertido, interesante y sublime. Espero que algún día pueda hacerlo, aunque será probablemente cuando tenga mi casa y sea yo la que mande en la cocina—

--Sí, sí. Pero vamos que se va a enfriar el té, y ya está bastante frío—

--Sí, vamos—

Entraron contentas y emocionadas a tomar su primer té “como señoritas dignas de su clase”, según diría la madre de Jenny. Sally sirvió orgullosa las porciones que le indicaba su invitada, se sirvió ella y acordaron que guardarían los pastelillos de miel después de dos tazas de té.

Tomadas las dos tazas acordadas, fueron por los pastelillos que estaban en la mesa de la cocina para que no se enfriaran. Los sirvieron, ya sin intenciones de portarse como dignas inglesas de clase alta, y los partieron con sus cuchillitos. Pero la miel estaba más pegajosa que lo de costumbre, y su olor no era el de la miel. Sally declaró que olía más bien a un pegamento que Papá guardaba en su taller y que raras veces usaba. Olía tan horrible, sospechoso y se vía tan mal, que dejaron los pastelillos preparados, y fueron a la cocina a preparar más.

Tostaron el pan, le untaron mantequilla y, reparase en que esta vez Sally cogió el frasco de la derecha, y agregaron la miel, si es que era miel. Sí, aquella era miel. Probablemente el otro frasco era también miel, pero tan viejísima que estaba incomible.

--Será mejor que recojamos la cocina y la salita antes de que Mamá regrese—opinó Sally, cuando vio el perfecto desorden que reinaba en la cocina y en la salita tan perfecta, antes de todo aquello.

--Por su puesto, Sally. No quisiera que por mi culpa regañasen a mi mejor amiga, cuando yo he tenido parte de la culpa—

--Entonces: manos a la obra, y no habrá así deshonra—

--¿De dónde sacaste ese dicho?—

--Mi abuelo lo decía, según lo que nos cuenta Papá. Es muy divertido cuando nos cuenta todas sus historias de cuando era niño y de las cosas que hacía su papá cuando era niño—

--Cuéntame de esas historias mientras recogemos el desastre. A mí nadie, más que mi hermano James, me cuanta cosas divertidas. ¡George es tan aburrido! Desde hace mucho que ya no quiere que juegue con él como antes y solo quiere estar con personas de su edad. Creo que se siente importante así, pero no tiene eso justicia para que me trate así. En cambio James es divertidísimo y siempre que tiene tiempo, y aun cuando no lo tiene, me hace reír y me hace olvidar todas cosas malas del día o de la semana—

--Lamento que sea así. En cambio, yo tengo casi una docena, sin exagerar, de hermanos y hermanas para jugar y divertirme. Y ninguno es aburrido. Quizá puedas venir a pasar todo el tiempo que quieras aquí, siempre que tengas permiso y lo desees—

Era cierto, Sally gozaba de once hermanos y hermanas que le hacían la vida más grata que a ningún niño o niña que conociera. Desde Edward, el mayor, hasta el pequeño pícaro de Robby. Sally era la séptima de doce hijos, y nada le parecía más divertido, interesante, emocionante, armonioso y perfecto que tener tantísimos hermanos. Pocos niños en ese entonces tenían tantos, y era como todo un desafío al mundo gritar en voz a cuello que tenía once hermanos. En cierta ocasión, no solo Sally sino todos sus hermanos y ella, gritaron como locos por la alegría que les causaba tener tantos hermanos.

El rato que Sally y Jenny pasaron mientras recogían la cocina, les fue de lo más placentero. Y cuando Jenny se había ido ya a su casa y estaban todos a la mesa, Sally contó su aventura del día. Pero entonces Papá rompió a carcajadas que sonaron con eco por todo el comedor. Contrariada, Sally preguntó que por qué reía así. Papá contestó:

 --Sally, pequeña inventora, el frasco de la izquierda era pegamento—

--¡Claro, Sally! ¿No te había dicho yo que usaras el frasco de la derecha?—exclamó Mamá sin poder contener la risa.

--Pero… sí, me lo dijiste. Debí haberlo olvidado—confesó Sally un tanto avergonzada. Y recordando la advertencia de su madre.

Entonces ya no se oía ni el más ruidoso y fastidioso grillo. Porque en la habitación solo había carcajadas, lágrimas y costados dolientes. ¡Sally había puesto pegamento a los pastelillos en vez de miel!

--Ahora veo que no podré jamás dejar a Sally sin que haga un invento nuevo. Bueno, al menos no rompiste nada y nadie se envenenó—consiguió decir por fin mamá. 

--Lo siento—se disculpó Sally, mientras sus mejillas se ruborizaban más cada vez.

--No te disculpes, Sally. Será algo que nos hará reír cuando seamos unos viejos mal humorados—dijo Eddie, como llamaban a Edward. 

--¿Y cómo se llamará este nuevo invento tuyo, Sally?—preguntó Carrie, quién era la segunda mayor, iba después de Eddie.

--No sé. No creo que tenga nombre aún—contestó Sally, ya más animada ahora.

--Yo sí tengo un nombre—declaró Eddie.

--¿Cuál?—preguntaron todos, divertidísimos hasta la crin. Algunos ya no podían ni hablar de tanto haber reído. Pero Eddie hizo que la gota que colmaba el vaso callera por fin, cuando dijo enfáticamente:

--¡Sándwiches de pegamento!—

 

El Fin


 


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