Nadia la del Valle sin Fin
Nadia la del Valle sin Fin
Había una vez, un valle mágico llamado el Valle
sin Fin. Donde vivía un hada muy traviesa. Su nombre era Nadia. Su casita era
un hueco en un viejo sauce, hecho muchos años atrás por un bello carpintero, de
plumas rojas cual carmín, pico agudo cual flecha y ojos tan extensos como el
cielo. Aquella ave era tan bella que los demás animales y hadas decían que era
un carpintero encantado y que pertenecía a la reina Fauna soberana de todos, era
su más confiable amigo y fiel protector. Desde hacía años, aquella ave a la que
llamaron “Dingual,” había desaparecido, y muchos la buscaron y buscaron hasta
que se dieron por vencidos y la declararon muerta en manos de la cruel bruja
Tinava.
Nadia era tan traviesa y molestaba tanto, que
nadie la quería en su vista, pero había dos hadas a las que Nadia quería mucho,
y a ellas no las molestaba ni hacía nada. Al contrario, aquellas hadas
participan, algunas veces, en las travesuras de Nadia. Sus nombres eran
Magnolia y D’Canton. Magnolia, era una jovencita muy risueña de 200 años, pues
las hadas viven muchísimos años, esa era la vida de un hada. La reina de las
hadas se llamaba, Clarece Vivedie, ella casi nunca era vista, pero cuando se
presentaba una vez al año para el festival del solsticio de invierno, algunas
se desmallaban, pues era tanta su belleza y magnificencia. Ella siempre vestía
de blanco, su corona de copos adornaba su rubia cabellera, unos ojos azules
brillaban como gotas de rocío al amanecer, su voz era como el canto de un
ruiseñor y dulzura y sutileza en sus movimientos no le faltaban.
Por lo general, las fiestas era el lugar
perfecto para hacer travesuras, y era allí cuando Nadia sacaba a un Santo de su
paciencia. A veces Magnolia y D´Canton la acompañaban, pero ellos preferían
hacer el bien. Ayudaban a poner las mesas, a hacer los bocadillos, a barrer y
sacudir los grandes salones de sauce, y preparar todo cuanto fuera necesario.
Las fiestas ya habían pasado, y no había muchos
lugares dónde hacer travesuras, así que a Nadia, que también era aventurera, se
le ocurrió ir en busca del gran y viejo Dingual. Les contó a sus amigos su
idea, quienes inmediatamente accedieron acompañarla en su aventura. Así fue
como Nadia, D´Canton y Magnolia, salieron un amanecer de junio, subieron en la
nave de Yivena (un pequeño bote de hadas que tenía algodones atados a las
puntas y, al poner polvillo de hada sobre los algodones, el barco volaba por
sobre todo) y entonces zarparon (si es que podemos decir que “zarparon”).
--Yo creo que nunca vamos a encontrar al Viejo
Dingual—dijo D´Canton que estaba sentado junto a la fogata encendida en la alta
colina del Valle sin Fin. Donde era el fin del Valle sin Fin.
–Yo creo lo mismo—opinó Magnolia.
--¡Vamos chicos, aun no es el fin de la tierra!
¡Aún queda mucho! ¡No os desaniméis!—les animó Nadia.
Así pues, reanimados por su amiga Nadia, se
levantaron al alba. Apagaron la fogata para prevenir un incendio, tomaron sus
pertenencias y volvieron a subir al bote flotante. Por muchas horas vagaron en
la niebla, tanto que parecía que jamás hubiera amanecido, tanto que parecía no
existiera el sol. Se habían turnado para tomar guardia, mientras los otros dos
dormían. Era el turno de Magnolia, y sentada en el timón muy tranquila, comenzó
a divisar que salían ramas muy grandes de la nada, una ráfaga de viento
susurraba como si sufriera una perdida, la niebla se hacía más densa, hacía un frío
tremendo, y, como por arte de magia, un silbido agudo se escuchó de la
oscuridad de la niebla. Magnolia, asustada hasta los huesos, se apresuró a despertar
a los demás, quienes medio dormidos, medio despiertos, se asustaron al ver y
sentir la atmosfera que reinaba en aquel lugar.
--¿Qué
lugar será este?—dijo Nadia. Ni siquiera un “No lo sé” le pudieron contestar,
pues al parecer el bote flotante había tropezado con algo, y los aventureros,
sin poder impedirlo, cayeron de espaldas en el fondo del bote… Al levantarse…
vieron…una sombra que se acercaba…D´Canton se apresuró a tomar la lámpara que
colgaba de un mástil. La sombra se acercó más…y más, hasta que pudieron
distinguir que se trataba de una dama, vestida de un vestido que le llegaba
hasta los tobillos.
--¿Será…será…La vieja bruja Tinava?—se venturo
a decir Magnolia, quien le tenía un pavor inexplicable a la bruja Tinava.
--Efectivamente, Magnolia—contestó una voz
demasiado dulce y amistosa para ser de
una bruja malvada, pero…podía ser que hacía esa voz dulce para que ellos
confiaran en ella… y luego… ¡comérselos!
--¿Cómo es que usted sabe el nombre de ella?—preguntó
Nadia.
--Los he estado siguiendo desde el Valle sin
Fin, me he valido de sus pláticas para saber cómo se llama cada quien. Y así es
como lo sé, Nadia—contestó Tinava con una voz aún más dulce.
Un escalofrió corrió por las espaldas de los
tres al pensar que habían estado seguidos por largo tiempo, sin que ellos lo
advirtiesen. Además, por la vieja Tinava (que en realidad no se veía en lo más
mínimo vieja, sino que parecía estar en la flor de la vida). El silbido agudo
volvió a oírse, y Nadia, comprendiendo que hicieran lo que hicieran estaba en
manos de Tinava, preguntó con aparente tranquilidad:
--¿Qué es ese silbido?—
--Es el Viejo Dingual—fue la repuesta que
obtuvo.
--¡El Viejo Dingual!—exclamó D´Canton, más
entusiasmado que asustado. A tanto llegaba la emoción del chico.
--Sí, el Viejo Dingual. ¿Queréis conocerle?—preguntó
Tinava.
--¡Oh! Si se puede, sí—dijo Magnolia, olvidando
por completo el miedo que minutos atrás la agitaba. Tinava, sutilmente levantó
su mano hasta la altura de sus ojos y chasqueo los dedos dos veces.
Inmediatamente, surgió de la niebla el
corozal animal, tal como las hadas de antaño lo describieron un día. Tanta
magnificencia era, que Magnolia cayó desvanecida en el bote.
--¡Por el Valle sin Fin!—exclamó D´Canton,
extasiado de tanta belleza.
--Creímos que el ave había muerto en manos de
usted—musitó Nadia, casi ciega.
--¿Y quién ha inventado tal historia?—preguntó
Tinava, con un tono de voz que no podría sonar más a indignación, de lo que ya
estaba.
--Pues, la verdad, nadie lo sabe. Porque hace
tanto tiempo que el Viejo Dingual desapareció, que ya nadie sabe nada—
--Dime
según a tu parecer, ¿Cuántos años hace que “desapareció el Viejo Dingual?—
--Me
parece que unos diez años…
--¡Diez
años!—
--¿Qué
sucede? ¿Cuál es el problema? ¿Por qué tanta sorpresa?—preguntó D´Canton.
--Si
estáis dispuestos, venid a mi casa y os lo contaré todo. Pues es lo que llaman
“una historia larga”—dijo Tinava, y dándose media vuelta, voló hacía la
espesura.
--¡Ah!
Casi lo olvidaba, no podréis seguirme con esta niebla, ¿verdad?—
--No,
ya lo creo que no—admitió Magnolia.
Tinava
hizo un movimiento de su mano derecha, cual si estuviera quitando una cortina
de su vista. Entonces, como si una ráfaga de viento se la llevara consigo, la
niebla de fue. Y todo cuanto no se podía ver en un pasado, quedó al
descubierto.
Al
parecer, se hallaban en un pantano. Las ramas que salían de la niebla, eran
ramas de sauces enormes que median, los más chicos, tres metros y medio de
alto. Había ranas, libélulas, mosquitos y toda clase de animales que se pueden
encontrar en un pantano. Pues nada les era más claro a los aventureros en aquel
momento, que se hallaban en un pantano.
Después
de seguir a Tinava por diez minutos que parecieron horas, llegaron a un lugar
donde la niebla aún no se iba por completo, y lo que ésta cubría y escondía,
era una pequeña aldea de… toda clase de seres vivientes. Enanos, gnomos del
Este (los gnomos del Este eran buenos, pero los del Oeste eran malos y
perversos), centauros, faunos, dríadas, ninfas y un viejo tejón. Por cierto,
estas criaturas eran del mismo tamaño que las hadas, a diferencia de muchas
otras ocasiones en las que son del tamaño de los humanos.
En
el centro de la aldea, había un tronco de roble hueco. Que pronto mostró ser la
casa de un hada, y siendo Tinava la única hada que vivía allí, sólo podía
pertenecer a ella. Los aventureros no tardaron en saberlo, porque sí, era la
casa de Tinava.
Después
de indicarles que ataran el bote flotante a unas de las ramas del roble, Tinava
los condujo al interior de su casa. Para no entrar en descripciones de la casa
y hacer el cuento más largo, no diré nada de cómo era la casa de Tinava, sino
que lo dejo a su imaginación.
Tinava
preparó té de hierbaniz, sacó galletas de jengibre del horno y se sentó en una
mecedora que acercó a la mesa. Mientras tanto, los demás admiraban el lugar,
asombrados. Luego de ser llamados a la mesa, e impaciente por saber la verdad,
Nadia preguntó:
--Por
favor, ¿podría contarnos esa “larga historia” de una vez por todas?—
--Entonces,
¿estás convencida que yo no soy lo que creíste que era?—contestó Tinava, sin
responder a la pregunta.
--Eso
lo decidiré después de escuchar la historia. Creeré si es algo creíble, pero de
lo contrario, no—
--Nadia,
todo es creíble. Sólo que lagunas cosas son más difíciles de creer a diferencia
de otras, y es ahí, cuando debes tomar una decisión en tu vida. La cual tomará
parte de tu vida, por el resto de tus días—
--Admito
que tiene algo de razón, pero aún no estoy convencida. De cualquier manera, me
encantaría saber ya lo que pasó. O al menos su versión de lo que pasó—
--Bien, si eso es lo que quieres—
Poniendo
su taza en la mesa, Tinava comenzó:
--Hace
mil quinientos años, una bruja, una verdadera bruja del Norte, se apreció una
noche en un baile del Castillo Real. Yo estaba allí, y viendo la marca de bruja
en la palma de su mano derecha, me escondí sin decirlo a nadie. Me arrepiento
completamente de esto, porque si lo hubiera contado a mi hermana, ella aún me
recordaría, a diferencia de muchísimos otros…
--¿¡Tienes
una hermana!?—gritó Magnolia.
--No
me interrumpas, porque aunque no sea lo que creías, así como todos los demás
tengo mi fuero interior. Y no quieres saber cómo es—
--Bien,
entonces continúe. Es sólo que me asombró que tuvieras una hermana—
--Entonces,
la bruja del Norte, que como no sabía ni sé hasta el momento su nombre, la
llamé Nora para poder distinguirla. Aunque sólo fuera para mí. Entonces, con
una especie de niebla verde que salió tras abrir un frasco, durmió por completo
a todos los que estaban allí presentes. Excepto a mí, pues me escondí tan bien,
que la niebla no me alcanzó. Sin embargo, Nora me descubrió, y no queriendo que
arruinara su plan, me envió lejos (a este lugar) y me encerró con un hechizo.
Dado que estoy encerrada aquí sin poder salir. Excepto cuando se acaba el
solsticio de invierno. Es entonces solo entonces, cuando puedo salir de mi prisión.
Aun así, nadie me ve, nadie me escucha. Porque eso es parte del hechizo. Por
eso ustedes no me vieron ni escucharon cuando los seguía, hasta que pasaron el
lugar de límite. Fue entonces cuando me pudieron ver y escuchar—
Tinava
tomó un respiro y debió un poco de té. Luego siguió:
--Después
de haberme enviado lejos y asegurar de que a nadie le contaría la verdad, Nora
hechizó toda la Tierra sin Fin, la tierra de la hadas, para que ésta no
recordara nada de la realidad. Y así todos pensaran que yo era la malvada, y
Nora quedara en el olvido, pudiendo así, realizar su plan. Que es, como en
muchos otros casos, conquistar el mundo—
--¿Y
nadie puede romper el hechizo? Bueno todos los hechizos, porque son
varios—preguntó D´Canton.
--Yo
no. Aunque tenga sangre de hada, también tengo sangre de los elfos de los
pantanos, por lo que ya no soy completamente hada. Ciertamente Nora es bastante
lista, porque para que yo no pudiera romper mi hechizo, mandó que a menos que
fuera un ser de sangre pura de hada, entonces podría romper el hechizo. Y
siendo yo mitad hada, mitad elfo, no puedo romperlo. Sin embargo, ningún hada
había venido a este lugar. Hasta el día de hoy—
--Y
¿no podía mandar a ninguno de los que viven aquí a buscar un hada que rompiera
el hechizo?—preguntó Nadia.
--Mi
querida niña, una vez que algo vivo cruza el campo de retención, no puede salir
ya nunca más, a menos que alguien rompa el hechizo. Los que viven conmigo han
caído sobre el mismo hechizo. De modo que el mundo que ustedes conocieron una
vez, no lo volverán a ver—
Los
chicos sintieron que un castillo entero les caía encima, que el alma se les iba
a los pies y sus ojos se apagaron por completo. Más ese no fue el fin.
--Sin
embargo, mis queridos aventureros, por si no os habéis dado cuenta, vosotros
sois hadas. Y como teles podéis romper el hechizo—
--¿Cómo
sabes que somos totalmente hadas?—preguntó Nadia.
--Bueno,
si algo distingue a un hada real de una que no lo es, solamente pude ser el
color de sus ojos. Ninguna hada real tiene los ojos avellana, en tanto que una
que no lo es, sí los tiene—
En
aquel momento, todos (menos Tinava) se dieron cuenta que nunca habían visto una
solo hada con los ojos color avellana. Sin embargo, ahora advertían que Tinava
tenía todas las características de una, pero sus ojos eran de color avellana.
--¡Es
cierto!... debo confesar, que ahora sí te creo. De hecho, creo que desde
siempre te creí, sólo que no lo quería admitir—comentó Nadia, consternada por
lo nuevo de aquel día.
--Bien,
entonces, ¿estáis dispuestos en ir en busca de más aventuras de las que ya han
tenido y con ello aprender más cosas? Os aconsejo que lo hagan, porque una vez
que se pierda en encanto de la juventud, no tendrán historia que contar—
Nadie,
D´Canton y Magnolia se vieron uno a otros.
Y tras comunicarse por el mágico idioma de los ojos, todo quedó decido.
Si ya estaban bajo un hechizo del que no saldrían probablemente nunca, y no les
quedaba otra cosa más interesante que vivir una vida “aburrida”, preferían
evidentemente correr una aventura extraordinaria. Aunque de ella no salieran
vivos, valía la pena. Pasaron (como era
inevitable) el resto del día allí. Haciendo los preparativos para al día
siguiente salir con el alba.
A
la mañana siguiente, antes de que el sol saliera por completo, Nadia, D´Canton
y Magnolia salieron después de tomar una taza de té caliente. Había comenzado
su segunda aventura. Pues no debemos olvidar que ya habían encontrado el
paradero del Viejo Dingual, lo que concluía su primera aventura.
Fin de la
primer parte

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